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Algo para leer # 01

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:05

Y aún dieron tres mueras a Dolan el Cabezacalva y tres vivas a Conmee, diciendo que era el mejor rector que había habido nunca en Clongowes.

Los vivas se dispararon en el aire suave y gris. Estaba solo. Estaba libre; se sentía feliz. Pero no se había de mostrar ensoberbecido con el Padre Dolan. Se portaría bien y sería obediente. Y deseaba que se le ofreciera una ocasión de poder hacerle alguna atención para demostrar que no estaba ensoberbecido.

El aire era suave y tibio y gris. Anochecía. Se sentía en el aire el aroma de la noche, el olor de aquellos campos donde los chicos arrancaban nabos para pelarlos y comérselos cuando iban de paseo hacia la casa del Mayor Barton, el olor que se sentía en el bosquecillo detrás del pabellón donde cogían las agallas.


Los alumnos se ejercitaban sacando desde lejos, lanzando la pelota lentamente o haciendo que tomara efecto. En el ambiente suave y gris resonaba el choque de las pelotas. Y de aquí, de allá, a través de la serena atmósfera venía el ruido de las palas de cricket: pic, pac, poc, puc, como lentas gotas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:06

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Tío Charles fumaba un tabaco de hebra tan apestoso que, por último, su sobrino tuvo que decirle que por qué no se iba a fumar por las mañanas a una casucha que era como una dependencia de la casa y estaba al otro lado del jardín.

-Muy bien, Simón. Divinamente, Simón -dijo con toda calma el anciano-. Donde tú quieras. Me vendrá al pelo: será más saludable.

-Que me maten -dijo con franqueza míster Dédalus- si llego a comprender cómo puede usted fumar ese tabacazo que fuma. Por Dios, si es como pólvora de cañón.

-Es muy agradable -replicó el viejo-. Muy refrescante y emoliente.

Por lo tanto, todas las mañanas tío Charles se encaminaba a la casilla del jardín, no sin haberse engrasado y cepillado escrupulosamente los pelos del cogote, ni sin cepillar y encasquetarse su sombrero de copa. Mientras fumaba, el ala del sombrero y el hornillo de la pipa asomaban justamente detrás de las jambas de la casucha.

El cenador, que era como llamaba a la ahumada casilla, le servía también de caja de resonancia. Y todas las mañanas tarareaba alegremente alguna de sus canciones favoritas: Ojos azules, cabellos de oro, En los sotillos de Blarney, o Téjeme una enramada, mientras las vedijas grises y azuladas del humo ascendían lentamente de la pipa y se desvanecían en el aire diáfano.

Durante la primera parte de aquel verano en Blackrock, tío Charles fue el inseparable compañero de Stephen. Tío Charles era un viejo sano como una manzana, de piel bien curtida, maneras bruscas y patillas blancas. Los días de trabajo, servía de recadero entre la casa situada en la avenida de Carysfort y las tiendas de la calle principal del centro, donde la familia se surtía. A Stephen le gustaba mucho ir con él a estos recados, porque tío Charles le aprovisionaba liberalmente, a puñados, de toda suerte de géneros expuestos en cajones abiertos o en barriles, a la parte de fuera del mostrador. Cogía, por ejemplo, un puñado de uvas entremezcladas con serrín, o tres o cuatro manzanas, y las ponía magnánimamente en manos de su sobrino, mientras el tendero sonreía con sonrisa forzada; y como Stephen fingía hacerse rogar para tomarlas, fruncía el entrecejo y le decía:

-Tómelas usted, señorito. ¿Me ha oído usted, señorito? Son muy buenas para llevar bien las tripas.

Cuando la lista de encargos quedaba bien apuntada, se iban los dos al parque, donde un antiguo amigo del padre de Stephen, Mike Flynn, estaba sentado en un banco esperándolos. Entonces comenzaba la carrera de Stephen alrededor del parque. Mike Flynn se situaba, reloj en mano, a la puerta de entrada, cerca de la estación del ferrocarril, mientras Stephen daba la vuelta, guardando el estilo favorito de Mike Flynn: la cabeza alta, las rodillas levantadas y las manos completamente colgantes a los lados. Cuando el ejercicio matinal concluía, hacía el entrenador comentarios que algunas veces ilustraba arrastrando cosa de unos metros sus pies calzados con unos viejos zapatos de lona azul. Un reducido círculo de niños asombrados y de niñeras, se reunía para observarle, y aún seguían haciéndolo cuando él y tío Charles se habían ya sentado otra vez, y estaban hablando de atletismo o de política. Aunque había oído decir a su padre que algunos de los mejores corredores de los tiempos modernos habían pasado por las manos de Mike Flynn, Stephen observaba a menudo la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador, cuando se inclinaba sobre los dedos largos y manchados para liar un pitillo, y miraba con piedad los ojos dulces, azules y sin brillo, que dejaban de pronto su tarea para contemplar vagamente la azul distancia, mientras los dedos largos y manchados se detenían en su labor, y algunos granos y hebras de tabaco volvían a caer en la petaca.

Al regresar a casa, tío Charles solía hacer una visita a la capilla, y como Stephen no alcanzaba a la pililla del agua bendita, el anciano introducía su mano en .ella y rociaba vivamente el traje de Stephen y el piso del pórtico. Para rezar se arrodillaba sobre su pañuelo rojo y leía en voz alta en un libro de oraciones manchado por la huella del pulgar y en el que cada página tenía un registro impreso al pie. Stephen se arrodillaba a su lado, respetando su piedad aunque no la compartiera. Pensaba a menudo qué era lo que su tío podía estar rezando con tanta seriedad. Quizá rezaba por las almas del purgatorio, o para alcanzar la gracia de una buena muerte o tal vez para que Dios le devolviera una parte de aquella gran fortuna que había disipado en Cork.

Los domingos, Stephen, su padre y su tío, daban su paseo semanal. El anciano era un gran andarín a pesar de los callos, y frecuentemente llegaban a hacer diez o doce millas de camino. La aldea de Stillorgan era el punto en que se dividían los caminos. Unas veces tomaban a la izquierda, hacia las montañas de Dublín, y otras por el camino de Goatstown y de aquí a Dundrum, volviendo por Sandyford. Camino adelante o haciendo alto en algún tabernucho al paso, las dos personas mayores hablaban constantemente de los asuntos que más de cerca les tocaban: de política irlandesa, de Munster o de las leyendas de su propia familia, a todo lo cual prestaba Stephen oído atento. Las palabras que no comprendía se las repetía una vez y otra vez, hasta que se las aprendía de memoria, y a través de ellas le llegaban vislumbres del mundo que les rodeaba. La hora en que él había de participar también en la vida de aquel mundo parecía que se le iba acercando y comenzó a prepararse en secreto para el gran papel que le estaba reservado, pero que sólo confusamente entreveía.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:07

Las horas de prima noche le pertenecían; y se desojaba sobre una desgualdramillada traducción de El conde de Montecristo. La figura del siniestro vengador le representaba en su imaginación todo cuando había oído o adivinado en su infancia de extraño y de terrible.

Por la noche construía sobre la mesa de la sala un simulacro de la isla maravillosa formado de pedazos de transferencias, flores de papel, papel de seda de colores y tiras del papel de oro o plata que venía envolviendo el chocolate. Y cuando desmoronaba todo este tinglado, hastiado de su falsedad, se representaba la clara visión de Marsella y las soleadas celosías, y veía con la imaginación a Mercedes.

Fuera de Blackrock, en el camino que conducía a las montañas, había una casita enjalbegada en cuyo jardín crecían muchos rosales. Lo mismo al ir que al volver a casa, aquella casita le servía de mojón para medir la distancia. Y vivía con la imaginación una larga cadena de aventuras tan maravillosas como las del libro, hacia el final de las cuales se le representaba una imagen de sí mismo, ya más viejo y más triste, de pie en un jardín, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes había rehusado su amor y a la que tristemente, con un gesto de orgullosa repulsa, decía:

-Señora, yo no acostumbro comer uvas moscateles.

Trabó amistad con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en la avenida donde vivía una cuadrilla de aventureros. Aubrey llevaba un silbato colgado de un ojal y una lámpara de bicicleta sujeta en el cinturón, mientras los demás llevaban atravesados en los suyos unos palos cortos a guisa de puñal. Stephen, que había leído algo de la sencilla manera de vestirse de Napoleón, prefirió permanecer sin adornos; así se le aumentaba el placer de celebrar consejo con su ayudante antes de dar órdenes. La partida realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de mar.

Aubrey y Stephen tenían el mismo lechero, el cual les llevaba a menudo en el carricoche de la leche a Carrickmines, que era donde las vacas pastaban. Mientras los hombres estaban ordeñando, los chicos turnaban para dar la vuelta al campo a lomos de la pacífica yegua. Pero cuando vino el otoño, las vacas fueron llevadas del prado a la establía. Stephen sintió náuseas sólo de ver el patio del establo con sus repugnantes pozos verdosos y los cuajarones de estiércol líquido y de respirar la vaharada de las artesas de afrecho. Las vacas, que antes parecían tan hermosas en los días soleados del campo, ahora le revolvían el cuerpo y ni aun mirar quería la leche que ellas daban.

La llegada de septiembre no le alteró la vida este año porque ya no volvía a Clongowes. Los ejercicios del parque se terminaron cuando a Mike Flynn se lo llevaron al hospital. Aubrey iba al colegio y sólo tenía libres un par de horas por las tardes. La partida se disolvió y ya no hubo más incursiones nocturnas ni combates en las rocas. Stephen montaba algunas veces en el cochecillo que repartía la leche por la noche y aquellas refrescantes excursiones le quitaron de la memoria el recuerdo de la suciedad del patio del establo, y ya no sentía repugnancia de ver semillas de heno o pelos de vaca adheridos a las ropas del repartidor. Cada vez que el coche hacía una parada, se quedaba espiando para coger una vislumbre de una bien fregada cocina o de un vestíbulo suavemente alumbrado y para ver cómo tomaba el cacharro la criada y cómo cerraba la puerta. Pensaba que sería una vida bastante agradable la de ir en el cochecillo repartiendo leche todas las noches, con tal de que tuviera unos guantes bien abrigados y un saco repleto de pastas de jengibre en el bolsillo para írselas comiendo. Pero la misma entrevisión que le había hecho desfallecer y había obligado a sus piernas a doblegarse cuando corría alrededor del parque, la misma intuición que le había hecho mirar con desconfianza la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador al inclinarse sobre los dedos largos y manchados, la misma le disipaba ahora toda visión del futuro. De una manera vaga había llegado a comprender que su padre estaba en un apuro y que ésta era la causa de que no le volvieran a mandar a Clongowes. Desde hacía algún tiempo sentía un ligero cambio en su casa, y estos cambios, de lo que consideraba incambiable, eran otras tantas conmociones de su concepción infantil del mundo. Aquella ambición que había sentido bullir a veces en la profundidad de su alma, no le acuciaba ya ahora. Una obscuridad como la del mundo externo nublaba su espíritu, mientras las herraduras de la yegua iban resonando a lo largo de la vía del tranvía y el gran cántaro oscilaba y tintineaba a su espalda.

Volvió otra vez a pensar en Mercedes, y mientras cavilaba pensando en ella, una extraña inquietud se le deslizaba dentro del alma. A veces se apoderaba de él una fiebre que le llevaba a vagar de noche, solo, por la tranquila avenida. La paz de los jardines y las luces acogedoras de las ventanas derramaban una sedante caricia en su corazón agitado. El ruido de los niños al jugar le incomodaba y sus locas voces le hacían sentir aún más claramente que lo había sentido en Clongowes, que él era diferente de los otros. El no quería jugar. Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba constantemente. No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una voz interior le decía que aquella imagen le había de salir al encuentro sin ningún acto positivo por parte suya… Habrían de encontrarse tranquilamente como si ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de aquellas puertas de los jardines o en algún otro sitio más secreto. Estarían solos, rodeados por el silencio y la obscuridad. Y en el momento de la suprema ternura se sentiría transfigurado. Se desharía en algo impalpable bajo los ojos de ella y se transfiguraría instantáneamente. La debilidad, la timidez, la inexperiencia caerían de él en aquel momento mágico.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:07

Una mañana, dos grandes carros de mudanza habían parado delante de la puerta y unos mozos habían entrado a empellones dentro de la casa y se habían puesto a desmantelarla. Habían sacado los muebles atravesando el jardín que daba al frente, sembrado ahora de manojos de paja y cabos de cuerda, y los habían metido en los enormes carros. Y cuando todos estuvieron bien hacinados, los carros habían echado a andar por la avenida adelante. Stephen los había visto avanzar pesadamente por el camino de Merrion desde la ventana del vagón del tren donde estaba sentado junto a su madre. Su madre tenía los ojos enrojecidos. Aquella noche no quería tirar el fuego de la sala y míster Dédalus dejó el atizador apoyado contra las barras del hogar para atraer la llama. Tío Charles dormitaba en un rincón del cuarto a medio amueblar y sin alfombra, y cerca de él los retratos de familia yacían apoyados contra la pared. La lámpara de la mesa arrojaba una débil luz sobre el suelo de madera, embarrado por los pies de los mozos de cuerda. Stephen estaba sentado en una banqueta al lado de su padre escuchando atentamente un largo e incoherente monólogo. Poco o nada entendía de él, pero poco a poco llegó a darse cuenta de que su padre tenía enemigos y de que un combate iba a tener lugar. También sintió que le habían alistado para la batalla, y que le habían echado sobre los hombros cierta obligación. El súbito abandono del ambiente de comodidad y ensueño de Blackrock, el paso a través de la ciudad sombría y nebulosa, la idea de la casa obscura y triste en la que iban a vivir ahora, todo esto le apesadumbraba el corazón; comprendía ahora por qué se habían reunido los criados a menudo a hacer comentarios en el vestíbulo y por qué su padre había permanecido tantas veces de pie vuelto de espaldas al fuego y hablando en voz alta con tío Charles, mientras éste le urgía para que se sentara a cenar.

-Amigo mío, aún no nos hemos jugado la última carta, Stephen -decía míster Dédalus mientras atizaba con bárbara energía el fuego mortecino-. Aún no estamos muertos, hijito. No, por Cristo (que el Señor me perdone), ni medio muertos.

Dublín era una nueva y compleja sensación. Tío Charles estaba tan apagado que ya no se le podía mandar a hacer encargos y el desorden del acomodo de la nueva casa dejaba a Stephen más libre que lo que había estado en Blackrock. Al principio se contentaba tímidamente con dar vueltas alrededor de la plaza inmediata, o, a lo sumo, deslizarse hasta medio camino por una de las calles adyacentes, pero tan pronto como se hubo hecho un plano esquemático de la ciudad, se aventuró arrojadamente por una de las calles principales, hasta que llegó a la casa de aduanas. Pasó sin ser molestado a lo largo de los docks y de los muelles, admirando la multitud de corchos que flotaban bailando en el agua, como una capa amarillenta y espesa, y la muchedumbre de cargadores del muelle, y los retumbantes carros, y los guardias mal vestidos y barbudos. Las balas de mercancías apiladas a lo largo de las paredes, o mecidas en el aire por encima de las bodegas de los vapores, le sugerían la amplitud y el misterio de la vida, y despertaban otra vez en él aquella inquietud que había sentido al vagar por la noche, de jardín en jardín, en busca de Mercedes. Y entre esta vida bullente y nueva, se hubiera podido imaginar en otra Marsella, a no faltar el cielo luminoso y los enrejados llenos de sol a la puerta de las tabernas. Un vago descontento se apoderaba de él al contemplar los muelles y el río, y el cielo rasero, y, sin embargo, continuaba errando arriba y abajo, día tras día, como si realmente estuviera buscando a alguien que se le quisiera esconder.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:07

Fue con su madre, una vez o dos, a visitar a sus parientes, y aunque pasaban por delante de un jovial despliegue de tiendas iluminadas y adornadas para las Navidades, no le abandonaba nunca su amargado y silencioso humor. Las causas de tal amargura eran muchas, unas próximas y otras remotas. Estaba enfadado consigo mismo, por ser niño y por estar sujeto a aquellos arrebatos de intranquila locura que le daban, y disgustado también por el cambio de fortuna que estaba modificando el mundo que le rodeaba, convirtiéndolo en una pesadilla de mentiras y suciedades. Mas su disgusto en nada alteraba la visión. Y archivaba con paciencia cuanto veía, manteniéndose aparte de todo ello, gustando en secreto su aroma corrompido.

Estaba sentado en una silla sin respaldo, en la cocina de su tía. Una lámpara de reflector estaba colgada cerca del hogar, en la pared lustrosa y renegrida, y a su luz, su tía estaba leyendo el periódico de la tarde, que sostenía sobre las rodillas. Estuvo mirando un rato un retrato sonriente que había en él, y luego exclamó, pensativa:

-¡La bella Mabel Hunter!

Una niña peinada con tirabuzones se estiró sobre las puntas de los pies para alcanzar a ver, y dijo dulcemente:

-¿En qué trabaja, mamá?

-En una pantomima.

La niña apoyó su cabeza llena de bucles contra la manga de su madre, y murmuró extasiadamente:

-¡Qué guapa es!

Y los ojos de la niña quedaron como en éxtasis, fijos largo rato sobre aquellos otros, provocativos a lo púdico, del grabado, hasta que al fin murmuró apasionadamente:

-¿No es verdad que es deliciosa?

Y un chico que entró de la calle, pataleando, agobiado bajo el peso de una carga de carbón, al oír estas palabras, arrojó prontamente su carga al suelo y corrió a mirar también. Arrebujaba entre sus manos enrojecidas y tiznadas el periódico, refunfuñando porque no encontraba el grabado.

Estaba sentado ahora en la estrecha habitación del piso último de una casa antigua y sombría. Las llamas del fuego oscilaban bailando en la pared, y un crepúsculo espectral estaba cayendo sobre el río. Una mujer vieja preparaba el té delante del hogar, y mientras se afanaba en su tarea, contaba en voz baja lo que habían dicho el médico y el cura. Hablaba de ciertos cambios que habían observado en la enferma aquellos últimos tiempos y de las cosas tan raras que hacía y decía. Stephen estaba sentado escuchando las palabras de la vieja y siguiendo los caminos de ensueño que se abrían en los carbones enrojecidos, arcos y bóvedas, galerías en caracol y cavernas repiqueteadas.

De pronto tuvo la impresión de que una cosa estaba parada a la puerta. Una calavera apareció suspendida resaltando sobre la obscuridad de la entrada. Una criatura enfermiza, como un mico, estaba allí, atraída por el sonido de las palabras pronunciadas junto al hogar. Y una voz quejumbrosa preguntó desde la puerta:

-¿Es Josefina?

La vieja contestó alegremente, sin dejar su labor junto al fuego:

-No, Ellen, es Stephen.

-Ah… Buenas tardes, Stephen.

Contestó al saludo y vio que una sonrisa estúpida se rasgaba sobre la faz parada a la puerta.

-¿Quieres algo, Ellen? -preguntó la vieja desde su sitio. Pero ella no contestó a la pregunta, sino dijo:

-Creí que era Josefina. Creí que era Josefina.

Y repitiendo esto varias veces, rompió a reír débilmente.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:07

Stephen se hallaba en una fiesta de niños en Harold Cross. Aquella actitud suya de observador silencioso se había apoderado de él en aquella ocasión, así que apenas si participaba de los juegos. Los niños iban de un lado a otro llevando los residuos de los triquitraques de Navidad, bailando y retozando ruidosamente. Y aunque él trataba de participar del regocijo de los otros chicos, se sentía como una figura sombría entre los bicornios de ellos y los sombreretes de tela de ellas.

Cuando hubo cantado su canción, se retiró a un rincón apartado de la estancia, y comenzó a gustar el encanto de su aislamiento. El júbilo, que al principio le había parecido falso y trivial, era ahora para él como una brisa reconfortante que se filtraba alegremente por sus sentidos y que ocultaba a los ojos ajenos la agitación febril de su sangre, cada vez que, a través del círculo de los bailarines y entre la música y la algazara, volaba hasta su rincón la mirada de ella, como una provocación, como una promesa que viniera a explorar su corazón y a excitarlo.

En el vestíbulo se estaban poniendo los abrigos los niños que habían permanecido hasta el fin; la fiesta había terminado. Ella se echó un chal por encima y salieron juntos. Su cabeza encapuchada se rodeó de un fresco nimbo de aliento y sus zapatitos repiqueteaban alegremente sobre el suelo cubierto de cristalitos de hielo.

Era el último tranvía. Los flacos caballos castaños lo sabían y movían las campanillas como para anunciarlo a la noche clara. El cobrador hablaba con el conductor, y ambos hacían a menudo gestos expresivos con la cabeza a la luz verde de la lámpara. Sobre los asientos vacíos del tranvía estaban diseminados algunos billetes de colores. No se oía ningún ruido de pasos por la calle. Ningún ruido turbaba la paz de la noche, sino el de los caballos al frotar uno contra otro los hocicos, al agitar las campanillas.

Los dos parecían escuchar, él en el peldaño de arriba del estribo, ella en el de abajo. Mientras hablaban, ella subió varias veces hasta donde estaba él y volvió a bajar otra vez a su peldaño, pero en una ocasión o dos permaneció por unos momentos pegada a él, olvidada de bajar, hasta que volvió a descender por fin. El corazón de Stephen seguía el ritmo de los movimientos de ella como un corcho el ascenso y descenso de la onda. Y comprendía lo que los ojos de ella le decían desde las profundidades del capuchón y comprendía que en un pasado obscuro, no sabía si en la vida o en el sueño, había oído ya antes su mudo idioma. Y le vio lucir para él sus galas: el bonito vestido, el ceñidor, las largas medias negras, y comprendió que él se había ya rendido mil veces a aquellos encantos. Y, sin embargo, una voz interna más alta que el ruido de su corazón agitado le preguntaba si aceptaría aquella ofrenda, para la que sólo tenía que alargar la mano. Y recordaba el día en que Eileen y él estaban mirando en los campos del hotel cómo los criados izaban un banderín en un mástil, y aquel foxterrier que daba huidas locas de aquí para allá sobre el césped soleado, y cómo de pronto había prorrumpido ella en una carcajada, echando a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Ahora, como entonces, permanecía indiferente en su lugar, como un tranquilo observador de la escena que delante de sus ojos se desarrollaba.

-Lo que ella quiere es que yo la coja entre mis brazos -pensó-. Por eso es por lo que ha venido conmigo al tranvía. Podría fácilmente agarrarla cuando sube a mi escalón: nadie está mirando. Podría asirla y besarla.

Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Y cuando se vio sentado, solo, en el tranvía desierto, desgarró en tiras su billete y se quedó mirando sobriamente el suelo de madera acanalada.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:08

Al día siguiente estuvo sentado frente a su mesa durante muchas horas en la desnuda habitación del piso de arriba. Delante de él estaban una pluma, un frasco de tinta y un cuaderno de ejercicios color esmeralda: todo nuevo. Por la fuerza de la costumbre, había escrito al comienzo de la página las iniciales del lema jesuítico: A. M. D. G. En la primera línea aparecía el título de los versos que estaba tratando de escribir: A E-C-. Sabía que se debía comenzar así porque había visto otros títulos semejantes en la colección de poemas de lord Byron. Cuando hubo escrito el título y trazado una raya ornamental por bajo de él, se sumergió en una especie de ensueño y comenzó a garrapatear sobre la cubierta del cuaderno. Se veía en Bray, sentado a su mesa, el día después de la discusión en la cena de Navidad, tratando de escribir un poema sobre Parnell en el reverso de uno de los documentos de recaudación de su padre.

