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Algo para leer # 01

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Algo para leer # 01 - Página 4 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:40

-¿Isaac Adolescentoli? --preguntó Rob a uno de los chicos que atendía a lo animales.

Está en el dispensario --dijo el chico, y cogió diestramente en el aire la rienda que Rob le arrojó para que atendiera bien a Caballo.

la puerta principal daba a una gran sala de espera llena de bancos de madera, todos ocupados por una humanidad doliente. Como las colas que esperaban junto a su biombo, pero en este caso muchas más personas. No había ningún asiento desocupado, pero encontró un lugar junto a la pared.

De vez en cuando, salía un hombre por la puertecilla que llevaba al resto de la casa, y se hacia acompañar por el paciente que ocupaba el extremo del banco. Entonces todos avanzaban un espacio. Al parecer, había cinco médicos. Cuatro eran jóvenes y el otro era un hombre de mayor y menudo, de movimientos rápidos; Rob supuso que se trataba de Adolescentoli.

La espera fue larga. La sala seguía atiborrada, pues parecía que cada vez que alguien atravesaba la puertecilla con un médico, desde el exterior entraban otros por la puerta principal. Rob pasó todo el tiempo tratando de diagnosticar a los pacientes.

Cuando quedó primero en el banco de delante, promediaba la tarde.

Uno de los jóvenes cruzó la puerta.

_ Puedes pasar conmigo --dijo con acento francés.

--Quiero ver a Isaac Adolescentoli.

--Soy Moses ben Abraham, aprendiz del maestro Adolescentoli. Estoy en condiciones de atenderle.

--Estoy seguro de que me tratarías sabiamente si estuviera enfermo, debo ver al maestro por otra cuestión.

El aprendiz asintió y se volvió hacia la siguiente persona que esperaba.

Adolescentoli salió poco después, hizo pasar a Rob por la puerta y avanzaron juntos por un corto pasillo. A través de una puerta entreabierta, Rob vislumbró una sala de cirugía con una cama para operaciones, cubos e instrumentos. Fueron a parar a una habitación diminuta, desprovista de muebles, salvo una pequeña mesa y dos sillas.

--¿Cual es tu problema? --preguntó Adolescentoli.

Lo escuchó sorprendido cuando, en lugar de describir síntomas, Rob habló nervioso de su deseo de estudiar medicina. El doctor tenía un rostro moreno y agraciado, y no sonreía. Sin duda la entrevista no habría terminado de manera diferente si Rob hubiese sido más sensato, pero fue incapaz de rresistirse a hacerle una pregunta:

--¿Habéis vivido mucho tiempo en Inglaterra, maestro medico?

--¿Por que me lo preguntas?

--Habláis muy bien nuestra lengua.

--Nací en esta casa --respondió serenamente Adolescentoli--. cinco jóvenes prisioneros de guerra judíos fueron transladados por Tito desde Jerusalén hasta Roma, con posterioridad a la destrucción del gran Templo. Los llamaban Adolescentoli, que en latín significa “los jóvenes”. Yo desciendo de uno de ellos, Joseph Adolescentoli, que ganó su libertad alistándose en la Segunda Legión Romana, la cual llegó a esta isla cuando sus habitantes eran unos oscuros hombres que hacían barquillas de cuero. Se trataba de los silurianos, que fueron los primeros en darse el nombre de britanos. ¿Tu familia ha sido inglesa durante tanto tiempo?

--Lo ignoro.

--Pero tu también hablas correctamente nuestra lengua --dijo Adolescentoli, suave como la seda.

Rob le habló de su encuentro con Merlín, mencionando únicamente que habían hablado de los estudios de medicina.

--¿También vos estudiasteis con el gran medico persa en Ispahán?

Adolescentoli meneó la cabeza.

--Yo asistí a la universidad de Bagdad, una escuela de medicina más importante, con una biblioteca y un cuerpo facultativo mucho más grande Claro que nosotros no teníamos a Avicena, al que llaman Ibn Sina.

Hablaron de sus aprendices. Tres eran judíos de Francia y el cuarto, un judío de Salerno.

--Mis aprendices me han elegido antes que a Avicena o a cualquier otro árabe --señaló con orgullo--. No cuentan con una biblioteca como la de los estudiantes de Bagdad, pero poseo la enciclopedia que enumera los remedios según el método de Alejandro de Tralles y nos enseña a preparar bálsamos, cataplasmas y emplastos. Se les pide que lo estudien con gran atención lo mismo que algunos escritos latinos de Pablo de Egina y ciertas obras de Plinio. Y antes de concluir el aprendizaje deben saber hacer una flebotomía, una cauterización, incisiones de las arterias y abatimientos de cataratas.

Rob experimentó un ansia arrolladora, no distinta a la emoción de un hombre que contempla a una mujer a la que instantáneamente desea.

--He venido a pediros que me aceptéis como aprendiz.

Adolescentoli inclinó la cabeza.

--Sospechaba que por eso estabas aquí. Pero no te aceptare.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:40

--¿No puedo persuadiros de ninguna manera?

--No. Debes buscar como maestro a un medico cristiano o seguir siendo barbero --dijo Adolescentoli, no con crueldad pero si con firmeza.

Quizá sus razones eran las mismas de Merlín, pero Rob nunca las conocería, porque el médico no dijo una sola palabra más. Se levantó, lo acompañó a la puerta e inclinó la cabeza sin el menor interés, cuando Rob abandonó el dispensario.

Dos ciudades más allá, en Devizes, montó el espectáculo y por primera vez desde que dominaba el arte se le cayó una pelota durante los juegos malabares. La gente río de sus chistes y compró la medicina. Poco después pasó tras su biombo un joven pescador de Bristol, que rondaba su edad y que orinaba sangre, además de haber perdido casi toda la carne de su cuerpo, dijo a Rob que se estaba muriendo.

--¿No puedes hacer nada por mi?

--¿Como te llamas? --le preguntó Rob, serenamente.

--Hamer.

--Quizá tengas una buba en las tripas, Hamer. Pero no estoy del todo seguro. No se cómo curarte ni como aliviar tu dolor. --Barber le habría vendido unos cuantos frascos del curalotodo--. Esto es sobre todo alcohol comprado barato y por barriles --explicó, sin saber por que.

Nunca le había dicho algo semejante a un paciente. El pescador le dio las gracias y se fue.

Adolescentoli o Merlín habrían sabido hacer algo más por él, se dijo Rob amargamente. "¡Bastardos timoratos --pensó--, negarse a enseñarme mientras el maldito Caballero Negro sonríe!”

Esa noche se vio atrapado por una repentina tormenta, con feroces vientos y aguaceros. Era el segundo día de septiembre, o sea pronto para que cayeran tales lluvias, pero reinaban la humedad y el frío. Se abrió camino hasta el único albergue, la posada de Devizes, atando las riendas de Caballo al tronco de un gran roble del patio. Una vez dentro, descubrió que muchos lo habían precedido. Hasta el ultimo trozo de pavimento estaba ocupado.

En un rincón oscuro estaba acurrucado un hombre fatigado, que rodeaba con sus brazos un abultado paquete de los que suelen usar los mercaderes para llevar sus mercancías. De no haber estado en Malmesbury, Rob lo habría mirado por segunda vez, pero ahora sabía, por el caftán negro y gorra de cuero puntiaguda, que era judío.

--En una noche como esta fue asesinado nuestro Señor --dijo Rob en voz alta.

Las conversaciones en la posada menguaron a medida que hablaba de la religión, porque a los viajeros les gustan las historias y las diversiones. Alguien acerco una jarra. Cuando contó que el populacho había negado que Jesús el Rey de los judíos, el hombre acurrucado pareció encogerse.

Al llegar Rob al episodio del Calvario, el judío había cogido su paquete y se había escabullido hacia la noche y la tormenta. Rob interrumpió la historia y ocupó su lugar en el abrigado rincón.

Pero no encontró más placer en alejar al mercader que el que había encontrado dándole a beber la Serie Especial a Barber. El dormitorio común en la posada estaba cargado del tufo que despedían la ropa húmeda y los trapos sin lavar, y poco después sintió nauseas. Aun antes de que dejara de llover, salió a la intemperie, en busca de su carromato y sus animales.

Condujo a la yegua hasta un claro cercano y la desenganchó. En el carro había astillas secas y se las arregló para encender el fuego. Señora Buffington demasiado joven para criar, pero quizá ya exudaba aroma femenino, porque más allá de las sombras proyectadas por el fuego, maullaba un gato. Rob arrojó un palo para alejarlo y la gata blanca se frotó contra su cuerpo.

--Somos una estupenda pareja de solitarios --dijo Rob.

Aunque tardara la vida entera, investigaría hasta encontrar un médico con el que pudiera aprender, decidió.

En cuanto a los judíos, solo había hablado con dos doctores. Tenía que haber muchos más.

--Quizá alguno me tome de aprendiz si finjo ser judío --comentó con la señora Buffington.

Y así empezó todo. Como algo menos que un sueño..., una fantasía durante una charla ociosa. Sabía que no podía ser un judío lo bastante convincente como para sufrir el escrutinio cotidiano de un maestro judío.

Sin embargo, se sentó ante el fuego y contempló las llamas, y la fantasía adquirió forma. La gata le ofreció su panza sedosa.

--¿No podría ser lo bastante judío para satisfacer a los musulmanes --preguntó Rob a la gata, a si mismo y a Dios.

¿Lo bastante para estudiar con “el medico más grande del mundo”?

Estupefacto por la enormidad de lo que acababa de pensar, dejó caer a Señora Buffington, que de un salto se metió en el carromato. Volvió al instante, arrastrando algo que parecía un animal peludo. Era la barba postiza que Rob había utilizado para representar la farsa del viejo. La recogió. Si podía ser un anciano para Barber, se preguntó, ¿por que no podía ser un hebreo? Podía imitar al mercader de la posada de Devizes y a otros y...

--¡Me convertiré en un falso judío! --grito.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:41

Fue una suerte que no pasara nadie y lo oyera hablar en voz alta y seriamente con una gata, pues lo habrían catalogado como un hechicero que habla con su súcubo. No temía a la Iglesia.

--Me cago en los sacerdotes que roban niños --informó a la gata.

Se podía dejar crecer barbas de judío, y ya tenía el pito que correspondía.

Le diría a la gente que, al igual que los hijos de Merlín, había crecido al lado de su pueblo e ignorante de su lengua y sus costumbres.

¡Se abriría camino hasta Persia!

¡El tocaría el borde de la vestimenta de Ibn Sina!

Se sentía exaltado y aterrado, avergonzado de ser un adulto tan tembloroso. Fue algo semejante al momento en que supo que iría más allá de South por primera vez.

Decían que ellos estaban en todas partes, ¡condenados sean! En el viaje cultivaría su amistad y estudiaría sus costumbres. Cuando llegara a Ispahán estaría listo para hacer de judío, Ibn Sina lo acogería y compartiría con el los preciosos secretos de la escuela árabe.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:41

SEGUNDA PARTE

EL LARGO VIAJE
LA PRIMERA ETAPA




Londres era el puerto inglés desde el que partían más barcos hacia Francia de modo que se dirigió a la ciudad que lo había visto nacer. A lo largo de todo el camino hizo altos para trabajar, pues quería emprender la aventura con la mayor cantidad posible de oro. Tras su llegada a Londres se enteró de que estaba cerrada la temporada de navegación. El Támesis se había congestionado por los mástiles de los navíos anclados. Haciendo honor al origen danés, el Rey Canuto había construido una gran Flota de naves vikingas que surcaban las aguas como monstruos con ronzal. Los temibles buques de guerra estaban rodeados por un variado conjunto: gordos galeones convertidos en barcas para pesca de altura; las galeras trirremes, de propiedad privada de los ricos; buques cerealeros achaparrados, de lenta navegación a vela; dos botes mercantes con velas triangulares, de aparejo pequeño, carracas italianas de dos mástiles; largas naves de un solo mástil que trasportan caballos de tiro de las flotas mercantes de los países nórdicos.

Ninguna de las embarcaciones llevaba carga ni pasajeros, pues ya soplaban vientos glaciales. En los terribles seis meses siguientes, muchas mañanas se congelaría la espuma salada en el Canal, y los marineros sabían que aventurarse hasta donde el mar del Norte confluye con el Atlántico equivalía a morir ahogado en aquellas aguas agitadas.

