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illescas

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Algo para leer # 01

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Algo para leer # 01 - Página 3 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:26

A imitación de Barber, Rob la esgrimió y empezó a dar vueltas por el pequeño claro. La hoja silbaba a través del aire, y un ronco grito ajeno a su voluntad salió de su garganta. Barber lo observaba, más que vagamente perturbado, mientras barría a una invisible hueste a cintarazos.

La siguiente lección tuvo lugar varias noches más tarde, en una abarrotada y bulliciosa taberna de Fulford. Unos traficantes de ganado ingleses, de una caravana de caballos que iba hacia el norte, se encontraron allí con los boyeros daneses de una caravana que viajaba al sur. Ambos grupos pasarían la noche en el lugar; ahora bebían copiosamente y se observaban entre si como manadas de perros de riña.

Rob estaba con Barber, bebiendo sidra, y no se sentía incomodo. No era una situación nueva, y sabían lo suficiente como para no dejarse llevar por el espíritu combativo.

Uno de los daneses salió a aliviar la vejiga. Al volver, acarreaba un cochinillo chillón bajo el brazo, y una cuerda. Ató un extremo de la cuerda al cuello del lechón y el otro a una estaca hincada en el centro de la taberna. A continuación golpeo la mesa con una jarra.

--¿Quien es lo bastante hombre para jugar conmigo al cerdo atascado? --grito en dirección a los boyeros ingleses.

--¡Ah, Vitus! --grito, alentador, uno de sus compañeros, y comenzó a golpear su mesa, a lo que se unieron rápidamente todos sus amigos.

Los ingleses escucharon ceñudos el martilleo y las pullas; después, uno de ellos se encaminó a la estaca y movió la cabeza afirmativamente.

Media docena de los parroquianos más prudentes de la taberna tragaron sus bebidas y abandonaron el local.

Rob había empezado a incorporarse, siguiendo la costumbre de Barber de alejarse de cualquier sitio antes de que hubiera camorra, pero se sorprendió cuando su amo le apoyó una mano en el brazo para que volviera a sentarse.

--¡Dos peniques por Dustin! --gritó un boyero inglés.

En breve los dos grupos se afanaban en apostar. Los dos hombres eran más o menos equiparables. Ambos parecían estar en la veintena. El danés era más robusto y algo más bajo, mientras que el inglés tenía el alcance de brazo más largo.

Les vendaron los ojos con trapos y los ataron a la estaca, en sitios opuestos, mediante una cuerda de tres yardas de largo que rodeaba sus tobillos

--Un momento --pidió Dustin--. ¡Otro trago!

Sus amigos lo aclamaron, y cada uno de ellos le llevó un vaso de hidromiel, que el se echo rápidamente al coleto.

Los hombres con los ojos vendados desenvainaron sus dagas.

El cerdo, al que habían mantenido en ángulo recto con respecto a ambos, fue depositado en el suelo. Inmediatamente, el animal intento huir pero, atado como estaba, solo pudo correr en círculo.

--¡Dustin, el muy cabrón se acerca! --grito alguien.

El inglés se preparó y espero, pero el sonido de las pisadas del cerdo quedó ahogado por los gritos de los hombres, y pasó delante de él sin que se diera cuenta.

--¡Ahora, Vitus! --gritó un danés.

Aterrorizado, el lechón se dirigió hacia el boyero danés. El hombre apuñalo tres veces sin acercarse, y la bestia huyó por donde había venido, chillando.

Dustin logró diferenciar los ruidos y se acercó al cochinillo por una dirección mientras Vitus se cerraba desde la otra.

El danés atacó al cerdo y Dustin resolló cuando la afilada hoja le hizo un tajo en el brazo.

--¡Norteño mal nacido!

Apuñaló el aire en un arco, pero no llegó cerca del cerdo chillón como el otro hombre.

Ahora el animal pasó como un rayo entre los pies de Vitus. El danés se aferró a la cuerda y logró acercarlo a su puñal en ristre. La primera puñalada acertó en la pata delantera derecha y el cerdo emitió una prolongada que]a.

--¡Lo tienes, Vitus!

--¡Liquídalo para que mañana podamos comerlo!

El lechón era ahora un blanco excelente a causa de sus chillidos, y Dustin se abalanzó. La mano que empuñaba el arma rozó el costado del animal, con un ruido sordo la hoja se enterró hasta la empuñadura en el vientre de Vitus.

El danés se limitó a gruñir suavemente, pero dio un paso atrás, abriéndose las carnes al retroceder.

Solo se oían en la taberna los alaridos del lechón.

--Deja la daga, Dustin; lo has mandado al otro mundo --ordenó uno de los ingleses.

Entre todos rodearon al boyero, le arrancaron la venda de los ojos y le cortaron las ataduras.

Mudos, los boyeros daneses sacaron a su amigo antes de que los sajones reaccionaran o alguien llamara a los ayudantes del magistrado. Barber suspiró.

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Algo para leer # 01 - Página 3 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:26

--Vayamos a examinarlo, pues como cirujanos barberos que somos debemos prestarle auxilio.

Pero era evidente que no podían hacer mucho por él. Vitus yacía de espaldas, como si estuviera roto, con los ojos muy abiertos y la cara gris. En la herida abierta de su vientre rasgado vieron que tenía las entrañas partidas en dos. Barber cogió a Rob del brazo y lo forzó a ponerse en cuclillas a lado

--Míralo --dijo con tono firme.

Había capas: piel bronceada, carne pálida, un revestimiento viscoso. El intestino tenía el color rosa de un huevo de Pascua teñido, y la sangre era muy roja.

--Es curioso, pero un hombre abierto apesta mucho más que cualquier animal abierto --comentó Barber.

Manaba sangre de la pared abdominal, y en un chorro espeso el intestino vacío de material fecal. El hombre murmuraba débilmente en danés; tal vez rezaba.

Rob tuvo nauseas pero Barber lo retuvo sin miramientos junto al caído, como quien refriega el morro de un perrito en sus propios excrementos.

Rob tomó la mano del boyero. El hombre era como un saco de arena con un agujero en el fondo. Y Rob sintió como se le iba la vida. Agachado, le sostuvo la mano apretadamente hasta que no quedo arena en el saco, y Vitus produjo un crujido seco como el de una hoja marchita. Por último se apagó.

Siguieron practicando con las armas, pero ahora Rob se mostraba más reflexivo y no tan ansioso.

Pasaba más tiempo pensando en el don. Observaba a Barber y lo escuchaba, aprendiendo todo lo que sabía. A medida que se familiarizó con las dolencias y sus síntomas, comenzó a jugar un juego secreto, tratando de determinar, a partir de las apariencias, que enfermedad afligía a cada paciente.

En Richmond, un pueblo de Northumbria, vieron en la cola de espera un hombre macilento, de ojos legañosos y una tos angustiosa.

--¿Cual es su enfermedad? --preguntó Barber a Rob.

--¿Tisis?

Barber sonrió aprobadoramente.

Pero cuando al paciente que tosía le tocó el turno de ver al cirujano barbero, Rob le tomó las manos para acompañarlo al otro lado del biombo: era el contacto de un agonizante; todos los sentidos indicaban a Rob que el hombre era demasiado fuerte para padecer de consunción. Percibió que había cogido un catarral y que muy pronto se libraría de esa molestia meramente pasajera.

No tenía razones para contradecir a Barber; pero así, gradualmente tomó conciencia de que el don no solo servia para predecir la muerte, sino que podía resultar útil a fin de estudiar enfermedades y, tal vez, para ayudar a los vivos.

Incitatus arrastró lentamente el carromato encarnado en dirección norte a través de Inglaterra, pueblo por pueblo, algunos demasiado pequeños para tener nombre. Cada vez que llegaban a un monasterio o iglesia, Barber aguardaba pacientemente en el carromato, mientras Rob preguntaba por el padre Ranald Lovell y el chico llamado William Cole, pero nadie los había oído nombrar.