Pero entonces, su cerebro no había llegado a asir el tema y, desistiendo de ello, había cubierto la página con los nombres y las señas de algunos de sus compañeros:

Roderick Kickham
John Lawton
Anthony Mac Swiney
Simón Moonan.

Ahora le parecía que iba a fracasar también, pero a fuerza de meditar en el incidente del día anterior llegó a cobrar confianza. Durante este proceso fueron desapareciendo de la escena todos los elementos que estimó vulgares o insignificantes. Ya no quedaban trazas ni del tranvía, ni del conductor y el cobrador, ni de los caballos; ni aun él ni ella aparecían claramente. Los versos sólo hablaban de la noche y de la brisa balsámica y del fulgor virginal de la luna. Una vaga melancolía estaba oculta en los corazones de los protagonistas, mientras permanecían en pie bajo los árboles sin hojas. Y cuando llegaba el momento de la despedida, el beso que la una había negado era dado por los dos. Y tras esto escribió al pie las letras L. D. S. y, habiendo escondido el libro, fue a la alcoba de su madre y allí se estuvo mirando un largo rato en el espejo del tocador.

Pero este largo período de ocio y libertad estaba tocando a su fin. Su padre vino una noche a casa repleto de noticias y no dejó de hablar durante toda la cena. Stephen había estado esperando con impaciencia el regreso de su padre porque tenían guisado de cordero y seguramente su padre le permitiría mojar pan en la salsa. Pero no pudo saborear el guiso porque la mención de Clongowes le llenó la boca de repugnancia.

-Me le eché encima -repetía míster Dédalus por cuarta vez- en la esquina de la plaza.

-Entonces, supongo que él lo arreglará -dijo mistress Dédalus-. Me refiero a lo de Belvedere.

-Claro que sí. ¿No os he dicho que ahora es provincial de la Orden?

-A mí nunca me satisfizo la idea de mandarle a los Hermanos de las Doctrinas Cristianas -dijo mistress Dédalus.

-¡Que se vayan al cuerno los Hermanos de las Doctrinas! -dijo míster Dédalus-. ¿Con el asqueroso Poddy y el cochino Mickey? No, no: que siga arrimado a los jesuitas puesto que con ellos ha comenzado. Le pueden servir de mucho el día de mañana. Esa gente le puede labrar un porvenir a cualquiera.

-Son una Orden muy rica, ¿no es verdad, Simón?

-Desde luego. Saben vivir, te lo aseguro. Ya viste cómo comían en Clongowes. ¡Cristo!, como cebones.

Míster Dédalus pasó su plato a Stephen para que rebañara lo que quedaba.

-Y ahora, Stephen -dijo- ¡hay que arrimar el hombro, valiente! Creo que no te quejarás por falta de vacaciones.

-Estoy segura que ahora va a trabajar con bríos -dijo mistress Dédalus-, sobre todo teniendo a Mauricio con él.

-¡Caramba, por San Pablo! ¡Que me olvidaba de Mauricio! -exclamó míster Dédalus-. ¡Aquí, Mauricio! ¡Arrímate, barbián, cabezón! ¿No sabes que te voy a mandar a un colegio donde te enseñen a leer el p a pa? Y además te voy a comprar un pañuelito muy majo para que te seques las narices. Va a estar lindo, ¿eh?

Mauricio se rió mirando a su padre y luego a su hermano.

Míster Dédalus se sujetó el monóculo en el ojo y se quedó mirando fijamente a sus dos hijos. Stephen tenía la boca llena de pan y no contestó a la mirada de su padre.

-Y a propósito -dijo por fin míster Dédalus-, el rector, o mejor dicho, el provincial me ha estado contando aquel jaleo que tuviste con el Padre Dolan. Ha dicho que eres un granuja sin vergüenza.

-¡No habrá dicho eso, Simón!

-Por supuesto, que no. Pero me ha contado toda la historia ce por be. Estábamos charlando, ¿sabes?, y unas palabras se enredaban con otras. Hombre, y a propósito, ¿a que no sabéis quién hereda la rectoría? Pero, ya os lo diré después. Bueno, como decía, estábamos charla que te charla como dos buenos amigos y va y me pregunta si aquí el pollo seguía usando gafas. Y entonces me contó toda la historia.

-¿Y estaba enfadado, Simón?

-¿Enfadado? ¡Quiá! ¿Bravo mocito!, dijo.

Míster Dédalus imitaba la voz nasal y recortada del provincial.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:09

-El Padre Dolan y yo, cuando se lo conté a todos en la cena, el Padre Dolan y yo nos estuvimos riendo de lo lindo. Fíjese usted mejor -le dije- porque si no, el chiquitín de Dédalus le va a mandar a usted a que le den con la palmeta nueve veces en cada mano. Nos estuvimos riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!

Míster Dédalus se volvió hacia su mujer y exclamó en su tono de voz:

-Eso demuestra el espíritu con el que manejan los chicos allí. No me digáis nada: si es diplomacia, el jesuíta, ¡lo único!

Volvió a tomar la voz del provincial y repitió:

-Se lo conté a todos en la cena, y el Padre Dolan y yo y todos nos estuvimos riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!



Había llegado la noche de la fiesta que se celebraba en el colegio, por Pentecostés. Stephen, desde la ventana del vestuario, estaba mirando hacia el pradillo de enfrente adornado con hileras de farolillos a la veneciana. Observaba los invitados que bajaban de la casa e iban entrando en el teatro. Algunos antiguos colegiales vestidos de frac estaban diseminados en grupos a la entrada del teatro y hacían pasar ceremoniosamente a los espectadores. Al repentino resplandor de un farolillo, pudo Stephen reconocer la cara sonriente de un sacerdote.

Habían sacado el Santísimo de su tabernáculo y retirado los primeros bancos para dejar libres el presbiterio y el espacio fronterizo a él. Había montones de barras, de pesas y de mazas indias, apoyadas contra la pared. Las pesas cortas estaban apiladas en un rincón, y en medio de los innumerables montones de zapatos de gimnasia y de las masas obscuras y revueltas que formaban los jerseys, estaba en pie el caballete de voltear, macizo y enfundado en cuero, que esperaba su turno para ser transportado al escenario y puesto entre las filas del equipo ganador al fin de los ejercicios de gimnasia.

Stephen no tenía nada que hacer en la primera parte del programa, aunque, en atención a su fama como redactor de ensayos literarios, le habían elegido secretario del gimnasio; pero en la representación que formaba la segunda parte desempeñaba el principal cometido en el papel de maestro ridículo. Le habían elegido por razón de su estatura y de sus maneras graves, pues aquel era su segundo curso en el colegio de Belvedere y estaba ya en el penúltimo año. Un grupo de alumnos más pequeños, vestidos con jerseys y pantalones blancos, entró pataleando por la puerta de la sacristía procedente del escenario. La sacristía y la capilla estaban llenas de profesores y de alumnos que se afanaban en los preparativos. El sargento mayor, calvo y rollizo, estaba probando los muelles del caballo de volteo. Cerca de él y observando con atención sus movimientos, había un joven delgaducho que iba a exhibir en la fiesta una serie de intrincados movimientos de maza. Llevaba un largo abrigo, y los extremos de las mazas plateadas asomaban por las bocas de sus profundos bolsillos. Se oyó el ruido hueco de los instrumentos de madera, porque un nuevo equipo se aprestaba a subir al escenario. Seguidamente el prefecto, con aire excitado, fue empujando a los chicos a través de la sacristía como a un rebaño de patos, agitando nerviosamente los bordes de su sotana, y gritando a los rezagados que se dieran prisa. Al otro extremo de la capilla había un pequeño grupo de campesinos napolitanos que ensayaban pasos de danza: algunos hacían girar los brazos por encima de la cabeza, otros balanceaban unas cestas llenas de violetas artificiales. En un rincón obscuro de la capilla estaba arrodillada una señora vieja y gorda, entre el gran remolino de sus faldas negras. Cuando se levantó dejó ver una figura vestida de color rosa, con una peluca de bucles dorados y un sombrero de paja de gusto arcaico, con las cejas pintadas de negro y las mejillas dadas de carmín y empolvadas. Un tenue rumor de curiosidad recorrió la capilla a la vista de esta aparición afeminada. Uno de los prefectos se aproximó sonriendo y meneando la cabeza hasta el rincón obscuro donde estaba la vieja, y habiendo hecho una inclinación, dijo, bromeando:

-¿Qué es esto que trae usted aquí, mistress Tallón? ¿Es una hermosa damisela o una muñeca?

Y después, inclinándose para mirar la cara pintada que sonreía debajo del sombrerete, exclamó:

-Pero, ¡tate!, si parece nuestro amiguito Bertie Tallón.

Stephen oyó desde su sitio de al lado de la ventana, las risas con que la anciana señora y el sacerdote celebraban la gracia, y los murmullos de admiración que a su espalda se levantaban de entre los chicos que se habían adelantado para contemplar al muchacho que bailaría él solo una de las danzas de la fiesta. Stephen no pudo reprimir un movimiento de impaciencia. Dejó caer el extremo de la cortina, saltó del banco en el cual estaba subido, y salió de la capilla. Atravesó el edificio del colegio y se metió bajo un cobertizo que orillaba el jardín. Del teatro, situado enfrente, venían las voces ahogadas de los espectadores y luego, de pronto, el estrépito de bronce de la banda militar. La luz que salía a través del techo de cristales daba al teatro la apariencia de un arca iluminada, anclada entre casas como barcos arrumbados, y sujeta a sus amarras por los finos cables de sus hileras de farolillos. Se abrió de repente una puerta lateral del teatro, y un dardo de luz corrió sobre la hierba. Un súbito estallido de música salió del arca: el preludio de un vals. La puerta se volvió a cerrar, y Stephen sólo pudo seguir el débil ritmo de la música. La expresión, la languidez, el aéreo movimiento de aquellos primeros compases, evocaban en él la incomunicable emoción causa de su desasosiego de aquel día, y del arranque de impaciencia que le había conducido hasta allí. Su desasosiego brotaba de él como una onda de sonido: con el fluir de la música, el arca se había puesto en movimiento, arrastrando tras sí, al arrancar, sus amarras de farolillos. El movimiento cesó al estallar un ruido como de una artillería diminuta: eran los aplausos que saludaban la aparición en la escena de un nuevo equipo de gimnastas.

Una manchilla de luz rosada brillaba en el extremo del cobertizo, y al irse acercando, llegó a sentir un tenue olor aromático. Dos muchachos estaban fumando allí al resguardo de una puerta, y antes de llegar a ellos pudo reconocer la voz de Heron.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:09

-¡He aquí al noble Dédalus! -gritó una voz gutural y fuerte-. ¡Bien venido sea nuestro fiel amigo!

La bienvenida terminó en una carcajada sin alegría, en tanto que Heron se deshacía en zalemas. Después se puso a repiquetear en el suelo con su bastón.

-Aquí me tienes -dijo Stephen, deteniéndose y paseando su mirada de Heron al otro que estaba con él.

Este último le era desconocido; pero al resplandor de los pitillos pudo entrever su rostro pálido y afectado, sobre el que se deslizaba lentamente una sonrisa, y su largo talle y el sombrero hongo con que se tocaba. Heron no se preocupó de hacer una presentación, sino que en su lugar, dijo:

-Precisamente le estaba diciendo a mi amigo Wallis lo divertido que sería si tú imitaras esta noche la voz del rector en tu papel de maestro. Sería un golpe estupendo.

Heron hizo en honor de Wallis un intento poco lucido de remedar la pedantesca voz de bajo del rector, y riendo él mismo de su fracaso le dijo a Dédalus que lo hiciera él.

-¡Anda, Dédalus, anda, que tú le imitas estupendamente! Aquel que no quiera obedecer a la Igle-ssia, sea para ti como el paga-nno y el publica-nno.

La imitación fue estorbada por una leve expresión de desagrado por parte de Wallis, cuya boquilla tiraba mal.

-¡Caray con la lata de la boquilla! -dijo, quitándosela de la boca, sonriendo y frunciendo las cejas con aire tolerante-. Se está atrancando a cada paso. ¿Usted usa boquilla?

-No fumo -dijo Stephen.

-No -dijo Heron-. Dédalus es un joven modelo. Ni fuma, ni va a las kermesses, ni flirtea.

Stephen meneó la cabeza y se sonrió de ver la cara de su rival, colorada, movible y picuda como la de un pájaro. Había pensado con frecuencia lo extraordinario que era que Vincent Heron, que tenía apellido de pájaro, tuviera la cara en consonancia con el nombre. Sobre la frente le descansaba un mechón de cabellos claros, como una cresta alborotada. La frente era estrecha y huesuda, y una nariz delgada y ganchuda le salía de entre los ojos, muy juntos y saltones, claros e inexpresivos. Los dos rivales eran amigos de colegio. Se sentaban en clase en el mismo banco, tenían su sitio uno al lado del otro en la capilla y charlaban juntos en el comedor después del rosario. Como los alumnos de último año eran muy poco brillantes, ellos eran en realidad los que llevaban la voz cantante en el colegio. Ellos, los que iban a pedir al rector un día de asueto o el perdón de un camarada.

-Hombre, y a propósito -dijo Heron de repente-. He visto entrar a tu padre.

La sonrisa desapareció del rostro de Stephen. Cualquier alusión a su padre, hecha por un compañero o por un profesor, le sobresaltaba inmediatamente. Esperó en silencio, temiendo qué fuese lo que Heron iba a seguir diciendo. Pero Heron sólo le dio un codazo expresivo y dijo:

-¡Anda, que las matas callando!

-¿A qué santo?… -preguntó Stephen.

-Tú pareces una mosquita muerta -siguió Heron-, pero creo que las matas sin sentir.

-¿Se te puede preguntar a qué es a lo que te refieres? -preguntó cortésmente Stephen.

-Desde luego, hombre -contestó Heron-. La hemos visto, ¿no es verdad, Wallis? Y que es endiabladamente bonita. Y preguntona. ¿Y qué papel va a hacer Stephen, míster Dédalus? ¿Y va a cantar Stephen, míster Dédalus? Tu señor padre la estaba mirando de hito en hito a través de aquel monóculo que se trae, y me parece que el viejo te ha calado las intenciones. A mí no me importaría un comino. ¡Es estupenda!, ¿no es verdad, Wallis?

-¡De primera! -contestó Wallis tranquilamente, volviéndose a colocar la boquilla en el ángulo de la boca.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:09

Una oleada momentánea de cólera refluyó por la mente de Stephen al oír hacer en presencia de un extraño estas alusiones poco delicadas. Para él las atenciones y el interés de la muchacha no eran una cosa de broma. En todo el día no había pensado en otra cosa más que en la despedida en el estribo del tranvía la noche de Harold's Cross, en las fluctuantes emociones que le había producido y el poema que con este motivo había escrito. Todo el día había estado imaginándose el nuevo encuentro, porque sabía de antemano que ella había de asistir a la representación. Y la misma melancolía inquieta de la otra vez había llenado su pecho, aunque ahora sin encontrar su desagüe en el verso. El desarrollo y la experiencia de dos años de adolescencia interpuestos entre aquel entonces y lo presente, le impedían ahora semejante expansión. Y todo el día la corriente de melancólica ternura había estado fluyendo y refluyendo dentro de él en obscuros remolinos y remansos, llegándole, por fin, a cansar, hasta que la chanza del prefecto y el muchachuelo pintarrajeado le habían arrancado un movimiento de impaciencia.

-Así es que tienes que admitir -seguía diciendo Heron- que por esta vez te hemos calado de lo lindo. Ya no vendrás haciéndote el san tito, supongo.

Prorrumpió en una carcajada falsa e, inclinándose como antes, golpeó ligeramente a Stephen en la pantorrilla, como por festivo reproche.

El momento de cólera se le había pasado ya a Stephen. No se sentía ni halagado ni confuso, sino que sencillamente deseaba que la broma tocase a su fin. Apenas si se dolía ahora de lo que poco antes le había parecido una estúpida falta de tacto, porque comprendía que su íntima aventura no peligraba por aquellas palabras. Y su cara reflejó la falsa sonrisa de su rival.

-¡Confiesa! -repitió Heron, golpeándole otra vez en la pantorrilla.

El golpe era en broma, pero no tan suave como el primero. Stephen sintió un escozor en la piel, un ardor apenas doloroso; e inclinándose sumisamente empezó a recitar el Confíteor como para corresponder al tono jocoso de su compañero. La cosa terminó bien porque Heron y Wallis se echaron a reír tolerantemente ante aquella irreverencia.

Los labios de Stephen eran solamente los que recitaban la confesión, pues mientras pronunciaba las palabras, un repentino recuerdo le había transportado a otra escena, evocada como por magia al notar las arruguillas crueles que con la risa se le formaban a Heron en los ángulos de la boca y al sentirse en la pantorrilla el golpecito cariñoso del bastón y escuchar la amonestación amical: Confiesa.

Era hacia el final del primer trimestre pasado en el colegio, cuando él estaba todavía en sexta. Su sensible naturaleza se resentía aún del peso de la obscuridad y la sordidez de su nueva manera de vida. Su alma estaba aún conturbada y deprimida por la sombría monstruosidad de Dublín. Stephen había emergido de dos años de sueño encantado para encontrarse de pronto en un escenario distinto, donde cada evento y cada personaje le afectaban íntimamente, seduciéndole a veces y otras descorazonándole, pero llenándole siempre de intranquilidad y amargos pensamientos, lo mismo cuando le descorazonaban que cuando le seducían. Todo el vagar que su vida de colegial le dejaba lo pasaba en la compañía de escritores subversivos, cuyos sarcasmos y virulencias fermentaban lentamente en su cerebro para reflejarse después en sus propios y aún no sazonados escritos.

La composición literaria era la principal ocupación que tenía durante la semana, y todos los martes, cuando iba de casa al colegio, auguraba la suerte que le esperaba deduciéndola de las incidencias del camino; si veía a alguien que caminara delante de él, se proponía pasarle antes de llegar a un punto determinado, o bien iba colocando sus pisadas cuidadosamente en las junturas de las losas de la acera, diciéndose a cada pisada: seré el primero en el ensayo; no seré el primero en el ensayo.

Cierto martes, la serie de sus triunfos se vio interrumpida de repente. Míster Tate, el profesor de inglés, le señaló con el dedo y dijo bruscamente:

-Este muchacho tiene una herejía en el ensayo.

Silencio sepulcral en la clase. Míster Tate no lo interrumpió sino que se puso a hurgarse con una mano entre los muslos, en tanto que se oía chascar el almidón de su camisa alrededor del cuello y hacia los puños. Stephen no levantó los ojos. Era una mañana cruda de primavera y sus ojos estaban todavía débiles y doloridos. Se vio fracasado y cogido; sintió la sordidez de su espíritu y la de su casa, y en la nuca, el roce del cuello vuelto y raído.

Un sonoro golpe de risa del profesor permitió respirar más a gusto a los alumnos.

-Quizá no se ha dado usted cuenta.

-¿En dónde está? -preguntó Stephen.

Míster Tate dejó de hurgarse y extendió el escrito.

-Aquí. Es hablando del Criador y del alma. Emm… emm… emm… emm… ¡Ah!, sin que nunca puedan llegar a aproximarse. Eso es una herejía.

Stephen murmuró:

-He querido decir sin que nunca puedan llegar a alcanzarse.

Era someterse. Míster Tate se apaciguó y doblando el ejercicio se lo alargó diciendo:

-¡Ah!… Bueno. Alcanzarse. Eso es ya otra cosa.

Pero la clase no se había apaciguado tan prestamente. Aunque nadie le habló del incidente después de la clase, Stephen pudo notar a su alrededor una especie de alegría malévola.

Unos días después de este tropiezo, iba Stephen al anochecer con una carta en la mano por el camino de Drumcodra, cuando oyó una voz que gritaba:

-¡Alto!

Se volvió y pudo distinguir entre las sombras crepusculares a tres de sus compañeros que le salían al paso.

Heron, que era el que había gritado, avanzaba entre sus dos acompañantes hendiendo el aire con un bastoncillo delgado a compás de las pisadas. Su amigo Boland marchaba al lado de él con una sonrisa forzada en el rostro, mientras que el otro, Nash, venía unos cuantos pasos trasero, resollando a causa de la velocidad de la marcha y haciendo oscilar su gran cabezota rojiza.

Ya reunidos todos, se internaron por la calle de Clonliffe e inmediatamente se pusieron a hablar de libros y escritores, diciendo los libros que estaban leyendo y cuántos volúmenes tenía en la librería el padre de cada uno. Stephen les estaba escuchando con cierta extrañeza, porque Boland era el azote de la clase y Nash el vago por excelencia de la misma. En efecto, después de charlar algún tiempo sobre sus autores favoritos, Nash se declaró por el capitán Marryat, que, según dijo, era el más grande escritor.

-¡Quita! -dijo Heron-. Pregúntale a Dédalus. Dédalus, ¿cuál es el más grande escritor?

Stephen notó el sarcasmo de la pregunta y dijo:

-¿En prosa?

-Sí.

-Creo que Newman.

-¿El cardenal Newman? -preguntó Boland.

-Sí -contestó Stephen.

A Nash se le amplificó en el rostro pecoso la sonrisa doblada, al mismo tiempo que volviéndose a Stephen, decía:

-¿Y a ti, Dédalus, te gusta el cardenal Newman?

-Hay mucha gente que afirma que Newman es quien tiene el mejor estilo en prosa -dijo Heron, para que se enteraran los otros dos-, pero, desde luego, no es poeta.

-Y dinos, Heron, ¿cuál es el mejor poeta? -preguntó Boland.

-Lord Tennyson, indudablemente -contestó Heron.

-Claro, lord Tennyson -dijo Nash-. En casa tenemos todas sus poesías en un libro.

Al oír esto, Stephen olvidó todos los propósitos de callar que había estado haciendo y exclamó:

-¡Poeta, Tennyson! ¡Querrás decir un versificador!

-¡Quítate de ahí! -dijo Heron-. Todo el mundo sabe que Tennyson es el mejor poeta.

-¿Y quién es, según tu parecer, el mejor poeta? -preguntó Boland, dándole con el codo a su vecino.

-Byron, desde luego -contestó Stephen.

Heron tomó la iniciativa rompiendo a reír despectivamente y los otros dos se le unieron.

-¿De qué os reís? -preguntó Stephen.

-De ti -contestó Heron-. ¡Byron el mejor poeta! No es más que un poeta para gentes sin educación.

-¡Pues, sí que debe ser un poeta! -comentó Boland.