En el Herring, un antro de marineros del puerto, Rob golpeó contra la mesa su taza de sidra calentada con empecías.

--Estoy buscando alojamiento limpio y abrigado hasta la primavera dijo--. ¿Alguno de los presentes podría orientarme?

Un hombre bajo pero ancho, con figura de bulldog, lo estudió mientras limpiaba su taza, y luego asintió.

--Si --dijo--. Mi hermano Tom murió en el último viaje. Su viuda, que responde al nombre de Binnie Ross, ha quedado con dos bocas para alimentar. Si estas dispuesto a pagar razonablemente, sé que te alojará encantada.

Rob le pagó una copa y lo acompañó hasta una diminuta casa cercana próxima al mercado de East Chepe. Binnie Ross resultó ser una ratita flaca, toda ojos azules preocupados en una carita delgada y pálida. La casa estaba bastante limpia aunque era muy pequeña.

--Tengo una gata y una yegua --advirtió Rob.

--La gata no me molestará --dijo la dueña de la casa, ansiosa: era evidente que necesitaba dinero desesperadamente.

--Puedes guardar el caballo durante el invierno --dijo su cuñado--.

En la calle del Támesis están los establos de Egglestan.

Rob asintió.

--Conozco el lugar.

--Esta preñada --dijo Binnie Ross, alzando a la gata y acariciándola.

Rob no vio ninguna redondez extraordinaria en su liso vientre.

--¿Cómo lo sabes? --preguntó, convencido de que estaba equivocada Todavía es muy joven; nació el verano pasado.

La chica se encogió de hombros.

Tenía razón: pocas semanas después, Señora Buffington prosperaba. Rob la alimentaba con bocados exquisitos y proporcionaba buenos alimentos a Binnie y a su hijo. La pequeña era bebe y todavía mamaba. A Rob le encantaba ir andando al mercado y hacer la compra para ellos, recordando el milagro de alimentarse bien después de largo tiempo con el estómago vacío.

La pequeña se llamaba Aldyth y el niño, de menos de dos años, Eduard Todas las noches Rob oía llorar a Binnie.

Llevaba en la casa menos de dos semanas cuando ella se acercó a su cama en la oscuridad. No dijo una sola palabra, pero se tendió y lo rodeo con delgados brazos, silenciosa durante todo el acto. Por curiosidad, Rob probó su leche y la encontró dulce.

Después, ella volvió a su propio lecho y al día siguiente no hizo ninguna referencia a lo ocurrido.

--¿Como murió tu marido? --le preguntó mientras ella servía las gachas del desayuno.

--En una tormenta. Wulf, su hermano, el que te trajo aquí, dijo que a Paul se lo había llevado la mar. No sabía nadar.

Acudió a el más de una noche, aferrándolo desesperadamente. Más a adelante, el hermano de su difunto marido, que sin duda había hecho acopio de coraje para hablarle, se presentó en la casa una tarde. A partir de entonces Wulf aparecía todos los días con regalitos; jugaba con sus sobrinos, pero evidente que hacia la corte a la madre, y un día Binnie le dijo a Rob que ella y Wulf se casarían. Este anuncio volvió más cómoda la casa para la larga espera de Rob.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:41

Durante una ventisca, Rob asistió a Señora Buffington en el alumbramiento de una hermosa camada: una miniatura de sí misma, un macho blanco y un par de mininos negros y blancos que probablemente habían salido a su padre. Binnie se ofreció a prestarle el servicio de ahogar a los cuatro gatitos, pero en cuanto fueron destetados Rob forró un cesto con trapos y los llevó a las tabernas, donde pagó una serie de bebidas con el propósito de que alguien aceptara llevárselos.

En marzo, los esclavos que hacían el trabajo pesado volvieron al puerto, nuevas filas de hombres comenzaron otra vez a abarrotar la calle del Támesis, cargando los depósitos y los barcos con productos de exportación.

Rob hizo innumerables preguntas a los viajantes y decidió que lo más conveniente era iniciar el viaje vía Calais.

--Allí se dirige mi nave --le dijo Wulf, y lo llevó a la grada para mostrarle el Queen Emma.

El barco no era tan importante como su nombre: un enorme carcamán al madera con un mástil altísimo. Los estibadores lo estaban cargando con conchas de estaño de las minas de Cornualles. Wulf llevó a Rob ante el capitán, un galés nada sonriente que asintió cuando le preguntó si llevaría un pasajero, y mencionó un precio que parecía justo

--Tengo un caballo y un carro --dijo Rob.

El capitán frunció el ceño.

--Te costara caro transportarlos por mar. Algunos venden sus bestias y carros a este lado del Canal y compran otros nuevos al llegar al otro lado.

Rob meditó un rato, pero decidió pagar el flete, aunque era muy elevado.

Había forjado el plan de trabajar como cirujano barbero durante sus viajes.

Caballo y el carromato rojo eran un buen equipo, y no confiaba en encontrar algo que le diera tantas satisfacciones.

Con abril el tiempo se volvió bonancible y empezaron a salir los primeros barcos. El Queen Emma levó anclas del fango del Támesis el undécimo del mes, despedido por Binnie sin demasiado llanto. Soplaba un viento seco pero suave. Rob vio como Wulf y otros siete marineros jalaban los cabos levantando una enorme vela cuadrada que se hinchó con un crujido en cuanto llegó a lo alto: comenzaron a flotar en la marea ascendente. Pesada su carga de metal, la enorme embarcación salió del Támesis, deslizándose suavemente a través de los estrechos entre la isla de Thanet y el continente, arrastrándose frente el litoral de Kent, y cruzando luego tenazmente el Canal, viento en popa.

La costa verde oscureció a medida que retrocedía, hasta que Inglaterra fue una bruma azul y luego un borrón púrpura que se tragó la mar. Rob no tuvo la oportunidad de albergar nobles pensamientos, pues estaba vomitando. Al pasar a su lado en cubierta, Wulf interrumpió sus pasos y escupió despectivamente por el colmillo.

--¡por los clavos de Cristo! Vamos demasiado cargados para cabecear, el tiempo es inmejorable y las aguas están en calma. ¿Que te ocurre?

Pero Rob no pudo responder, pues estaba inclinado sobre la borda para no manchar la cubierta. En parte, su problema era el terror que experimentaba, pues nunca había estado en el mar y ahora lo acosaba toda una vida de historias de ahogados, desde el marido y los hijos de Editha Lipton hasta el afortunado Tom Ross, que había dejado viuda a Binnie. Las aguas aceitosas por las que vomitaba se presentaban inescrutables e insondables, probablemente llenas de monstruos malignos, y Rob se arrepintió de la temeridad con que había emprendido tan extraña aventura. Para colmo de males, el viento arreció y en el mar se formaron profundos oleajes. Tuvo la certeza de que el breve moriría, y hubiera dado buena acogida a semejante liberación. Wulf fue a buscarlo y le ofreció una cena compuesta por pan y cerdo salado frito muy frío. Rob resolvió que Binnie debía haberle confesado las visitas a su lecho y que esa era la venganza de su futuro marido, al que no tenía fuerza para responder.

El viaje había durado siete interminables horas cuando otra bruma se levantó en el denso horizonte y lentamente apareció Calais.

Wulf se despidió deprisa, pues estaba ocupado con la vela. Rob condujo a la yegua y el carro por la plancha, hacia una tierra firme que parecía subir y bajar como el mar. Razonó que el terreno francés no podía oscilar, pues de lo contrario habría oído hablar de semejante rareza. Lo cierto es que después de unos minutos de caminata, la tierra le pareció más firme, pero ¿donde iría? No tenía la menor idea de su destino ni de cual debía ser el próximo paso. El idioma constituía un obstáculo. A su alrededor, la gente hablaba con un sonido de matraca, y no logró extraer ningún sentido a sus palabras. Finalmente se detuvo, se encaramó al carromato y batió palmas.

--¡Contrataré a quien hable mi lengua! --grito.

Un viejo con cara de necesidad se acercó a él. Tenía las piernas canijas una estructura esquelética que advertían que no sería muy útil para levantar y arrastrar pesos. Pero el hombre notó que Rob estaba pálido y sus ojos centellearon.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:42

--¿Podemos hablar frente a un vaso calmante? Los alcoholes de manzana operan maravillas para asentar el estómago --dijo, y la lengua madre fue una bendición para los oídos de Rob.

Se detuvieron en la primera taberna que encontraron. Se sentaron ante una rústica mesa de pino, al aire libre.

--Yo soy Charbonneau --dijo el francés, haciéndose oír por encima del bullicio de los muebles--. Louis Charbonneau.

--Rob J. Cole.

En cuanto les sirvieron el aguardiente de manzanas, cada uno brindó por la salud del otro, y Charbonneau había acertado, porque el alcohol cayo en el estómago de Rob y lo devolvió al mundo de los vivos.

--Creo que ahora puedo comer --dijo, aunque dubitativo.

Contento, Charbonneau impartió una orden y en seguida una Camarera llevó a la mesa un pan crujiente, una fuente con pequeñas olivas verdes y queso de cabra que hasta Barber habría aprobado.

--Ya ves por qué necesito ayuda--dijo Rob con tono quejumbroso ni siquiera sé pedir la comida.

--Toda mi vida he sido marinero. Era un crío cuando mi primer barco me dejó en Londres, y recuerdo muy bien cuánto ansiaba oír mi lengua natal --explicó Charbonneau sonriendo.

La mitad de su vida en tierra la había pasado al otro lado del Canal, donde hablaban inglés.

Yo soy cirujano barbero y viajo a Persia para comprar medicinas raras y hierbas curativas que serán enviadas a Inglaterra.

Eso era lo que había decidido decir a todos, para eludir cualquier discusión sobre el hecho de que la Iglesia consideraba un delito su verdadero motivo para ir a Ispahán.

Charbonneau enarcó las cejas.

Es un largo viaje.

Rob asintió.

Necesito un guía; alguien que traduzca lo que digo para poder presentar espectáculos, vender mi panacea y tratar a los enfermos durante el acto. Estoy dispuesto a pagar un salario generoso.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:42

Charbonneau cogió una oliva de la fuente y la puso sobre la mesa calada por el sol.

Francia --dijo y cogió otra oliva --. Los cinco ducados de Alemania por los sajines. --Cogió otra y luego otra, hasta que hubo siete olivas en fila--. Bohemia --dijo, señalando la tercera--, donde viven los eslay los checos. Después está el territorio de los magiares, un país cristiano lleno de bárbaros jinetes salvajes. A continuación los Balcanes, un país de altas y feroces montañas, de gentes altas y feroces. Más allá Tracia, de la que sé muy poco salvo que marca el límite final de Europa y en ella se encuentra Constantinopla. Y finalmente Persia, adonde tu quieres ir.

observo a Rob contemplativamente.

Mi ciudad natal está en la frontera entre Francia y las tierras de los ilanes, cuyas lenguas teutónicas hablo desde mi infancia. Por tanto, si me contratas, te acompañaré hasta... --Recogió las dos primeras olivas y se las metió en la boca--. Debo dejarte a tiempo para estar en Metz el próximo invierno.

Trato hecho --dijo Rob, aliviado.

después, mientras Charbonneau le sonreía y pedía otro aguardiente, consumió con gesto solemne las demás olivas de la fila, tragándose así los cinco países restantes, uno por uno.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:42

EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA




Francia no era tan decididamente verde como Inglaterra, pero había más El cielo parecía más alto, y el color de Francia era un azul oscuro. Gran parte de la tierra estaba compuesta por bosques, como su país. El campo estaba salpicado de granjas escrupulosamente pulcras, y de vez en cuando aparecía un sombrío castillo de piedra similar a los que Rob estaba acostumbrado a ver en los campos de su terruño; pero algunos señores vivían en grandes casas solariegas de madera, que eran poco comunes en Inglaterra.

En los pastos había ganado y campesinos sembrando trigo.

Rob ya había visto algunas maravillas.

Muchos de vuestros edificios campestres carecen de techo --observó.

--Aquí llueve menos que en Inglaterra--dijo Charbonneau--. Algunos granjeros trillan el grano en graneros abiertos.

Charbonneau montaba un caballo grande y plácido de color gris claro, blanco. Sus armas tenían aspecto de haber sido usadas y bien cuidadas.

Por las noches atendía cuidadosamente su montura, y limpiaba y lustraba su espada y la daga. Era una compañía agradable en el campamento y en el camino.