En algún sitio, entre Carlisle y Newcastle-upon-Tyne, Rob se encaramó un muro de piedra levantado novecientos años atrás por la cohorte Adriano para proteger a Inglaterra de los merodeadores escoceses. Sentado en Inglaterra y contemplando Escocia, Rob se dijo que la posibilidad más prometedora de ver a alguien de su propia sangre se hallaba en Salisbury donde los Haverhill habían llevado a su hermana Anne Mary.

Cuando por fin llegaron a Salisbury, fue despachado en un santiamén la Corporación de Panaderos.

El jefe panadero se llamaba Cummings. Era achaparrado y semejante a un sapo; no tan robusto como Barber pero lo bastante rechoncho como para servir de propaganda a su oficio.

--No conozco a ningún Haverhill.

--¿No lo miraríais en el registro?

--Oye, estamos en época de feria. Prácticamente todos mis cofrades están trabajando en ella; hay mucho trajín y tenemos prisa. Si quieres, ven a vernos cuando termine la feria.

Mientras duró la feria, solo una parte de Rob hacía juegos malabares atraía pacientes y ayudaba a tratarlos, en tanto escudriñaba constantemente las multitudes en busca de un rostro conocido; un vislumbre de la chica que ahora imaginaba sería Anne Mary.

No la vio.

Al día siguiente de la culminación de la feria volvió al edificio de la Corporación de Panaderos de Salisbury. Era una estancia pulcra y atrayente a pesar de su nerviosismo, se preguntó por qué las salas de reunión de los gremios eran siempre más sólidas y estaban mejor construidas que las de las Corporaciones de Carpinteros.

--Ah, el joven cirujano barbero.--Cummings fue más amable y estaba más sosegado. Registró concienzudamente dos voluminosos libros mayores y luego meneó la cabeza--. jamás hemos tenido un panadero llamado Haverhill.

--Un hombre y su mujer --insistió Rob--. Vendieron la pastelería de Londres y afirmaron que vendrían aquí. Tienen una chiquilla que es hermana mía. De nombre Anne Mary.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:26

--Lo que ha ocurrido es evidente, joven cirujano barbero. Después de vender su tienda y antes de llegar aquí encontraron una oportunidad mejor en otro lado, oyeron hablar de un sitio más necesitado de panaderos.

--Si, es probable.

Rob le agradeció y volvió al carromato. Barber quedó visiblemente preocupado, pero le aconsejó que hiciera de tripas corazón.

--No debes perder las esperanzas. Algún día los encontrarás; seguro.

Pero era como si la tierra se los hubiese abierto y tragado a los vivos y a los huertos. La leve esperanza que había mantenido, ahora parecía excesivamente inocente. Pensó que los días de su familia habían quedado atrás y, con un estremecimiento, se obligó a reconocer que fuera lo que fuese lo que lo esperaba, con toda probabilidad lo enfrentaría a solas.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:27

EL JORNALERO




Pocos meses antes de que concluyera el aprendizaje de Rob, estaban bebiendo cerveza en la taberna de la posada de Exeter, negociando cautelosamente los términos laborales.

Barber bebía en silencio, como si estuviera perdido en sus pensamientos, realmente le ofreció un salario bajo. --más una nueva muda--agregó, como si lo acometiera un arranque de generosidad.

No en vano Rob llevaba seis años con él. Se encogió de hombros, dubitativo.

--Me siento atraído a volver a Londres --dijo mientras rellenaba las copas

Barber asintió.

--Una muda cada dos años tanto si es necesaria como si no --añadió, después de analizar la expresión de Rob.

Pidieron la cena: un pastel de conejo, que Rob comió entusiasmado. En vez de dedicarse a la comida, Barber la emprendió con el tabernero.

La poca carne que encuentro es durísima y esta mal condimentada refunfuñó--. Podríamos elevar un poco el salario. Un poco.

--Esta mal condimentada --Confirmó Rob--. Eso es algo que tu nunca haces. Siempre me ha gustado tu forma de condimentar la caza.

¿Que salario consideras justo para un mocoso de dieciséis anos?

-Prefiero no tener salario.

¿Prefieres no tener salario? --Barber lo observó con suspicacia.

Así es. Los ingresos se obtienen de la venta de la panacea y del tratamiento de los pacientes. Por tanto, quiero la duodécima parte de cada frasco vendido y la duodécima parte de cada paciente tratado.

-Un frasco de cada veinte y un paciente de cada veinte.

-Rob solo vaciló un instante antes de asentir.

--Los términos durarán un año y luego podrán renovarse por mutuo acuerdo.

--¡Trato hecho!

--Trato hecho --dijo Rob serenamente.

Levantaron las jarras de cerveza negra y sonrieron.

--¡Salud !

--¡Salud!

Barber se tomó muy en serio sus nuevos costos. Un día que estaban en Northampton, donde había hábiles artesanos, contrató a un carpintero subalterno para que hiciera otro biombo, y en su próxima parada, que resultó ser Huntington, lo instaló no muy lejos del suyo.

--Es hora de que te pares sobre tus propios pies --dijo.

Después del espectáculo y los retratos, Rob se sentó detrás de la cortina y esperó.

-¿Lo mirarían y soltarían una carcajada? ¿o girarían sobre sus talones y se sumarían a la fila de espera de Barber?

Su primer paciente hizo una mueca cuando Rob le tomó las manos, por que su vieja vaca le había pisoteado la muñeca.

--La muy zorra pateó el cubo. Luego, cuando me estiré para enderezarlo, la condenada me pisó.

Rob palpó suavemente la articulación y al instante olvidó cualquier otra cosa. Había una magulladura dolorosa. También un hueso roto, el que bajaba del pulgar. Un hueso importante. Le llevó un rato vendar correctamente la muñeca y amarrar un cabestrillo.

El siguiente era la personificación de sus temores: una mujer delgada angulosa de aire sombrío.

--He perdido el oído --declaró.

Rob le examinó las orejas, que no parecían tener ningún tapón, No conocía nada que pudiera mejorarla.

--No puedo ayudarla --dijo con tono pesaroso.

La mujer sacudió la cabeza.

--¡NO PUEDO AYUDAROS! --gritó Rob.

--ENTONCES, PREGUNTADLE AL OTRO BARBERO.

--EL TAMPOCO PODRÁ AYUDAROS.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:27

Ahora la mujer tenía expresión colérica.

--¡CONDENAOS EN LOS INFIERNOS! SE LO PREGUNTARÉ YO MISMA.

Rob oyó la risa de Barber y notó cuanto se divertían los otros pacientes cuando la mujer salió como una tromba.

Aguardaba detrás del biombo, ruborizado, cuando entró un joven que tendría uno o dos años más que él. Rob reprimió el impulso de suspirar cuando vio el dedo índice izquierdo en avanzado estado de gangrena.

--No tiene buen aspecto.

El joven tenía blancas las comisuras de los labios, pero de alguna forma logró sonreír.

--Me lo aplasté cortando madera para el fuego hará una quincena. Dolió, por supuesto, pero aparentemente mejoraba. Entonces...

La primera articulación estaba negra y abarcaba una superficie de inflado descoloramiento que se convertía en carne ampollada. Las grandes ampollas despedían un fluido sanguinolento y un olor gaseoso.

--¿Como fuisteis tratado?

--Un vecino me aconsejó que lo envolviera en cenizas húmedas mezcladas con mierda de ganso, para aliviar el dolor.

-Rob movió la cabeza afirmativamente, pues este era el remedio más común.

--Bien. Ahora es una enfermedad que si no se trata os comerá la mano luego el brazo. Mucho antes de que llegue al cuerpo, moriréis. Es necesario amputar el dedo.

-El joven asintió, con expresión valerosa.

-Ahora Rob dejó escapar el suspiro. Tenía que estar doblemente seguro:

Cortar un apéndice era un paso serio, y aquel joven notaría su falta el resto su vida cuando intentara ganarse el pan.