-Lo mejor que puedes hacer tú es callarte -dijo Stephen, encarándose decididamente con él-. Todo lo que tú sabes acerca de poesía, es lo que has escrito en las pizarras del patio, que fue por lo que te mandaron castigado al desván.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:10

Se decía, en efecto, que Boland había escrito en las pizarras del patio un pareado acerca de un compañero que acostumbraba a volver del colegio a casa a caballo en un pony:

Tyson iba a caballo hacia Jerusalén.
Se cayó y se hizo daño en el kulipulén.

Esta embestida hizo callar a los dos lugartenientes, pero Heron continuó:

-Por lo menos, no me negarás que Byron es herético e inmoral.

-Me tiene sin cuidado lo que sea -exclamó vivamente Stephen.

-¿Te tiene sin cuidado el que sea herético o no? -dijo Nash.

-¿Qué es lo que entiendes tú de eso? -saltó Stephen-. No has leído un verso en tu vida, a no ser en una traducción. Ni tú, ni Boland tampoco.

-¡Atención! Sujetadme bien a este hereje -exclamó Heron.

En un instante Stephen se encontró prisionero.

-Tate te despabiló de lo lindo el otro día cuando aquello de la herejía que tenías en la composición.

-Ya se lo diré yo mañana -dijo Boland.

-¿Tú? -exclamó Stephen-. ¡Te guardarás muy mucho de abrir la boca!

-¿Y eso?

-Como que te va la vida.

-¡A callarse! -gritó Heron, fustigando en la pierna a Stephen con el bastón.

Esta fue la señal para el ataque. Nash le trabó los brazos por la espalda mientras que Boland cogía un troncho de col que yacía en el arroyo. Stephen, debatiéndose a patadas, bajo los bastonazos y los golpes del troncho nudoso, fue empujado contra una alambrada erizada de pinchos.

-Confiesa que Byron no valía nada.

-No.

-Confiesa.

-No.

-Confiesa.

-No. No.

Al fin, tras una serie de embestidas, logró desasirse. Sus verdugos huyeron en dirección al camino de Jone riendo y mofándose, mientras él, medio cegado por las lágrimas, echó a andar vacilantemente, crispando los puños enfurecido, sollozando.

Y ahora, mientras recitaba el Confiteor entre las risas indulgentes de los otros dos y mientras las escenas de este ultrajante episodio pasaban incisivas y rápidas por su imaginación, se preguntaba por qué no guardaba mala voluntad a aquellos que le habían atormentado. No había olvidado en lo más mínimo su cobardía y su crueldad, pero la evocación del cuadro no le excitaba al enojo. A causa de esto, todas las descripciones de amores y de odios violentos que había encontrado en los libros le habían parecido fantásticas. Y aun aquella noche, al regresar vacilante hacia casa a lo largo del camino de Jone, había sentido que había una fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un momento con la misma facilidad con la que se desprende la suave piel de un fruto maduro.

Permanecía de pie con los otros dos compañeros en el extremo del cobertizo atendiendo vagamente a su charla o a los estallidos de los aplausos que venían del teatro. Ella estaba sentada allí dentro, entre el público, esperando tal vez a que él apareciese. Trató de evocar su imagen, pero no pudo. Se acordaba sólo de que llevaba un chal echado por la cabeza que le hacía como una capucha y que sus ojos obscuros le excitaban y le deprimían. Se preguntaba si él había estado en los pensamientos de ella del mismo modo que ella en los de él. Y luego, en la obscuridad, sin que los otros dos le pudieran ver, apoyó las puntas de los dedos de una mano sobre la palma de la otra, tocándola apenas ligeramente. Mas la presión de los dedos de ella había sido más ligera y más firme; y de repente el recuerdo de aquel roce le atravesó el cerebro y el cuerpo como una invisible onda.

Un muchacho vino corriendo hacia ellos a través del cobertizo. Llegaba excitado y sin aliento.

-Anda, Dédalus -gritó-, que Doyle está la mar de enfadado contigo. Tienes que ir inmediatamente a vestirte para la representación. Anda, date prisa.

-Irá cuando le dé la gana -contestó Heron al mensajero, arrastrando desdeñosamente las palabras.

El muchacho se volvió hacia Heron y repitió:

-Es que Doyle está horriblemente enfadado.

-¿Quieres hacer el favor de ofrecer a Doyle mis respetos y decirle que no me toque las narices?

-Bueno, me tengo que ir -dijo Stephen, a quien se le daba muy poco de puntillos de honra.

-Yo que tú no iba -dijo Heron-. ¡Vaya que no! Esas no son maneras de mandar a buscar a uno de los mayores. ¡Que está furioso! Ya es bastante que desempeñes un papel en ese condenado comedión que se trae.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:11

Este puntilloso espíritu de camaradería que había observado últimamente en su rival no lograba apartar a Stephen de sus hábitos de tranquila obediencia. Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad de una tal camaradería que le parecía una triste anticipación de la virilidad. El punto de honor suscitado ahora le resultaba tan trivial como todas estas cuestiones. Mientras su imaginación había estado atareada persiguiendo fantasmas intangibles, o dejando de perseguirlos para caer en la irresolución, había estado escuchando constantemente las voces de sus profesores que le excitaban a ser antes que nada un perfecto caballero y un buen católico. Estas voces habían llegado a sonar en sus oídos como palabras vacías. Al abrirse el gimnasio, había oído otra voz que le mandaba ser fuerte, viril y saludable. Y cuando el movimiento a favor de un renacimiento nacional se había comenzado a sentir en el colegio, otra voz le había invitado a ser fiel a su patria y a ayudar a vivificar su lenguaje y sus tradiciones. En lo profano, lo preveía, habría otra voz que le invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida hacienda de su padre; y, entre tanto, la voz de sus compañeros le mandaba ser un buen cantarada, encubrirlos en sus faltas, interceder por su perdón y hacer todos los esfuerzos posibles para obtener días de asueto para el colegio. Y era el zumbido vacío de todas estas voces lo que le hacía titubear en la persecución de sus propios fantasmas. Sólo les prestaba atención por algún tiempo, y era feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera del alcance de su llamamiento, solo, o en compañía de sus propios y fantasmales compañeros.

En la sacristía estaban un jesuita rollizo y de cara lustrosa y un viejo de traje azul raído, ocupados en revolver en un cajón de coloretes y lápices de caracterizar. Los chicos que habían sido ya caracterizados se paseaban de un lado a otro, o, parados y como estupefactos, se pasaban furtivamente los dedos por la cara. En medio de la sacristía, un jesuita, que estaba pasando unos días en el colegio, se balanceaba rítmicamente, poniéndose de puntillas y dejándose caer otra vez sobre los talones, todo con las manos muy metidas en los bolsillos de la sotana y éstos echados hacia adelante. Su cabeza, pequeña, adornada de rizos rojizos y lustrosos, y su cara recientemente afeitada, iban bien con la impecable corrección de su sotana y con sus irreprochables zapatos.

Al observar esta figura oscilante y tratar de descifrar la sonrisa burlona del religioso, le vino a Stephen a la memoria una cosa que había oído decir a su padre antes de que le enviaran a Clongowes: que se puede siempre reconocer a un jesuita por el corte de su traje. Y en el mismo momento pensó que le parecía reconocer una semejanza entre la manera de ser de su padre y la de aquel jesuita bien vestido y sonriente. Y tuvo certeza de algo como una profanación del oficio de jesuita y aun de la misma sacristía, cuyo silencio había huido ante la charla en alta voz y el bromear, y cuya atmósfera estaba llena del olor pungente de los mecheros de gas y de la grasa.

Mientras que el viejo le pintaba arrugas en la frente y le embadurnaba las mejillas de negro y de azul, Stephen escuchaba distraído la voz del jesuita rollizo que le recomendaba que hablara alto y que recalcara bien los pasajes graciosos. Se oía la banda que tocaba El lirio de Killarney y comprendió que el telón se iba a levantar dentro de muy pocos minutos. No sentía ningún miedo de salir al escenario, pero le humillaba la idea del papel que iba a desempeñar. El recuerdo de algunos de los pasajes hizo que un rubor repentino subiera hasta sus mejillas pintadas. Y vio los ojos de ella, pensativos y llenos de promesas, que le miraban desde la sala; y esta imagen barrió todos sus escrúpulos dejando su voluntad presta. Parecía que se le había infundido otra nueva naturaleza: que el contagio de la animada juventud que bullía a su alrededor se le había metido a él también en el alma y transformado aquella desconfianza malhumorada que de ordinario tenía. Por un momento se vio revestido de la verdadera vitalidad juvenil. Y mezclado entre bastidores con los otros, participó de la alegría común en medio de la cual dos robustos padres izaron el telón que se fue elevando a tirones y todo torcido.

Momentos después se encontró en el escenario entre las deslumbrantes luces de gas y la decoración borrosa, representando delante de las innumerables caras del vacío. Le sorprendía el ver que la comedia, que en los ensayos parecía una cosa deslavazada y sin vida, había cobrado de repente vida propia. Parecía ahora que la comedia se representaba sola y que ellos sólo ayudaban con sus papeles. Cuando el telón cayó tras la última escena, oyó cómo el vacío se llenaba de aplausos, y a través de una rendija pudo ver desde el escenario cómo aquel cuerpo único ante el cual había representado, se desformaba como por magia, rompiéndose por todas partes el vacío de rostros y dividiéndose en grupos atareados.

Abandonó rápidamente la escena, se despojó de su disfraz y atravesando la capilla entró en el jardín del colegio. Ahora que la representación había terminado, sus nervios excitados exigían una nueva aventura. Se precipitó hacia adelante como para atraparla. Las puertas del teatro estaban abiertas y el público había salido ya. En aquellas hileras que antes se le habían imaginado como las amarras de un arca, quedaban ahora unos cuantos farolillos, balanceándose en la brisa nocturna, oscilando sin regocijo. Subió a toda prisa los escalones de entrada al colegio, como ávido de una presa que se le pudiera escapar, se abrió paso entre la multitud que llenaba el vestíbulo y pasó por junto a dos jesuitas que presenciaban la desbandada haciendo reverencias, y cambiando apretones de mano con los invitados. Y él empujaba hacia adelante, fingiendo una prisa todavía mayor, y dándose cuenta vagamente de la estela de miradas, sonrisas y codazos que su empolvada cabeza dejaba tras sí.

Cuando llegó a los escalones de la entrada vio a su familia que le estaba esperando a la luz del primer farol. A primera vista notó que todas las figuras del grupo le eran familiares y bajó los escalones malhumorado.

-Tengo que llevar un recado a la calle George -le dijo precipitadamente a su padre-. Volveré a casa detrás de ustedes.

Y sin aguardar a las preguntas de su padre, atravesó a toda prisa el camino y echó a andar a hopo colina abajo. Apenas si sabía adonde iba. Orgullo, esperanza y deseo, como hierbas pisoteadas en su corazón, elevaban humaredas de un incienso enloquecedor que cual una cortina cegaba las luces de su espíritu. Bajaba velozmente entre el tumulto de estos vapores de orgullo herido, de esperanza arruinada, de deseo frustrado, que en un momento se habían levantado en su alma. Se elevaron ante sus ojos angustiados en una densa y enloquecedora humareda, fluyeron y se desvanecieron sobre él.

Por último, el aire quedó de nuevo transparente y frío.

Un velo recubría aún sus ojos, pero éstos no le ardían ya. Un poder semejante a aquel que otras veces había hecho desaparecer de él la cólera o el resentimiento, fue el que le hizo pararse.

Se detuvo y se quedó mirando el sombrío pórtico del depósito de cadáveres y la callejuela empedrada de al lado. Vio el nombre de la callejuela, Lotts, escrito en la pared, y respiró despacio el aire rancio y denso que de ella salía.

-Esto son orines de caballo y paja podrida -pensó-. Es bueno respirar este olor. Me calmará el corazón. Ahora mi corazón* está ya absolutamente tranquilo. Regresaré.



Stephen se encontraba de nuevo sentado junto a su padre, en un rincón de un vagón del ferrocarril en Kingsbridge. Iban a Cork y aquel era el correo de la noche. Cuando el tren arrancó de la estación, le vino a la memoria aquel asombro infantil experimentado años atrás el primer día de su estancia en Clongowes. Pero ahora no experimentaba asombro ninguno. Veía cómo iban resbalando hacia atrás las tierras cada vez más sombrías y los silenciosos postes del telégrafo que cada cuatro segundos pasaban rápidamente por la ventana y las pequeñas estaciones penumbrosas, guardadas sólo por algunos tranquilos vigilantes, arrojadas por el tren a su espalda, titilantes un momento en la obscuridad como chispas de fuego proyectadas hacia atrás en plena carrera.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:11

Escuchaba sin interés ninguno la evocación que su padre hacía de Cork y de las escenas de su juventud, narración interrumpida a menudo por suspiros o por tragos de la cantimplora de bolsillo, cada vez que la imagen de un amigo muerto salía a relucir en ella o siempre que el narrador recordaba el objeto mismo de su viaje actual. Stephen escuchaba pero no podía sentir piedad alguna. Las imágenes de los muertos le eran todas extrañas, excepto la de tío Charles, que últimamente se había casi borrado de su memoria. Sabía, sin embargo, que los bienes de su padre iban a ser vendidos en subasta, y aun en esta manera de perder lo propio, pudo comprender que el mundo daba un rudo mentís a su fantasía.

Al pasar por Maryborough cayó dormido. Cuando se despertó, el tren había ya dejado atrás Mallow, y su padre dormía tumbado en el asiento frontero. La fría luz del amanecer caía sobre el campo, sobre las tierras desoladas y las cerradas cabañas. Y al mirar el campo silencioso o al oír de vez en cuando la respiración profunda y los súbitos movimientos que su padre hacía al dormir, el terror del sueño fascinaba su espíritu. La vecindad de invisibles durmientes le llenaba de horror, como si le pudieran hacer daño, y rezaba para que el día viniese pronto. Su oración no se dirigía a Dios ni a ningún santo, sino que comenzaba con un escalofrío, del aire que por la ranura de la portezuela hasta sus píes entraba, y concluía por una serie de palabras sin sentido, pero acomodadas al ritmo insistente del tren. Y silenciosamente, a intervalos de cuatro segundos, los postes del telégrafo cerraban un compás preciso de notas galopantes. La desatentada música aliviaba su horror, y recostándose sobre el borde de la ventanilla, dejó caer los párpados de nuevo.

Atravesaron, en un carricoche de dos ruedas, las calles de Cork a las primeras horas de la madrugada, y Stephen acabó su sueño en una alcoba del Hotel Victoria. Un sol alegre y caliente fluía de la ventana, y se oía el barullo del tráfico. Su padre estaba en pie delante del tocador contemplándose con gran cuidado el pelo, la cara y el bigote, estirando el cuello por encima del jarro, y apartándose de lado para poder ver mejor. Mientras tanto cantaba en voz baja, con extraño acento y vocalización pintoresca:

Juventud y locuranos casan cuando jóvenes,por eso aquí no puedoquedarme ya.Para lo que no hay curano hay más que sepultura.Con que, adiós, que me voya América. Ay, mi niña la linda,mi niña placentera,tú eres cual whisky nuevo,cariño mío,que, si se pone añejo,se torna frío y viejoy se evapora y muerecomo rocío.

La idea de que la ciudad caliente y soleada esperaba al otro lado de la ventana y los tiernos trémolos con los que su padre adornaba su cancioncilla, extraña, triste y al par regocijada, barrieron del cerebro de Stephen todas las nieblas del mar humor de la noche. Se levantó rápidamente, se vistió y, cuando la canción hubo terminado, dijo:

-Eso es mucho más bonito que cualquiera de los Venid todos vosotros, que acostumbras a cantar.

-¿Crees tú?

-Me gusta -dijo Stephen.

-Es un aire viejo -dijo míster Dédalus mientras se atusaba las guías del bigote-. ¡Ay, si se lo hubieras oído a Mick Lacy! ¡Pobre Mick Lacy! ¡El sí que le daba giros especiales y que lo adornaba mucho mejor que yo! ¡Aquél sí que era mozo para cantar un Venid todos vosotros

Míster Dédalus había encargado un plato local de embutidos para desayunar y durante la comida interrogó de punta a cabo al camarero acerca de todas las novedades locales. Casi nunca se entendían porque, cuando sonaba un nombre, el camarero se refería a su actual poseedor y míster Dédalus pensaba en el padre o quizás en el abuelo.

-Bueno, por lo menos espero que no se habrán llevado el Colegio de la Reina del sitio donde estaba -dijo míster Dédalus-, porque quiero enseñárselo a este pollastre que traigo conmigo.

Los árboles estaban en flor a lo largo del Mardyke. Entraron en los campos del colegio y fueron conducidos a través del patio por un portero charlatán. Pero su marcha a través del patio se veía interrumpida a cada docena de pasos por un alto, a causa de alguna novedad contada por el portero.

-¿Qué me cuenta usted? ¿Y ha muerto el pobre Pottlebelly?

-Sí, señor. Ha muerto.

A cada una de esas paradas, Stephen permanecía embarazosamente detrás de los dos hombres, aburrido de la conversación y deseando reanudar la marcha de nuevo. Cuando hubieron cruzado el patio, su intranquilidad se había ya convertido en fiebre. Y se maravillaba de cómo su padre, al que tenía por astuto y suspicaz, se dejaba engañar por los modales serviles del portero. Y el fuerte acento meridional que le había divertido durante toda la mañana resultaba ahora insoportable a sus oídos.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:12

Entraron en el anfiteatro de anatomía, donde míster Dédalus, ayudado por el portero, se puso a buscar para encontrar sus iniciales. Stephen permanecía en el fondo, deprimido ahora más que nunca a causa de la obscuridad y silencio del lugar y de su ambiente adusto y cansino de sitio de trabajo. En un pupitre leyó la palabra Feto grabada varias veces en la madera obscura y manchada. Esta palabra sobrecogió su espíritu; le pareció sentir en torno de él a los ausentes estudiantes del colegio y espantarse de su compañía. Y una visión de la vida de ellos que las palabras de su padre habían sido incapaces de evocar, se elevó ante sus ojos como si brotara de las letras grabadas en la mesa. Un estudiante ancho de hombros y con bigote estaba grabando gravemente el letrero a punta de navaja. Otros estudiantes estaban de pie o sentados cerca de él y se reían de verle tan afanado. Uno le empuja con el codo. El robusto estudiante se vuelve hacia él frunciendo el entrecejo. Lleva un vestido gris amplio y unas botas amarillas.

Stephen oyó que le llamaban. Bajó a toda prisa por las gradas del anfiteatro para apartarse todo lo posible de la visión y procuró ocultar el arrebato del rostro acercando mucho la cara a las iniciales de su padre. Pero la palabra y la visión retozaban delante de sus ojos al regresar por el patio camino de la puerta de entrada. Le extrañaba el encontrar en el mundo externo huellas de aquello que él había estimado hasta entonces como una repugnante y peculiar enfermedad de su propia imaginación. Sus-sueños monstruosos le acudieron en tropel a la memoria. También ellos habían brotado furiosamente, de improviso, sugeridos por simples palabras. Y él se había rendido y los había dejado filtrarse por su inteligencia y profanarla, sin saber nunca de qué caverna de monstruosas imágenes procedían, dejándole siempre, tan pronto como se desvanecían, débil y humilde ante los demás, asqueado de sí mismo e intranquilo.

-¡Mira, caramba! -dijo míster Dédalus-. Apostaría cualquier cosa a que aquello son las Abacerías. Seguramente que me has oído hablar muchas veces de las Abacerías, ¿no es verdad, Stephen? ¡Cuántas veces nos hemos escapado después de pasar lista y nos hemos venido aquí! Éramos una nube: Harry Peard y Jack Mountain y Bob Dyas y Maurice Moriarty el francés y Tom O'Grady y Mick Lacy del que te hablaba esta mañana, y Joey Corbet y aquel buenazo de Johnny Keevers, el de Tantiles.

A lo largo del Mardyke, las hojas de los árboles se movían susurrantes bajo la luz del sol. Pasó un equipo de jugadores de cricket. En una callejuela tranquila tocaba una charanga de cinco músicos alemanes, de uniformes desteñidos e instrumentos derrotados. Un grupo de golfillos de la calle y de recaderos desocupados se había congregado delante de ellos. Una criada con bonete y delantal blanco estaba regando una maceta en un alféizar que resplandecía como una losa de piedra caliza bajo la luz caliente y deslumbrante. Y a través de otra ventana abierta, venían las notas de un piano que escala tras escala iban trepando por el teclado.

Stephen caminaba al lado de su padre, oyendo historias que ya conocía, escuchando una vez más los nombres de aquellos calaveras que habían sido los compañeros de juventud de su padre, ya muertos o desparramados por el mundo. Un vago malestar temblaba en su corazón. Y evocaba su propia y equívoca posición en el colegio de Belvedere, alumno externo, primero de su clase, atemorizado de su propia autoridad, orgulloso, sensible y suspicaz, en lucha continua contra la miseria de su propia vida y el tumulto de sus pensamientos. Aquellas letras grabadas en. la manchada madera del pupitre le estaban contemplando fijamente, como si hicieran befa de su flaqueza corporal y de sus fútiles entusiasmos, le provocaran a la repugnancia de su propia locura y de las asquerosas orgías de su mente. La saliva le amargaba en la boca y un vago malestar le subió al cerebro, hasta tal punto, que tuvo que cerrar por un momento los ojos, caminando a ciegas.

Aún seguía la voz de su padre:

-El día que comiences a vivir por ti mismo, lo que supongo que ocurrirá de un momento a otro, aunque te dediques a lo que te dediques, ten cuidado de juntarte con verdaderos caballeros. Cuando yo era muchacho, ya te digo que la he gozado de lo lindo. Pero me juntaba con compañeros muy decentes. Cada cual tenía su habilidad. Uno poseía una hermosa voz, aquél era un buen actor, el otro sabía cantar una canción con gracia, tal era un buen remero o un buen jugador de raqueta, el de más allá sabía contar bien un cuento, y así sucesivamente. La pelota estaba siempre en el tejado y la gozábamos de lo lindo y conocíamos un poco el mundo, sin que ninguno de nosotros se quedara atrás. Pero, Stephen, todos éramos caballeros, al menos así lo creo yo, y, además, irlandeses honrados y fíeles a machamartillo. Esa es la gente con la que yo quiero que te juntes, con gente de buen natural. Te estoy hablando como a un amigo, Stephen. Yo no pienso que un hijo pueda tener miedo a su padre. No: yo te trato del mismo modo que tu abuelo me trataba a mí, cuando yo era aún un mocoso. Parecíamos más bien dos hermanos que padre e hijo. Nunca me olvidaré del primer día que me pescó fumando. Estaba yo al fin de la Terraza del Sur con otros mequetrefes como yo, y desde luego nos las dábamos de personas maduras porque teníamos una pipa en la boca. Y, de pronto: mi padre que pasa. No dijo una palabra, ni siquiera se paró. Pero al día siguiente, que era domingo, fuimos juntos a dar un paseo y cuando ya regresábamos, saca la petaca y me dice: "Y a propósito, Simón, yo no sabía que tú fumases ni cosa que se le pareciese." Yo hice desde luego lo posible para conllevar la situación. "Si quieres saborear cosa buena, añadió, prueba uno de estos puros. Me los ha regalado anoche, en Queenstown, un capitán americano."