Todas las granjas tenían huerto, ahora en flor. Rob se detuvo en unas quintas con la intención de comprar licor, pero no encontró hidromiel. Adquirió un barril de aguardiente de manzanas, similar al que había paladeado en Calais, y descubrió que mejoraba la Panacea Universal.

Como en todas partes, los mejores caminos habían sido construidos tiempo atrás, por los romanos, para que marcharan sus ejércitos: anchas callas que empalmaban entre sí y eran tan rectas como lanzas. Charbonneau hacía observaciones cariñosas sobre sus caminos.

--Abundan por doquier y forman una red que abarca el mundo. Si lo hizo quisieras, podrías seguir por estas vías hasta llegar a Roma.

No obstante, ante un cartel que indicaba una aldea llamada Caudry, Rob hizo desviar a Caballo del camino romano. Charbonneau desaprobó la maniobra.

--Estos senderos arbolados son peligrosos.

--Tengo que recorrerlos para ejercer mi oficio. Son los únicos que llevan a las aldeas pequeñas. Tocaré el cuerno. Es lo que siempre he hecho.

Charbonneau se encogió de hombros.

Las casas de Caudry tenían techos cónicos de broza o de paja. Las mujeres cocinaban al aire libre; casi todas las casas tenían una mesa de tablones y bancos cerca del fuego, debajo de un tosco sombrajo sostenido por cuatro postes resistentes que eran troncos de árboles jóvenes. Aquello no podía tomarse por un pueblo inglés, pero Rob hizo todos los movimientos de rutina como si estuviera en casa.

Dio el tambor a Charbonneau y le dijo que lo batiera. El francés parecía divertirse y se interesó vivamente cuando Caballo se puso a hacer cabriola al son del tambor.

--¡Hoy hay espectáculo! ¡Gran espectáculo! --grito Rob.

Charbonneau capto la idea de inmediato, y a partir de entonces tradujo todo lo que decía Rob.

La experiencia del espectáculo en Francia resultó rara para Rob. Los espectadores reían de los mismos cuentos aunque en diferentes momento quizá porque debían esperar la traducción. Durante los juegos malabares Charbonneau estaba transfigurado, y sus farfullados comentarios de deleite contagiaron a la multitud, que aplaudió vigorosamente.

Vendieron grandes cantidades de Panacea Universal.

Aquella noche, en el campamento, Charbonneau insistió en que hiciera malabarismos, pero Rob se negó.

--Ya te hartarás de verme, no temas.

--Es sorprendente. ¿Dices que haces eso desde que eras un crío?

--Si.

Le habló de los tiempos en que Barber se lo había llevado consigo tras la muerte de sus padres.

Charbonneau meneó la cabeza.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:43

--Has tenido suerte. Cuando yo tenía doce años murió mi padre, y mi hermano Etienne y yo fuimos entregados como grumetes a una embarcación pirata.--Suspiró--. Esa si que es una vida dura, amigo mío.

--Creía haberte oído decir que tu primer viaje te llevó a Londres.

--Mi primer viaje en un buque mercante, a los diecisiete. Pero los cinco años anteriores navegué con piratas.

--Mi padre ayudó a defender Inglaterra contra tres invasiones. Dos veces cuando los daneses invadieron Londres. Y otra cuando los piratas invadieron Rochester --dijo Rob lentamente.

--Mis piratas nunca atacaron Londres. Una vez tocamos tierra en Rodney, incendiamos dos casas y nos llevamos una vaca a la que matamos para comer carne.

Se miraron fijamente.

Eran muy malas personas. Pero yo tenía que hacer eso para conservar la vida

Rob asintió.

-¿Y Etienne? ¿Que ha sido de Etienne?

--Cuando tuvo edad suficiente huyó y volvió a nuestra ciudad, donde se colocó de aprendiz de panadero. Hoy también es un viejo y hace un pan excepcional.

Rob sonrió y le deseó que pasara buena noche.

Cada tres o cuatro días iban a la plaza de una aldea distinta, donde todo ocurría como de costumbre: las tonadas libertinas, los retratos halagadores las curas con licor. Al principio Charbonneau traducía los llamamientos del cirujano barbero, pero en breve el francés se había acostumbrado tanto, que era capaz de reunir una multitud por su cuenta. Rob trabajaba duramente, deseoso de llenar su caja, pues sabía que el dinero significaba provecho en países extranjeros.

El mes de junio fue cálido y seco. Mordisquearon diminutos bocados de oliva Cruzaron Francia, atravesando su borde norteño, y a principios del verano estaban casi en la frontera alemana.

--Nos estamos acercando a Estrasburgo --anunció Charbonneau una mañana.

--Vayamos a esa ciudad para que puedas ver a los tuyos.

--Si lo hacemos perderemos dos días --objetó Charbonneau, pero Rob rió y se encogió de hombros, porque simpatizaba con el anciano francés.

La ciudad era hermosa y bullía de artesanos que estaban construyendo una gran catedral en la que ya apuntaba la promesa de incrementar la gracia general de las anchas calles y elegantes casas de Estrasburgo. Fueron directamente a la panadería, donde un locuaz Etienne Charbonneau estrujo a su hermano en un enharinado abrazo.

La noticia de su llegada se transmitió según el sistema de información francés, y aquella tarde se presentaron para celebrarla dos apuestos hijos de Etienne y tres de sus hijas, de ojos oscuros, con su prole y sus cónyuges; la más joven, Charlotte, era soltera y aún vivía en casa de su padre. Charlotte preparó una cena pródiga: tres gansos estofados con zanahorias y ciruelas pasas. Pusieron en la mesa dos tipos de pan fresco. Uno redondo, al que llamó "pan de perro”, y que era delicioso a pesar de su nombre. Estaba compuesto por capas alternativas de trigo y centeno.

--Es muy barato; se trata del pan de los pobres --dijo Etienne, y estimuló a Rob a probar una barra larga más cara, hecha con tranquillón, una mezcla de harinas con muchos granos molidos finos.

A Rob le gusto más el ""pan de perro”.

Fue una velada alegre. Louis y Etienne traducían todo para Rob, con la hilaridad general. Los niños bailaron, las mujeres cantaron, Rob hizo los malabares para corresponder a la opípara cena, y Etienne tocó tan bien como horneaba el pan.

finalmente la familia se marchó, todos besaron a los viajeros a modo de despedida. Charlotte hundió el vientre y asomó su pecho recién florecido, mientras sus grandes ojos invitaban escandalosamente a Rob. Esa noche, echado en la cama, Rob se preguntó como sería la vida si se instalara en el seno de una familia como aquella y en un entorno tan encantador.

A medianoche se levantó.

--¿Ocurre algo? --preguntó Etienne en voz baja.

El panadero estaba sentado en la oscuridad, no muy lejos de donde yacía su hija.

--Tengo que mear.

--Iré contigo --dijo Etienne.

Salieron juntos y orinaron amistosamente contra un costado del granero Cuando Rob regresó a su cama de paja, Etienne se acomodó en la silla y quedó vigilando a Charlotte.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:43

Por la mañana, el panadero mostró a Rob sus grandes hornos redondos y regaló a los viajeros un saco lleno de "pan de perro” horneado dos veces para que quedara duro y no se estropeara, a semejanza de las galletas marineras.

Los habitantes de Estrasburgo tuvieron que esperar sus panes ese día pues Etienne cerró la panadería y cabalgó con ellos parte del trayecto. El camino romano los llevó hasta el río Rin, a corta distancia de la casa Etienne, y luego se curvaba aguas abajo algunas millas, hasta un vado.

Los hermanos se inclinaron en sus monturas y se besaron.

--Ve con Dios --dijo Etienne a Rob, al tiempo que enfilaba su caballo hacia su casa, y ellos salpicaban agua cruzando el vado.

Las aguas arremolinadas estaban frías y aun débilmente pardas por la tierra arrastrada por las inundaciones primaverales río arriba. La senda distante de la orilla opuesta era empinada, y Caballo realizó un gran esfuerzo para arrastrar el carromato hasta la tierra de los teutones.

En seguida llegaron a las montañas, cabalgando entre altos bosques de pinaceas y abetos. Charbonneau estaba cada vez más callado, lo que en principio Rob atribuyó a lo mucho que le dolía separarse de su familia y de su terruño, pero al cabo de un rato el francés escupió.

--No me gustan los alemanes, ni tampoco pisar su tierra.

Sin embargo, naciste lo más cerca de ellos que puede nacer un francés

Charbonneau frunció el ceño.

--Uno puede vivir junto al mar y no amar a los tiburones --dijo.

A Rob lo impresionaba como una tierra agradable. El aire era frío. Descendieron una montaña alargada a cuyo pie vieron a hombres y mujeres cortando y revolviendo el heno del valle para obtener forraje como hacían los campesinos en Inglaterra. Subieron otra montaña unas tierras de pastoreo no muy extensas donde los niños atendían a las cabras llevadas a pastar durante el verano desde las granjas La senda era alta, y poco después, al bajar la vista, vieron un gran castillo de piedra gris oscuro. Unos jinetes participaban en una justa con las lanzas abiertas, en la palestra. Charbonneau volvió a escupir.

Es la torre del homenaje de un hombre terrible, el sobrenombre de este conde Sigdorff, era el Imparcial.

¿El Imparcial? No parece el sobrenombre más apropiado para un hombre tan terrible.

-Ahora es viejo --explicó Charbonneau--. Pero se ganó ese nombre en su juventud, cayendo sobre Bamberg y llevándose a doscientos prisioneros.

Hizo que a cien de ellos les cortaran la mano derecha y a los otros cien la izquierda.

llevaron a sus caballos a medio galope hasta que el castillo desapareció de la vista.

antes de mediodía llegaron a una señal de desvío del camino romano la aldea de Entburg, en la que decidieron montar su espectáculo. Ha los pocos minutos que habían tomado el desvío cuando llegaron a un recodo encontraron a un hombre que bloqueaba el sendero, montado en un caballo y cobrizo, de ojos legañosos. El hombre era calvo y tenía pliegues de en su corto pescuezo. Llevaba puesta una prenda de tejido casero con un cuerpo al mismo tiempo carnoso y duro, semejante al de Barber Rob lo conoció. No había lugar para pasar con el carromato, pero tenía las armas enfundadas y Rob refrenó al caballo mientras se estudiaban serenamente. El hombre calvo pronunció unas palabras.

Pregunta si tienes licor --aclaró Charbonneau.

--Dile que no.

El hijoputa no esta solo --agregó Charbonneau sin alterar el tono de su voz y Rob percibió que otros dos habían dispuesto sus cabalgaduras detrás de los árboles.

uno era un joven montado en una mula. Cuando se acercó al gordo, notó la similitud de sus rasgos y dedujo que eran padre e hijo. El tercero iba en un animal enorme y torpe que parecía un caballo de tiro. Se instaló detrás del carromato, cortando la retirada por retaguardia. Tendría unos treinta años. Era menudo y de aspecto ruin; le faltaba la oreja izquierda, como a Señora Bumigton.

Los dos recién llegados empuñaban espadas. El calvo dijo algo a Charboneau en voz alta.

Dice que debes bajar del carromato y quitarte la ropa. Quiero que sepas que en cuanto lo hagas te matarán --dijo Charbonneau--. La vestimenta es cara y no quieren que se manche de sangre.

Rob no notó de donde había sacado Charbonneau su puñal. El viejo lo hizo con un esforzado gruñido y un experto movimiento de mano que proyectó en línea recta y a gran velocidad: se hundió en el pecho del de la espada.

En los ojos del gordo se notó un sobresalto, pero aun no se había borrado la sonrisa de sus labios cuando Rob abandonó el asiento de su carromato.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:43

Dio un solo paso hasta el ancho lomo de Caballo y se lanzó, arrancando al hombre de su silla. Aterrizaron rodando y dando zarpazos, cada uno tratando desesperadamente herir al otro. En un momento dado, Rob logró llevar su brazo izquierdo por debajo del mentón del otro, desde atrás. Un puño carnoso empezó a golpearle la ingle, pero Rob se retorció y pudo desviar los puñetazos a una nalga. Recibió unos terribles martillazos que le entumecieron la pierna. Con anterioridad siempre había peleado borracho enloquecido de ira. Ahora estaba sobrio y concentrado en un único pensamiento, frío y claro.