Pasó al otro lado del biombo de Barber.

--¿Que pasa? --Barber parpadeó.

-Tengo que mostrarte algo --dijo Rob y volvió con su paciente, mientras el gordo Barber lo seguía a ritmo laborioso.

-Le he dicho que es necesario cortarlo.

-Si --afirmó Barber, y su sonrisa desapareció--. ¿Quieres ayuda?

Rob meneo la cabeza. Dio a beber al paciente tres frascos de Panacea universal y a continuación reunió con gran cuidado todo lo que necesitaría para no tener que buscarlo en medio del procedimiento, ni tener que gritar a Barber pidiendo ayuda. Cogió dos bisturís afilados, una aguja e hilo, una tabla corta, tiras de trapos para vendar y una pequeña sierra de dientes finos. Ató el brazo del joven a la tabla, con la palma de la mano hacia arriba.

-Cerrad el puño dejando fuera el dedo malo.

Envolvió la mano con vendas y la ató por separado para que los dedos no le obstaculizaran el camino.

Se asomó y reclutó a tres hombres fuertes que haraganeaban por allí dos para sostener al joven y uno para sujetar la tabla.

En una docena de ocasiones se lo había visto hacer a Barber, y dos veces había hecho personalmente bajo la supervisión de aquel, pero nunca lo había intentado solo. El truco consistía en cortar lo bastante lejos de la gangrena como para detener su progreso, aunque dejándolo al mismo tiempo lo más largo posible.

Cogió el bisturí y lo hundió en la carne sana. El paciente gritó e intentó levantarse de la silla.

-Sujetadlo.

Cortó un círculo alrededor del dedo e hizo una breve pausa para lavar la herida con un trapo antes de hender el sector sano del dedo por ambos lados y desollar cuidadosamente la piel hacia el nudillo, formando dos colgajos el hombre que sostenía la tabla empezó a vomitar.

--Coge tu la tabla --dijo Rob al que le sujetaba los hombros.

No hubo ningún problema con el cambio de manos porque el paciente se había desmayado.

El hueso era una sustancia fácil de cortar, y la sierra produjo un raspado tranquilizador cuando serró el dedo y lo seccionó.

Recortó con gran cuidado los colgajos e hizo un esmerado muñón, tal como le habían enseñado, no tan ceñido como para que doliera ni tan flojo como para provocar engorros; después cogió la aguja y el hilo, y lo cosió con puntadas pequeñas y precisas. Restañó una exudación sanguinolenta volcando más panacea sobre el muñón. Después, ayudó a llevar al joven quejumbroso a la sombra de un árbol, para que se recuperara.

Luego, en rápida sucesión, vendó un tobillo torcido, un corte profundo en el brazo de un niño, y vendió tres frascos de medicina a una viuda aquejada de dolores de cabeza y otra media docena a un hombre que padecía gota. Comenzaba a sentirse un tanto engreído cuando entró una mujer que evidentemente se estaba consumiendo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:32

No había error posible: estaba demacrada, tenía la tez cerúlea, y el sudor le brillaba en las mejillas. Rob tuvo que obligarse a mirarla después de haber percibido su sino a través de las manos.

--...ni deseos de comer --estaba diciendo--, aunque tampoco retengo nada de lo que como, pues lo que no vomito se me escapa en forma de deposiciones sanguinolentas.

Rob le apoyó la mano en el pobre vientre y palpó la abultada rigidez, hacia la que dirigió la palma de la mano de la paciente.

--Buba.

--¿Que es buba, señor?

--Un bulto que crece alimentándose de la carne sana. Ahora mismo podéis sentir una serie de bubas debajo de vuestra mano.

--El dolor es terrible. ¿No hay cura? --preguntó serenamente.

Le gusto su valentía y no se sintió tentado a responder con una mentira misericordiosa. Movió la cabeza de un lado a otro, porque Barber le había dicho que muchas personas sufren bubas de estómago y todas mueren.

Cuando la mujer lo dejó, lamentó no haberse hecho carpintero. Vio el dedo cortado en el suelo. Lo recogió, lo envolvió en un trapo y lo llevo hacia el árbol bajo cuya sombra se recuperaba el joven. Se lo puso en la manos

Desconcertado, el paciente miró a Rob.

--¿Que haré con esto?

--Los sacerdotes dicen que se deben enterrar las partes perdidas para que le esperen a uno en el camposanto, y se pueda levantar entero el día juicio final.

El joven meditó un instante y luego asintió.

--Gracias, cirujano barbero.

Lo primero que vieron al llegar a Rockingham fue la cabellera canosa de Wat, el vendedor de ungüentos. Junto a Rob, en el asiento del carromato Barber refunfuñó decepcionado, suponiendo que el otro charlatán les había ganado por la mano el derecho a montar allí un espectáculo. Pero después de intercambiar los saludos de rigor, Wat lo tranquilizó.

--No daré ninguna representación aquí. Permitidme a cambio que os invite a un azuzamiento.

Los llevó entonces a ver a su oso, una robusta bestia a la que un aro de hierro le atravesaba el negro hocico.

--El animal está enfermo y en breve morirá de causas naturales, de modo que quiero obtener esta noche el último beneficio que puede darme.

--¿Es Bartram, el oso con el que luché? --preguntó Rob, con una voz que sonó extraña en sus propios oídos.

--No; Bartram nos dejó hace ya cuatro años. Esta es una hembra que responde al nombre de Godiva --dijo Wat mientras sacaba el paño de la jaula.

Esa tarde Wat asistió al espectáculo y a la posterior venta de la panacea con permiso de Barber, el vendedor ambulante del famoso ungüento subió a tarima y anunció el azuzamiento de la osa, que tendría lugar por la noche el prado situado tras la curtilería a medio penique la entrada.

Cuando llegaron Barber y Rob, había caído el crepúsculo: el prado que rodeaba el foso estaba iluminado por las lenguas de fuego de una docena de antorchas. En el campo solo se oían palabrotas y risas masculinas. Unos amaestradores retenían a tres perros con bozal que tironeaban de sus cortas traíllas: un abigarrado mastín esquelético, un perro pelirrojo que parecía el primo pequeño del mastín, y un gran danés de tamaño espectacular.

Wat y un par de ayudantes llevaron a Godiva. La decrepita osa olió a los perros e instintivamente se volvió para hacerles frente.

Los hombres la llevaron hasta un grueso poste hincado en el centro del reñidero. En la parte superior e inferior del poste había sólidas abrazaderas de cuero. El amo del reñidero uso la de abajo para atar a la osa por la pata trasera derecha. Al instante se oyeron gritos de protesta:

La correa de arriba, la correa de arriba

--¡Ata a la bestia por el cuello!

--¡Engánchala por el aro del hocico, condenado imbécil!

El aludido permaneció impasible ante los insultos, pues tenía una larga experiencia en esas lides.

El oso no tiene zarpas. Por tanto, muy pobre sería el espectáculo si le ataba la cabeza. Le permitiré, en cambio, usar los colmillos.

Wat le quitó la capucha a Godiva y saltó hacia atrás.

La osa miró a su alrededor bajo las luces parpadeantes y fijó sus ojos desconcertados en los hombres y los perros.

obviamente era una bestia vieja y de mala salud; los hombres que gritaban las apuestas recibieron muy pocas respuestas hasta que ofrecieron tres a la los perros, que se veían salvajes y sanos, mientras los llevaban hasta el reñidero. Los entrenadores les rascaban la cabeza y les masajeaban el cogote. Luego les quitaron los bozales y las traíllas, antes de alejarse.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:32

En seguida el mastín y el pequeño pelirrojo se echaron de panza, con la mirada fija en Godiva. Gruñían, mordían el aire y retrocedían, porque aun no sabían que la osa no tenía zarpas, un arma que temían y respetaban.

El gran danés recorría a paso largo el perímetro del ruedo y la osa le arrojaba nerviosas miradas por encima de la paletilla.