Stephen notó que la voz de su padre se deshacía en una carcajada: una carcajada que era casi un sollozo.

-Era en aquel tiempo el mozo más gallardo de Cork. ¡Cristo, si lo era! Las mujeres se volvían en la calle para mirarle.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:12

Oyó que el sollozo se hundía sonoramente en la garganta de su padre y un impulso nervioso le hizo abrir los ojos. La luz del sol, al romper de improviso contra sus pupilas, transformaba el cielo y las nubes en un mundo fantástico de masas sombrías entre lagos de luz densa y rosada. Su mismo cerebro era débil e impotente. Apenas si podía interpretar los letreros de las tiendas. Porque aquella monstruosa vida suya le había arrojado más allá de los límites de lo real. No había cosa del mundo real que le dijera nada, que le conmoviera, a no ser que despertara un eco de aquellos alaridos furiosos que él sentía brotar de su interior. No podía responder a las llamadas de la tierra ni de los hombres, sordo e insensible a la voz del verano y al gozo de la camaradería, ahíto y descorazonado de oír el sonido de las palabras de su padre. Apenas si podía reconocer como propios sus pensamientos. Y se repitió lentamente en voz baja:

-Yo soy Stephen Dédalus. Voy andando junto a mi padre que se llama Simón Dédalus. Estamos en Cork, en Irlanda. Cork es una ciudad. Nuestra habitación está en el Hotel Victoria. Victoria, Stephen, Simón. Nombres.

Se le nubló de repente el recuerdo de su niñez. Trataba de evocar sus vividos incidentes y no podía. Sólo recordaba nombres. Dante, Parnell, Clane, Clongowes. Una señora de edad que tenía dos cepillos en su armario y enseñaba geografía a un niño pequeñito. Luego le habían enviado de casa al colegio, había hecho la primera comunión, había comido tiras de pasta de malvavisco que iba sacando de su gorra de cricket, había visto desde su canuta, en la enfermería, cómo el fuego saltaba y danzaba sobre la pared y había soñado que se había muerto y que el rector, revestido de una capa dorada y negra, decía una misa por su alma y que le enterraban en el reducido camposanto de la comunidad, al otro lado de la avenida de los tilos. Pero no se había muerto. Parnell era el que se había muerto. No había habido misa en la capilla por el difunto ni procesión. No se había muerto, sino que se había desvanecido como una placa impresionada a la luz del sol. Se había perdido o había emigrado de la existencia, porque ya no existía. ¡Qué extraño era el pensar que él había dejado de existir de este modo, no a través de la muerte, sino desvanecido al sol, o perdido y olvidado, Dios sabe dónde, en medio del universo! Y extraño también, ver que su cuerpecillo reaparecía ahora por un momento: un niñín vestido con un traje gris de cinturón. Con las manos en los bolsillos y los pantalones sujetos por elásticos a las rodillas.

La tarde del día en que los bienes fueron vendidos, Stephen siguió mecánicamente a su padre por la ciudad de taberna en taberna. A los vendedores del mercado, a los camareros y a las mozas de mostrador, a los mendigos que le importunaban pidiendo una limosna, míster Dédalus les había repetido la misma historia, que él era de Cork y que había estado durante treinta años tratando de librarse allá arriba, en Dublín, de su acento del sur; y que aquel Perico el de los Palotes que iba con él era su hijo, pero que aquél ya no era más que un castizo de Dublín. Habían salido de mañana del café de Newcombe, donde la taza de míster Dédalus había temblequeado en el platillo, mientras Stephen, moviendo la silla y con toses fingidas, procuraba ocultar las vergonzosas señales de la correría alcohólica de su padre, la noche pasada. Las humillaciones habían venido una tras otra: las falsas sonrisas de los vendedores del mercado, los meneos y los guiños de las mozas de bar con las que su padre se dedicaba a timarse, los cumplimientos y las palabras alentadoras de los amigos de míster Dédalus. Todos habían dicho que Stephen era el vivo retrato de su abuelo y el padre había convenido en que lo era, aunque ni la mitad de buen mozo. Se habían dedicado a rastrear huellas del acento de Cork en su manera de hablar y se habían obstinado en que confesara que el Lee era un río mucho más hermoso que el Liffey. Uno de ellos había puesto a prueba el latín de Stephen haciéndole traducir algunos pasajes de Dilecto y le había preguntado qué era lo gramatical, si Tempora mutantur nos et mutamur in illis, o Tempora mutantur et nos mutamur in illis. Y otro, un viejecito muy vivo, a quien míster Dédalus llamaba Johnny Cashman, le había hecho ruborizarse preguntándole cuáles eran más bonitas, si las chicas de Dublín o las de Cork.

-No está hecho a eso. Déjele usted estar. Es un chico de cabeza sentada que no se preocupa de esas tonterías.

-Entonces no es el hijo de su padre -contestó el vejete.

-Nadie puede estar seguro -dijo míster Dédalus sonriendo afablemente.

-Tu padre -dijo el viejecito- era en sus tiempos el tenorio más grande de toda la ciudad de Cork. ¿Sabías tú eso?

Stephen miraba al suelo estudiando el piso embaldosado del bar en el que se habían metido.

-No me le soliviante usted la cabeza -dijo míster Dédalus-. Déjele usted tranquilo.

-Desde luego que no le soliviantaré la cabeza. Soy bastante viejo para ser su abuelo. Porque yo soy realmente abuelo -le dijo el viejecillo a Stephen-. ¿No sabías tú eso?

-¿Sí? -preguntó Stephen.

-Vaya si lo soy -contestó el vejete-. Tengo dos nietos, dos mozancones que están en Sunday's Wells. Bueno, y ahora, ¿qué edad crees tú que tengo? Y que me acuerdo de haber visto a tu abuelo saliendo de montería con su levita encarnada. Claro que eso era cuando tú no habías nacido aún.

-Ni en el pensamiento -comentó míster Dédalus.

-Vaya si lo vi -repitió el viejecito-. Y aún más, que me puedo acordar hasta de tu bisabuelo, el viejo John Stephen Dédalus, y que era un camorrista formidable. Con que, mira, eso es tener memoria.

-Tres generaciones, quiá, cuatro generaciones -dijo otro del grupo-. Que usted Johnny Cashman no debe de andar lejos de los ciento.

-Hombre, para decirte la verdad, tengo justo, justo, los veintisiete.

-Tenemos la edad que nos sentimos dentro, Johnny -dijo míster Dédalus-. Con que tómese usted eso que tiene ahí y que nos traigan otra de lo mismo. Tú, Tim o Tom, o como te llames: tráenos otra de lo mismo. Yo me siento de diez y ocho años. Aquí tienen ustedes a este hijo mío, que no tiene la mitad de mi edad, y sin embargo, le doy ciento y raya, ahora y siempre.

-No hay que exagerar, Dédalus. Me parece que ya es tiempo de que vayas pensando en pasar a la reserva -dijo el que había hablado antes.

-¡No, por Cristo! -afirmó míster Dédalus-. Que me pongo con él donde sea a cantar un aria de tenor, o a saltar un portillo de cinco traviesas, o a correr tras los perros en el campo, como hice treinta años hace con el chico de Kerry, que era el primero para eso.

-Pero me parece que éste te ganaría a esto -dijo el viejecito golpeándose en la frente y levantando al mismo tiempo el vaso para acabarlo de apurar.

-Bueno, yo espero que ha de ser un hombre tan entero como su padre. Esto es todo lo que puedo decir -dijo míster Dédalus.

-Si lo es, eso basta -sentenció el viejo.

-Y démosle gracias a Dios -dijo míster Dédalus- que en tanto tiempo como hemos vivido, nunca hemos hecho el menor daño a nadie.

-No, sino mucho de bueno -rectificó el vejete gravemente-. Gracias sean dadas a Dios porque hemos vivido largo tiempo y hemos hecho el bien.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:13

Stephen observaba cómo los vasos se levantaban del mostrador cada vez que su padre y sus compinches bebían a la memoria de su pasado. Un abismo abierto por el sino o por el temperamento le separaba de ellos. Su alma parecía más vieja que la de ellos, y brillaba fríamente sobre sus porfías, sus alegrías y sus pesares, como una luna sobre una tierra más joven. Ni la vida de la juventud se había agitado en él como en ellos. No había conocido ni el placer de la camaradería, ni la ruda salud viril, ni la piedad filial. Nada se agitaba en su alma fuera de una sensualidad fría, cruel y sin amor. Su niñez estaba muerta o perdida, y con ella, el alma propicia a las alegrías elementales. Y estaba derivando por la vida como la cáscara estéril de la luna.

¿Viene tu palidez de aquel hastío
de trepar por los cielos contemplando
la tierra, ¡oh!, tú la errante y solitaria…?

Se repitió en voz baja los versos del fragmento de Shelley Aquella asociación simultánea que en ellos había de triste esterilidad humana y actividad de vastos ciclos extrahumanos refrigeró el espíritu de Stephen. Y se olvidó de su propio dolor, estéril y humano.

La madre de Stephen, su hermano y uno de sus primos estaban esperando en la esquina de la tranquila plaza Foster, mientras él y su padre subían los escalones y pasaban a lo larga de la columnata -bajo la cual un soldado escocés estaba de centinela. Cuando hubieron entrado en el gran vestíbulo, se aproximaron a una ventanilla y Stephen exhibió su mandato de pago contra el Banco de Irlanda por la suma de treinta y tres libras. Y esta cantidad, suma de la dotación de su beca y de su premio de composición literaria, le fue entregada inmediatamente por el pagador en billetes y monedas, respectivamente. Con fingida parsimonia se las metió en el bolsillo y aún hubo de aguantar que el empleado, con el cual su padre había estado charlando, le diera la mano por encima del ancho contador y le deseara un brillante porvenir. Estaba impaciente de oírles hablar y no podía lograr que sus pies se estuvieran quietos. Pero el empleado todavía defirió el atender a los que esperaban para decir que los tiempos habían cambiado mucho y que no había nada mejor que dar una buena educación a un hijo, fuese al precio que fuese. Todavía se entretuvo míster Dédalus en el vestíbulo mirando en torno de sí y al techo y diciendo a Stephen, el cual le estaba dando prisa para que saliesen, que estaban en aquel momento en la casa de los comunes del antiguo parlamento irlandés.

-¡Dios se apiade de nosotros! -dijo piadosamente-, ¡pensar en los hombres de aquellos tiempos, Hely Hutchinson y Flood y Henry Grattan y Charles Kendal Bushe, y pasar después a los aristócratas que nos han tocado en suerte, a los directores actuales del pueblo irlandés, en Irlanda y fuera de ella! Cuando ni aun muertos y en un campo de diez fanegas podrían ponerse los de ahora al lado de aquellos. No, Stephen; siento decirte que los que tenemos ahora son tan estúpidos como aquello de: vagando una mañana de mayo hermosa, en el alegre mes del dulce junio.

Un viento cortante de octubre soplaba en los alrededores del banco. Las tres personas que esperaban en el borde de la acera embarrada, tenían la cara amoratada de frío y los ojos humedecidos. Stephen observó el vestido ligero de su madre y recordó que había visto hacía algunos días en el escaparate de Barnardo un abrigo marcado con el precio de veinte guineas.

-Bueno. Ya está -dijo míster Dédalus.

-Lo mejor que podríamos hacer sería ir a comer -dijo Stephen-. ¿A dónde vamos?

-¿A comer? -preguntó míster Dédalus-. Bueno, puede ser que sea lo mejor. ¿Qué os parece?

-A algún sitio que no sea muy caro -dijo mistress Dédalus.

-¿A Underdone?

-Sí. A algún sitio tranquilo.

-Venid -dijo rápidamente Stephen-. No importa el precio.

Y echó a andar por delante, sonriendo, a pasos cortos y nerviosos. Los otros trataron de seguirle riéndose también de sus prisas.

-Oye, Stephen, haz el favor de tomarlo con más tranquilidad. No vamos a ganar el premio de la media milla, ¿no es eso?

Fue una corta temporada de diversiones en la cual el dinero de los premios fluyó abundantemente de los dedos de Stephen. De las tiendas del centro llegaban grandes paquetes de comestibles, de golosinas y de frutos secos. Cada día combinaba una lista diferente de platos para la familia y todas las noches invitaba al teatro a una partida de tres o cuatro personas para ver Ingomar o La dama de Lyons. En los bolsillos de la chaqueta llevaba pastillas de chocolate para obsequiar a sus invitados y los bolsillos del pantalón le reventaban de monedas de plata y cobre. Compró regalos para todo el mundo, repasó por menudo su habitación, escribió programas de vida, cambió de sitio en los estantes todos sus libros, se desojó leyendo listas de precios de toda clase de cosas, estableció una especie de república para la casa, en la cual cada persona tenía su cargo, abrió un banco de préstamos para la familia y apremiaba a tomar cantidades a préstamo a todo el que se ofrecía a ello sólo por darse el gustazo de extender recibos y de calcular los intereses de las sumas prestadas. Cuando ya no le quedó otra cosa, se dedicó a recorrer la ciudad en tranvía de un cabo a otro. Por último, el período de deleites llegó a su término. El bote de esmalte rosa se concluyó y el maderamen de su alcoba quedó a medio pintar y lleno de chafarrinones.

La casa volvió a su manera acostumbrada de vida. Su madre ya no tenía ocasión de reprenderle por malgastar el dinero. El también volvió a su acostumbrada vida de colegial y todas sus originales empresas se derrumbaron. La república fracasó, el banco cerró sus arcas y sus libros con notable pérdida, y las reglas de vida que se había trazado a sí mismo cayeron en desuso.

¡Cuan necio había sido su intento! Había tratado de construir un dique de orden y elegancia contra la sórdida marea de la vida que le rodeaba y de contener el poderoso empuje de su marejada interior por medio de reglas de conducta y activos intereses y nuevas relaciones filiales. Todo inútil. Las aguas habían saltado por encima de sus barreras lo mismo por fuera que por dentro. Y las aguas continuaban su empuje furioso por encima del malecón derruido.

Y vio también claramente su inútil aislamiento. No se había acercado ni un solo paso a aquellas vidas a las cuales había tratado de aproximarse, ni había logrado echar un puente sobre el abismo de vergüenza y de rencor que le separaba de su madre y de sus hermanos. Apenas si sentía la comunidad de sangre con ellos, apenas si se imaginaba ligado a ellos más que por una especie de misterioso parentesco adoptivo: hijo adoptivo y hermano adoptivo.

Se dedicó a aplacar los monstruosos deseos de su corazón ante los cuales todas las demás cosas le resultaban vacías y extrañas. Se le importaba poco de estar en pecado mortal y de que su vida se hubiera convertido en un tejido de subterfugios y falsedades. Nada había sagrado para el salvaje deseo de realizar las enormidades que le preocupaban. Soportaba cínicamente los pormenores de sus orgías secretas, en las cuales se complacía en profanar pacientemente cualquier imagen que hubiera atraído sus ojos. Día y noche se movía entre falseadas imágenes del mundo externo. Tal figura que durante el día le había parecido inexpresiva e inocente, se le acercaba luego por la noche entre las espirales sombrías del sueño con una malicia lasciva, brillantes los ojos de goce sensual. Sólo el despertar le atormentaba con sus confusos recuerdos del orgiástico desenfreno, con el sentido agudo y humillante de la transgresión.

Y volvió a sus correrías. Los atardeceres velados del otoño le invitaban a andar de calle en calle como lo había hecho años antes por las apacibles avenidas de Blackrock. Pero faltaba ahora la visión de los jardines recortados y de las acogedoras luces de las ventanas, que hubiera podido ejercer una influencia calmante sobre él. Sólo a veces, en las pausas del deseo, cuando la lujuria que le estaba consumiendo dejaba espacio para una languidez más suave, la imagen de Mercedes atravesaba por el fondo de su memoria.

Y volvía a ver la casita blanca y el jardín lleno de rosales en el camino que lleva a las montañas y recordaba el orgulloso gesto de desaire que había de hacer allí, de pie, en el jardín bañado en luz lunar, tras muchos años de extrañamiento y aventura. En estos momentos, las dulces palabras de Claude Melnotte subían hasta sus labios y aplacaban su intranquilidad.

Sentía un vago presentimiento de aquella cita que había estado buscando, y a pesar de la horrible realidad interpuesta entre su esperanza de entonces y lo presente, preveía aquel sagrado encuentro que en otro tiempo había imaginado y en el cual habían de desprenderse de él la debilidad, la timidez y la inexperiencia.

Tales momentos pasaban pronto, y las devoradoras llamas de la lujuria brotaban de nuevo. Los versos se borraban de sus labios y los gritos inarticulados y las palabras bestiales, nunca pronunciadas, brotaban ahora de su cerebro tratando de buscar salida. Su sangre estaba alborotada. Erraba arriba y abajo por calles obscuras y fangosas, escudriñando en la sombra de las callejuelas y de las puertas, escuchando ávidamente cualquier sonido. Gemía como una bestia fracasada en su rapiña. Necesitaba pecar con otro ser de su misma naturaleza, forzar a otro ser a pecar con él, regocijarse con una mujer en el pecado. Sentía una presencia obscura que venía hacia él de entre las sombras, una presencia sutil y susurrante como una riada que le fuera anegando completamente. Era un murmullo que le cercaba los oídos: tal el murmullo de una multitud dormida. Ondas sutiles penetraban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente y apretaba los dientes como si sufriera la agonía de aquella penetración. En la calle extendía los brazos para alcanzar la forma huidiza y frágil que se le escapaba incitándole… Hasta que, por fin, el grito que había ahogado tanto tiempo en su garganta brotó ahora de sus labios. Brotó de él como un gemido de desesperación de un infierno de condenados y se desvaneció en un furioso gemido de súplica, como un lamento por un inicuo abandono, un lamento que era sólo el eco de una inscripción obscena que había leído en la rezumante pared de un urinario.

Había estado errando por un laberinto de calles estrechas y sucias. De las malolientes callejuelas venían tumultos de voces roncas y de disputas, y lentas tonadas de cantores borrachos. Y siguió adelante, sin desmayar, pensando si tal vez habría ido a dar al barrio de los judíos. Cruzaban de casa a casa muchachas y mujeres vestidas con trajes largos y chillones, perfumadas y despaciosas. Un temblor se apoderó de él y sus ojos se nublaron. Y ante su confusa vista, las llamas amarillas del gas se elevaban contra un cielo cubierto de nieblas, ardiendo como ante un altar. En los umbrales de las puertas y en los vestíbulos iluminados, había grupos misteriosos dispuestos como para un rito. Era otro mundo distinto: se había despertado de una soñolencia de centurias.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:14

Estaba aún en mitad del arroyo sintiendo que el corazón le clamaba tumultuosamente en el pecho. Una mujer joven, vestida con un largo traje color rosa, le puso la mano en el brazo para detenerle y le dijo:

-Buenas noches, rico.

La habitación templada y luminosa. Una enorme muñeca estaba espatarrada sobre el amplio butacón de al lado de la cama. Trató de hacer articular a su lengua algunas palabras para parecer sereno, mientras veía cómo ella se iba despojando del traje, y observaba los movimientos sabios y orgullosos de aquella cabeza perfumada.

Y ella avanzó hasta él, que permanecía en medio de la habitación, y le abrazó alegre y reposadamente. Sus brazos redondos le ceñían contra ella; su cara se levantaba mirándole con una tranquila seriedad que él sentía tibiamente en el movimiento alterno y reposado de los pechos. Sentía la necesidad de romper en sollozos. Lágrimas de alegría y de consuelo brillaban en sus ojos extasiados y sus labios se entreabrían para hablar; pero la voz no salía de su garganta.

Y ella le pasó por el cabello su mano tintineante llamándole mala personita.

-Dame un beso -le dijo.

Pero los labios de él no sentían deseo de besarla. Lo que quería era verse ceñido firmemente entre los brazos de ella. Ser acariciado lentamente, lentamente, lentamente. Que entre aquellos brazos sentía haberse vuelto fuerte, impávido, seguro de sí mismo. Pero sus labios no se habían de inclinar para besarla.

De pronto, ella volvió la cabeza y le oprimió los labios con los suyos. Y él leyó lo que querían decir aquellos movimientos en los ojos francos que, levantados, le miraban. Era demasiado, cerró los ojos y se entregó a ella, en cuerpo y alma, sin conciencia de cosa de este mundo, salvo del sombrío roce, de la dulce hendidura de aquellos labios. Los sentía en la carne y en el cerebro como conductores de un vago idioma. Y entre ellos sintió una desconocida y tímida presión, más sombría que el desfallecimiento del pecado, más dulce que el sonido o el olor.


3


El corto crepúsculo decembrino se había desplomado torpemente tras un día plomizo, y mientras Stephen miraba el sombrío cuadrado de la ventana de la clase, el vientre le estaba reclamando su alimento. Esperaba que tendrían estofado para cenar, con nabos, zanahorias y patatas majadas y grasientos pedazos de cordero adecuados para ser bien revueltos en la salsa gruesa, adobada de harina y de pimienta. ¡Engúlletelo!, ésta era la voz del vientre.

Sería una noche sombría y secreta. Poco después de la caída de la noche las lámparas amarillas iluminarían aquí y allá el sórdido barrio de los burdeles. Iría por caminos extraviados, calles arriba y abajo, haciendo círculos cada vez más cerrados, más cerrados, con un estremecimiento de temor y de alegría, hasta que sus pasos le llevaran de pronto a trasponer cierto sombrío rincón. Las cantoneras estarían saliendo de sus casas, preparándose para la noche, desperezándose aún del sueño y ajustándose las horquillas en los mechones de pelo. Y él pasaría tranquilamente por entre ellas esperando sólo un momentáneo movimiento de su voluntad o un imprevisto llamamiento que a su espíritu hiciera aquella carne suave y perfumada. Y sin embargo, al rondar en busca de tal llamada, sus sentidos embrutecidos sólo por el deseo tendrían que anotar agudamente todo lo que los hería o llenaba de oprobios: sus ojos, un círculo de espuma de cerveza sobre una mesa sin tapete o una fotografía de dos soldados en posición de firmes o un cartel chillón de teatro; sus oídos, la recalcada jerga de los saludos.

-Hola, Bertie, ¿qué?, ¿vienes?

-¿Eres tú, pichón?

-En el número diez. Nelly la Frescachona te está esperando.

-Buenas noches, maridito. ¿Qué, entras un rato?

La ecuación en la página de su borrador comenzó a desarrollar una cola cada vez más ancha, llena de ojos y estrellada como la rueda de un pavo real. Y según iba eliminando los exponentes volvía a recogerse y desplegarse despacio. Los exponentes aparecían y desaparecían según los ojos se iban abriendo o cerrando. Y los ojos al abrirse y al cerrarse eran estrellas que nacían o se apagaban. Este vasto ciclo de vida estrellada transportaba su imaginación, hacia afuera, hasta su límite, y, hacia el interior, hasta su centro, mientras una música distante acompañaba tal flujo y reflujo. Pero, ¿qué música? La música se fue aproximando y logró evocar las palabras, aquellas palabras del fragmento de Shelley en que habla de la luna errante, sin compañía, pálida de hastío. Las estrellas comenzaron a desmenuzarse y una nube de fino polvo estelar cayó por el espacio.