"Mátalo.”

Jadeante, se aferró a la muñeca izquierda con la mano libre y tratando de estrangularlo o aplastarle la traquea.

Luego pasó a la frente e intentó echarle la cabeza hacia atrás, para estropearle la espina dorsal.

"¡Quiébrate!”, imploró. Pero el cuello era corto y grueso, acolchado con grasa y surcado de músculos.

Una mano con largas uñas negras subió hasta su cara.

Rob se debatió para apartar la cabeza, pero la mano le rastrilló la mejilla haciéndolo sangrar.

Gruñeron y lucharon como en una tosca pelea de amantes.

La mano volvió. Esta vez llegó un poco más arriba, en busca de los ojos Clavo sus afiladas uñas y Rob gritó.

Al instante Charbonneau estaba de pie sobre ellos. Insertó la punta de la espada deliberadamente, buscando un espacio entre las costillas, y hundió a fondo la espada.

El calvo suspiró, como si estuviera satisfecho. Dejó de gruñir y de moverse y se desplomó. Rob lo olió por primera vez.

Logró apartarse del cadáver. Se sentó, acariciándose la cara vapuleada

El joven colgaba de la grupa de la mula, con sus sucios pies descalzos cruelmente enganchados. Charbonneau le arrancó el puñal y lo limpió

Aflojo los pies muertos sujetos a los estribos de cuerda y bajó su cuerpo a tierra.

--¿El tercero? --jadeó Rob, sin poder evitar un temblor en su voz.

Charbonneau escupió.

--Huyo al primer indicio de que no nos dejaríamos matar tan fácilmente.

--¿Obra del Imparcial, necesitado de refuerzos?

Charbonneau meneó la cabeza.

--Estos son asesinos baratos y no hombres de un langrave.

Registró los cadáveres con la destreza del que no lo hace por primera vez. Del cuello del hombre colgaba una pequeña bolsa con monedas. El otro no llevaba dinero, pero si un crucifijo deslustrado. Sus armas eran de mala calidad, pero Charbonneau las arrojó en el interior del carromato.

Dejaron a los salteadores de caminos donde estaban; el cadáver del calvo yacía de bruces sobre su propia sangre.

Charbonneau ató la mula a la parte de atrás del carro y llevó de las riendas al huesudo caballo capturado. Después, volvieron al camino romano

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:44

LENGUAS EXTRAÑAS




Cuando Rob preguntó a Charbonneau donde había aprendido a lanzar diestramente un puñal, el viejo francés respondió que se lo habían enseñado los piratas de su juventud.

--Era útil para luchar contra los condenados daneses y apoderarse de sus naves. --Vaciló--. Y para luchar contra los condenados ingleses y apoderarse de sus naves --agregó con tono malicioso.

En ese entonces no le fastidiaban las trilladas rivalidades nacionales, y ninguno de ellos tenía la menor duda acerca de la valía de su compañero. Intercambiaron una sonrisa.

--¿Me enseñarás?

--Si tu me enseñas a hacer malabarismos --dijo Charbonneau, y Rob accedió de buena gana.

El trato era desigual, pues para Charbonneau había pasado la hora de dominar una habilidad difícil, y en el poco tiempo que les quedaba aprendió a botar dos pelotas, aunque extrajo un enorme placer arrojándolas y recogiéndolas.

Rob tenía la ventaja de la juventud, y los años pasados haciendo juegos malabares lo habían dotado de muñecas fuertes y flexibles, además de una vista aguda, equilibrio y sincronización.

--Se requiere un puñal especial. Tu daga tiene una hoja fina que muy pronto se quebraría si empezaras a arrojarla, o se estropearía la empuñadura, es el centro del peso y del equilibrio de una daga corriente. Un puñal arrojadizo equilibra el peso en la hoja, de modo que un movimiento rápido de la muñeca lo lanza fácilmente de punta hacia el blanco.

Rob aprendió deprisa a lanzar el puñal de Charbonneau de modo que presentara primero su hoja afilada. Le resultó más difícil adquirir pericia en dar en el blanco al que apuntaba, pero estaba acostumbrado a la disciplina de la practica y arrojaba el puñal a una marca hecha en un árbol, cada vez que tenía la oportunidad.

Se mantuvieron en los caminos romanos, que estaban abarrotados de viajeros que hablaban muchas lenguas. En una ocasión, la partida de un cardenal francés los obligó a apartarse del camino. El prelado cabalgaba rodeado por doscientos jinetes y ciento cincuenta sirvientes; usaba zapatos color escarlata, sombrero y capa gris sobre una casulla en otros tiempos blanca, y ahora más oscura que la capa por el polvo del camino. Algunos peregrinos avanzaban en la dirección general de Jerusalén, solos o en grupos reducidos o numerosos; a veces eran conducidos o instruidos por palmeros devotos religiosos que indicaban su participación en viajes sagrados usando dos palmas cruzadas recogidas en Tierra Santa. Algunas bandas de caballeros con armaduras pasaban al galope emitiendo gritos de guerra, a menudo borrachos, habitualmente belicosos y siempre sedientos de gloria, botín y diversiones. Algunos fanáticos religiosos llevaban cilicios y se arrastraban hacía Palestina sobre sus manos y rodillas ensangrentadas, para cumplir los votos hechos a Dios o a un santo. Agotados e indefensos, eran presas fáciles. En las carreteras abundaban los criminales, y la aplicación de las leyes por parte los funcionarios era, en el mejor de los casos, negligente. Cuando un ladino o un salteador de caminos era atrapado con las manos en la masa, los mismos viajeros lo ejecutaban en el lugar del hecho, sin celebrar ningún juicio

Rob mantenía sus armas sueltas y preparadas, casi a la expectativa de que el ladrón al que le faltaba la oreja izquierda guiara hasta ellos a una pandilla de jinetes para vengarse. Las dimensiones de Rob, su nariz rota y las huellas de las heridas faciales se combinaban para darle una apariencia formidable, pero comprendió, divertido, que su mejor protección residía en el viejo de aspecto frágil que había contratado gracias a sus conocimientos idioma inglés.

Compraron provisiones en Augsburgo, un activo centro comercial fundado por el emperador romano Augusto en el año 12 a.C. Augsburgo era centro de transacciones entre Alemania e Italia, repleto de gente y absorto en su preocupación, que era el comercio. Charbonneau señaló a unos mercaderes italianos, llamativos por sus zapatos de costoso material y con puntas vueltas hacia arriba. Rob ya llevaba tiempo viendo un creciente numero judíos, pero en los mercados de Augsburgo notó la presencia de muchos más, instantáneamente identificables por sus caftanes negros y sus sombreros de cuero, acampanados y de ala estrecha.

Rob montó el espectáculo en Augsburgo, pero no vendió tanta medicina como anteriormente, tal vez porque Charbonneau traducía con menos entusiasmo cuando se veía obligado a utilizar la lengua gutural de los francos.

No le importó, porque su bolsa estaba abultada; de cualquier manera diez días más tarde, al llegar a Salzburgo; Charbonneau le informó de que su espectáculo en esa ciudad sería el ultimo que presentarían juntos.

--Dentro de tres días llegaremos al río Danubio, donde te dejaré para volverme a Francia. --Rob asintió--. Ya no te seré útil. Más allá del Danubio está Bohemia, donde hablan una lengua que no conozco.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:44

--Serás bienvenido si decides acompañarme, aunque no me hagas de intérprete.

Pero Charbonneau sonrió y negó con la cabeza.

Ha llegado la hora de que vuelva a casa, esta vez para quedarme.

Esa noche, en una posada, se dieron un banquete de despedida, con comida lugareña: carne ahumada guisada con manteca de cerdo, col encurtida. No les gustó nada y se pusieron achispados con el espeso vino Rob pagó generosamente al anciano. Charbonneau le dio un último consejo:

--Te espera una tierra peligrosa. Dicen que en Bohemia no se nota la diferencia entre los bandidos salvajes y los mercenarios de los señores locales.

Si quieres atravesar esas tierras ileso, deberás buscarte la compañía de otras personas. Rob le prometió que trataría de unirse a un grupo fuerte.

Al llegar al Danubio, Rob comprobó que era un río más caudaloso de lo que esperaba. Sus aguas discurrían rápidas y presentaban una superficie que, según le constaba, era indicadora de hondura y peligro. Charbonneau se quedó con él un día más de lo acordado, insistiendo en cabalgar a su lado río abajo, hasta la agreste y semiasentada aldea de Linz, donde una balsa de troncos vadeaba pasajeros y carga a través e un remanso en la vía fluvial.

--Bien --dijo el francés.

--Quizá algún día volvamos a vernos.

--No lo creo.

Se abrazaron.
Vive eternamente, Rob J. Cole.

--Vive eternamente, Louis Charbonneau.

Rob bajó del carromato y fue a contratar su pasaje mientras el anciano se iba a lomos de su huesudo caballo castaño. El barquero era un hombre rico y voluminoso, con un fuerte resfriado, por lo que constantemente se jalaba los mocos del labio superior con la lengua. Decidir la tarifa fue difícil porque Rob no entendía la lengua bohemia, y terminó convencido de que le había cobrado de más. Cuando regresó al carromato, después de un buen regateo por señas, Charbonneau había desaparecido de la vista.

Al tercer día de estancia en Bohemia se encontró con cinco alemanes rudos y rubicundos, e intentó trasmitirles la idea de que quería viajar con ellos. Se mostró amable, les ofreció oro e indicó que estaba dispuesto a cocinar y a hacer otras faenas de campamento, pero ninguno de ellos sonrió ni soltó las manos de la empuñadura de su espada.

--¡Jodidos! --dijo, por último, y se volvió.

Pero no podía reprocharles nada: su grupo ya era fuerte y él, un desconocido, un peligro en potencia. Caballo lo llevó desde las montañas hasta una meseta en forma de plato, rodeada de verdes colinas. Había campos cultivados de tierra gris, en los que hombres y mujeres se afanaban por obtener trigo, cebada, centeno y remolachas, pero en su mayor parte era una arboleda variada. Por la noche, no muy lejos, oyó el aullido de los lobos. Mantuvo el fuego encendido aunque no hacia frío, y señora Buffington maullaba al percibir a los animales salvajes, aunque dormía con el erizado borde de su lomo apoyado en su amo.

Había dependido de Charbonneau para muchas cosas, pero ahora descubrió que la más insignificante no había sido la compañía. Cabalgaba cuesta abajo por el camino romano, conoció el significado de la palabras dado que no podía hablar con ninguna de las personas que encontraba.

Transcurrida una semana desde la partida de Charbonneau una mañana se encontró ante el cuerpo desnudo y mutilado de un hombre colgado de un árbol, a la vera del camino.

El ahorcado era flaco, tenía cara de hurón y le faltaba la oreja izquierda Rob lamentó no poder informar a Charbonneau de que otros habían dado su merecido al tercer salteador de caminos.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:44

LA INTEGRACIÓN




Rob cruzó la vasta meseta y volvió a internarse en las montañas. Estas no eran tan elevadas como las que ya había atravesado, pero si lo bastante accidentadas como para retardar su avance. En otras dos ocasiones se acercó a grupos de viajeros que recorrían el mismo camino, e intentó unirse a ellos, pero ambas veces fue rechazado. Una mañana, un grupo de jinetes harapientos pasaron a su lado y le gritaron algo en su extraña lengua, pero el los retribuyó con un saludo y desvió la mirada, pues se dio cuenta de que eran unos violentos y desesperados. Tuvo la impresión de que si se les unía, en breve estaría muerto.

Tras su llegada a una gran ciudad, entró en una taberna y su alegría se desbordó al descubrir que el tabernero conocía algunas palabras en inglés.

por ese hombre se enteró de que la ciudad se llamaba Brunn. Los pueblos por cuyo territorio había viajado los habitaban, en su mayor parte, gentes de una tribu a las que se conocía como checos. No se enteró de mucho más, ni logró saber de dónde había sacado el tabernero sus escasos conocimientos de palabras inglesas, pues la sencilla conversación ya había exigido demasiado de su capacidad lingüística. Al abandonar la taberna, Rob descubrió a un hombre en la parte de atrás de su carro, revisando sus pertenencias.

--Fuera --dijo en voz baja.