--¡Presta atención al pequeño pelirrojo! --gritó Wat en el oído de Rob --Parece el menos temible.

--Es de una raza excepcional, criada a partir del mastín, para matar toros en el ruedo.

Parpadeando, la osa permanecía erguida sobre sus patas traseras, con la espalda contra el poste. Godiva parecía confundida; comprendía la autentica amenaza que representaban los perros, pero era una bestia amaestrada, acostumbrada a las ataduras y a los gritos de los seres humanos, y no estaba bastante furiosa para el gusto del amo del ruedo. El hombre cogió una lanza y pinchó una de sus arrugadas tetas, haciéndole un corte en el pezón oscuro.

La osa aulló de dolor.

Estimulado, el mastín se abalanzó. Quería desgarrar la suave carne de parte inferior de la panza, pero la osa se volvió, y los terribles dientes del perro se hundieron en su cadera izquierda. Godiva bramó y dio un manotazo Si de cachorra no le hubieran arrancado cruelmente las zarpas, el mastín habría quedado destripado, pero la garra solo lo rozó de manera inofensiva.

El perro notó que no era el peligro que esperaba, escupió pellejo y carne, y arremetió para proseguir la faena, ahora enloquecido por el sabor de la sangre

El pequeño pelirrojo había saltado en el aire hacia la garganta de Godiva Sus dientes eran tan espantosos como los del mastín; su larga quijada inferior se cerró sobre la superior y el perro quedó colgado por debajo del morro de la osa, a la manera en que una fruta madura cuelga de un árbol.

Entonces el danés vio que era su turno y saltó hacia Godiva por la izquierda, trepando encima del mastín en su entusiasmo por cogerla. En una misma dentellada tajante, Godiva perdió la oreja y el ojo izquierdo; unos bocados de color carmesí volaron por los aires cuando la osa sacudió su estropeada cabeza.

El dogo se había concentrado en un gran pliegue de pellejo denso. Sus mandíbulas apretadas ejercían una presión implacable en la traquea de la osa, que empezó a jadear en busca de aire. Ahora el mastín había descubierto su panza y la estaba desgarrando.

--¡Una pelea mediocre! --grito Wat, decepcionado--. Ya tienen a la Godiva golpeó su enorme pata delantera derecha sobre el lomo del mastín. El crujido de la espina del perro no se oyó a causa de los demás ruidos pero el agonizante mastín se retorció sobre la arena y la osa volvió sus colmillos hacia el gran danés.

Los asistentes rugieron de deleite.

El gran danés fue arrojado prácticamente fuera del ruedo y allí permaneció inmóvil, pues tenía la garganta rajada. Godiva dio un manotazo al ruedo, que estaba más rojo que nunca por la sangre de la osa y del mastín.

Sus tenaces quijadas se cerraron en la garganta de Godiva. La osa dobló sus miembros delanteros y apretó, triturando, mientras oscilaba de un lado a otro.

Hasta que el pequeño pelirrojo quedó exánime, no se relajaron las mandíbulas. Finalmente, la osa logró golpearlo contra el poste una y otra vez hasta que lo soltó en la arena pisoteada, como una lapa desprendida.

Godiva cayó de cuatro patas junto a los perros muertos, pero no se interesó por ellos. Agonizante y temblorosa, empezó a lamerse sus carnes vivas y sangrantes.

Flotaban los murmullos de las conversaciones mientras los espectadores pagaban o cobraban las apuestas.

--Demasiado rápido, demasiado rápido --farfulló un hombre, cerca de Rob.

---La maldita bestia aun vive y podemos divertirnos un poco más--dijo.

Un joven borracho había cogido la lanza del amo del reñidero y acosó a Godiva desde atrás, pinchándole el ano. Los hombres aplaudieron cuando la osa giró, rugiendo, pero no pudo moverse, pues estaba sujeta por las ataduras de la pata.

--¡EI otro ojo! --gritó alguien desde el fondo de la turba--. ¡Arráncale otro ojo!

La osa volvió a incorporarse, inestable, en dos patas. El ojo sano los miraba desafiante aunque con serena presencia, y Rob recordó a la mujer que había visto en Northampton y que tenía una enfermedad consuntiva. El borracho hombre acercaba la punta de la lanza a la enorme cabeza cuando Rob cayó sobre el y se la quitó de las manos.

--¡Ven aquí, puñetero imbécil! --gritó Barber a Rob, y corrió tras él.

--Eres una buena chica, Godiva --dijo Rob.

Apuntó y hundió la lanza en el pecho desgarrado; casi instantáneamente brotó la sangre desde un rincón del hocico contorsionado.

La muchedumbre rugió, emitiendo un gruñido semejante al de los perros cuando se habían acercado.

--Ha enloquecido y debemos asistirlo --se apresuró a decir Barber.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:33

Rob permitió que Barber y Wat lo sacaran a rastras del foso y lo llevaran hasta el círculo de luces.

--¿De donde has sacado un aprendiz tan estúpido? --preguntó Wat.

--Confieso que lo ignoro.

La respiración de Barber sonaba como un fuelle. Rob notó que en los últimos tiempos su respiración era cada vez más laboriosa.

En el interior del ruedo iluminado, el amo anunciaba tranquilizadoramente que había un fuerte tejón esperando a que lo azuzaran, y las quejas se convirtieron en discordantes vítores.

-Rob se alejó, mientras Barber se disculpaba con Wat.

Estaba sentado cerca del carromato, junto al fuego, cuando Barber volvió tambaleándose, abrió un frasco de licor y se bebió la mitad de un trago. Luego cayó pesadamente en su cama, al otro de la fogata, con la vista fija.

--Eres un asno.

Rob sonrió.

--Si en ese momento no hubiesen estado pagadas y cobradas las apuestas, te habrían desangrado. Y yo no les habría hecho el menor reproche.

Rob acercó la mano a la piel de oso sobre la que dormía. El pelaje estaba estropeado y pronto tendría que descartarla, pensó, acariciándola.

--Buenas noches, Barber.

A Barber nunca le pasó por la imaginación que él y Rob J. llegarían a tener discrepancias. A los diecisiete años de edad, el antiguo aprendiz era tal cual había sido de cachorro: trabajador y bien dispuesto.

Si exceptuamos que ahora sabía regatear como una pescadera.

En las postrimerías del primer año de empleo, pidió la duodécima parte en lugar de la vigésima. Barber refunfuñó, pero acabó aceptando, porque era consciente que Rob merecía mayor recompensa.

Barber notaba que apenas gastaba el salario, y sabía que ahorraba para comprarse armas. Una noche de invierno, en la taberna de Exmouth, un jardinero intentó venderle a Rob una daga.

--¿Tu que opinas? --preguntó Rob, entregándosela a Barber.

Era el arma de un jardinero.

--La hoja es de bronce y se quebrará. Tal vez la empuñadura sea buena, pero un mango tan llamativamente pintado puede ocultar defectos.

Rob J. devolvió el puñal barato al jardinero.

Cuando partieron en la primavera, recorrieron la costa, y Rob acechaba los muelles en busca de españoles, pues las mejores armas de acero llegaban de España. Sin embargo, cuando viajaron tierra adentro aun no había comprado nada.

Julio los encontró en la Alta Mercia. En la población de Blyth, su animo estaba por los suelos. Una mañana despertaron y vieron a Incitatus tendido muy cerca, tieso y sin respirar.

Rob miró con amargura al caballo muerto, mientras Barber daba rienda suelta a sus sentimientos escupiendo maldiciones.

--¿Piensas que lo ha matado una enfermedad?

Barber se encogió de hombros.

--Ayer no notamos ningún síntoma, pero era viejo. Ya no era joven lo adquirí hace mucho tiempo.