La luz tristona se hacía aún más débil sobre la página donde una nueva ecuación había comenzado a desarrollarse, amplificando progresivamente su ancha cola: era su propia alma que salía a la ventura, desarrollándose pecado tras pecado, amplificando la luminaria de sus ardientes estrellas, para replegarse de nuevo y desvanecerse lentamente, apagadas sus luces y sus llamas. Se había apagado. Y la obscuridad fría llenaba el caos.

Una fría y lúcida indiferencia reinaba en su alma. Tras su primero y violento pecado sintió que una onda de vitalidad había fluido de él y temió no quedaran su alma o su cuerpo mutilados por el exceso. Mas, no; la onda vital se lo había llevado en su seno para devolverle otra vez en el reflujo. Y ni su alma ni su cuerpo habían sido mutilados, y una paz sombría se había establecido entre ellos. El caos en el cual su ardor se extinguía era el frío e indiferente conocimiento de sí mismo. Había pecado mortalmente no sólo una vez, sino muchas; y sabía que aunque por el primer pecado estaba ya en peligro de eterna condenación, cada nuevo pecado multiplicaba su culpa y su castigo. Sus días, sus palabras, sus pensamientos no le podían ser propiciatorios porque las fuentes de la gracia santificante habían dejado de refrescar su alma. A lo más, al dar una limosna a un mendigo de cuyas bendiciones huía, podía esperar lleno de tedio el obtener alguna partícula de gracia actual. La devoción se le había marchado por la borda. ¿De qué le servía rezar si sabía que su alma estaba anhelando la propia destrucción? Algo que era orgullo o temor le impedía el ofrecer a Dios ni siquiera una plegaria por la noche, aunque sabía que estaba en la mano de Dios el arrebatarle la vida durante el sueño y precipitarle en el infierno, sin darle tiempo ni aun de pedir clemencia. El orgullo de su culpa, y su frío temor de Dios, le decían que su ofensa era demasiado grave para que pudiera ser reparada, ni total ni parcialmente, por un falso homenaje dirigido al que todo lo ve y todo lo sabe.

-¡Está bien, Ennis! ¡Te digo que tienes la cabeza tan dura como el puño de mi bastón! ¡De modo que sales con que no me puedes decir lo que es una cantidad irracional!

La disparatada respuesta reavivó el rescoldo de su desprecio hacia sus compañeros. Para con los otros no sentía ni vergüenza ni temor. Los domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, echaba una mirada llena de frialdad a los devotos que destocados, de cuatro en fondo, estaban a la parte de fuera asistiendo espiritualmente a la misa que no podían ni ver ni oír. Su roma piedad y el mareante olor de las pomadas baratas con las que se habían untado la cabeza, le repelían de aquel mismo altar que ellos adoraban. Y se rebajó hasta el vicio de ser hipócrita para con los demás, permitiéndose dudar escépticamente de una inocencia que a él le costaba tan poco trabajo fingir.

De la pared de su alcoba pendía un pergamino iluminado, el diploma de prefecto de la congregación de la Santísima Virgen María que había en el colegio. Los domingos por la mañana, cuando la congregación se reunía en la capilla para rezar el oficio parvo, su sitio era un reclinatorio acojinado, a la derecha del altar, desde el cual dirigía las respuestas de los congregantes de su ala. La falsedad de su posición no le apesadumbraba. En algunos momentos sentía impulsos de levantarse de su sitio de honor y abandonar la capilla tras haber confesado su indignidad, pero una sola mirada a las caras de sus compañeros le detenía. Las metáforas de los salmos profetices amansaban su estéril orgullo. Las glorias de María mantenían su alma cautiva: nardo, mirra e incienso simbolizaban su real linaje; sus emblemas, la planta y el árbol de serondo florecer, simbolizaban el gradual crecimiento de su culto entre los hombres a través de las edades.

Cuando le tocaba leer la lección al fin del oficio, leía con una voz velada, acunándose la conciencia con su música.

Quasi cedrus exaltata sum in Libanon et quasi cupressus in monte Sion. Quasi palma exaltata sum in Gades et quasi plantatio rosae in Jericho. Quasi uliva speciosa in campis et quasi platanus exaltata sum juxta aquam in plateis. Sicut cinnamomum et balsamum aromatizans odorem dedi et quasi myrrha electa deai suavitatem odoris.

Su pecado le había apartado de la vista de Dios, pero le había conducido más cerca del refugio de los pecadores. Los ojos de la Virgen parecían mirarle con una benigna piedad. Su santidad, como una extraña luz que brillara vagamente sobre su carne delicada, no humillaba al pecador que se acercaba a ella. Si alguna vez se sentía impelido a arrojar de sí el pecado y a arrepentirse, el impulso que le movía era el de ser su caballero. Si alguna vez su alma volvía a entrar en la propia morada, apagado ya el frenesí del deseo carnal, y se volvía a aquella cuyo emblema es el lucero de la mañana, ese lucero brillante y musical que nos habla del cielo y paz infunde, era cuando los nombres de ella eran murmurados suavemente por aquellos labios donde todavía había un eco de puercas y vergonzosas palabras, tal vez el sabor de un beso lascivo.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:15

Era extraño. Trataba de explicarse cómo podía ser. Pero el crepúsculo, que se hacía cada vez más denso en la clase, le ocultaba sus propios pensamientos. Sonó la campana. El profesor señaló los problemas y los gráficos que tenían que preparar para el próximo día y salió. Al lado de Stephen, Heron comenzó a cantar desafinadamente:


Mi excelente amigo Bombados…


Ennis, que había ido al patio, volvió diciendo:

-El recadero de la residencia viene a buscar al rector.

Un muchacho alto que estaba detrás de Stephen se frotó las manos y dijo:

-¡Estupendo! Entonces podemos hacer lo que nos dé la gana toda la hora. Seguramente no vuelve hasta después de las dos y media. Y entonces le puedes preguntar dudas de catecismo, tú, Dédalus.

Stephen estaba recostado hacia atrás y dibujaba indolentemente en el borrador escuchando la charla de los otros, que Heron se encargaba de moderar de vez en cuando, diciendo:

-Callad la boca, si os da la gana. No arméis ese condenado jaleo.

Era extraño cómo encontraba un árido placer en seguir hasta su término las rígidas líneas de la doctrina católica y en penetrar hasta los puntos más obscuros sólo por oír y sentir más profundamente su propia condenación. Aquella sentencia de la Epístola del apóstol Santiago, según la cual el que infringe un mandamiento se hace reo de todos, le había parecido antes ser una frase vacía y sólo la había llegado a comprender ahora al tantear en la obscuridad de su propia situación. De la mala semilla del placer habían brotado todos los otros pecados mortales: orgullo de sí mismo y desprecio de los demás, codicia de dinero para procurarse placeres vedados, envidia de aquellos cuyos vicios no podía alcanzar, goce glotón de la comida, aquella cólera sombría y calenturienta entre la cual fermentaba el deseo, el pantano de pereza espiritual y corporal en el que todo su ser se había hundido.

Cuando sentado en su pupitre contemplaba fijamente la cara astuta y enérgica del rector, la mente de Stephen se deslizaba sinuosamente a través de aquellas peregrinas dificultades que le eran propuestas. Si un hombre hubiera robado una libra esterlina en su juventud y con aquella libra hubiera amasado luego una enorme fortuna, ¿qué era lo que estaba obligado a devolver, sólo la libra que había robado, o la libra con todos los intereses acumulados, o el total de su inmensa fortuna? Si un seglar al administrar el bautismo, vierte el agua antes de pronunciar las palabras rituales, ¿queda el niño bautizado? ¿Es válido el bautismo con agua mineral? ¿Cómo puede ser que mientras la primera bienaventuranza promete el reino de los cielos a los pobres de corazón, la segunda promete a los mansos la posesión de la tierra? ¿Por qué fue el sacramento de la eucaristía instituido bajo las especies de pan y vino, siendo así que Jesucristo está presente en cuerpo y sangre, alma y divinidad en el pan solo y en el vino solo? ¿Contiene una pequeña partícula del pan consagrado todo el cuerpo y la sangre de Jesucristo, o sólo una parte de ellos? Si el vino se agria y la hostia se corrompe y se desmenuza, ¿continúa Jesucristo estando presente bajo las especies como Dios y como hombre?

-¡Que viene! ¡Que viene!

Un chico apostado a la ventana había visto que el rector salía de la residencia. Todos los catecismos se abrieron; todas las cabezas se inclinaron sobre ellos silenciosamente. El rector entró y ocupó su asiento sobre la tarima. Un suave puntapié del chico alto que estaba sentado en el banco de detrás de Stephen urgió a éste para que propusiera alguna cuestión muy difícil.

Pero el rector no pidió un catecismo para preguntar por él la lección, sino que unió las manos sobre el pupitre y dijo:

-El miércoles por la noche comenzará el retiro en honor de San Francisco Xavier, cuya festividad se celebra el sábado. El retiro durará desde el miércoles hasta el viernes. El viernes por la tarde, después del rosario, habrá confesiones generales. Si algunos alumnos tienen ya su confesor especial, tal vez será lo mejor que no cambien. -El sábado, a las nueve de la mañana, habrá misa de comunión general para todo el colegio. El sábado será día de vacación. Pero como el sábado y el domingo son días de vacación, puede ser que haya algunos alumnos que se inclinen a pensar que el lunes no hay clase tampoco. ¡Mucho cuidado con no incurrir en este error! Supongo que tú, Lawless, incurrirás probablemente en esta equivocación.

-¿Yo, señor? ¿Por qué, señor?

Una oleada de contenida hilaridad salió de la sonrisa severa del rector y se propagó por la clase. El corazón de Stephen comenzó a replegarse y a marchitarse como una flor en agonía.

El padre rector prosiguió gravemente:

-Os supongo a todos familiarizados con la vida de San Francisco Xavier, patrón de nuestro colegio. Procedía de una antigua e ilustre familia española y recordaréis que fue uno de los primeros seguidores de San Ignacio. Se encontraron en París, donde Francisco Xavier era profesor de Filosofía en la Universidad. Xavier, joven, brillante, noble y hombre de letras, se penetró en cuerpo y alma de las ideas de nuestro glorioso fundador y, como sabéis, a petición propia fue enviado por San Ignacio a predicar a los indios. Se le llama, como recordaréis, el Apóstol de las Indias. Recorrió todo el oriente, bautizando a las multitudes, de territorio en territorio, desde África hasta la India, desde la India hasta el Japón. Se dice que llegó a bautizar hasta diez mil idólatras en un mes y que su brazo derecho se le quedó paralítico de haberse alzado tantas veces sobre las cabezas de aquellos a quienes administraba el bautismo. Después se propuso entrar en China para ganar todavía más almas para Dios, pero murió de fiebres en la isla de Sancian. ¡Qué gran santo San Francisco Xavier! ¡Qué gran soldado de Dios!

El rector hizo una pausa y luego, sacudiendo delante de sí las manos unidas, continuó:

-Poseía la fe que mueve las montañas. ¡Diez mil almas ganadas para Dios en sólo un mes! ¡Este sí que era un verdadero conquistador, fiel al lema de nuestra Orden, ad majorem Dei gloriam! Acordaos de que es un santo que tiene gran poder en el cielo: poder para interceder por nosotros en nuestras tribulaciones; poder para alcanzar cualquier cosa que le pidamos, siempre que sea para bien de nuestra alma; poder para obtenernos la gracia del arrepentimiento si hemos caído en el pecado. ¡Qué gran santo, San Francisco Xavier! ¡Qué gran pescador de almas!

Había cesado de agitar sus manos unidas y. descansándolas sobre la frente, lanzaba agudas miradas a su auditorio, miradas que salían de sus ojos sombríos y severos, salvando, ora por la derecha y ora por la izquierda, la pantalla de las manos.

Y en el silencio, la combustión sombría de aquellos ojos incendiaba el crepúsculo en una lumbrarada amarillenta. El corazón de Stephen se había marchitado como una flor del desierto al sentir en la lejanía los presagios del simún.



-Acuérdate tan sólo de tus postrimerías y no pecarás jamás, son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Jesucristo, del libro del Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuarto. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Stephen estaba sentado en el primer banco de la capilla. El Padre Arnall lo estaba ante una mesa a la derecha del altar. Tenía echado sobre los hombros un pesado manteo, la cara pálida y consumida, y una voz cascada de reumático. La figura tan extrañamente cambiada de su profesor, trajo a la mente de Stephen las escenas de su vida anterior en Clongowes: los anchos campos de juego, hormigueantes de muchachos; el foso; el pequeño cementerio al otro lado de la avenida de tilos donde él había soñado que le enterraban; el resplandor del fuego sobre la pared de la enfermería donde yacía enfermo; la cara ensombrecida del hermano Michael. Y según estos recuerdos le iban volviendo, su alma se iba convirtiendo otra vez en el alma de un niño.

-Nos hemos congregado hoy aquí, mis queridos hermanitos en Cristo, apartados por un breve momento del barullo afanoso del mundo exterior, para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, al apóstol de las Indias, santo patrono también de vuestro colegio, a San Francisco Xavier. Año tras año, durante mucho más tiempo que lo que cualquiera de vosotros o yo mismo podemos recordar, se han reunido los alumnos de este colegio en esta misma capilla, para hacer el retiro anual antes de la fiesta de su santo patrono. Ha ido pasando el tiempo e introduciendo nuevos cambios. Aun en los últimos pocos años, ¿cuántos cambios no podéis recordar muchos de vosotros? Muchos de los jóvenes que hace pocos años se sentaban en esos mismos bancos, están ahora quizás en tierras lejanas, o sumergidos ya en deberes profesionales, o en seminarios, o bien viajando sobre la vasta extensión de los abismos del mar, o tal vez, llamados ya a la otra vida por el gran Dios, para rendir cuentas de su conducta terrestre. Y sin embargo, conforme los años van rodando, trayendo consigo sus cambios, lo mismo para bien que para mal, invariablemente la memoria de este gran santo se ve honrada por los alumnos de este colegio, cada año una vez, en los días de retiro que preceden a la festividad establecida por nuestra Santa Madre la Iglesia, para transmitir a todas las edades el nombre y la fama de uno de los más grandes hijos de la católica España.

-Pero veamos ahora cuál es el significado de esta palabra, retiro, y por qué es considerada por todo el mundo como la práctica más saludable para todo el que desee llevar ante Dios y a los ojos de los hombres una vida verdaderamente cristiana. Retiro, queridos niños, significa un temporal apartamiento de todos los cuidados de la vida, de todas las preocupaciones y trabajos de la vida diaria, con objeto de examinar el estado de nuestra conciencia, para proyectar sobre ella los misterios de la santa religión y para comprender mejor cuál es la causa por la que estamos aquí en este mundo. Durante estos pocos días, voy a tratar de poneros delante algunos pensamientos concernientes a nuestras cuatro postrimerías. Nuestras postrimerías son, como sabéis por el catecismo: muerte, juicio, infierno y gloria. Trataremos de comprenderlas plenamente durante estos pocos días, de modo que podamos derivar de la compresión de ellas un duradero beneficio para nuestras almas. Y acordaos, queridos jóvenes, de que hemos sido enviados a este mundo para una cosa y sólo para una cosa: para hacer la santa voluntad de Dios y salvar nuestras almas inmortales. Todo lo demás carece de valor. Sólo una cosa es necesaria y es: la salvación de nuestra alma. ¿De qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma inmortal? ¡Ah, queridos niños, creedme que no hay nada en este mundo miserable que pueda compensar semejante pérdida!

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:16

-Os voy a rogar, por tanto, queridos jóvenes, que apartéis de vuestra imaginación durante estos pocos días todo pensamiento mundano, ya sea de estudios o de placer o de ambición, y que prestéis toda vuestra atención al estado de vuestra propia alma. Casi no necesito advertiros que durante estos días de retiro debéis todos observar una conducta compuesta y piadosa y evitar todo recreo ruidoso o inconveniente. Los mayores, desde luego, cuidarán de que no se infrinja esta costumbre, y me dirijo especialmente a los prefectos y dignidades de la congregación de la Santísima Virgen y de los Santos Ángeles, para que den buen ejemplo a sus compañeros.

-Procuremos, por tanto, hacer este retiro en honor de San Francisco con todo nuestro corazón y nuestra mente. Si así lo hacéis, la bendición de Dios caerá sobre vuestros estudios. Pero, antes que nada y por encima de todo, haced que este retiro sea tal que podáis volver los ojos hacia él en años venideros, cuando estéis tal vez lejos de este colegio y en otros alrededores muy distintos; que sea tal que podáis volver los ojos a él con alegría y reconocimiento y dar gracias a Dios por haberos concedido esta ocasión de echar los primeros cimientos de una vida piadosa y honrada, celosa y cristiana. Y si, como pudiera ocurrir, hay ahora en esos bancos alguna pobre alma que ha tenido la inexpresable desdicha de perder la santa gracia de Dios y caer en pecado mortal, yo confío fervientemente y pido a Dios que este retiro sea para ella el punto de regreso a una nueva vida. Y le ruego a Dios, por los méritos de su celoso siervo Francisco Xavier, que tal alma pueda ser llevada a un sincero arrepentimiento y que la santa comunión en el día de San Francisco de este año, sirva de perpetua alianza entre ella y Dios. Y que este retiro sea de grata memoria, para el justo como para el injusto, para el santo lo mismo que para el pecador.

-Ayudadme, queridos hermanitos en Cristo, ayudadme con vuestra piadosa atención, con vuestra devoción, con vuestra conducta externa. Desterrad de vuestra imaginación todo pensamiento mundano y pensad sólo en vuestras postrimerías: muerte, juicio, infierno y gloria. Aquel que las recuerde, dice el Eclesiastés, no pecará jamás. Aquel que se acuerde de sus postrimerías obrará y pensará siempre con ellas delante de los ojos. Y vivirá una vida buena y tendrá una buena muerte, creyendo y sabiendo que todos los sacrificios que ha experimentado en esta vida le serán pagados al ciento por uno, al mil por uno, en la vida venidera, en el reino sin acabamiento. Y esta es la felicidad que os deseo con todo mi corazón a todos y a cada uno de vosotros, amados jóvenes, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Mientras regresaba a casa entre otros compañeros silenciosos, una espesa niebla parecía rodear su espíritu. Esperó sumido en un estupor imaginativo a que se levantara y revelara lo que tenía escondido dentro. Cenó con devorador apetito y cuando se acabó la cena y sólo quedaron los platos grasientos abandonados sobre la mesa, se levantó y fue hacia la ventana, limpiándose con la lengua la boca de los residuos de la comida y lamiéndose los labios para quitar la grasa de ellos. Hasta aquel estado había ido a dar, hasta aquel estado de bestia que se relame de la carnaza. Era lo último. Y una tenue vislumbre de terror comenzó a atravesar la niebla de su espíritu. Oprimió su rostro contra el cristal de la ventana y atisbo la calle, donde estaba obscureciendo. Vagas formas pasaban aquí y allá a través de la luz triste. Y aquello era la vida. Las letras del nombre de Dublín las tenía grabadas en su cerebro, y allí se entrechocaban furiosamente de un lado a otro con una insistencia ruda y monótona. Su alma se estaba tumefactando y cuajándose en una masa grasienta que se iba hundiendo llena de obscuro terror en un crepúsculo amenazador y sombrío; y, mientras tanto, aquel cuerpo suyo, laxo y deshonrado, buscaba con ojos torpes, huérfano, humano y conturbado, un dios bovino en quien poder fijar la mirada.

El día siguiente aportó consigo muerte y juicios y con ellos el despertar del alma de Stephen de su inerte desesperación. La vaga vislumbre de miedo se convirtió ahora en espanto cuando la voz ronca del predicador fue introduciendo la idea de la muerte en su alma. Sufrió todas las miserias de la agonía. Sintió el escalofrío de la muerte que se apoderaba de sus extremidades y se deslizaba hacia el corazón; el velo de la muerte que le velaba los ojos; cómo se iban apagando cual lámparas los centros animados de su cerebro; el postrer sudor que rezumaba de la piel; la impotencia de los miembros moribundos; la palabra que se iba haciendo torpe e indecisa, extinguiéndose poco a poco; el palpitar del corazón, cada vez más tenue, más tenue, casi rendido ya, y el soplo, el pobre soplo vital, el triste e inerte espíritu humano, sollozante y suspirante, en un ronquido, en un estertor, allá en la garganta. ¡No hay salvación! ¡No hay salvación! El -él mismo- aquel cuerpo al cual se había entregado en vida, era quien moría. ¡A la sepultura con él! ¡A clavetear bien ese cadáver en una caja de madera! ¡A sacarlo de la casa a hombros de mercenarios! ¡Que lo arrojen fuera de la vista de los hombres en un hoyo largo, a pudrirse, a servir de pasto a una masa bullidora de gusanos, a ser devorado por las ratas de remos ágiles y fofo bandullo!

Y mientras que los amigos se deshacían todavía en lágrimas a la cabecera del lecho, el alma era juzgada. En el último momento consciente, toda la vida terrena había desfilado ante la vista del alma y, antes de que pudiera reflexionar, el cuerpo había muerto y el alma estaba en pie, aterrada, delante de su tribunal. Dios, que había sido clemente tanto tiempo, iba a ser justo ahora. Había sido paciente largo tiempo, tratando de persuadir al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, dándole un plazo más todavía. Pero aquel tiempo había pasado. Había habido tiempo para pecar y recrearse, tiempo para hacer befa de Dios y de las advertencias de su santa Iglesia, tiempo para desafiar su majestad, para desobedecer sus mandamientos, para engañar al prójimo, para cometer un pecado tras otro pecado y ocultar a los ojos de los hombres la propia corrupción. Pero aquel tiempo había pasado. Ahora era la vez de Dios, y a El no se le iba a engañar. Cada pecado había de salir de su escondrijo, el más rebelde contra la divina voluntad y el más degradante para nuestra pobre y corrompida naturaleza, la más leve imperfección lo mismo que el más nefando delito. ¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador, un gran general, un maravilloso inventor, o el más sabio entre los sabios? Todos eran lo mismo ante el tribunal de Dios. Y El había de premiar al bueno y castigar al malvado. Un solo instante bastaba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del cuerpo, el alma había sido ya pesada en la balanza. El juicio particular estaba terminado, y el alma había pasado a la mansión de bienaventuranza, o a la cárcel del purgatorio, o había sido arrojada, dando aullidos, al infierno.