Desenvainó la espada pero el hombre ya había saltado del carromato y se había alejado sin darle tiempo a detenerlo. La bolsa con el dinero seguía a buen resguardo debajo de las tablas del carro, y lo único que faltaba era una bolsa de paño que contenía los objetos necesarios para los trucos mágicos. No fue poco consuelo pensar en la cara que pondría el ladrón cuando abriera la bolsa.

Después de este acontecimiento, limpiaba sus armas diariamente, manteniendo una ligera capa de grasa en las hojas para que se deslizaran fácilmente de sus vainas al menor tirón. De noche, su sueño era ligero o no dormía, pues estaba atento a cualquier sonido indicativo de que alguien caería sobre él. Le constaba que tenía pocas esperanzas si lo atacaba una partida como la de los jinetes harapientos. Permaneció solo y vulnerable nueve largos días, hasta que una mañana el camino dejó atrás el bosque y --para su sorpresa, encanto y renovación de las esperanzas --ante sus ojos apareció una diminuta población casi tapada por una enorme caravana.

Las dieciséis casas de la aldea estaban rodeadas por cientos de animales Rob vio caballos y mulas de toda clase y tamaño, ensillados o enganchados a vagones, carros y carromatos de todo tipo. Ato a Caballo a un árbol. Había gente por todos lados, y mientras se abría paso entre la multitud, sus oídos se vieron asaltados por un barboteo de lenguas incomprensibles.

--Por favor --le dijo a un hombre empeñado en la ardua tarea de cambiar una rueda--. ¿Donde está el jefe de la caravana?

Lo ayudo a levantar la rueda hasta el cubo, pero la única respuesta fue una sonrisa de agradecimiento y un movimiento desconcertado de la cabeza

--¿El jefe de la caravana? --preguntó al siguiente viajero, que en ese momento alimentaba a una yunta de bueyes que tenían bolas de madera fija a las puntas de sus largos cuernos.

--Ah der Metster Kerl Fritta --respondió el hombre e hizo un gesto hacía abajo.

Después fue fácil, porque todos parecían conocer el nombre de Kerl Fritta. Cada vez que Rob lo pronunciaba le contestaban con un movimiento de cabeza y un dedo indicador, hasta que por último llegó a un terreno en que habían instalado una mesa junto a un inmenso vagón amarrado a los seis alazanes de tiro más grandes que había visto en su vida. Sobre la mesa descansaba una espada desenvainada y ante ella estaba sentado un personaje que peinaba sus largos cabellos castaños en dos gruesas trenzas, enfrascado en una conversación con el primero de una larga fila de viajeros que aguardaba para viajar con él.

Rob se situó al final de la cola.

--¿Aquel es Kerl Fritta? --preguntó.

--Si, es él --respondió uno de los hombres.

Se miraron, asombrados y contentos.

--¡Tu eres inglés!

--Escocés --corrigió el otro, levemente decepcionado--. ¡Que encuentro! ¡Que encuentro!--murmuró, aferrando ambas manos de Rob.

Era alto y delgado, de pelo largo y canoso, e iba bien afeitado, al estilo britano. Usaba indumentaria de viaje, de tela negra áspera, pero era un paño de buena calidad y bien cortado.

--James Geikie Cullen --se presentó--. Criador de ovejas y agente de tejidos de lana; viajo a Anatolia con mi hija en busca de mejores variedades de carneros y ovejas.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:45

--Rob J. Cole, cirujano barbero. Rumbo a Persia, para comprar medicinas preciosas.

Cullen lo contempló casi cariñosamente. La lineal avanzaba, pero tuvieron tiempo suficiente para intercambiar información, y las palabras inglesas nunca sonaron tan eufóricas en sus oídos.

Cullen iba acompañado por un hombre que llevaba pantalones marrones manchados y una capa gris hecha jirones; le explicó que era Seredy, a quien habla contratado como sirviente e intérprete.

Sorprendido, Rob se enteró de que ya no estaba en Bohemia, pues, sin saberlo, dos días atrás había pasado al país de Hungría. La aldea transformada por la caravana se llamaba Vac. Aunque los habitantes disponían de pan y queso, los comestibles y otros suministros eran carísimos.

La caravana se había originado en la ciudad de Ulm, en el ducado de Suabia.

--Fritta es alemán --le confió Cullen--. No se desvive por mostrarse amable, pero es aconsejable unirse a él, dado que informes fehacientes indican que los bandidos magiares hacen presa de los viajeros solitarios y de los grupos poco numerosos, y no hay otra caravana nutrida en las inmediaciones, Los datos sobre los bandidos parecían ser del conocimiento general. A medida que avanzaban hacia la mesa, se sumaron otros solicitantes a la fila.

Detrás mismo de Rob se situaron tres judíos, que por supuesto despertaron su interés.

--En este tipo de caravanas uno no tiene más remedio que viajar con gente bien nacida y con gentuza --comentó Cullen en voz alta.

Rob estaba observando a los tres hombres con sus caftanes oscuros y sus sombreros de cuero. Conversaban en otra lengua extraña que Rob todavía no había oído, pero le pareció que el que estaba más cerca de él parpadeo al oír las palabras de Cullen, como si lo hubiera entendido. Rob desvió la mirada.

Cuando llegaron a la mesa de Fritta, Cullen se ocupó de sus asuntos y luego tuvo la amabilidad de ofrecer a Seredy como intérprete de Rob.

El jefe de la caravana, experimentado y rápido en esas entrevistas, asimiló eficazmente su nombre, negocios y destino.

--Quiere que entiendas que la caravana no va a Persia --dijo Seredy--.

Mas allá de Constantinopla tendrás que hacer tus propios planes.

Rob asintió, y entonces el alemán habló largamente.

--La tarifa que debes pagar al señor Fritta es igual a veintidós peniques ingleses de plata, pero no quiere esta moneda porque el señor Cullen le pagará en peniques ingleses y el señor Fritta dice que no le será fácil colocarlos. Pregunta si puedes pagarle en monedas de plata francesas y alemanas.

--Si.

--Entonces son veintisiete de esas --dijo Seredy con tono excesivamente zalamero.

Rob vaciló. Tenía suficiente cantidad de esas monedas porque había vendido la medicina en Francia y Alemania, pero no conocía su valor de cambio

--Veintitrés --dijo una voz directamente a sus espaldas, tan baja que creyó haberla imaginado.

--Veintitrés monedas --repitió en tono firme.

El jefe de la caravana aceptó fríamente, mirándolo a los ojos.

--Debes llevar tus propios víveres y provisiones. Si te retrasas o te ves obligado a abandonar, te dejarán atrás --informó el traductor--. Dice que la caravana saldrá de aquí compuesta por unas noventa partidas separadas que totalizan más de ciento veinte hombres. Exige que haya un centinela cada diez grupos, de modo que cada doce días te tocara hacer guardia por la noche.

--De acuerdo.

--Los recién llegados ocuparán su lugar al final de la línea de marcha donde hay más polvo, y donde el viajero es más vulnerable. Tú seguirás al señor Cullen y a su hija. Cada vez que alguien que va más adelante abandone, podrás avanzar un solo lugar. Todo el que se una a la caravana a partir de este momento irá detrás de ti.

--De acuerdo.

--Y si practicas tu profesión de cirujano barbero con los miembros de la caravana, deberás compartir tus ganancias a partes iguales con el señor Fritta.

--No --se apresuró a decir, pues era injusto que aquel alemán se llevara la mitad de sus ganancias.

Cullen carraspeó. Rob miro al escocés, noto el temor en su expresión y recordó lo que había dicho acerca de los bandidos magiares.

--Ofrece diez y acepta treinta --aconsejó la voz baja a sus espaldas.

--Te daré un diez por ciento de mis ganancias --ofreció.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:45

Fritta murmuró una única palabra que Rob interpretó como el equivalente teutónico de “mierda”; luego emitió otro sonido corto.

--Dice que cuarenta.

--Dile que veinte.

Acordaron un treinta por ciento. Mientras daba las gracias a Cullen haberle permitido usar a su intérprete y echaba a andar, Rob observó de soslayo a los tres judíos. Eran hombres de estatura mediana y tez morena, bronceada hasta resultar casi atezada. El hombre que ocupaba en la fila el lugar inmediatamente detrás de él tenía la nariz carnosa y grandes labios con una barba castaña moteada de gris. No miró a Rob; dio un paso hacia la mesa, con la total concentración de quien ya ha puesto a prueba a un adversario.

Ordenaron a los recién llegados que ocuparan sus puestos en la línea de marcha durante la tarde, y que esa noche acamparan en su lugar, pues la caravana partiría al amanecer. Rob encontró su posición entre Cullen y los judíos, desengancho la yegua y la llevó a pastorear, a pocas varas de distancia Los habitantes de Vac estaban apelando a la última oportunidad de aprovecharse de las ganancias llovidas del cielo, vendiendo provisiones. Un granjero se acercó a ofrecer huevos y queso amarillo, por los que pedía 10 monedas alemanas, un precio abusivo. En lugar de pagar, Rob trocó alimentos por tres frascos de Panacea Universal y así se ganó la cena.

Mientras comía observó a sus vecinos, que lo observaban, a su vez. En el campamento anterior al suyo, Seredy iba en busca del agua, y cocinaba la hija de Cullen. Era una muchacha muy alta y pelirroja. En el campamento detrás había cinco hombres. Cuando terminó de limpiar, después de comer, Rob se acercó a donde los judíos cepillaban a sus animales. Tenían buenos caballos, además de dos mulas de carga, una de las cuales llevaba, probablemente, la tienda que habían levantado. Observaron a Rob en silencio cuando se encaminó directamente hacia el hombre que estaba a sus espaldas durante sus tratos con Fritta.

--Soy Rob J. Cole. Quiero darte las gracias.

--De nada, de nada. --El hombre levantó el cepillo del lomo del caballo--. Me llamo Meir ben Asher.

A continuación, le presentó a sus compañeros. Dos estaban con él Cuando Rob los vio por primera vez en la fila: Gershom ben Shemuel, que tenía un lobanillo en la nariz, era bajo y aparentemente duro como un trozo de madera, y Judah ha-Cohen, de nariz afilada y boca pequeña, con el pelo negro y brillante de un oso y una barba del mismo estilo. Los otros eran más jóvenes. Simón ben Ha-Levi era delgado y serio, casi un hombre, una especie de palo de barba fina. Y Tuveh ben Meir era un chico de doce años, tan crecido para su edad como lo había sido Rob.

--Mi hijo --dijo Meir. Los demás no abrieron la boca. Lo observaban atentamente.

--¿Sois mercaderes?

Meir asintió.

--En otros tiempos nuestra familia vivía en la ciudad de Hameln, en Alemania. Hace diez años todos nos trasladamos a Angora, en tierra de biantinos, desde donde viajamos tanto al este como al oeste, comprando y vendiendo.

--¿Qué es lo que compráis y vendéis?

Meir se encogió de hombros.

--Un poco de esto, un poco de aquello...

Rob quedó encantado con la respuesta. Se había pasado horas pensando en versiones falsas sobre si mismo y ahora veía que era innecesario: los hombres de negocios no revelan muchas cosas.

--¿Y adonde viajas tu? --preguntó el joven Simón, sobresaltando a Rob, que había creído que solo Meir sabía inglés.

--A Persia.

--Persia. ¡excelente! ¿Tiene familia allí?

--No, voy a comprar. Una o dos hierbas, tal vez algunas medicinas.

--Ah --dijo Meir, que intercambió una mirada con los otros judíos.

Todos aceptaron inmediatamente la respuesta de Rob. Era el momento de irse, y les dio las buenas noches.

Cullen no le había quitado los ojos de encima mientras hablaba con los judíos, y cuando Rob se acercó a su campamento el escocés parecía haber perdido gran parte de su simpatía inicial.

Le presentó a su hija Margaret sin entusiasmo, aunque la chica saludo a Rob muy amablemente.

De cerca, su pelo rojo parecía agradable al tacto. Sus ojos eran fríos y tristes. Sus pómulos altos y redondeados daban la impresión de ser tan grandes como el puño de un hombre, y la nariz y la mandíbula eran atractivas aunque no delicadas. Tenía el rostro y los brazos poco elegantes a causa de las pecas, y Rob no estaba acostumbrado a que una mujer fuese tan alta.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:45

Mientras trataba de resolver si era o no bonita, Fritta se acercó y habló brevemente con Seredy.

--Quiere que el señor Cole haga de centinela esta noche --dijo el intérprete.