Rob pasó medio día cavando para abrir una fosa, pues no querían que Incitatus fuese pasto de los perros y los cuervos. Mientras el proseguía la excavación, Barber salió a buscar reemplazo. Encontrarlo le llevó todo el día y le costó caro, pero un caballo era vital para ellos. Finalmente, compró una yegua parda de cara pelada, de tres años, es decir, no del todo adulta.

--¿También la llamaremos Incitatus? --preguntó, pero Rob meneó la cabeza y nunca la llamaron por otro nombre que el de Caballo.

Era una yegua de paso suave, pero la primera mañana que estuvo con ellos perdió una herradura y tuvieron que volver a Blyth para conseguir otra.

El herrero se llamaba Durman Moulton y lo encontraron dando los toques finales a una espada que les iluminó los ojos.

--¿Cuanto? --quiso saber Rob, demasiado entusiasmado para el espíritu regateador de Barber.

--Esta está vendida --dijo el artesano, pero les permitió empuñarla para que comprobaran su equilibrio.

Era un sable sin ornamentaciones, afilado, bien centrado y bellamente forjado. Si Barber hubiese sido más joven y no tan sabio, no se habría resistido a pujar por la espada.

--¿Cuanto por su gemela y una daga a juego?

El total ascendía a más de un año de los ingresos de Rob.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:33

--Tienes que pagarme la mitad ahora, si quieres encargármela --dijo Moulton.

Rob fue hasta el carromato y regresó con una bolsa de la que sacó el dinero con presteza y de buena gana.

--Volveremos dentro de un año.

El herrero asintió y le aseguró que las armas estarían esperándolo.

Pese a la pérdida de Incitatus, gozaron de una temporada próspera, pero cuando casi tocaba a su fin, Rob pidió la sexta parte.

--¡Un sexto de los ingresos! ¿Para un mozalbete que aun no ha cumplido los dieciocho años?

Barber estaba auténticamente indignado, pero Rob aceptó con serenidad su arranque y no dijo una palabra más.

A medida que se aproximaba la fecha del acuerdo anual, Barber se atormentaba, pues sabía en qué medida había mejorado su situación gracias al asalariado.

En el pueblo de Sempringham oyó que una paciente le susurraba a su amiga:

--Ponte en la fila de espera del barbero joven, Eadburga, porque dicen que te toca detrás del biombo. Aseguran que sus manos son curativas.

“Dicen que vende a carretadas la mierda de la panacea”, se recordó Barber a si mismo, con el gesto torcido.

No le preocupaba que ante el biombo de su ayudante hubiese colas más largas que delante del suyo. En verdad, para su empleador Rob J. valía su peso en oro.

--Un octavo --le ofreció finalmente.

-Aunque para él era un sufrimiento, habría llegado a un sexto, pero con gran alivio notó que Rob movía la cabeza afirmativamente.

--Un octavo me parece justo --aceptó el ayudante.

El viejo se gestó en la mente de Barber. Siempre en busca de la forma de mejorar el espectáculo, inventó a un viejo verde que bebe la Panacea Universal y persigue a todas las mujeres que ve.

--Y lo interpretarás tu --dijo a Rob.

--Estoy demasiado desarrollado. Soy excesivamente joven.

--No; he dicho que lo interpretarás tú --insistió Barber obstinadamente--. Yo estoy tan gordo que bastaría mirarme para saber quien soy.

Observaron durante largo tiempo a todos los ancianos con los que se cruzaban, estudiaron su andar cansino, el tipo de vestimenta que usaban, y escucharon su manera de hablar.

--Imagina lo que debe ser sentir que se te escapa la vida --dijo Barber--. Tu crees que siempre se te empinará cuando estés con una mujer.

Ahora piensa que eres viejo y nunca más podrás volver a hacerlo.

Confeccionaron una peluca canosa y un bigote postizo gris. No podían marcar arrugas, pero Barber le unto la cara con cosméticos, simulando una piel vieja, reseca y estragada por muchos años de sol y viento. Rob inclinó su argo cuerpo y aprendió a andar cojeando, arrastrando la pierna derecha.

Cuando hablaba lo hacia en voz más aguda y titubeante, como si los años le hubieran enseñado a tener miedo.

El viejo, cubierto con un abrigo raído, hizo su primera aparición en Tadaster, mientras Barber disertaba sobre los notabilísimos poderes regeneradores de la panacea. Con andar vacilante, el viejo se acercó cojeando y compró un frasco.

--No hay duda de que soy un viejo tonto por despilfarrar así mi dinero -dijo con la voz cascada.

Abrió el frasco con cierta dificultad, bebió la medicina allí mismo y se acerco lentamente a una camarera a la que ya habían instruido y pagado.

--Tu si que eres bonita. --El viejo suspiró, y la muchacha apartó rápidamente la mirada, como si estuviera avergonzada--. ¿Me harás un favor, querida mía?

--Si puedo...

--Solo se trata de que pongas la mano en mi cara. Apenas una suave palmadita cálida en la mejilla de un anciano. ¡Ahhh! --exhaló cuando ella lo hizo tímidamente.

Rieron entre dientes cuando el cerró los ojos y le beso los dedos. Al instante, la miró con ojos desorbitados.

--Bendito sea San Antonio --jadeó el viejo--. ¡Es increíble! ¡Maravilloso!

Volvió a la tarima cojeando, a la mayor velocidad que le permitían las piernas.

--Dame otro --le dijo a Barber, y se lo bebió de un trago.

Cuando intentó volver junto a la camarera, ella se alejó. La siguió.

--Soy vuestro sirviente, señora... --dijo, ansioso; se inclinó adelante y le murmuró algo al oído.

--Señor, no debéis decir esas cosas!

Echo a andar otra vez, y la multitud estaba convulsa por la forma en que el viejo seguía a la joven.

Minutos más tarde, mientras el viejo cojeaba llevando del bracete a la camarera, aplaudieron aprobadoramente y, sin dejar de reír, se apresuraron a gastarse los cuartos en la panacea de Barber.

Después ya no tuvieron que pagarle a nadie para que le diera pie al viejo, porque Rob aprendió en breve a manipular a las mujeres de las multitudes Percibía cuando una buena esposa comenzaba a ofenderse y era necesario dejarla en paz, y cuando una mujer más atrevida no se sentiría insultada por un cumplido jugoso o un leve pellizco.

Una noche, en la ciudad de Lichfield, fue a la taberna con la vestimenta del viejo, y al rato todos los parroquianos aullaban y se secaban las lágrimas de risa al oír sus memorias amorosas.

--Antes era muy libidinoso. Recuerdo muy bien la noche que estaba de jodienda con una chica rellenita... Sus cabellos eran de negro vellón y de sus tetas podías mamar. Y más abajo, un dulce plumón de cisne puro. Al otro lado de la pared dormía su feroz padre, que tenía la mitad de mis años, ignorante de lo que estaba ocurriendo.

--¿Y que edad tenias tu entonces, viejo?

Enderezó con gran cuidado su espalda vencida.

--Era tres días más joven que ahora --dijo con voz seca.

Durante toda la velada, los bobos de la taberna se pelearon por pagarle otra jarra de cerveza.

Aquella noche, por vez primera Barber ayudó a su asistente a volver a campamento, en lugar de sustentarse en él.

Barber se refugió en el avituallamiento. Ensartaba capones, rellenaba patos y se atiborraba de aves de corral. En Worcester se encontró con la matanza de un par de bueyes y compró sus lenguas.

¡Eso se llamaba comer!

Hirvió ligeramente las grandes lenguas antes de cepillarlas y despellejarlas; luego las asó con cebollas, ajo silvestre y nabos, rociándolas con miel de tomillo y manteca de cerdo fundida, hasta que por fuera quedaron dulcemente tostadas y curruscantes, y por dentro, tan tiernas y blandas que casi no era necesario masticar su carne.