Pero esto no era todo. La justicia de Dios tenía que ser todavía vindicada ante los hombres. Tras el juicio particular quedaba aún el juicio universal. El último día había llegado. El juicio final se acercaba. Las estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos arrancados de la higuera que el huracán agita. El sol, la gran luminaria del universo, se había convertido en un saco de cilicio. El arcángel San Miguel, el príncipe de la milicia celestial, aparecía glorioso y terrible sobre el cielo. Con un pie sobre el mar y el otro sobre la tierra, anunciaba con su trompeta arcangélica la consumación de los tiempos. Los tres toques del arcángel llenaban el universo. Tiempo hay, tiempo hubo, pero no lo habrá ya. Al último toque, las almas de la universal humanidad se aglomeran hacia el valle de Josaphat, ricos y pobres, nobles y plebeyos, sabios y mentecatos, buenos y malvados. Las almas de todos los seres humanos que han existido y las de aquellos que han de nacer aún; todos los hijos y las hijas de Adán, todos están reunidos en aquel supremo día. ¡Mas, ay, que el Supremo Juez se acerca! No ya el humilde Cordero de Dios, no ya el manso Jesús de Nazaret, no ya el Hombre de Dolores, no ya el Buen Pastor. El que ahora se aproxima viene sobre las nubes con todo su poder y majestad, asistido por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles, principados, potestades y virtudes, tronos y dominaciones, querubines y serafines, el Dios Omnipotente, el Dios Eterno. Y habla. Y su voz es oída en los más remotos límites del espacio, hasta en los abismos sin fondo. Es el Supremo Juez, y de su sentencia no habrá, no podrá haber apelación. Helo que llama al justo a su lado, invitándole a entrar en su reino, en la eterna felicidad que le tiene preparada. Pero al réprobo lo arroja de sí, gritando en su ofendida majestad: Apartaos de mí, malditos, id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles. ¡Oh, qué agonía entonces para los miserables pecadores! El amigo es arrancado de los brazos del amigo, los hijos de los de sus padres, los esposos de los de sus mujeres. El pobre pecador extiende sus brazos hacia aquellos que le fueron queridos en este mundo terrenal, hacia aquellos de cuya simple piedad tal vez hizo befa, hacia aquellos que le aconsejaron bien y trataron de llevarle al camino de la virtud, hacia el buen hermano, hacia la amorosa hermana, hacia el padre y la madre que tan intensamente le amaron. Pero es demasiado tarde: el justo se aparta de las miserables almas de los condenados, que ahora aparecen ante los ojos de todos en su monstruoso y depravado aspecto. ¡Ay de vosotros, hipócritas, ay de vosotros, sepulcros blanqueados, ay de vosotros los que presentáis al mundo una cara pulida y sonriente, mientras el interior de vuestra alma es una inmunda ciénaga de pecado! ¿Qué será de vosotros en aquel terrible día?

Y este día ha de venir, tiene que venir, vendrá: el día de la muerte, el día del juicio. Está decretado que todo hombre tiene que morir; tras la muerte, juicio final. La muerte es cierta. Lo que es incierto es la fecha, el modo, si ha de ser de larga enfermedad o por algún accidente imprevisto. El Hijo de Dios vendrá a la hora en que menos le esperéis. Estad por tanto preparados a cada momento, puesto que a cada momento podéis morir. La muerte es el término de todos nosotros. Muerte y juicio, introducidos en el mundo por el pecado de nuestros primeros padres, son como los obscuros pórticos que cierran nuestra existencia terrenal, los pórticos que se abren a lo desconocido e imprevisto, pórticos por los cuales toda alma tiene que pasar, sola, sin más ayuda que la de sus buenas obras, sin amigo ni hermano ni padre ni maestro, sola y temblorosa. Que este pensamiento no se aparte jamás de vuestras mentes y no podréis pecar. La muerte, que es una causa de terror para el pecador, es un momento de bendición para aquel que ha caminado por el sendero recto, cumpliendo plenamente sus deberes durante el tránsito por la vida, rezando las oraciones de la mañana y de la noche, aproximándose frecuentemente a la sagrada eucaristía, y realizando obras buenas y misericordiosas. Para el pío y creyente católico, para el hombre justo, la muerte no es causa de terror. ¿No fue Addison, el gran escritor inglés, quien, estando en su lecho mortuorio, mandó llamar al joven e impío conde de Warwick para mostrarle cómo un cristiano afrontaba su acabamiento? Aquél y sólo aquél, el cristiano creyente y piadoso, es quien puede decir en su corazón:

¡Oh, tumba! ¿Dónde está tu victoria?
¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?

No había palabra que no se le aplicase a él. Toda la cólera de Dios se asestaba contra su asqueroso y secreto pecado. La lanceta del predicador había sondeado profundamente su conciencia haciéndola reventar; y ahora sentía que su alma estaba supurando en el pecado. Sí, el predicador tenía razón. Le había llegado su turno a Dios. Como una bestia en su cubil, su alma se había revolcado en su propia inmundicia, pero los toques de la trompeta del ángel le habían hecho salir de la obscuridad de la culpa hacia la luz. El anuncio del juicio proclamado por el ángel había hecho desmoronarse en un momento toda su presuntuosa paz. El viento del día postrero soplaba a través de su espíritu: las rameras de ojos de pedrería, moradoras de su imaginación, huían ante el huracán, dando chillidos como ratones aterrados, amontonándose bajo la pelambre de sus cabelleras.

Al cruzar la plaza, ya de regreso, llegó hasta sus oídos congestionados la risa jovial de una muchacha. Aquel son alegre y quebradizo conmovió su corazón más profundamente que el sonido de la trompeta, y no atreviéndose a levantar los ojos, se volvió hacia un lado y miró, mientras pasaba, hacia la umbría de un macizo de arbustos. Una oleada de vergüenza se levantó de su corazón herido e inundó todo su ser. La imagen de Emma se le apareció delante de él, y ante los ojos de ella, la oleada de vergüenza volvió a brotar otra vez de su corazón. ¡Si ella supiera a qué cosas le había sometido la imaginación o cómo el apetito bestial había desgarrado y hollado su inocencia! ¿Era aquello el primer amor? ¿Era aquello espíritu caballeresco? ¿Era aquello poesía? Los sórdidos pormenores de sus orgías le hedían físicamente en las ventanas de la nariz. Aquel paquete manchado de grabados que él había ocultado en el cañón de la chimenea, y ante cuya inmundicia y vergonzosa procacidad se había pasado las horas muertas pecando en pensamiento y en acción; aquellos sueños monstruosos, poblados de criaturas simiescas y de prostitutas cuyos ojos brillaban como joyeles; aquellas largas cartas llenas de obscenidad que había escrito sólo por el placer de la confesión culpable y que había llevado consigo días y días, para arrojarlas luego, protegido por la noche, en un rincón de un campo de hierba, o por debajo de una puerta desvencijada o en el resquicio de un seto, donde una muchacha se las pudiera encontrar al paso y leerlas después secretamente. ¡Loco! ¡Loco! ¿Era posible que hubiera hecho tales cosas? Un sudor frío le brotaba en la frente mientras en el cerebro se le iban condensando estos bochornosos recuerdos.

Cuando la agonía de la vergüenza hubo pasado, trató de levantar su alma del fondo de su abyecta impotencia. Dios y la Virgen María estaban demasiado lejos de él: Dios era demasiado grande y demasiado severo y la Santísima Virgen demasiado pura y santa. Pero se imaginaba estar en una amplia llanura al lado de Emma, y que, humildemente, deshecho en llanto, se inclinaba para besar el borde de su manga.

En una ancha llanura, bajo la tierna luz de un firmamento crepuscular, mientras una nube derivaba hacia poniente por el mar gris pálido de los cielos, allí estaban los dos, juntos, como dos niños que hubieran delinquido. Su error había ofendido profundamente la majestad de Dios; pero no había ofendido a aquella cuya belleza no es como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema suyo, luciente y musical. Los ojos de Ella, al volverse para mirarlos, no estaban ofendidos, ni aun tenían un reproche. Y Ella les unía las manos, palma contra palma, y les decía, habiéndoles al corazón:

-Unid vuestras manos, Stephen y Emma. Hoy es un hermoso atardecer en el cielo. Habéis errado, pero continuáis siendo mis hijos. He aquí un corazón que ama a otro corazón. Juntad vuestras manos, hijos míos, y seréis felices juntos, y vuestros corazones se amarán mutuamente.

La capilla estaba inundada por la triste luz rojiza que a través de las corridas cortinas se filtraba; y por la hendidura, entre el marco de la ventana y la última cortina, un dardo de luz descolorida pasaba y descendía como una lanza hasta tocar el repujado bronce de los candelabros, que en el altar brillaba como una armadura angélica, gastada por los combates.

Estaba lloviendo sobre la capilla, sobre el jardín, sobre el colegio. Y había de llover eternamente y sin ruido. El agua se iría elevando, pulgada a pulgada, cubriendo la hierba y los arbustos, cubriendo los árboles y las casas, cubriendo los monumentos y las cimas de los montes. Toda la vida se ahogaría sin ruido pájaros, hombres, elefantes, cerdos, niños. Y sin ruido flotarían los cadáveres entre los detritus del naufragio del mundo. Y por cuarenta días y cuarenta noches caería la lluvia, hasta que las aguas cubriesen la faz de la tierra.

Podía ser. ¿Por qué no?

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:17

El infierno se ha engrandecido y ha abierto inmensamente su boca. Son palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, del libro de Isaías, capítulo quinto, versículo décimo cuarto. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El predicador sacó un reloj sin cadena de un bolsillo de la sotana y después de contemplar por un instante la esfera en silencio, lo colocó silenciosamente delante de él sobre la mesa.

Después comenzó a hablar con tono reposado: -Adán y Eva, mis queridos jóvenes, los cuales, como sabéis, fueron nuestros primeros padres, fueron creados por Dios, como recordaréis, con objeto de que los puestos que habían quedado vacantes en el cielo por la caída de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, pudieran ser ocupados de nuevo. Según se nos dice, Lucifer era un hijo de la mañana, un ángel poderoso y esplendente. Y sin embargo, cayó. Cayó y con él una tercera parte de las milicias celestiales. Cayó y fue precipitado con sus ángeles rebeldes en los infiernos. Cuál fuera su pecado es lo que no podemos decir. Los teólogos consideran que fue el pecado de orgullo, el pecaminoso pensamiento concebido en un instante: non serviam: no serviré. Y aquel instante fue su ruina. Ofendió a la majestad de Dios con el pensamiento pecaminoso de un solo momento y fue precipitado en los infiernos para siempre.

-Adán y Eva fueron creados por Dios y colocados en el Edén, en la llanura de Damasco, en aquel hermoso jardín resplandeciente de sol y de color, lleno de una desbordante vegetación La tierra fértil les regalaba pródigamente con sus dones; bestias y pájaros concurrían voluntariamente a su servicio; no conocían los males, herencia de nuestra carne: la enfermedad, la pobreza, la muerte. Todo lo que un Dios grande y generoso podía hacer por ellos, todo estaba hecho. Pero había una condición que les había sido impuesta por Dios: la obediencia a su palabra. No habían de comer de la fruta del árbol prohibido.

-¡Ay, mis queridos jóvenes, que ellos también cayeron! El demonio, en otro tiempo un ángel resplandeciente, hijo de la mañana, y ahora un enemigo vil, vino en forma de serpiente, la más sutil de todas las bestias del campo. Era que les tenía envidia. El, el magnate caído, no podía soportar el pensamiento de que el hombre, ser de arcilla, pudiera llegar a poseer la herencia de la cual su pecado le había desposeído para siempre. Y fue a la mujer, vaso más frágil, y deslizó el veneno de su elocuencia en los oídos de ella, prometiendo -¡oh, promesa blasfema!- que si ella y Adán comían del árbol prohibido, serían como dioses, más aún, como Dios mismo. Eva se rindió a las astucias del tentador por excelencia. Comió de la manzana y dio también de ella a Adán, quien no tuvo valor moral para negarse. La lengua de veneno de Satán había realizado su obra. Y cayeron.

-Entonces se dejó oír en aquel jardín la voz de Dios que llamaba al hombre, su criatura, a rendir cuentas. Y Miguel, príncipe de la milicia celestial, con una espada en la mano, apareció ante la culpable pareja y la arrojó fuera del paraíso, al mundo, al mundo lleno de enfermedad y de lucha, de crueldad y de pesadumbre, de trabajo y de fatiga, a ganarse el pan con el sudor de la frente. ¡Pero, aun entonces, cuan misericordioso fue Dios! Tuvo piedad de nuestros primeros y degradados padres y les prometió que en la plenitud de los tiempos había de enviar desde los cielos al mundo uno que los había de redimir, que los había de hacer de nuevo hijos de Dios y herederos de su gloria. Y ese redentor de los hombres caídos en la culpa había de ser el unigénito hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo Eterno.

-Vino. Fue nacido de una virgen pura, María, virgen y madre. Nació en un pobre establo, en Judea, y vivió como un humilde carpintero durante treinta años, hasta que llegó la hora de cumplir su misión. Y entonces la cumplió lleno de amor hacia los hombres, se dio a conocer y convocó a los hombres, para que oyeran el evangelio nuevo.

-Pero, ¿le oyeron? Sí, le oyeron, pero no le quisieron escuchar. Fue cogido como un vulgar criminal, mofado como loco, pospuesto a un malhechor público, flagelado con cinco mil azotes, coronado de espinas, empujado brutalmente en las calles por el populacho judío y la soldadesca romana, despojado de sus vestiduras y colgado de un patíbulo, y atravesado su costado por una lanza; y del llagado cuerpo de Nuestro Señor manaban incesantemente agua y sangre.

-Y aun entonces, en aquella hora de suprema agonía, nuestro piadoso redentor tuvo misericordia de la humanidad. Aun entonces, sobre la colina del Calvario, fundó la Santa Iglesia Católica contra la cual, así está prometido, las puertas del infierno no prevalecerán. La fundó sobre la roca de los tiempos y la doto con su gracia, con los sacramentos y el sacrificio, y prometió que si los hombres obedecían a la voz de su Iglesia, podrían entrar en la vida eterna, pero que si después de todo lo que había sido hecho en favor de ellos persistían aún en su maldad, habría para ellos una eternidad de tormento: el infierno.

La voz del predicador se hundió. Hizo una pausa, juntó por un instante las palmas de sus manos, las volvió a separar. Luego, continuó:

-Vamos a tratar ahora de imaginarnos, en la medida que podamos, la naturaleza de aquella mansión de los condenados creada por la justicia de Dios ofendido, para eterno castigo de los pecadores. El infierno es una angosta, obscura y mefítica mazmorra, mansión de los demonios y las almas condenadas, llena de fuego y de humo. La angostura de esta prisión ha sido expresamente dispuesta por Dios para castigar a aquellos que no quisieron sujetarse a sus leyes. En las prisiones de la tierra el pobre cautivo tiene al menos alguna libertad de movimiento, aunque no sea más que entre las cuatro paredes de su celda o en el sombrío patio de la cárcel. Pero no es así en el infierno. Allí, por razón del gran número de los condenados, los prisioneros están hacinados unos contra otros en su horrendo calabozo, las paredes del cual se dice tienen cuatro mil millas de espesor. Y los condenados están de tal modo imposibilitados y sujetos, que un Santo Padre, San Anselmo, escribe en el libro de las Semejanzas que no son capaces ni aun de quitarse del ojo el gusano que se lo está royendo.

-Allí yacen en la obscuridad exterior. Porque habéis de recordar que el fuego del infierno no da luz. Lo mismo que, por mandato de Dios, el fuego del horno de Babilonia perdió el calor pero no la luz, así, por voluntad de Dios, el fuego del infierno, conservando la intensidad abrasadora de su calor, arde eternamente en sombra. Allí, en una tempestad sin término de sombras, entre las llamas obscuras y el obscuro humo de la ardiente piedra azufre, están los cuerpos hacinados los unos encima de los otros, sin recibir nunca ni aun siquiera una vislumbre de aire. De todas las plagas que azotaron la tierra de los faraones, hubo una tan sólo, la de la obscuridad, a la cual se le diera el dictado de horrible. ¿Qué nombre habríamos de dar, pues, a la obscuridad del infierno, la cual ha de durar, no por tres días, sino por toda la eternidad?

-El horror de esta angosta y obscura prisión se ve aumentando aún por su insoportable hedor. Toda la inmundicia del mundo, toda la carroña y la hez del mundo, afirman, habrá de desaguar allí, como en un vasto y vaheante albañal, cuando la terrible conflagración del último día haya purgado el mundo. La piedra azufre que arde allí en prodigiosas cantidades llena todo el infierno de su intolerable fetidez. Y los cuerpos mismos de los condenados exhalan un olor tan pestilencial que, según dice San Buenaventura, uno solo sería bastante para infestar todo el mundo. El mismo aire de este mundo, este puro elemento, se hace hediondo e irrespirable si ha estado cerrado por largo tiempo. Considerad cuál no será la hediondez del aire del infierno. Imaginad un cadáver que hubiera estado yaciendo en su tumba, pudriéndose y descomponiéndose, hasta llegar a ser una masa gelatinosa de líquida corrupción. Imaginad este cadáver pasto de las llamas, devorado por el fuego de la hirviente piedra azufre de modo que exhale densas y sofocantes humaredas de nauseabunda descomposición. Y luego, imaginad este pestífero olor multiplicado un millón de veces y un millón de veces de nuevo por los millones y millones de fétidas carroñas amontonadas en la humeante obscuridad, como un hongo monstruoso de podredumbre humana. Imaginad todo esto y podréis llegar a tener cierta idea del horroroso hedor del infierno.

-Pero este hedor, por terrible que sea, no es el mayor tormento físico al cual están sujetos los condenados en el infierno. El tormento del fuego es el mayor sufrimiento al cual los tiranos de la tierra han podido condenar a sus semejantes. Poned el dedo por un momento en la llama de una bujía y sentiréis el dolor del fuego. Pero el fuego de la tierra ha sido creado por Dios para beneficio del hombre, para mantener en él la centella de la vida y para ayudarle en las artes útiles, mientras que el fuego del infierno es de otra calidad y ha sido creado por Dios para torturar y castigar al impenitente pecador. Nuestro fuego terrenal consume también, más o menos rápidamente, según que el objeto al cual ataca es más o menos combustible, de tal modo que el ingenio humano ha logrado siempre discurrir procedimientos químicos para impedir o frustrar su acción. Pero el azufre que arde en el infierno es una sustancia especialmente creada para arder eternamente y eternamente, con indecible furia. Más aún, el fuego de la tierra destruye al mismo tiempo que quema, de tal modo que, cuanto más intenso es, tanto menos dura; pero el fuego del infierno tiene tal propiedad, que conserva lo mismo que abrasa y, aunque brama con indecible intensidad, brama para siempre.

-Nuestro fuego terreno, sean cuales sean su furia y su extensión, tiene siempre una zona limitada; pero el lago de fuego del infierno no tiene límites, ni playas, ni fondo. Se dice que una vez el mismo diablo, preguntado por cierto soldado, se vio obligado a confesar que si toda una montaña fuera arrojada en aquel océano hirviente sería consumida en un instante como un pedazo de cera. Y este terrible fuego no aflige las almas de los condenados solamente por fuera sino que cada alma condenada será un infierno dentro de sí misma, abrasada por aquel fuego devorador en sus mismos centros vitales. ¡Oh, cuan terrible es la suerte de aquellos miserables seres! La sangre bulle y hierve en sus venas, los sesos se les abrasan en el cráneo, el corazón se les quema en el pecho como un ascua, sus intestinos son una masa rojiza de ardiente pulpa, sus tiernos ojos llamean como globos candentes.

-Y todavía lo que he dicho referente a la fuerza, cualidad e ilimitación de este fuego, no es nada si se compara con su intensidad, una intensidad que ha sido el instrumento escogido por designio divino para castigo del alma y del cuerpo a la par. Es un fuego que procede directamente de la ira de Dios, y que no obra por propia actividad, sino como un instrumento de la divina venganza. Como las aguas del bautismo purifican el alma y el cuerpo al mismo tiempo, así el fuego del castigo tortura el espíritu y la carne. Todos los sentidos de la carne sufren tortura y todas las facultades del alma al mismo tiempo. Los ojos, la impenetrable y absoluta obscuridad; la nariz, los pestilentes olores; el oído, los alaridos, bramidos e imprecaciones; el gusto, las materias corrompidas, el estiércol sofocante e indescriptible; el tacto, las punzadas de las candentes aguijadas y púas y los crueles lamidos de las lenguas de fuego. Y a través de los múltiples tormentos de los sentidos, el alma inmortal se ve torturada eternamente en su íntima esencia entre leguas y leguas de llamas ardientes inflamadas en los abismos por la majestad ofendida del omnipotente Dios y alimentadas con una furia perdurable y cada vez más intensa por el soplo de la cólera de la divinidad.

-Considerad, finalmente, que el tormento de esta infernal prisión está aumentado por la misma compañía de los condenados. La mala compañía es tan dañina que, aun en la tierra, las plantas se retiran como por instinto de todo lo que es fatal o nocivo para ellas. En el infierno todas las leyes están cambiadas; ya no hay allí idea de familia, ni vínculo ni parentesco. Los condenados braman y se maldicen los unos a los otros y tienen su tortura y su rabia intensificadas por la presencia de otros seres tan torturados y rabiosos como ellos mismos. Todo sentimiento de humanidad está olvidado allí. Los alaridos de los atormentados pecadores llenan los más remotos rincones del vasto abismo. Las bocas de los condenados están llenas de blasfemias contra Dios y de odio para sus compañeros de sufrimiento y de maldiciones contra las almas de aquellos que fueron sus cómplices en el pecado. Allá en tiempos antiguos había la costumbre de castigar al parricida, al hombre que se había atrevido a levantar la mano asesina contra su padre, arrojándole a los profundos del mar dentro de un saco en compañía de un gallo, de un mono y de una serpiente. La intención de los legisladores que forjaron tal ley, que hoy en nuestros tiempos nos parece cruel, fue la de castigar al criminal con la compañía de aquellas odiosas y dañinas bestias. Pero, ¿qué valor tiene la furia de aquellos mudos animales comparada con la furia de execración que estalla de los resecos labios del condenado en los infiernos cuando contempla en sus compañeros de sufrimiento, aquellos que le ayudaron en el pecado y le indujeron a él, aquellos cuyas palabras sembraron la primera semilla del mal pensamiento y del mal vivir en su mente, aquellos que con impúdicas sugestiones le llevaron a pecar, aquellos cuyos ojos le sedujeron y le apartaron del camino de la virtud? Y se vuelven a sus cómplices y les reprochan y los maldicen. Pero ya no tienen socorro ni esperanza: es ya demasiado tarde para el arrepentimiento.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:18

-Considerad por último el horrible tormento que sufren aquellas almas, las de los tentadores lo mismo que las de los inducidos, en la compañía de los demonios. Los demonios les afligen de dos modos distintos: con su presencia y con sus sarcásticos reproches. No podemos formarnos idea de lo horribles que los demonios son. Santa Catalina de Siena vio una vez uno, y ha dejado escrito que mejor que volver a ver, aunque fuera por un solo instante, un monstruo tan espantoso, preferiría estar marchando toda su vida sobre un rastro de carbones encendidos. Porque los diablos, que antes fueron ángeles hermosísimos, se convirtieron en monstruos tan horrendos y repugnantes cuanto primero bellos. Los diablos befan y escarnecen a las almas condenadas, empujadas por ellos a la ruina. Son .ellos, los protervos demonios, los que hacen en el infierno el papel de la voz de la conciencia. ¿Por qué pecaste? ¿Por qué prestaste oídos a las tentaciones de los amigos? ¿Por qué te apartaste de las prácticas piadosas y de las buenas obras? ¿Por qué no evitaste las ocasiones de pecar? ¿Por qué no abandonaste aquella mala compañía? ¿Por qué no abandonaste aquella lasciva costumbre, aquel hábito impuro? • ¿Por qué no seguiste los consejos de tu confesor? ¿Por qué, después de haber caído la primera vez, o la segunda, o la tercera, o la cuarta, o la centésima, por qué no te apartaste del mal camino y te volviste a Dios, que sólo esperaba tu arrepentimiento para absolverte de tus pecados? Ahora ya ha pasado el tiempo del arrepentimiento. ¡Tiempo hay, tiempo hubo, pero ya no lo habrá más! Tiempo hubo para pecar en secreto, para regodearte en la pereza y el orgullo, para ambicionar lo ilegítimo, para entregarte a los más bajos ímpetus de tu naturaleza, para vivir como las bestias del campo, ¡qué digo!, peor que las bestias del campo, pues ellas por lo menos son simples brutos y no tienen razón que las guíe. ¡Hubo tiempo, pero ya no lo habrá más! Dios te habló tantas veces…, ¡pero no le quisiste oír! No querías arrojar aquel orgullo y aquella cólera de tu corazón, no querías devolver aquellos bienes mal adquiridos, no querías obedecer los preceptos de tu Santa Madre la Iglesia, no querías cumplir con tus deberes religiosos, no querías abandonar aquellas malvadas compañías, no querías evitar aquellas peligrosas tentaciones. Tal es el lenguaje de aquellos diabólicos atormentadores: palabras de vituperio y de reproche, de odio y de repulsión. ¡De repulsión, sí! Porque hasta ellos, los mismos demonios, pecaron sólo tal como era posible a sus angélicas naturalezas, sólo por la rebelión de la inteligencia; y ellos, hasta ellos mismos, se vuelven, asqueados y repelidos, al contemplar aquellos innombrables pecados, con los cuales el hombre ultraja y mancilla el templo del Espíritu Santo, se mancilla y se empuerca a sí mismo.