De modo que, al acaso, Rob empezó su recorrido, que comenzaba en campamento de Cullen y se extendía a través de otros ocho, además del suyo.

Mientras se paseaba observo la extraña mezcolanza que la caravana había reunido. Junto a un carro cubierto, una mujer de cutis aceitunado y pelo rubio amamantaba a un bebe, mientras el marido permanecía en cuclillas cerca del fuego, engrasando sus arneses. Dos hombres limpiaban sus arma Un chico alimentaba con granos a tres gallinas gordas que ocupaban una tosca jaula de madera. Un hombre cadavérico y su gorda esposa se miraban echando chispas por los ojos y peleaban en un idioma que, pensó Rob, debía de ser francés.

En el tercer circuito de su zona, al pasar por el campamento de los judíos, vio que todos estaban juntos y se balanceaban, entonando sus oraciones nocturnas.

Una enorme luna blanca comenzó a elevarse desde el bosque, más al norte de la aldea; Rob se sintió infatigable y confiado, porque de pronto había pasado a formar parte de un ejercito de más de ciento veinte hombres, era muy distinto a viajar solo por tierras extrañas y hostiles.

Durante la noche, cuatro veces dio el quien vive y las cuatro descubrió que se trataba de algún hombre que se apartaba del campamento para responder a una llamada de la naturaleza.

Hacia el alba, cuando el sueño se le estaba haciendo insoportable, Margaret Cullen salió de la tienda de su padre. Pasó cerca de él sin darse por enterada de su presencia. Rob la vio con toda claridad bajo la luz lavada de luna. Su vestido parecía muy negro y sus largos pies, que debían de estar húmedos de rocío, parecían muy blancos.

Hizo el mayor ruido posible mientras se encaminaba en dirección opuesta a la que había tomado ella, pero la observó de lejos hasta que la vio volver sana y salva, momento en que reanudó su ronda.

Con las primeras luces abandonó su puesto de centinela y desayunó pan y queso. Mientras comía, los judíos se reunieron en el exterior de su tienda para recitar las oraciones de la salida del sol. Su exceso de devoción era una forma de disimular la rutina. Se ataron unas pequeñas cajas negras en la frente, y se vendaron los antebrazos con delgadas tiras de cuero, con lo que sus miembros adquirieron el aspecto de los postes de barbero que lucía el carromato de Rob; después quedaron alarmantemente sumidos en un silencio fueron, cubriéndose la cabeza con sus taled. Rob suspiró aliviado cuando terminaron.

Enganchó a Caballo muy temprano y tuvo que esperar. Aunque los que encabezaban la caravana salieron poco después del amanecer, el sol estaba bien alto cuando le llegó el turno. Cullen llevaba un caballo blanco y flaco, seguido por su sirviente Seredy montando en una desaliñada yegua rucia, conduciendo tres caballos de carga. ¿Para que necesitaban dos personas tres animales de carga? La hija cabalgaba un orgulloso corcel negro. Rob pensó que las ancas del caballo y de la mujer eran admirables, y los siguió de buena gana.

Se habituaron en seguida a la rutina del viaje. Los tres primeros días, tanto los escoceses como los judíos lo miraban amablemente y lo dejaban a solas quizás inquietos por las cicatrices de su cara y las estrafalarias marcas del carromato. La intimidad nunca le había disgustado y estaba contento de que lo dejaran a solas con sus pensamientos.

La muchacha cabalgaba siempre delante de él, que inevitablemente la observaba, incluso después de acampar. Al parecer, tenía dos vestidos negros, y en cuanto tenía la oportunidad lavaba uno de ellos. Era obvió que se trataba de una viajera lo bastante aguerrida como para no quejarse de las incomodidades, pero había en ella --y también en Cullen --un aire melancólico apenas oculto. Por sus vestimentas, Rob dedujo que estaban de luto.

A veces la muchacha cantaba en voz baja.

La cuarta mañana, cuando la caravana se movía muy lentamente, la muchacha desmontó y llevó de las riendas a su caballo, para estirar las piernas.

Rob bajo la vista, y como estaba muy cerca de su carromato, le sonrió. Los ojos eran enormes, del azul más oscuro que puede tener un iris. Su cara de pómulos altos presentaba superficies amplias y delicadas. La boca era grande y madura, como todo en ella, y sus labios se movían con rapidez y, curiosamente, resultaban muy expresivos.

--¿Cual es la lengua de sus canciones?

--El gaélico.

-Ya me parecía.

--¿Como puede un sasseinach reconocer el gaélico?

--¿Que es un sasseinach?

--Es el nombre que damos a quienes viven al sur de Escocia.

--Sospecho que ese termino no es un cumplido.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:46

--Claro que no --reconoció ella, y esta vez sonrió.

--¡Mary Margaret! --grito su padre imprevistamente.

Ella se apresuró a ir a su encuentro, como una hija acostumbrada a obedecer.

¿Mary Margaret?

Debía de contar aproximadamente la edad que tendría ahora Anne Mary, pensó con incomodidad. De pequeña, su hermana tenía el pelo castaño, aunque con algunos matices rojizos...

"Esa chica no es Anne Mary”, se recordó severamente. Sabía que debía que dejar de ver a su hermana en todas las mujeres que no habían llegado a la ancianidad, porque era un pasatiempo que podía convertirse en una forma de locura.

Y no era necesario hacer hincapié en ello, pues la hija de James Cullen no le interesaba. Había mujeres atractivas más que suficientes en el mundo y decidió mantenerse alejado de aquella.

Su padre resolvió, evidentemente, darle otra oportunidad de conversación, quizá porque no lo había visto volver a hablar con los judíos. La quinta noche de camino, James Cullen fue a visitarlo, llevando una botella de aguardiente de cebada; Rob le dio la bienvenida y acepto un trago.

--¡Entiendes de ovejas, señor Cole?

Cullen sonrió de oreja a oreja cuando le oyó responder que no, y se mostró dispuesto a adiestrarlo.

--Hay ovejas y ovejas. En Kilmarnock, asiento de las posesiones Cull las ovejas suelen ser tan pequeñas que solo llegan a pesar doce piedras. Me han dicho que en Oriente doblan ese tamaño, tienen pelo largo y no corto y un vellón más denso que el de las bestias escocesas. Es tan espeso, cuando se hila y se convierte en mercancía, que la lluvia no lo empapa.

Cullen dijo que pensaba comprar ganado reproductor cuando encontrara el de la mejor calidad, para llevárselo consigo a Kilmarnock.

"Eso exigirá mucho capital, una buena cantidad de dinero de cambio se dijo Rob, y comprendió por que Cullen necesitaba caballos de carga.

sería mejor que el escocés también llevara guardaespaldas, reflexionó.

--Estás haciendo un largo viaje, y permanecerás mucho tiempo lejos tus posesiones.

--Lo he dejado en buenas manos, al cuidado de parientes que merecen toda mi confianza. Me resultó muy difícil tomar la decisión, pero... seis meses antes de salir de Escocía enterré a mi esposa, después de veintidós años matrimonio.

Cullen hizo una mueca, se llevó la botella a la boca y se echo un buen trago al coleto. "Eso explica la tristeza de esta gente”, pensó Rob. El cirujano barbero que había en él lo llevo a preguntar cual había sido la causa aquel fallecimiento.

--Tenía bultos en los dos pechos, bultos duros. Empezó a ponerse pálida y débil, perdió el apetito y la voluntad. Al final sentía terribles dolores. Se tomó tiempo para morir, pero pasó a mejor vida antes de lo que creía. Se llamaba Jura. Bien... Me entregué seis semanas a la bebida, comprendí que no era esa la salida. Durante años me había dedicado a lotear sobre la compra de buen ganado en Anatolia, sin haber pensado nunca que llegaría a hacerlo. Entonces tomé la decisión.

Le ofreció la botella y no se ofendió cuando Rob meneó la cabeza.

--Es hora de orinar --dijo, y sonrió afablemente.

Ya había vaciado una buena cantidad del contenido de la botella, y cuando intentó incorporarse e irse, Rob tuvo que ayudarlo.

--Buenas noches, señor Cullen. Vuelva a visitarme.

--Buenas noches, señor Cole.

Mientras observaba cómo se alejaba con paso inseguro, Rob se dio cuenta de que no había mencionado ni una sola vez a su hija.

La tarde siguiente, un viajante de comerció francés, de nombre Felix Roux, que ocupaba el puesto trigésimo octavo en la fila de marcha, fue arrojado de la montura cuando su caballo se espantó al ver un tejón. Cayó malamente a tierra, con todo el peso del cuerpo en el antebrazo izquierdo. Se fracturó el hueso y le quedó un miembro colgado y torcido. Kerl Fritta mandó a buscar al cirujano barbero, que encajó el hueso e inmovilizó el tazo. La operación fue sumamente dolorosa. Rob se esforzó por informarle Roux que aunque el brazo le produciría sufrimientos cuando cabalgara, no tendría que abandonar la caravana. Finalmente, hizo que se acercara Seredy para decirle al paciente cómo debía manejar el cabestrillo.

Su expresión era meditabunda mientras regresaba al carromato. Había accedido a tratar a los viajeros enfermos varias veces por semana. Aunque daba propinas generosas a Seredy, sabía que no podía seguir usando como intérprete al sirviente de James Cullen.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:46

De vuelta en su carromato, vio a Simón ben Ha-Levi sentado cerca, a ras del suelo, remendando la cincha de una silla de montar. Se acercó al joven judío y le preguntó:

Sabes francés y alemán?

El joven asintió mientras se llevaba una correa a la boca y arrancaba con sus dientes el hilo encerado.

Rob habló y ha-Levi escuchó. Por último, como los términos eran generosos y el trabajo no le exigía demasiado tiempo, aceptó el cargo de intérprete del cirujano barbero. Rob estaba muy contento.

--¿Cómo es que sabes tantos idiomas?

--Nosotros somos mercaderes internacionales. Viajamos constantemente y tenemos relaciones familiares en los mercados de muchos países. Los idiomas forman parte de nuestro negocio. Por ejemplo, el joven Tuveh está estudiando la lengua de los mandarines, porque dentro de tres años hará la Ruta de la Seda y entrará a trabajar en la empresa de mi tío.

Su tío, Issachar ben Nachum, explicó, dirigía una sucursal de la familia Kai Feng Fu, de la que cada tres años enviaba una caravana de sedas, pimienta y otros productos orientales exóticos a Meshed, en Persia. Y cada tres años desde que era pequeño, Simón y otros varones de la familia viajaban desde su hogar en Angora a Meshed. Allí se hacían cargo de una caravana de ricas mercancías, y regresaban al reino franco de Oriente.

Rob J. sintió que se le aceleraba el pulso.

--¿Conoces la lengua persa?

--Naturalmente. El parsi.

Rob lo miró con ojos desorbitados.

--Se llama parsi.

--¿Me lo enseñarás?

Simón ben ha-Levi vaciló, porque aquello era harina de otro costal. Podía ocuparle mucho tiempo.

--Te pagaré bien.

--¿Para qué quieres saber parsi?

--Necesitaré emplearlo cuando llegue a Persia.

--¿Quieres hacer negocios regularmente? ¿Regresar a Persia una y otra vez para comprar hierbas y productos farmacéuticos, como hacemos nosotros para adquirir sedas y especias?

--Quizá. --Rob J. se encogió de hombros en un gesto digno de Asher--. Un poco de esto y un poco de aquello.

Simón sonrió. Empezó a garabatear la primera lección en la tierra, con un palo, pero el resultado fue insatisfactorio; Rob fue al carromato, cogió sus útiles de dibujo y una rodaja limpia de madera de haya. Simón lo inició en parsi tal como mamá le había enseñado a leer inglés muchos años atrás, empezando por el alfabeto. Las letras del parsi se componían de puntos y líneas onduladas. ¡Por la sangre de Cristo! El lenguaje escrito parecía mierda de paloma, rastros de pájaros, virutas rizadas, lombrices que intentaban aparearse...

--Jamás lo aprenderé --dijo, y sintió que se le partía el corazón.

--Lo aprenderás --le aseguró Simón plácidamente.

Rob J. volvió al carromato con la madera. Cenó despacio, ganando tiempo para dominar su excitación; luego se sentó en el pescante, y de inmediato comenzó a aplicarse en el nuevo aprendizaje.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:46

Al otro día de viaje arribaron a un pequeño lago.