Rob apenas probó tan fino y sabroso manjar, pues tenía prisa por ir una nueva taberna en la que hacer de viejo estúpido. En cada lugar nuevo que pisaba, los parroquianos se desvivían por mantenerlo constantemente provisto de bebida. Barber sabía que lo que más le gustaba era la cerveza pero en esos tiempos tuvo que reconocer, consternado, que Rob aceptaba hidromiel, pimientos fermentados, licor de miel y moras o lo que le echara Barber se mantenía atento para comprobar si tanta bebida no perjudicaba su propio bolsillo. Pero a pesar de las grandes borracheras y las vomiteras nocturnas, Rob hacia todo exactamente como antes, salvo en un detalle.

--He notado que ya no coges las manos de los pacientes cuando pasan detrás de tu biombo --dijo Barber.

--Tu tampoco.

--No soy yo quien tiene el don.

--¡El don! Tu siempre has afirmado que no existe ese don.

--Pero ahora opino que existe--declaró Barber--. Sospecho que esta embotado por la bebida y que se pierde por la ingestión regular de licores.

--Todo era producto de nuestra imaginación, como tu decías.

--Escúchame bien. Haya o no haya desaparecido el don, cogerás las manos de todo paciente que pase al otro lado de tu biombo, porque es evidente que les gusta. ¿Entendido?

Rob J. asintió, malhumorado.

A la mañana siguiente, en un sendero boscoso tropezaron con un cazador de pluma. El hombre llevaba una larga vara hendida con bolas de masa impregnadas de semillas. Cuando las aves se acercaban para picotear el señuelo, las capturaba tirando de una cuerda que cerraba la hendidura sobre sus patas. Era tan astuto con ese artilugio, que de su cinturón colgaba gran número de chorlitos blancos. Barber le compró toda la partida. Los chorlitos se consideraban tan exquisitos que solían asarse sin vaciarlos, pero Barber era un cocinero delicado y escrupuloso. Limpió y aderezó cada una de las avecillas y preparó un desayuno memorable, tanto que hasta el hosco semblante de Rob se iluminó.

En Great Berkhamstead montaron su espectáculo ante un público numeroso y vendieron frascos de panacea a manos llenas. Aquella noche Barber y Rob fueron juntos a la taberna para hacer las paces. Durante buena parte de la velada todo fue bien, pero estaban bebiendo un licor de moras muy fuerte, de sabor ligeramente amargo. Barber notó que a Rob se le encendían los ojos y se preguntó si su propia cara enrojecería de ese modo con la bebida.

Poco después Rob se desmadró, empujando e insultando a un robusto leñador.

En un instante los dos trataron de hacerse daño. Ambos eran corpulentos y gritaban como salvajes, poseídos por una especie de locura. Entorpecidos por el alcohol, se mantenían próximos y forcejearon repetidas veces con todas sus fuerzas, usando los puños, las rodillas y los pies. Los golpes y puntapiés sonaban como martillazos en el roble.

Finalmente agotados, se dejaron separar por sendos grupos de pacificadores, y Barber se llevó a Rob.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:34

--¡Maldito borracho!

--¡Mira quien habla!

Tembloroso de indignación, Barber miró de hito en hito a su ayudante.

--Es verdad que yo también puedo ser un maldito borracho, pero siempre he sabido evitar pendencias. Nunca he vendido venenos. No tengo nada que ver con la brujería que hechiza o convoca a los espíritus malignos. Me limito a comprar ingentes cantidades de licor y monto un entretenimiento que me permite vender frasquitos y obtener pingues beneficios. Nuestro sustento depende de que no llamemos la atención sobre nosotros más de la cuenta. Por tanto, tu estupidez debe cesar de inmediato y con la misma presteza tienes que aflojar los puños.

Se miraron echando chispas por los ojos, pero Rob asintió.

A partir de ese día, Rob daba la impresión de cumplir las ordenes de Barber casi contra su voluntad, mientras iban con rumbo sur, siguiendo las aves migratorias hacia el otoño. Barber resolvió pasar por alto la feria de Salisbury, en el entendimiento de que le abriría a Rob viejas heridas. Su esfuerzo fue vano, porque la noche que acamparon en Winchester en lugar de Salisbury, Rob regresó al campamento haciendo eses. Su cara era una masa de carne magullada, y resultaba obvio que se había enzarzado en una reyerta.

--Esta mañana pasamos por una abadía, cuando tu mismo conducías el carromato y no hiciste un alto para preguntar por el padre Ranald Lovell y tu hermano.

--No sirve de nada averiguar. Cada vez que pregunto por ellos, nadie los conoce.

Tampoco volvió a hablar Rob de buscar a su hermana Anne Mary o a Jonathan o a Roger, el hermano que era un bebé cuando se separaron.

Los daba por perdidos y ahora procuraba olvidarlos, se dijo Barber, esforzándose por comprenderlo. Parecía que Rob se había convertido en un oso y se ofrecía a si mismo para ser azuzado en todas las tabernas. La bajeza crecía en él como una mala hierba. Aceptaba de buen grado el dolor infligido por la bebida y las peleas, para alejar el dolor que padecía cuando sus hermanos ocupaban su mente.

Barber no estaba seguro de que la aceptación de la perdida de los niños por parte de Rob fuese una actitud saludable.

Ese invierno fue el más desagradable que pasaron en la casita de Exmouth. Al principio, el y Rob iban juntos a la taberna. Habitualmente bebían y charlaban con los lugareños, y encontraban mujeres que se llevaban a casa. Pero Barber no podía estar a la altura del infatigable apetito carnal del joven y, para su propia sorpresa, tampoco lo deseaba. Ahora era él, más de una noche, quien yacía, observaba las sombras y escuchaba, lamentaba que en nombre de Cristo no acabaran de una buena vez, guardaran silencio y se durmieran.

No nevó, pero llovió incesantemente; en breve, el siseo y las salpicaduras resultaron insultantes para el oído y el espíritu. El tercer día de la semana de Navidad, Rob volvió a casa en un estado lamentable.

--¡Condenado sea el tabernero! ¡Me ha echado de la posada!

--Y supongo que no tenía ningún motivo, ¿verdad?

--Por pelear --musitó Rob, cejijunto.

Rob pasaba más tiempo en la casa, pero estaba más taciturno que nunca.

Lo mismo que Barber. No sostenían conversaciones largas ni agradables. Barber pasaba casi todo el tiempo bebiendo, su trillada respuesta a la desapacible estación. Toda vez que podía, imitaba a las bestias hibernantes. Cuando estaba despierto yacía como una enorme roca en la cama hundida, sintiendo que su carne lo empujaba hacia abajo, escuchando el silbido de su aliento y su respiración áspera que salía por su boca. Había reconocido, apesadumbrado, a más de un paciente cuya respiración sonaba mucho mejor.

Ansioso por tales pensamientos, se levantaba de la cama una vez al día para cocinar un plato colosal, buscando en las carnes grasas protección del río y los malos augurios. En general, tenía junto a su lecho un frasco abierto de una fuente con cordero frito, congelado en su propia grasa. Rob todavía limpiaba la casa cuando le daba la gana, pero en febrero toda la estancia olía como la guarida de un zorro.

Dieron la bienvenida a la primavera, y en marzo cargaron el carromato, alejándose de Exmouth a través de la llanura de Salisbury y de las escarpadas tierras bajas donde esclavos tiznados cavaban la piedra caliza y la creta para arrancar hierro y estaño. No se detuvieron en los campamentos de esclavos porque allí era imposible ganar un solo penique. Fue idea de Barber recorrer la frontera con Gales hasta Shrewsbury, para encontrar allí el río y seguirlo hacia el noreste. Se detuvieron en todas las aldeas y pequeñas poblaciones conocidas. el caballo no desfilaba haciendo cabriolas con el estilo de Incitatus, pero era elegante y adornaban sus crines con muchas cintas. En general, el negocio prosperaba.

En Hope-Under-Dinmore dieron con un artesano del cuero, de hábiles manos, y Rob compró dos vainas para enfundar las armas que le habían prometido.