-¡Oh, queridos hermanitos míos en Cristo, que nos esté destinado el oír este lenguaje! ¡Que no nos esté destinado, os digo! Yo le ruego fervientemente a Dios que en el último día de la terrible cuenta, ni una sola alma de las que ahora están en esta capilla pueda hallarse entre los miserables seres a los cuales el Gran Juez ha de mandar apartarse para siempre de su vista, que ni uno solo de nosotros pueda oír retumbar en sus oídos la espantosa sentencia de condenación: ¡Apartaos de mí, malditos, id al juego que os ha sido preparado por el demonio y sus ángeles!

Stephen salió por uno de los lados de la capilla, con las piernas entrechocadas y la cabeza temblorosa como si hubiera sido tocada por los dedos de una visión. Subió la escalera y siguió a lo largo de las paredes del corredor, de las cuales pendían los abrigos y los impermeables goteantes, como malhechores ejecutados, sin cabeza ni forma. A cada paso que daba, temía haberse muerto ya y que su alma desgajada de la envoltura del cuerpo se estaba hundiendo de cabeza a través del espacio. No podía hacer pie en el suelo, y así, se sentó pesadamente en su pupitre abriendo un libro al azar y quedándoselo mirando como hipnotizado.

No había habido palabra que no se le aplicase a él. Era verdad. Dios era todopoderoso. Dios podía llamarle ahora, llamarle mientras estaba sentado en su pupitre, antes de que hubiera podido tener conciencia de la llamada. Dios le había llamado. ¿Sí? ¿Cómo? ¿Sí? La carne se le contrajo como si sintiera la proximidad de las voraces llamas, reseca como si sintiera a su alrededor el remolino del sofocante aire. Se había muerto. Sí. Y estaba siendo juzgado. Una onda de fuego pasó rápidamente por su cuerpo: la primera. Otra oleada. Su cerebro comenzó a abrasarse. Otra. Su cuerpo hervía y burbujeaba dentro de la crepitante morada del cráneo. Y las llamas salían de su cabeza como un aureola, gritando como si fueran voces:

-¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!

Alguien hablaba cerca:

-Sobre el infierno.

-Supongo que os lo habrá hecho entrar bien a lo vivo.

-¡Bien a lo vivo! ¡Como que nos ha hecho a todos dar diente con diente!

-¡Eso es lo que os hace buena falta! ¡Y mucho de eso! ¡A ver si así trabajáis!

Se inclinó indolentemente sobre la mesa. No se había muerto. Dios le había dejado todavía. Estaba todavía en aquella clase que tan familiar le era. Míster Tate y Vincent Heron estaban de pie junto a la ventana, hablando, bromeando, contemplando la lluvia fría y meneando la cabeza.

-Quisiera que aclarara. Habíamos acordado dar una vuelta en bici hasta Malahide. Pero debe de llegar el agua hasta las rodillas por esos caminos.

-Puede ser que aclare, señor.

Aquellas voces que le eran tan conocidas, las palabras usuales, la quietud de la clase, donde cuando las voces callaban sólo se oía un susurro como de ganado que anduviese al ramoneo, pues los otros chicos mascaban tranquilamente sus almuerzos, todo eso tranquilizó su alma dolorida.

Aún había tiempo. ¡Oh, María, refugio de los pecadores, interceded por él! ¡Oh, Virgen Inmaculada, salvadle del piélago de la muerte!

La lección de inglés comenzó por las preguntas de historia. Personas reales, favoritos, intrigantes, obispos, pasaban como fantasmas mudos, tras el velo de sus nombres. Todos habían muerto: todos estaban ya juzgados. ¿De qué le aprovechaba al hombre ganar todo el mundo, si perdía su alma? Por fin, había comprendido: y la vida humana yacía alrededor de él como una llanura de paz, donde los hombres trabajaban hermanados, como hormigas, con sus muertos dormidos bajo unos tranquilos montones de arena. El codo de su compañero le tocó y su corazón se sintió tocado a la par. Y cuando habló para contestar a una pregunta del profesor sintió su propia voz llena de una quietud de humildad y contrición.

Su alma se hundió más profundamente en una contrita paz, incapaz de soportar por más tiempo la pena del terror, y una vaga plegaria iba brotando de ella mientras se hundía. Ah, sí: todavía se le concedería un plazo; se arrepentiría de corazón y sería perdonado. Y luego, los de arriba, los del cielo, habían de ver lo que él haría para compensar su pasado. Toda su vida: cada hora de su vida. ¡Al tiempo!

-¡Todo, oh, Dios! ¡Todo, todo!

Un mensajero llegó hasta la puerta para decir que las confesiones habían comenzado en la capilla. Cuatro muchachos salieron de la clase; y se oían las pisadas de otros que pasaban por el corredor. Un tembloroso escalofrío le corrió alrededor del corazón, no más intenso que una brisilla leve; pero, mientras sufría y escuchaba en silencio, se le hacía como si tuviera una oreja aplicada contra el músculo de su propio corazón y le estuviera sintiendo todo tembloroso y cercano, y percibiera la palpitación de sus ventrículos.

No había escape. Tenía que confesarse, tenía que manifestar con palabras todo lo que había pensado y hecho, pecado tras pecado.

-¿Y cómo? ¿Cómo?

-Padre, yo…

Aquel pensamiento resbalaba como una hoja fría y brillante de acero por la entraña de sus carnes: ¡confesión! Pero no en la capilla del colegio. Lo confesaría sinceramente todo, cada uno de sus pecados de hecho y de pensamiento: pero no allí, entre sus compañeros de colegio. Lejos, en algún sitio obscuro, sería donde únicamente se atrevería a expresar su propia infamia; y le rogó humildemente a Dios que no estuviera ofendido con él por no atreverse a confesar en la capilla del colegio; y con un total abatimiento de espíritu imploró mudamente el perdón de aquellos infantiles corazones que le rodeaban.

Pasaba el tiempo.

Volvía a estar sentado en el primer banco de la capilla. La luz del día estaba ya decayendo y al penetrar por el rojo denso de las cortinas, parecía que el sol del último día se estaba ocultando y que todas las almas se congregaban para el juicio final.

-Estoy apartado de la vista de tus ojos: palabras tomadas, mis queridos hermanitos en Cristo, del Libro de los Salmos, capítulo trece, versículo veintitrés. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El predicador comenzó a hablar en un tono reposado y amistoso. Su rostro tenía una expresión amable y juntaba despacito los dedos de cada mano formando una caja delicada al reunir las yemas.

-Esta mañana procurábamos, en nuestra meditación del infierno, hacer lo que nuestro santo fundador llama en su libro de los Ejercicios Espirituales la composición de lugar. Esto es, tratábamos de imaginar con los sentidos de la mente, con nuestra imaginación, el carácter material de las penas de aquel lugar espantoso y de los tormentos físicos que sufren todos los que están en el infierno. Esta tarde trataremos de considerar por unos breves momentos la naturaleza de las penas espirituales del infierno.

-Acordaos de que el pecado constituye un doble delito. Es una vil condescendencia con las inclinaciones de nuestra corrompida naturaleza hacia los más bajos instintos, hacia lo que es grosero y bestial.

-Pero es también un apartamiento de lo más noble de nuestro ser, de todo lo que es puro y santo, del mismo Dios. Por esta razón, el pecado mortal recibe en el infierno dos clases diferentes de castigo, físico y corporal.

-Pero de todas las penas espirituales, la incomparablemente mayor es la pena de daño, tan grande, realmente, que es de por sí un tormento mayor que todos los otros. Santo Tomás, el máximo doctor de la Iglesia, el doctor angélico, como se le llama, dice que la peor condenación resulta de que el entendimiento del hombre está totalmente privado de la divina luz y su afecto inexorablemente apartado de la divinidad de Dios. Dios, acordaos de ello, es un ser infinitamente bueno y, por tanto, la pérdida de tal ser debe resultar infinitamente dolorosa. En esta vida no podemos tener una idea clara de lo que tal pérdida es, pero en el infierno, el condenado, para su mayor tormento, tiene un conocimiento cabal de lo que ha perdido y sabe que lo ha perdido por sus propios pecados y que lo ha perdido para siempre. En el mismo instante de la muerte, se rompen las ligaduras de la carne y el alma tiende inmediatamente hacia Dios como hacia el centro de su existencia. Acordaos, queridos niños, de que nuestras almas ansían el estar con Dios. Venimos de Dios, vivimos por Dios, pertenecemos a Dios; somos suyos, inalienablemente suyos. Dios ama con un divino amor a cada una de las almas humanas, y cada una de estas almas vive por aquel amor. ¿Cómo podría ser de otro modo? Cada soplo de nuestro aliento, cada pensamiento de nuestro cerebro, cada instante de nuestra vida, proceden de la inagotable bondad de Dios. Y si es doloroso para una madre el ser apartada de su hijo, para un hombre el destierro de su patria y de su hogar, para un amigo el verse separado de su amigo, pensad, pensad, qué pena, qué angustia, debe de ser la de la pobre alma al verse rechazada de la presencia de aquel supremo bien, de aquel amante creador que la había formado de la nada, que la había sostenido en vida y amado con un inmensurable amor. Esto, pues, el ser separada para siempre del mayor bien, de Dios, el sentir la angustia de esta separación, sabiendo con absoluta certeza que no ha de haber cambio posible, en esto consiste el mayor tormento que el alma creada puede sufrir: poena danni, la pena de daño.

-La segunda pena que afligirá las almas de los condenados en el infierno es la pena de conciencia. Así como en los cuerpos muertos se engendran los gusanos por la descomposición, así en las almas de los condenados, de la putrefacción del pecado, nace un perpetuo remordimiento, el aguijón de la conciencia, el gusano, como el Papa Inocencio III lo llama, de la triple mordedura. La primera manera de roer de este cruel gusano será el recuerdo de los pasados deleites. ¡Oh, qué horrendo recuerdo habrá de ser! En el lago de llamas que todo lo devoran, el orgulloso rey recordará la pompa de su corte; el hombre sabio, pero malvado, sus bibliotecas y sus instrumentos de investigación; el amante de los placeres artísticos, sus mármoles, sus pinturas y sus otros tesoros de arte; el que se deleitó con los placeres de la mesa, sus magníficos festines, aquellos platos preparados con tan exquisita delicadeza, sus escogidos vinos; el avaro recordará sus montones de oro; el ladrón, sus mal adquiridas riquezas; los asesinos, coléricos, vengativos y despiadados, aquellas violencias y aquellos crímenes en que se gozaron; los lascivos y adúlteros, los innombrables y hediondos placeres que fueron sus delicias. Recordarán todo esto y se aborrecerán a sí mismos y aborrecerán sus pecados. Porque, ¿cuan miserables no aparecerán todos estos placeres al alma condenada a sufrir el fuego del infierno por los siglos de los siglos? ¡Cómo rabiarán y maldecirán al considerar que han perdido la bienaventuranza celestial por la escoria de la tierra, por unos cuantos trozos de metal, por vanos honores, por comodidades corporales, por una simple comezón de los sentidos! Y, ciertamente, se arrepentirán; y ésta es la segunda roedura de la conciencia: un tardío e infecundo arrepentimiento de los pecados cometidos. La justicia divina quiere que las inteligencias de aquellos miserables condenados estén constantemente atareadas en la contemplación de los pecados de que se hicieron reos, y aún más, como señala San Agustín, Dios les hará partícipes de su propio conocimiento del pecado, de tal modo, que el pecado aparecerá en ellos en toda su monstruosa malicia como aparece a los ojos de Dios mismo. Contemplarán sus pecados en toda su vileza y se arrepentirán; pero será demasiado tarde y entonces lamentarán las buenas ocasiones que desperdiciaron. Esta es la última y más profunda y cruel mordedura del gusano de la conciencia. La conciencia dirá: tuviste tiempo y oportunidad para arrepentirte y no quisiste; fuiste educado religiosamente por tus padres; tuviste en tu ayuda la gracia y los sacramentos e indulgencias de la Iglesia; tuviste ministros de Dios que te predicaran, que te llamaran al redil si te habías extraviado, que te perdonaran tus pecados, sin que importase cuántos o cuan horribles fuesen, con sólo que te hubieras confesado y arrepentido. No. No quisiste. Hiciste mofa de los sacerdotes de la santa religión,* volviste la espalda al confesionario, te encenagaste más y más en el lodazal del pecado. Dios te rogaba, te amenazaba, te imploraba que volvieses a él. ¡Oh, qué miseria, qué vergüenza! El legislador del universo te suplicaba a ti, criatura de arcilla, para que guardaras su ley y para que le amaras a él, a él que te había creado. No. No quisiste. Y ahora, aunque inundaras todo el infierno con tus lágrimas, si pudieras llorar todavía, todo ese mar de arrepentimiento no te podría procurar lo que una sola lágrima de contrición verdadera vertida durante tu vida mortal. Y ahora clamas por un solo momento de vida terrena para convertirte: ¡en vano! Ha pasado el tiempo. Ha pasado para siempre.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:18

-Es tal la triple mordedura de la conciencia cuando roe el mismo centro del corazón de los miserables en el infierno, que, llenos de una furia infernal, se maldicen a sí mismos por su locura, y maldicen a los malos compañeros que los condujeron a tal ruina, y maldicen a los demonios que los tentaron en vida y que ahora se mofan de ellos en la eternidad, y hasta ultrajan y maldicen al Supremo Ser, a aquel cuya bondad desdeñaron y menospreciaron, pero de cuya justicia y poder no pueden librarse.

-La siguiente pena espiritual, a la cual los condenados están sujetos, es la pena de extensión. En esta vida, el hombre, aunque capaz de muchos males, no los puede tener todos a un tiempo, desde el momento que cada mal de por sí aminora otro y se contrapone a él. En el infierno, al contrario, un tormento, en lugar de contraponerse a otro, le presta aún mayor fuerza. Y más aún, como las facultades internas son más perfectas que los sentidos externos, resultan, por esta razón, más capaces de sufrimiento. Lo mismo que cada sentido se ve atormentado por su pena correspondiente, lo mismo ocurre con las facultades espirituales: la imaginación, con horrendas imágenes; la facultad sensitiva, con intervalos de deseo y de rabia; la mente y la inteligencia, con unas tinieblas internas más terribles aún que la obscuridad exterior que reina en aquel horrible calabozo. La malicia, aunque impotente, de la que estas almas endemoniadas se ven poseídas, es un mal de ilimitada extensión, un terrible estado de perversidad que apenas si nos podemos imaginar, a menos que no tengamos en nuestra mente la enormidad del pecado y el odio que Dios le profesa.

-Opuesta a la pena de extensión, y, sin embargo, coexistente con ella, tenemos la pena de intensidad. El infierno es el centro de los males, y, como sabéis, las cosas son más intensas en su centro que en sus puntos remotos. Allí en el infierno no hay remedios ni pociones que puedan templar o suavizar en lo más mínimo las penas infernales. La compañía, que en todas partes es una fuente de consuelo para el afligido, será allí un continuo tormento. El saber, tan ansiado como principal bien de la inteligencia, será allí odiado más que la ignorancia; la luz, amada por todas las criaturas, desde el rey de la creación hasta la más humilde planta del bosque, será intensamente aborrecida. En esta vida, nuestros pesares o no son muy duraderos o no son muy intensos, porque la naturaleza o bien se sobrepone a ellos por la costumbre o los hace cesar al hundirse bajo su carga. Pero en el infierno, los tormentos no pueden ser amansados por la costumbre, porque al mismo tiempo que son de terrible intensidad, están cambiando continuamente, cada pena, por decirlo así, inflamándose al contacto de otra nueva, que a su vez dota de una más fiera intensidad el fuego de la antigua. Ni puede la naturaleza tampoco escapar al sufrimiento sucumbiendo a él, porque el alma está mantenida y sostenida en su daño de tal modo que su sufrimiento pueda ser aún mayor siempre. Ilimitada extensión de tormento, increíble intensidad de dolor, incesante variedad de tortura: esto es lo que la divina majestad, tan ultrajada por los pecadores, exige. Esto es lo que reclama la sangre del Cordero de Dios, vertida para redimir a los pecadores y hollada por los más viles entre los viles.

-La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh, tremenda y espantosa palabra! ¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata de una eternidad de sufrimiento. Aunque las penas del infierno no fueran tan terribles como son, se harían infinitas sólo por estar destinadas a durar para siempre. Pero al mismo tiempo que son eternas, son también, como sabéis, insufriblemente intensas, intolerablemente extensas. Sufrir aunque fuera sólo la picadura de un insecto por toda la eternidad, sería un tormento espantoso. ¿Qué será, pues, el sufrir para siempre las múltiples torturas del infierno? ¡Para siempre! ¡Por toda la eternidad! No por un año, ni por un siglo, ni por una era, sino para siempre. Tratad de representaros la horrible significación de estas palabras. Vosotros habréis visto frecuentemente las arenas de una playa. ¡Qué diminutos son los granillos de la arena! ¡Y cuántos de estos granillos hacen falta para formar el puñadito que un niño abarca con la mano en el juego! Pues imaginad ahora una montaña de esta arena de más de un millón de millas de altura, que alcanzara desde la tierra hasta los cielos empíreos, de más de un millón de millas de ancho, tal que se extendiera hasta el espacio más remoto, y de más de un millón de millas de espesor; e imaginad esta enorme masa de innumerables partículas de arena, multiplicada tantas veces como hojas hay en el bosque, gotas de agua en el enorme océano, plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales y átomos en la vasta extensión de los aires. E imaginad que al cabo de un millón de años viniera una avecilla a la montaña y se llevara en el pico un solo granillo de arena. ¿Cuántos millones de millones de centurias transcurrirían antes que la avecilla hubiese transportado ni tan siquiera un pie cuadrado de la arena de la montaña, y cuántos siglos de siglos de edades tendrían que transcurrir antes de que la hubiese transportado toda? Y sin embargo, al final de tan enorme período de tiempo ni aun siquiera un solo instante de la eternidad podría decirse que había transcurrido. Al fin de todos esos billones y trillones de años, la eternidad apenas si habría empezado. Y si esta montaña volviera a levantarse tan pronto como el pajarillo hubiera terminado de transportarla, y el pájaro volviera y la comenzara a transportar de nuevo, grano a grano, y así se volviera a levantar y a ser transportada tantas veces como estrellas hay en el cielo, átomos en el aire, gotas de agua en el mar, hojas en los árboles plumas en los pájaros, escamas en el pez, pelos en los animales, al fin de todas estas innumerables formaciones y desapariciones de aquella montaña inmensurablemente grande, no se podría decir ni que un solo instante de la eternidad había transcurrido; aun entonces, al fin de aquel enorme período, que sólo el imaginarlo hace girar nuestro cerebro vertiginosamente, aun entonces, la eternidad apenas si habría comenzado.

-Un bienaventurado santo (y me parece que era uno de nuestros padres), fue favorecido una vez con una visión del infierno. Le pareció encontrarse en un grande y obscuro vestíbulo, sumido en un profundo silencio, turbado sólo por el tic-tac de un gran reloj. El tic-tac seguía incesantemente. Y le pareció al santo aquel, que el sonido del tic-tac era la incesante repetición de las palabras siempre, jamás, siempre, jamás. Siempre, estar en el infierno; jamás, estar en el cielo; siempre, estar privado de la presencia de Dios; jamás, gozar de la visión beatífica. Siempre, ser comido por las llamas, roído por la gusanera, pinchado con púas; jamás, verse libre de estas penas. Siempre, tener la conciencia atormentada, la memoria exasperada, la mente llena de obscuridad y desesperación; jamás, escapar de estos tormentos. Siempre, maldecir y denostar a los horrendos demonios que se gozan en contemplar la miseria de las víctimas de sus engaños; nunca, contemplar los brillantes ropajes de los santos espíritus; siempre, clamar a Dios, desde los abismos del fuego, por un instante, un solo instante de tregua a la horrible agonía, y nunca, recibir, ni aun por un instante, el perdón de Dios. Siempre sufrir, nunca gozar; siempre, estar condenado, y nunca obtener salvación; siempre, nunca; siempre, nunca. ¡Oh, cuan horrendo castigo! Una eternidad de inacabable agonía, de inacabable tormento espiritual y corporal, sin un rayo de esperanza, sin un momento de descanso. Una eternidad de agonía ilimitada en intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura, que alimenta eternamente aquello que eternamente devora, de angustia, que perdurablemente oprime el espíritu mientras despedaza la carne, una eternidad, cada instante de la cual es ya de por sí una eternidad de dolor. Tal es el terrible tormento decretado, para aquellos que mueren en pecado mortal, por un Dios justo y todopoderoso.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:19

-¡Sí, un Dios justo! Los hombres, al razonar como hombres, se asombran de que Dios haya podido decretar un castigo eterno e infinito en las llamas del infierno por un solo pecado mortal. Razonan así porque cegados por la gran ilusión de la carne y la obscuridad de la humana inteligencia, son incapaces de comprender la horrenda malicia de un pecado mortal. Razonan así porque son incapaces de comprender que aun el pecado venial es de tan monstruosa y repugnante naturaleza, que si el creador omnipotente pudiera hacer acabar todos los males y las miserias del mundo, las guerras, las enfermedades, los robos, los crímenes, los asesinatos, sólo a condición de dejar pasar impune un simple pecado venial, una mentira, una mirada colérica, un momento de voluntaria pereza, él, el grande y omnipotente Dios, no lo podría hacer, porque el pecado, ya de pensamiento, ya de hecho, es una transgresión de su ley divina y Dios no sería Dios si no castigara al transgresor.