Trató de recordar a las mujeres con las que había nadado. Sumarían una media docena y había hecho el amor con todas ellas, antes o después de nadar.

Varias veces en el agua, con la humedad lamiendo sus cuerpos...

Hacía cinco meses que no tocaba a una mujer, el periodo de abstinencia más prolongado desde que Editha Lipton lo había introducido en el mundo del sexo. Ahora pateo y se sacudió en el agua, que estaba muy fría, intentando liberarse del dolor que le producía la ausencia del amor carnal.

Cuando adelantó a Meir, le envió una fabulosa salpicadura a la cara.

Meir escupió y tosió.

--¡Cristiano! --le gritó amenazadoramente.

Rob volvió a salpicarlo y Meir se aferró a el. Rob era más alto pero el otro tenía una fuerza descomunal. Empujó a Rob bajo la superficie, pero éste enredó sus dedos en la barba y tironeó, hundiéndolo consigo. Bajo la superficie, parecía que unas diminutas motas de escarcha se separaban del agua parda y se aferraban a él, frío sobre frío, hasta que se sintió envuelto e una piel de gélida plata.

Más abajo.

Hasta que, en el mismo momento, cada uno de ellos sintió pánico pensó que se ahogaría jugando. Se separaron y aparecieron en la superficie en busca de aire. Ninguno de los dos vencido, ninguno de los dos victorioso nadaron juntos hasta la orilla. Al salir del agua temblaban con la anticipación del frió otoñal, mientras luchaban por meter sus cuerpos húmedos en ropa. Meir había notado que Rob tenía el pene circuncidado y lo miró.

--Un caballo me mordió la punta --dijo Rob.

--Una yegua, sin duda --apostillo Meir solemnemente; murmuró algo los otros en su idioma, lo que provocó que todos sonrieran a Rob.

Los judíos usaban una ropa curiosamente orlada sobre la carne. Desnudos eran como los demás hombres; vestidos recuperaban su exotismo. Pescaron a Rob estudiándolos, pero el no les pidió que aclararan el porqué de extraña ropa interior, y nadie se lo explicó voluntariamente.

Cuando el lago quedó atrás, el paisaje se resintió. Poco después se volvió casi insoportable la monotonía de bajar por un camino recto e interminable millas y millas de un monte o un campo invariable que se parecía a todos los campos. Rob J. buscó refugio en su imaginación, visualizando el camino como había sido poco después de que lo construyeran, una vía en una vasta red de miles de caminos que habían permitido a Roma conquistar el mundo.

En primer lugar habrían llegado los exploradores, una caballería de avanzada. Luego, el general en su carro conducido por un esclavo, rodeado de trompetas por razones de boato y para hacer señales. Más tarde los tributos y los legados, los funcionarios a caballo. Y detrás de ellos la legión, un enjambre de cerdosas jabalinas...: diez cohortes de los asesinos más eficaces la historia; seiscientos hombres por cohorte; cada cien legionarios un centurión. Y por último miles de esclavos haciendo lo que otras bestias de trabajo no podían hacer, arrastrando la tormenta, la gigantesca maquinaría de guerra que era la verdadera razón para construir los caminos: enormes arietes para poder destruir muros y fortificaciones, terribles catapultas para que del cielo llovieran dardos sobre el enemigo, gigantescas ballestas, las hondas de los dioses, para arrojar rocas por el aire o lanzar grandes rayos si disparaban flechas. Finalmente, los carros cargados con el equipaje, seguidos por esposas e hijos, prostitutas, comerciantes, correos y funcionarios del gobierno; las hormigas de la historia que vivían de las sobras del festín romano.

Ahora el ejército era leyenda y sueño, aquel séquito era polvo y aquel gobierno había desaparecido, pero permanecían los caminos, indestructibles carreteras algunas veces tan rectas como para adormecer la mente.

La hija de Cullen caminaba otra vez cerca de su carromato; su caballo iba atado a uno de los animales de carga.

--¿Queréis viajar conmigo, señorita? El carro significará un cambio para vos.

Ella dudó, pero cuando Rob le tendió la mano, la cogió y le permitió que la ayudara a subir.

--Vuestra mejilla ha cicatrizado muy bien --observó Margaret ruborizada, aunque parecía incapaz de no hablar--. Apenas queda una ligerísima línea dorada del último rasguño. Con suerte se desvanecerá y no os quedara cicatriz.

Rob sintió que también se ponía colorado y no le gustó nada que ella examinara sus facciones.

--¿Cómo os habéis herido?

--En un encuentro con salteadores de caminos.

Mary Cullen respiró hondo.

--Ruego a Dios que nos evite algo semejante. --Lo miró pensativa--.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:47

Algunos dicen que el propio Kerl Fritta extendió el rumor sobre los bandidos magiares, con el propósito de atemorizar a los viajeros y lograr que se reunieran en tropel a su caravana.

Rob se encogió de hombros.

--No está fuera del alcance del señor Fritta haberlo hecho, creo. Los agiares no parecen amenazadores.

A ambos lados del camino, hombres y mujeres cosechaban coles. Guardaron silencio. Cada bache del camino hacía chocar sus cuerpos, de modo que Rob era consciente en todo momento de la posibilidad de que lo rozara una suave cadera o un muslo firme, y el aroma de la carne de aquella muchacha era como una especia tibia extraída de las zarzamoras bajo el sol.

El, que había acosado a las mujeres a todo lo largo y lo ancho de Inglaterra, notó que se le estrangulaba la voz cuando intentó hablar.

--¿Vuestro segundo nombre siempre ha sido Margaret, señorita Cullen?

Ella lo miró, atónita.

--Siempre.

--¿No recordáis otro nombre?

--De niña mi padre me decía Tortuga, porque a veces hacía así.

Y parpadeó lentamente. A Rob lo turbaba el deseo de tocarle el pelo.

Debajo del ancho pómulo izquierdo apuntaba una minúscula cicatriz, invisible si uno no la examinaba a fondo, y que no la desfiguraba en lo más mínimo. Rob desvió rápidamente la mirada.

Delante, su padre volvió la cabeza y divisó a su hija en el carromato. Cullen había visto varias veces más a Rob en compañía de los judíos, y el disgusto apareció en su voz cuando gritó el nombre de Mary Margaret. Ella se dispuso a abandonar el pescante.

--¿Cual es vuestro segundo nombre, señor Cole?

--Jeremy.

Inclinó la cabeza y adoptó una expresión grave, pero sus ojos se burlaron de él.

--¿Siempre ha sido Jeremy? ¿No recordáis otro nombre?

Recogió sus faldas con una mano y saltó a tierra ligeramente, como animal. Rob tuvo un vislumbre de piernas blancas y golpeó las riendas contra el lomo de Caballo, enfurecido al ver que solo era un objeto de diversión para ella.

Aquella noche, después de cenar, fue a buscar a Simón para la seguir la lección y descubrió que los judíos tenían libros. En la escuela parroquial St. Botolph, a la que asistió de niño, había tres libros: un Canon de la Biblia y un Nuevo Testamento, ambos en latín, y un menologió en inglés, la lista de los días de festividad religiosa prescritos para su general observancia por el monarca de Inglaterra. Las páginas eran de vitela, hechas tratando pieles de corderos, becerros o cabritillos. La ingente tarea de escribirlos a mano, hacía que los libros fuesen caros y raros.

Los judíos parecían tenerlos en gran numero --más adelante supo que sumaban siete --guardados en un pequeño cofre de cuero repujado.

Simón cogió uno escrito en parsi y pasaron a la lección examinando Rob en el texto buscaba las letras una por una, a medida que Simón las pronunciaba. Había aprendido rápidamente y bien el alfabeto parsi. Simón alabó y leyó un pasaje del libro para que Rob oyera la entonación. Hacía pausa después de cada palabra y Rob tenía que repetirla.

--¿Cómo se llama este libro?

--El Corán, que es la Biblia de los persas --dijo Simón y después Gloria a Dios en las alturas, lleno de gracia y misericordia.

El lo creo todo, incluido el hombre Al hombre le dio un lugar especial en su creación, y lo honró convirtiéndolo en su agente.

Con ese fin, lo imbuyó de comprensión, purificó sus afectos y lo dotó de penetración espiritual --Todos los días te daré una lista de diez palabras y expresiones --dijo Simón--. Debes aprenderlas de memoria para la siguiente lección.

--Dame veinticinco palabras cada día --le pidió Rob, quien sabía que solo tendría maestro hasta Constantinopla.

Simón sonrió.

--Veinticinco, entonces.

Al día siguiente Rob aprendió fácilmente las palabras, pues el camino seguía siendo recto y liso, y Caballo podía andar con las riendas sueltas mientras su amo estudiaba en el pescante. Pero Rob vio que estaba perdiendo muchas oportunidades, y después de la lección de ese día pidió permiso a Meir ben Asher para llevarse el libro persa a su carromato y poder estudiarlo a lo largo de todo el día de viaje, vacío de acontecimientos. Meir se negó a prestárselo

--El libro no debe estar nunca fuera del alcance de nuestra mirada. Solo puedes leerlo en nuestra compañía.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:47

No puede ir Simón conmigo en el carro?

Tuvo la certeza de que Meir estaba a punto de decirle otra vez no, pero intervino Simón.

--Podría aprovechar el tiempo para verificar los libros de contabilidad
dijo.

Meir caviló.

--Este será un erudito de primera --observo Simón--. Ya hay en él un amor por el estudio. Los judíos observaron a Rob de una manera algo distinta a como lo habían mirado hasta entonces. Por último, Meir asintió.

--Puedes llevar el libro a tu carro --dijo.

Aquella noche se quedó dormido lamentando que no fuese ya el día siguiente, y por la mañana despertó temprano y ansioso, con una sensación de anticipación casi dolorosa. La espera fue más difícil porque presenció los preparativos que hacían los judíos antes de iniciar el día: Simón fue a arboleda para aliviar la vejiga y los intestinos; bostezando, Meir y Tuveh se contonearon hasta el arroyo para lavarse, todos ellos balanceándose y musitando los maitines; Gershom y Judah sirvieron el pan y la papilla.

Ningún enamorado esperó nunca a doncella alguna con más impaciencia.

--Venga, venga, patoso, holgazán hebreo --farfulló, mientras repasaba por ultima vez la lección del vocabulario persa correspondiente a ese día.

Cuando por fin Simón llegó, iba cargado con el libro persa, un pesado libro mayor de contabilidad y un curioso marco de madera que contenía columnas de cuentas ensartadas en estrechas varillas de madera.

--¿Que es eso?

--Un ábaco. Un contador muy útil cuando se trata de hacer sumas--explicó Simón.

Después de que la caravana se pusiera en marcha, fue evidente que el nuevo acuerdo era fructífero. Pese a la relativa lisura del camino, las ruedas del carromato rodaban sobre piedras y no era practico escribir, pero resultaba fácil leer. Cada uno se dedicó a su trabajo mientras avanzaban a través de millas y millas de campo.

El libro persa no tenía ningún sentido para el, pero Simón le había dicho que leyera las letras y las palabras parsis hasta que se sintiera fluido con la pronunciación. Una vez tropezó con una frase que Simón le había puesto en la lista: Koc-homedy.

--Has venido con buenas intenciones --dijo con tono triunfal, como hubiese alcanzado una victoria menor.

A veces levantaba la vista y contemplaba la espalda de Mary Margaret Ahora ella no se movía del lado de su padre, sin duda por insistencia este, pues Rob había notado que Cullen miraba cejijunto a Simón cuando encaramó al carro. Mary cabalgaba con la espalda muy recta y la cabeza erguida, como si toda su vida se hubiera balanceado en una silla de montar.

A mediodía Rob había aprendido su lista de palabras y frases.

--Veinticinco no es suficiente. Tienes que darme más.

Simón sonrió y le puso otras quince. El judío hablaba poco y Rob se acostumbró al clac-clac-clac de las cuentas del ábaco volando al contacto los dedos de Simón.