En cuanto llegaron a Blyth fueron a la herrería, donde Durman Moulton los recibió con un saludo de satisfacción. El artesano fue a un estante de la trastienda y volvió con dos bultos envueltos en suaves pellejos.

Rob los desenvolvió, entusiasmado, y al ver las armas contuvo el aliento.

El sable era mejor que el que tanto habían admirado el año anterior. La daga estaba bellamente forjada. Mientras Rob se regocijaba con la espada, Barber sopesó la daga y percibió su exquisito equilibrio.

--Es un trabajo limpio --le dijo a Moulton, quien apreció el cumplido en todo su valor.

Rob deslizó cada hoja en la correspondiente vaina de su cinto, sintiendo un peso hasta entonces desconocido. Apoyó las manos en las empuñaduras y Barber no se resistió a apreciar su porte mirándolo de la cabeza a los pies.

Tenía presencia. A los dieciocho años, finalmente, había alcanzado la adultez plena y era un palmo más alto que él. Tenía los hombros anchos, era esbelto, lucia una melena de pelo castaño rizado y tenía unos grandes ojos azules que cambiaban de tonalidad más prestamente que el mar. Su cara, grande y huesuda, se asentaba en una mandíbula cuadrada que mantenía impecablemente rasurada. Desenvainó a medias la espada que lo distinguía como un hombre nacido libre, y volvió a guardarla. Con los ojos fijos en él, Barber sintió un estremecimiento de orgullo y una sobrecogedora aprensión a la que no supo dar nombre.

Tal vez no fuese inadecuado llamarla miedo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:34

UN NUEVO ACUERDO




La primera vez que Rob entró con armas en una taberna --estaban en Beverley--, notó la diferencia. No se trataba de que los hombres le mostraran más respeto, pero eran más prudentes con él y estaban más alertas. Barber no dejaba de decirle que debía ser más cuidadoso, dado que la ira era uno de los ocho pecados capitales condenados por la Santa Madre Iglesia.

Rob estaba harto de oír lo que le ocurriría si los hombres del magistrado arrastraban ante un tribunal eclesiástico, pero Barber le describía repetidamente procesos que eran ordalías: el acusado debía demostrar su inocencia apretando rocas calentadas o metal al rojo vivo, o bebiendo agua hirviendo.

La condena por asesinato significaba la horca o la decapitación --atacaba Barber severamente--. Cuando alguien comete un homicidio, le pasan tiras de cuero por debajo de los tendones de los talones y las atan a los toros salvajes. Luego, una jauría de sabuesos persigue al toro hasta dar muerte a las bestias.

“¡Cristo misericordioso --pensaba Rob--, Barber se ha convertido en una ancianita que se pasa el día exhalando suspiros timoratos! ¿Cree que Pienso salir a asesinar al populacho?”

En la ciudad de Fulford descubrió que había perdido la moneda romana que llevaba consigo desde que la cuadrilla de su padre la había dragado del Támesis. Con un humor de perros, bebió hasta que le resultó difícil sentarse provocado por un escocés picado de viruelas que al pasar lo codeó. En vez de disculparse, el escocés murmuró de mala manera en gaélico.

--¡Habla inglés, maldito enano! --le gritó Rob, porque el escocés, aunque de estructura robusta, era dos cabezas más bajo que él.

Las advertencias de Barber debían de haber prendido, porque Rob tuvo sensatez de desabrochar las armas. El escocés hizo lo propio, y al instante se entregaron a las manos. A pesar de su baja estatura, el hombre resultó sorprendentemente hábil con manos y pies. Su primer puntapié le rompió una costilla, y a continuación un puño como una roca le rompió la nariz con un desagradable sonido y peor sufrimiento. Rob gruñó.

--¡Hijo de puta! --resolló, y apeló a toda la ira y el dolor para incrementar su fuerza.

Pero apenas logró sustentar la pelea hasta que el escocés quedó lo suficientemente agotado como para posibilitar la retirada de ambos adversarios.

Volvió cojeando al campamento, con la sensación y el aspecto de haber sido apaleado sin misericordia por una banda de gigantes.

Barber no fue del todo amable cuando le encajó la nariz rota con un crujido de cartílagos. Volcó licor en los raspones y chichones, pero sus palabras escocían más que el alcohol.

--Estás en una encrucijada --le dijo--. Has aprendido nuestro oficio.

Tienes una mente rápida y no hay ninguna razón que te impida prosperar, excepto la calidad de tu propio espíritu. Porque si sigues por este camino, pronto serás un borracho perdido sin remedio.

--Eso lo dice alguien que se matara bebiendo --replicó Rob desdeñosamente.

Refunfuñó cuando se tocó los labios hinchados y sangrantes.

--Dudo que tu vivas lo suficiente para que te mate la bebida --concluyó Barber.

Por más que la buscó, Rob no encontró la moneda romana. La única posesión que lo vinculaba a su infancia era la punta de flecha que le regalara su padre. Practicó una perforación en el pedernal, la enhebró en una corta tira de gamuza y se la colgó del cuello.

Ahora los hombres solían apartarse de su camino, porque además de su corpulencia y del aspecto profesional de sus armas, tenía una nariz abigarrada y ligeramente desviada sobre un rostro en diversas etapas de decoloración. Quizá Barber estaba demasiado furioso para realizar un trabajo perfecto cuando encajó la nariz, que nunca volvió a ser recta.

Durante semanas seguidas le dolía la costilla cada vez que respiraba. Rol estaba calmado mientras viajaban por la región de Northumbria a Westmoreland, y en el trayecto de vuelta a Northumbria. No iba a bodegones ni tabernas, donde era fácil enzarzarse en disputas: permanecía cerca del carromato y de la fogata nocturna. Siempre que acampaban lejos de una ciudad, se dedicaba a catar la panacea y llegó a aficionarse al hidromiel. Pero una noche que había bebido copiosamente las existencias, se encontró a punto de abrir un frasco en cuyo cuello estaba rayada la letra E. Era un recipiente de la Serie Especial de licor con orines, preparado para vengarse de quienes se convertían en enemigos de Barber. Estremecido, Rob arrojó el frasco a lo lejos; a partir de entonces compraba bebida cada vez que se detenían en un ciudad y la almacenaba con mucho cuidado en el interior del carromato.

En la ciudad de Newcastle interpretó al viejo, encubierto con una barba postiza que ocultaba sus morados. El público era numeroso y vendieron muchos frascos de panacea. Después del espectáculo, Rob se ocultó detrás del carro para quitarse el disfraz, con el propósito de montar su biombo para recibir a los pacientes. Barber ya estaba allí, discutiendo con un hombre alto y ceñudo.

--Te he seguido desde Durham y no he dejado de observarte --estaba diciendo el hombre--. Vayas donde vayas, atraes a una muchedumbre.

Como una muchedumbre es lo que necesito, te propongo que viajemos juntos y compartamos los ingresos.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:34

--Tu no tienes ingresos --dijo Barber.

El hombre sonrió.

--Los tengo, y mi tarea es dura.

--Eres un ratero, un descuido, y algún día te pescaran con la mano en el bolsillo de otro y ese será tu fin. Yo no trabajo con ladrones.

--Tal vez no te corresponda a ti decidir.

--A él le corresponde --intervino Rob.

El hombre ni siquiera lo miró de soslayo.

--Tu cierra el pico, viejo, si no quieres atraer la atención de quienes pueden perjudicarte.

Rob se acercó a el. El manilargo lo miró con ojos desorbitados, sorprendido, y sacó un puñal largo y estrecho del interior de su vestimenta. Dio un paso hacia ambos.

La fina daga de Rob dio la impresión de abandonar la vaina por cuenta propia y dirigirse al brazo del hombre. Rob no fue consciente del esfuerzo, pero la puñalada debió de ser vigorosa, porque sintió chocar la punta contra el hueso. En cuanto retiró la hoja, de la carne comenzó a manar sangre. A Rob le asombró que tanta sangre apareciera tan rápidamente en la herida de una persona tan canija.