-Un pecado, un instante de rebelde orgullo de la inteligencia, hizo caer de la gloría a Lucifer y a la tercera parte de la cohorte celestial. Un pecado, un solo instante de locura y debilidad arrojó a Adán y Eva del paraíso y trajo la muerte y el sufrimiento al mundo. Para reparar las consecuencias de este pecado, el Hijo Unigénito de Dios bajó a la tierra, vivió, padeció y murió de la más penosa muerte, colgado por tres horas de la cruz.

-Ay, mis queridos hermanitos en Cristo Jesús, ¿ofenderemos también nosotros al buen Redentor y provocaremos su cólera? ¿Pisotearemos también de nuevo ese cuerpo lacerado y desgarrado? ¿Escupiremos en ese rostro tan lleno de pena y de amor? ¿Iremos también, como los crueles judíos y la brutal soldadesca, a burlarnos de aquel manso y compasivo salvador que holló solo el lagar por nuestro amor? Cada palabra pecaminosa es una herida en su amoroso costado. Cada acto pecaminoso es una espina que taladra su cabeza. Cada pensamiento impuro deliberadamente consentido es una aguda lanza que traspasa su sagrado y amoroso corazón. No, no. Es imposible que un ser humano haga lo que ofende tan profundamente a la divina majestad, aquello que crucifica de nuevo al Hijo de Dios y hace befa de él.

-Yo le pido a Dios que mis pobres palabras hayan servido hoy para confirmar en santidad a aquellos que estén en estado de gracia, para fortalecer a los que flaqueen, para traer de nuevo al estado de gracia a la pobre alma que se haya extraviado, si hubiera alguna entre vosotros. Yo le pido a Dios, y vosotros debéis hacerlo conmigo, que nos podamos arrepentir de nuestros pecados. Y ahora os voy a rogar a todos vosotros que repitáis conmigo el acto de contrición, arrodillándoos aquí, en esta humilde capilla, en la presencia de Dios. El está aquí en el tabernáculo abrasándose de amor de la humanidad, dispuesto a confortar al afligido. No tengáis miedo. No importa nada, cuántos o cuan monstruosos sean los pecados; basta que os arrepintáis de ellos y se os perdonarán. No permitáis que una vergüenza al estilo mundano os impida hacerlo. Dios es todavía el señor misericordioso que no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

-El os está llamando. Sois suyos. El os sacó de la nada. El os amó como sólo un Dios puede amar. Sus brazos están abiertos para recibiros, aunque hayáis pecado contra él. Llégate a él, ¡oh, pobre pecador!, ¡oh, pobre y errado pecador! Ahora es el tiempo oportuno. Ahora es el momento.

El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló sobre la grada delante del tabernáculo, en la obscuridad de! crepúsculo.

Luego, levantando la cabeza, repitió fervorosamente, frase por frase, el acto de contrición. Los muchachos contestaban frase por frase también. Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclinó la cabeza y rezó con el corazón.

-Oh, Dios mío-Oh, Dios mío-me pesa de corarán-me pesa de corazón-de haberte ofendido-de haberte ofendido-v detesto mis pecados-y detesto mis pecados-sobre todo mal-sobre todo mal-porque te desagradan a ti, Dios mío,-porque te desagradan a ti, Dios mío,-que eres tan digno-que eres tan digno-de todo mi amor-de todo mi amor-y estoy firmemente resuelto-y estoy firmemente resuelto-con ayuda de tu divina gracia-con ayuda de tu divina gracia-a nunca más ofenderte nunca más ofenderte-y a enmendar mi vida.-y a enmendar mi vida.

Después de la cena, subió a su habitación con objeto de estar a solas con su alma, y a cada peldaño su alma parecía suspirar, y a cada peldaño su alma subía al mismo tiempo que sus pies, y suspiraba al ascender a través de una región de viscosas tinieblas.

Se detuvo a la entrada en el descansillo, y luego cogió el tirador de porcelana y abrió la puerta suavemente. Esperó lleno de miedo, sintiendo que el alma le desfallecía y rogando en silencio que la muerte no le tocara en la frente al trasponer el umbral, que los demonios que moran en las tinieblas no tuvieran poder contra él. Y esperó aún en el umbral, como a la entrada de una caverna sombría. Había caras allí, ojos: le estaban esperando y acechando.

-Sabíamos desde luego perfectamente que esto tendría que venir a dar a la luz pública aunque él había de tropezar con extraordinarias dificultades al procurar tratar de comprometerse a tratar de proponerse averiguar el plenipotenciario espiritual de modo que desde luego sabíamos perfectamente bien…

Caras que murmuraban le estaban esperando; voces murmurantes que llenaban la cóncava obscuridad de la cueva. Sintió miedo en el alma y en la carne, mas, levantando bravamente la cabeza, entró con resolución en el cuarto. Una puerta, una habitación, la misma habitación, la misma ventana. Y pensó que aquellas palabras que le habían parecido levantarse como un murmullo de la obscuridad, carecían totalmente de sentido. Y se dijo que todo era simplemente su habitación, su habitación con la puerta abierta.

Cerró la puerta, y marchando en derechura hacia la cama, se arrodilló al lado de ella y se cubrió la cara con las manos. Tenía las manos frías y húmedas y los miembros doloridos y escalofriados. Inquietud corporal y escalofríos y cansancio le acosaban, poniendo en fuga sus pensamientos. ¿Por qué estaba allí, arrodillado, como un niño que reza sus oraciones de la noche? Para estar a solas con su alma, para examinarse la conciencia, para afrontar cara a cara sus pecados, para evocar sus modos, sus épocas, sus circunstancias, para llorarlos. No podía llorar. No podía evocarlos en su memoria. Sentía sólo un dolor en el alma y en el cuerpo: todo su ser -memoria, voluntad, entendimiento, carne- entumecido y cansado.

Aquélla era la obra de los demonios, que trataban de diseminar sus pensamientos y burlar su conciencia asaltándole por las puertas de la carne cobarde y corrompida por el pecado. Y pidiéndole tímidamente a Dios que le perdonara su debilidad, se metió lentamente en el lecho, se arrebujó bien en las coberturas y ocultó de nuevo la cara entre las manos. Había pecado. Había pecado tan gravemente contra el cielo y delante de Dios, que no era digno ya de ser llamado hijo de Dios.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:21

¿Era posible que él, Stephen Dédalus, hubiera realizado tales cosas? Su conciencia suspiró por toda respuesta. Sí; las había realizado, en secreto, repugnantemente, una vez y otra vez, y, endurecido en la impenitencia del pecado, se había atrevido a llevar su máscara de santidad hasta delante del tabernáculo mismo, cuando su alma no era otra cosa que una masa, viviente de corrupción. ¿Cómo era posible que Dios no le hubiera matado de repente? La multitud inmunda de sus pecados se estrechaba en torno de él, le lanzaba el aliento, se doblegaba sobre él por todos lados. Se esforzó en olvidarlos mediante una oración, arrebujándose como un ovillo y apretando los párpados cerrados. Pero, ¿cómo sujetar los sentidos del alma?; que aunque sus ojos estaban fuertemente cerrados, veía los lugares donde había pecado; y oía, aun con los oídos bien tapados. Deseaba con toda su alma dejar de oír y de ver, y lo deseó tanto, que por fin la armazón de su cuerpo se puso a temblar bajo la fuerza de su deseo y los sentidos de su alma se cerraron. Se cerraron por un instante, pero se abrieron en seguida. Y vio.

Un campo de hierbajos, de cardos y de matas de ortigas. Entre las matas espesas y ásperas de las plantas yacían innumerables latas viejas y destrozadas y coágulos de materias fecales y montones en espiral de excremento sólido. Un débil reflejo de luz pantanosa se elevaba de toda esta podredumbre a través del gris verdoso de la erizada maleza. Y un mal olor, nauseabundo, débil como la luz, subía en pesadas vedijas de las latas viejas y de la basura añeja y costrosa.

Algunos seres se movían por el campo: uno, tres, seis. Entes errantes, acá, allá. Seres cabrunos con cara humana, frente cornuda y barba rala de un color gris como el del caucho. La perversidad del mal les brillaba en la mirada dura, mientras se movían, acá, allá, arrastrando en pos de sí la larga cola. Un rictus de cruel maldad iluminaba con un resplandor grisáceo sus caras viejas y huesudas. El uno se cubría las costillas con un harapiento chaleco de franela; otro se lamentaba monótonamente porque la barba se le enredaba entre la maleza. Un lenguaje impreciso salía de sus bocas sin saliva, mientras zumbaban en lentos círculos, cada vez más estrechos, dando vueltas y vueltas alrededor del campo, arrastrando las largas colas entre las latas tintineantes. Se movían en lentos círculos, para encerrar, para encerrar… con el lenguaje indistinto de sus labios, y el silbido de las largas colas embadurnadas de estiércol enranciado… impeliendo hacia lo alto las espantosas caras…

¡Socorro!

Arrojó enloquecido las coberturas lejos de sí para libertarse la cara y el cuello. Aquel era su infierno. Dios le había permitido ver el infierno que estaba reservado para sus pecados. Un infierno nauseabundo, bestial, perverso, un infierno de demonios cabrunos y lascivos. ¡Para él! ¡Para él!

Saltó de la cama. Sentía la nauseabunda vaharada que se le metía garganta abajo, asqueándole y revolviéndole las entrañas. ¡Aire! ¡Aire del cielo! Se arrastró a encontronazos hacia la ventana, gimiente y casi desvanecido de malestar. Frente al lavabo una náusea se apoderó de él. Y oprimiéndose con frenesí la frente helada, vomitó en agonía, profusamente.

Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana y, levantando el bastidor, se sentó en el extremo del alféizar y apoyó el codo sobre el antepecho. La lluvia había cesado y entre movibles masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz a luz el delicado capullo de una neblina amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón como en una arboleda bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces temblorosas y la quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto con su corazón.

Y oró:


-Un día, quiso venir a la tierra en toda su gloría celestial. Pero pecamos. Y ya no nos pudo visitar sino ocultando su majestad, sofocando su resplandor porque era Dios. Y vino como débil, no como poderoso, y te envió a ti en su lugar, criatura dotada del encanto de las criaturas, y de atractivos humanos, proporcionados a nuestra condición. Y ahora, tu mismo rostro y forma, querida madre, nos están hablando del eterno. No como la belleza terrena, dañosa a quien la mira, sino como la estrella de la mañana, emblema tuyo, radiante y musical, que habla del cielo y paz infunde. ¿Oh, heraldo de la mañana! ¡Oh, luz del peregrino! Síguenos conduciendo como hasta ahora lo hiciste, a través del desierto inhospitalario, guíanos a Jesús Nuestro Señor, guíanos a nuestra patria.


Sus ojos estaban empañados de lágrimas y, mirando humildemente al cielo, lloró por su inocencia perdida.

Cuando hubo caído la noche, salió de casa. El primer contacto del aire húmedo y obscuro y el ruido de la puerta al cerrarse en pos de él despertaron de nuevo el dolor de su conciencia, tranquilizada a fuerza de oración y de lágrimas. ¡Confesarse! ¡Confesarse! No era bastante el aliviar el alma con una lágrima y una oración. Tenía que arrodillarse delante del ministro del Espíritu Santo y contarle sus pecados con arrepentimiento y verdad. Antes de oír de nuevo el batiente de la puerta girar sobre el umbral para darle paso, antes de volver a ver en la cocina la mesa dispuesta para la cena, se habría ya arrodillado y confesado. ¡Qué sencillo era! El dolor de su conciencia cesó y Stephen comenzó a avanzar despacio por las calles sombrías. ¡Había tantas losas en la acera de la calle y tantas calles en la ciudad y tantas ciudades en el mundo! Y sin embargo, la eternidad no tenía fin. Estaba en pecado mortal. Aun una sola vez, ya era pecado mortal. Podía ocurrir en un instante. ¿Cómo podía ocurrir tan de prisa? O viendo o imaginando ver. Primero, los ojos veían la cosa sin haber deseado verla. Después, todo ocurría en un instante. Pero ¿es que esa parte del cuerpo comprende, o qué? La serpiente, el animal más astuto del campo. Claro que debe de comprender, cuando desea así, en un momento, y luego puede prolongar pecaminosamente su propio deseo, instante tras instante. Siente y comprende y desea. ¡Qué cosa tan horrible! ¿Quién formó así esa parte del cuerpo, capaz de comprender y de desear bestialmente? Y según eso, aquello ¿era una parte de él o era una cosa inhumana, movida por un alma bajuna? Sentía un malestar en el alma al imaginarse una torpe vida de reptil que dentro de él se estaba alimentando de su delicada substancia vital, engordando entre el cieno del placer. Oh, ¿por qué ocurría esto así? ¿Por qué?

Se humilló entre las sombras de su pensamiento, abatiéndose ante el respeto a la divinidad que había hecho todas las cosas y todos los hombres. ¿Cómo se le podía ocurrir tal pensamiento? Y doblegándose rendido en sus propias tinieblas, rogó en silencio a su ángel de la guarda que apartara con su espada al demonio que le estaba susurrando en el cerebro.

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Mensaje por Neloky el Dom 04 Mayo 2014, 22:22

El susurro cesó y entonces comprendió claramente que era su propia alma la que había pecado voluntariamente mediante su cuerpo, de pensamiento, palabra y obra. ¡Confesarse! Tenía que confesarse de cada uno de sus pecados. ¿Y cómo expresarle en palabras al sacerdote lo que había hecho? No había otro remedio, no había otro remedio. ¿Y cómo decirlo sin morirse de vergüenza? O mejor: ¿cómo había hecho aquellas cosas sin avergonzarse? ¡Ay, loco! ¡Confesarse! ¡Oh, sí, seguramente se iba a quedar limpio y libre otra vez! ¡Ay, Dios del alma!

Siguió andando a través de calles mal alumbradas temiendo detenerse ni aun un momento, no pareciese que reculaba ante lo que le estaba esperando, y temiendo llegar a lo mismo que ansiaba. ¡Cuan hermosa debía de parecer un alma en estado de gracia cuando Dios la mira amorosamente!

Había sentadas en el borde de la acera delante de sus cestas unas muchachas desharrapadas. Mechones de pelo húmedo les colgaban por encima de la frente. Ciertamente no estaban hermosas, sentadas así sobre el fango. Pero Dios veía sus almas, y si estaban en estado de gracia, eran bellas y Dios las amaba al mirarlas.

Un soplo frío de humillación pasó por su alma al pensar cuan bajo había caído, al sentir que aquellas almas eran más gratas a Dios que la suya. El viento pasaba por encima de él y se iba a otras innumerables almas que brillaban con el favor de Dios, tan pronto más, tan pronto menos, que flotaban o se hundían, fundidas en aquel soplo huidizo. Pero un alma estaba perdida, un alma diminuta: la suya propia. Había vacilado un instante, se había apagado, olvidada, perdida. Y nada más: negrura, frío, vacío, desolación.

La conciencia del lugar en que se encontraba fue refluyendo lentamente a su espíritu por encima de un vasto y obscuro período de tiempo sin sensación ni vida. La escena sórdida iba resucitando ahora en torno de él: la entonación familiar, los mecheros de gas encendidos en las tiendas, y olores a aguardiente, a pescado, a serrín húmedo, y mujeres y hombres que pasaban de un lado a otro. Una vieja se disponía a cruzar la calle con su lata de aceite en la mano. Se inclinó y le preguntó si había una capilla por allí cerca.

-¿Una capilla, señor? Sí, señor. La capilla de la calle de la Iglesia.

-¿De la Iglesia?

La vieja se pasó de mano la lata para indicarle la dirección. Y al sacar ella su mano ennegrecida y marchita de debajo de los flecos del mantón, Stephen se inclinó más profundamente, entristecido y aliviado por la voz de la vieja.

-Gracias.

-No hay de qué, señor.

Los cirios del altar mayor estaban ya apagados, pero la fragancia del incienso se difundía aún, flotando por la nave. Unos trabajadores barbudos y de cara piadosa estaban sacando un palio por una puerta lateral y el sacristán los ayudaba con gestos y con palabras suaves. Unos cuantos devotos permanecían todavía rezando delante de uno de los altares laterales, o arrodillados en los bancos cerca de los confesonarios. Stephen se acercó humildemente y se arrodilló en el último banco, con el alma confortada por la paz, el silencio y la fragante sombra de la capilla. El larguero sobre el que estaba arrodillado era estrecho y estaba desgastado, y aquellos que estaban de rodillas cerca de él eran humildes seguidores de Jesús. También Jesús había nacido pobremente y había trabajado en el taller de un carpintero, serrando tablas y cepillándolas, y cuando había comenzado a hablar del reino de Dios había sido a pobres pescadores, enseñando así a todos a ser humildes y mansos de corazón.

Inclinó la cabeza sobre las manos y mandó a su corazón que fuese manso y humilde para poder llegar a ser como aquellos que estaban arrodillados cerca de él y para que su oración fuera propiciatoria cual la de ellos. Oraba junto a ellos, pero comprendía que su caso era más arduo. Su alma estaba manchada por el pecado, y no se atrevía a pedir el perdón de sus culpas con la simple confianza de aquellos a los cuales, por inescrutable designio de Dios, había llamado los primeros a su lado, carpinteros y pescadores, gente pobre y sencilla dedicada a humildes tareas, a obrar y modelar la madera de los árboles o a remendar pacientemente las redes.

Una sombra alta avanzó por la nave lateral y los penitentes se removieron. Y por ultimo, levantando un momento los ojos, distinguió una larga barba gris y el hábito obscuro de un capuchino. El religioso entró en el confesionario y quedó oculto. Los penitentes se levantaron y se colocaron a ambos lados del confesionario. Se oyó el ruido de un cierre de madera al decorrerse y el murmullo de una voz comenzó a turbar el silencio. La sangre le comenzó a murmurar en las venas, como una ciudad pecadora despertada del sueño para oír su sentencia de destrucción. Copos de fuego y polvo de cenizas caían mansamente sobre las casas de los hombres. Y ellos se agitaban, despertando del sueño, turbados por el aire abrasador.

El cierre volvió a correrse y el penitente emergió de la sombra por el costado del confesionario. Se descorrió el cierre del otro lado. Una mujer entró con calmosa compostura en el sitio donde el primer penitente había estado arrodillado. Y el leve murmullo comenzó de nuevo.

Aún podía abandonar la capilla. Podía levantarse, echar un pie tras otro, salir suavemente y luego correr, correr, correr a toda velocidad a través de las calles obscuras. Aún tenía tiempo de escapar de aquel bochorno. Si hubiera sido algún terrible crimen, ¡pero aquel pecado! ¡Si hubiera sido un asesinato! Menudos copos de fuego caían abrasándole por todas partes: pensamientos vergonzosos, palabras vergonzosas, actos vergonzosos. Y la vergüenza le cubría totalmente como una capa impalpable de abrasadora ceniza que iba cayendo sin cesar. ¡Expresarlo con palabras! Su alma, entre el ansia de la asfixia y el desamparo, quería cesar de existir.

El cierre fue descorrido otra vez. Un penitente emergió del lado opuesto del confesionario. Otra vez el cierre. Un penitente entró en el sitio de donde el anterior había salido. El suave susurro salía en vaporosas nubecillas de la caja de madera. Era la mujer: nubecillas tenues y susurrantes, vapor tenue en susurros, que susurraba, que se desvanecía.

Secretamente, por debajo del antepecho del banco, se golpeó humildemente el seno. Viviría en paz con Dios y con los otros. Amaría a su prójimo. Amaría a Dios que le había creado y le había amado. Se arrodillaría y rezaría con los demás, y sería feliz. Dios se dignaría posar su mirada sobre él y sobre los otros y los amaría a todos.

¡Qué fácil era el ser bueno! El yugo de Dios era ligero y suave. Mejor era no haber pecado nunca, haber permanecido siempre como un niño, porque Dios amaba a los pequeñuelos y dejaba que se acercasen a él. Pero Dios era misericordioso para los pobres pecadores que se arrepentían de corazón. ¡Cuan cierto era aquello! ¡Eso sí que se podía llamar bondad!

El cierre se corrió de pronto. El era el siguiente. Se levantó lleno de terror y caminó a ciegas hasta el confesionario.

Había llegado por fin. Se arrodilló en la silenciosa obscuridad y levantó los ojos hacia el blanco crucifijo que estaba colgado encima de él. Dios podría ver que le pesaba. Diría todos sus pecados. Su confesión sería larga, larga. Todo el mundo en la capilla comprendería cuan pecador había sido. ¡Que lo supieran! Era verdad. Pero Dios había prometido perdonarle, con tal de que le pesase de corazón. Y le pesaba. Juntó las manos y las levantó hacia la blanca forma, rogando con sus ojos entenebrecidos, rogando con todo el trémulo cuerpo, moviendo la cabeza de un lado a otro como una criatura abandonada, rogando con los gimientes labios.

-¡Me pesa! ¡Me pesa! ¡Me pesa!

El cierre se descorrió con un golpe brusco y el corazón le dio un salto en el pecho. Por la rejilla se veía la cara de un anciano sacerdote, apartada del penitente, apoyada sobre una mano. Stephen hizo la señal de la cruz y rogó al sacerdote que le bendijera porque había pecado. Luego, inclinando la cabeza, recitó despavorido el Confiteor. Al llegar a las palabras de mi gravísima culpa, cesó, sin aliento.

-¿Cuánto tiempo hace desde su última confesión, hijo mío?

-Mucho tiempo, padre.

-¿Un mes, hijo mío?

-Más, padre.

-¿Tres meses, hijo mío?

-Más aún, padre.

-¿Seis meses?

-Ocho meses, padre.

Había comenzado. El sacerdote preguntó:

-¿Y de qué se acuerda usted desde entonces?

Comenzó a confesar sus pecados: misas perdidas, oraciones no dichas, mentiras.

-¿Alguna cosa más, hijo mío?

Pecados de cólera, envidia de lo ajeno, glotonería, vanidad, desobediencia.

-¿Alguna cosa más, hijo mío?

No había otro remedio. Murmuró:

-He… cometido pecados de impureza, padre.

El sacerdote no volvió la cabeza.

-¿Consigo mismo, hijo mío?

-Y… con otros.

-¿Con mujeres, hijo mío?

-Sí, padre.

-¿Eran mujeres casadas, hijo mío?

No lo sabía. Sus pecados le iban goteando de los labios y del alma, rezumando, supurando como una corriente de vicio sucia y emponzoñada. Los últimos pecados salieron por fin, lentos y asquerosos. Ya no había más que decir. Inclinó la cabeza, rendido.

El sacerdote callaba. Después, preguntó:

-¿Qué edad tiene usted, hijo mío?

-Diez y seis años, padre.

El sacerdote se pasó la mano varias veces por la cara. Después descansó la frente sobre una mano, se recostó contra la rejilla y, los ojos todavía desviados, habló lentamente. Tenía la voz cansada y vieja.

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