A medía tarde, Simón gruño y Rob supo que había descubierto un error en uno de los cálculos. Evidentemente, el libro mayor contenía el registro de muchas transacciones. A Rob se le ocurrió que aquellos hombres llevaba sus familias los beneficios de la caravana mercantil que habían conducido por Persia a Alemania, lo que explicaba por qué nunca dejaban sin protección campamento. En la línea de marcha, delante de él iba Cullen, trasladan una considerable suma de dinero a Anatolia, con el propósito de comprar ganado. Detrás iban aquellos judíos, que seguramente llevaban una cifra más importante aun. Si los bandidos supieran de la existencia de esos dinerales pensó con incomodidad, reunirían un ejercito de proscritos y ni siquiera una caravana tan numerosa estaría a salvo de su ataque. Pero no se sintió tentado a abandonar la caravana, porque viajar a solas era lo mismo que buscarse la muerte. De modo que apartó tales temores de su mente y, día tras día, permanecía en el asiento del carromato con las riendas sueltas y los ojos fijos --como para toda la eternidad-- en el libro sagrado del Islam.

El buen tiempo se mantuvo, y la profundidad azul de los cielos otoñales le recordaba los ojos de Mary Cullen, de los que muy poco veía porque guardaba las distancias. Sin duda así se lo había ordenado su padre.

Simón terminó de revisar el libro de contabilidad y no tenía excusa para ir a sentarse todos los días en su carro, pero ya se había establecido una rutina y Meir accedía con más tranquilidad a separarse de su libro persa.

Simón lo instruía asiduamente para que llegara a ser un príncipe de mercaderes.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:47

--¿Cual es la unidad básica de peso en Persia?

--El man, Simón; aproximadamente la mitad de una piedra europea.

--Dime cuáles son los otros pesos.

--Esta el ratel, que es la sexta parte de un man. El dirham, la quincuagésima parte de un ratel. El mescal, o sea la mitad de un dirham. El dun sexta parte de un mescal. Y, por último, el barleycorn, que es un cuarto de dung.

Cuando el otro no lo interrogaba, Rob no podía reprimir incesantes preguntas.

--Simón, por favor. ¿Como se dice dinero?

--Ras.

--Simón, si fueras tan amable... ¿que quiere decir esta expresión que aparece en el libro, Soab a caret?

--Mérito para la otra vida, es decir, en el paraíso.

--Simón.. .

Simón gruñía y Rob comprendía que se estaba poniendo pesado, momento en que se tragaba las preguntas hasta que la necesidad de plantear otra cruzaba su mente.

Dos veces por semana pasaba visita. Simón hacía las veces de traductor, observaba y escuchaba. Cuando Rob examinaba y medicaba, el experto era él y Simón se transformaba en el que hacía las preguntas.

Un boyero franco, de sonrisa estúpida, fue a ver al cirujano barbero y se quejó de sensibilidad y dolor detrás de las rodillas, donde tenía unos bultos rojos. Rob le dio un bálsamo de hierbas sedantes en grasa de oveja y le dijo que volviera dos semanas después, pero a la siguiente el hombre estaba otra vez en la cola. Informó que le había aparecido el mismo tipo de bultos en las axilas. Rob le dio dos botellas de Panacea Universal y lo despidió.

Cuando ya no quedaba nadie en la fila, Simón se volvió hacía Rob.

--¿Qué le ocurre a ese robusto franco?

--Tal vez sus bultos desaparezcan. Pero no lo creo, y sospecho que le saldrán más, porque tiene la buba. En tal caso, pronto morirá.

Simón parpadeó.

--¿No puedes hacer nada por él?

Rob meneó la cabeza.

--Soy un ignorante cirujano barbero. Quizá en algún sitio haya un gran médico que podría ayudarlo.

--Yo no me dedicaría a lo que te dedicas tu si no pudiera aprender todo lo que es posible saber --dijo lentamente Simón.

Rob lo miró pero no pronunció palabra. Le impresionó que el judío hubiera visto de inmediato y con tanta claridad lo que a él le había llevado mocho tiempo comprender.

Aquella noche, Cullen lo despertó bruscamente.

--¡Deprisa, hombre, por Cristo! --dijo el escocés.

Una mujer gritaba.

-¿Mary?

--No, no. Ven conmigo.

Era una noche negra, sin luna. Más allá del campamento judío, alguien había encendido antorchas de brea y, bajo la parpadeante iluminación, Rob vio a un hombre tendido, agonizante.

Era Raybeau, el cadavérico francés que iba tres lugares detrás de Rob en línea de marcha. Tenía la garganta abierta, el rictus de una mueca y en el suelo, a su lado, había un charco oscuro y brillante. Se le estaba escapando la vida.

--Era nuestro centinela de esta noche --dijo Simón.

Mary Cullen estaba con la llorosa mujer, la corpulenta esposa con la que constantemente había reñido Raybeau. El cuello rajado se deslizaba bajo los dedos húmedos de Rob. Había un gorgoteo y Raybeau se esforzó un momento en dirección al sonido de la angustiada llamada de su mujer, antes retorcerse y morir.

Un instante después oyó el sonido de caballos al galope.

--Solo son los piquetes montados que envía Fritta --informó tranquilamente Meir desde las sombras.

Todos los miembros de la caravana estaban levantados y armados, en breve regresaron los jinetes de Fritta, quienes comunicaron que no había habido una numerosa partida de atacantes. Probablemente el asesino era un ladrón solitario o un explorador de los bandidos; en cualquier caso, el sanguinario criminal había desaparecido.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:48

El resto de la noche durmieron muy poco. Por la mañana enterraron a Gaspar Raybeau cerca del camino romano. Kerl Fritta entonó una oración fúnebre en rápido alemán, y luego todos se apartaron de la sepultura y, nerviosos, se dispusieron a reanudar el viaje. Los judíos cargaron sus mulas manera tal que la impedimenta no se soltara si los animales tenían que ir al galope. Rob descubrió entre los bultos que disponían sobre cada mula una estrecha bolsa de cuero de apariencia muy pesada. No le fue difícil adivinar el contenido de esas bolsas. Simón no acudió al carromato y cabalgó todo el tiempo junto a Meir, listo para combatir o huir, según fuese necesario.

Al día siguiente llegaron a Novi Sad, una activa ciudad danubiana se enteraron de que un grupo de siete monjes francos que viajaban a la Tierra Santa habían sido asaltados por bandidos tres días atrás: los habían robado, sodomizado y asesinado.

Los tres días que siguieron, avanzaron como si el ataque fuese inminente pero no hubo contratiempos mientras avanzaban a lo largo del amplio y luciente rió hasta Belgrado. Adquirieron provisiones en el mercado de granjeros de la ciudad, incluidas unas pequeñas ciruelas rojas agrias de sabor excepcional, y minúsculas olivas verdes que Rob degustó con deleite. Cenó en una taberna, pero la comida no le gustó nada: una mezcla de muchas carnes grasas tronchadas, con gusto a sebo rancio.

Una serie de viajeros habían abandonado la caravana en Novi San y algunos más en Belgrado; otros se unieron al grupo, de modo que los Cullen Rob y los judíos adelantaron en la línea de marcha, dejando de formar parte de la vulnerable retaguardia.

Poco después de dejar atrás Belgrado, se internaron por unas estribaciones que rápidamente se convirtieron en montañas más abruptas que cualquiera de las que hasta entonces habían atravesado. Las empinadas pendientes estaban tachonadas de cantos rodados semejantes a afilados dientes.

Las elevaciones más altas, el aire penetrante los llevó a pensar en el invierno que se aproximaba. Aquellas montanas debían de ser terribles con nieve.

Rob ya no podía llevar las riendas sueltas. Para subir las pendientes tenia que azuzar a Caballo con suaves chasquidos de la fusta, y yendo cuesta abajo que refrenarlo. Cuando le dolían los brazos y estaba desanimado, recordaba que los romanos habían trasladado su tormenta por esa cordillera de escabrosos picos; pero los romanos tenían hordas de esclavos prescindibles, Rob J. solo contaba con una yegua fatigada que exigía una hábil conducción de noche, embotado por el cansancio, se arrastraba hasta el campamento de los judíos, y a veces le daban una especie de lección. Pero Simón no volvió al carromato, y algunos días Rob no logró aprender ni diez palabras.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:48

LOS RATANES




Ahora Kerl Fritta se dejaba ver más, y por primera vez Rob lo miró con admiración, porque el jefe de la caravana parecía estar en todas partes, ayudando en las averías de los carros, estimulando y exhortando a la gente como un buen boyero anima a sus estúpidas bestias. El camino era peligroso.

El primero de octubre perdieron medió día mientras unos hombres de la caravana se dedicaban a quitar rocas que habían caído en el camino. Con frecuencia ocurrían accidentes, y Rob atendió dos brazos rotos en espacio de una semana. El caballo de un mercader normando se desbocó y el carro pasó sobre el cochero, aplastándole una pierna. Tuvieron que trasladarlo, en parihuela colgada entre dos caballos, hasta una granja cuyos moradores accedieron a cuidarlo. Abandonaron allí al herido, y Rob rogaba para que el granjero no lo matara y le quitara las pertenencias en cuanto la caravana se perdiese de vista.

--Hemos dejado atrás la tierra de los magiares y ahora estamos en Bulgaria --le dijo Meir una mañana.

Poco importaba, dado que la naturaleza hostil de las rocas era inmodificable, y el viento seguía azotándoles en las alturas. A medida que el frío aumentaba, los viajeros comenzaron a ponerse una variedad de vestimentas exteriores, en su mayoría más abrigadas que elegantes, hasta que llegaron a formar una extraña colección de seres harapientos y acolchados. Una mañana sin sol, la mula de carga que Gershom ben Shemuel llevaba detrás de caballo tropezó y cayó; sus miembros delanteros se extendieron dolorosamente hasta que el izquierdo chasqueó audiblemente bajo el considerable Peso de la carga. La mula condenada a muerte, transida de dolor, emitía un sonido que se asemejaba al de ser humano.

--¡Ayúdala! --grito Rob.

Meir ben Asher extrajo una cuchilla larga y ayudó al animal de la única manera posible: cortándole el pescuezo. De inmediato comenzaron a descargar los bultos de la mula muerta. Cuando llegaron a la bolsa de cuero, Gehom y Judah tuvieron que levantarla juntos, y a continuación se pusieron discutir en su lengua. La otra mula ya cargaba con una de las pesadas bolsas de cuero, y Rob comprendió que Gershom insistía, justificadamente, en que la segunda bolsa exigiría demasiado del animal.

En la caravana atascada a sus espaldas, se oyeron los airados gritos de quienes no querían rezagarse del cuerpo principal. Rob se acercó corriendo a los judíos.

--Arrojad la bolsa en mi carromato.

Meir vaciló y luego meneó la cabeza.

--No.

--Entonces podéis iros al cuerno --dijo Rob groseramente, colérico ante la falta de confianza de sus compañeros de viaje.

Meir dijo algo y Simón corrió en pos de Rob.

--Amarraran la mula a mi caballo. ¿Me permites ir en el carromato Solo hasta que podamos comprar otra mula.

Rob le señaló el pescante y trepó tras él. Condujo largo tiempo en silencio, pues no estaba de humor para lecciones de parsi.

--Tu no entiendes --dijo Simón--. Meir debe llevar las bolsas consigo No es dinero suyo. Una parte pertenece a la familia y la mayoría se le debe a los inversores. A él le corresponde la responsabilidad de hacerlo llegar a su destino.

Esas palabras lo hicieron sentir mejor. Pero el día siguió siendo nefasto El camino era arduo y la presencia de otro hombre en el carromato aumentaba el esfuerzo de la yegua, que estaba visiblemente fatigada cuando el crepúsculo los sorprendió en una cumbre y les indicaron que acamparan.

Antes de cenar, él y Simón tenían que ir a visitar a los pacientes. Soplaba un viento tan intenso que hubieron de situarse tras el carro Solo esperaba a Rob un puñado de personas y, para su gran sorpresa y la de Simón, una de ellas era Gershom ben Shemuel. El curtido y fornido judío levantó el caftán y se bajo los pantalones: Rob vio un desagradable forúnculo púrpura en su nalga derecha.

--Dile que se incline.

Gershom gruño cuando lo tocó la punta del bisturí, haciendo manar pus amarillo. Rugió y maldijo en su idioma cuando Rob exprimió el forúnculo hasta que salió toda la putrefacción y apareció sangre limpia.

--No podrá sentarse en la silla de montar durante varios días.

--No tiene más remedio --replicó Simón--. No podemos abandonar a Gershom.

Rob suspiró. Aquel día los judíos resultaban un verdadero incordio.

--Tu puedes llevar su caballo y el irá en la parte de atrás de mi carromato.

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