El ratero retrocedió, apretándose el brazo herido.

--Vuelve --le dijo Barber--. Te vendaremos la herida. No queremos hacerte más daño.

Pero el hombre ya se había escabullido alrededor del carromato, y en un momento desapareció de la vista.

--Esa hemorragia llamara la atención. Si en la ciudad están los hombres del magistrado, se lo llevarán, y muy bien puede guiarlos hasta nosotros. Debemos marcharnos de inmediato --dijo Barber.

Huyeron como lo habían hecho cuanto temían la muerte de los pacientes, sin detenerse hasta que tuvieron la certeza de que nadie los perseguía.

Rob preparó el fuego y se sentó, todavía con los ropajes del viejo, demasiado cansado para cambiarse. Comieron nabos fríos sobrantes del día anterior.

--Nosotros somos dos --dijo Barber, disgustado--. Podríamos habernos librado fácilmente de el.

--Necesitaba que le dieran una lección.

Barber lo enfrentó.

--óyeme bien: te has convertido en un riesgo.

Rob se picó por la injusticia, pues había actuado para proteger a Barber.

Sintió que una nueva rabia borboteaba en su interior, acompañada de un viejo resentimiento.

--Nunca has arriesgado nada conmigo. Ya no eres el que gana dinero por los dos... Ahora ese papel lo desempeño yo. Gano para ti mucho más de lo que ese ladrón podría haber cosechado con sus dedos ágiles.

--Un riesgo y un incordio --dijo Barber con tono de hastío, y se volvió.

Llegaron a la etapa más norteña de su ruta e hicieron paradas en aldeas fronterizas donde los residentes no sabían exactamente si eran ingleses o escoceses. Cuando Rob y Barber montaban el espectáculo ante el público, bromeaban y trabajaban en aparente armonía, pero si no estaban en la tarima se instalaba entre ellos un frío silencio. Cuando intentaban conversar, la charla se convertía en una rencilla.

Habían quedado atrás los días en que Barber se atrevía a levantarle la mano, pero cuando empinaba el codo seguía siendo un deslenguado que profería insultos, desconocedor de la prudencia.

Una noche, en Lancaster, acamparon cerca de una charca de la que se elevaba una bruma teñida de rosa por la luna. Se vieron acosados por un ejercito de pequeños insectos semejantes a moscas y buscaron refugio en la bebida.

--Siempre fuiste un bruto y un patán. --Rob suspiró--. Adopté un asno huérfano..., lo formé...; todo en balde.

Algún día, muy pronto, comenzaría a ejercer por su cuenta el oficio de cirujano barbero, decidió Rob; hacia largo tiempo que estaba llegando a la conclusión de que Barber y él debían seguir caminos separados.

Había encontrado a un mercader con existencias en vino agrio y le había comprado una buena cantidad; ahora intentaba tragarse el líquido abrasivo para que el otro guardara silencio. Pero no paraba.

--...mano larga y entendederas cortas. ¡Cuanto me esforcé por enseñarte a hacer malabarismos!

Rob entró a gatas en el carromato para rellenar su vaso, pero la voz terrible lo siguió hasta el interior.

--¡Tráeme una condenada jarra!

“Búscatela tu mismo”, estuvo a punto de responder.

Pero, presa de una irresistible idea, se arrastró hasta donde estaban lo frascos de la Serie Especial.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:35

Cogió uno y lo acercó a los ojos para ver si distinguía las marcas que identificaban su contenido. Salió a rastras del carromato, destapó la botella de barro y se la dio a su obeso amo.

“¡Que malvado! --pensó, asustado--. Aunque no más malvado que Barber distribuyendo su Serie Especial entre tanta gente a través de los años.”

Observó fascinado cómo Barber cogía la botella, echaba la cabeza hacía atrás, abría la boca y acercaba la bebida a sus labios.

Todavía estaba a tiempo de redimirse. Casi oyó su voz gritándole a Barber que esperara. Le diría que la botella tenía un borde roto y la cambiaría por un frasco de hidromiel. Pero apretó los labios.

El cuello de la botella entró en la boca de Barber.

“Trágala”, lo apremió Rob cruelmente, para sus adentros.

La papada de Barber se movió al tiempo que bebía. Luego el hombre arrojó a lo lejos el frasco vacío y se quedó dormido.

¿Por que no había sentido ningún regocijo? A lo largo de una noche de insomnio, Rob reflexionó sobre ello.

Cuando Barber estaba sobrio era dos hombres, uno de ellos bondadoso y de corazón alegre; el otro, un ser vil que no vacilaba en administrar su Serie Especial a diestro y siniestro. Y cuando estaba borracho emergía, sin la menor duda, el hombre despreciable.

Rob vio con repentina claridad, como una lanza de luz a través de un cielo oscuro, que él mismo se estaba transformando en el Barber degradado.

Se estremeció, y la desolación recorrió todo su cuerpo cuando en medio de un escalofrío se acercó al fuego.

A la mañana siguiente despertó con las primeras luces, buscó el frasco tirado y lo ocultó en la arboleda. Después reavivó el fuego, y cuando Barber abrió los ojos encontró que lo esperaba un desayuno abundante.

--No me he comportado bien --reconoció Rob cuando Barber terminó de comer. Titubeó, pero se obligó a seguir adelante--. Solicito tu perdón y tu absolución.

Barber asintió, atónito, en silencio.

Pusieron los arreos a Caballo y rodaron sin hablar hasta media mañana; en algunos momentos Rob sentía la mirada reflexiva del otro sobre él.

--Lo he meditado mucho --dijo por fin Barber--. La próxima temporada debes hacer de cirujano barbero sin mi.

Apesadumbrado porque el día anterior había llegado a la misma conclusión, Rob protestó.

--Es esa maldita bebida. El alcohol nos transforma cruelmente. Debemos abjurar de la bebida y volveremos a llevarnos como antes.

Barber se mostró conmovido, pero movió la cabeza negativamente.

--En parte es a causa de la bebida, y en parte se debe a que tu eres un cervatillo que necesita probar sus mogotes, mientras yo soy un viejo venado castrado. Más aún; para venado resulto excesivamente corpulento y jadeante dijo secamente--. El mero hecho de encaramarme a la tarima exige todas mis fuerzas, y cada día me resulta más difícil llegar al final del espectáculo.

Estaría encantado de quedarme para siempre en Exmouth, a disfrutar del verano y cultivar un huerto, para no hablar de los placeres de la cocina.

Cuando tu no estés prepararé una abundante provisión de panacea. También pagaré el mantenimiento del carromato y los gastos del Caballo, como hasta hora. Tu te guardarás las ganancias de cada paciente tratado, además de la quinta parte de los frascos de Panacea Universal vendidos al primer año y una cuarta parte de los vendidos a partir de entonces.

--La tercera parte el primer año --regateó Rob automáticamente--. Y la mitad a partir de entonces.

--Eso es excesivo para un joven de diecinueve años --dijo Barber, en tono severo pero con los ojos radiantes--. Hablemos y decidámoslo entre los dos, ya que ambos somos hombres razonables.

Finalmente acordaron la cuarta parte durante el primer año y la tercera en los siguientes. El trato tendría una validez de cinco anos, momento en que lo reconsiderarían.

Barber no cabía en sí de jubilo, y Rob no podía creer en su buena fortuna, pues sus ganancias serían excepcionales para un mozo de su edad. Viajaron hacia el sur a través de Northumbria, muy animados, renovando los buenos sentimientos y la camaradería. En Leeds, después de trabajar, pasaron varias horas en el mercado. Barber compró generosamente y declaró que debía preparar una cena adecuada para celebrar el nuevo acuerdo.

Abandonaron Leeds por un sendero que discurría a la vera del río Aire, a través de millas y millas de árboles añosos que sobresalían por encima de verdes bosquecillos, retorcidas arboledas y claros con brezos. Acamparon temprano entre matas de alisos y sauces donde el río se ensanchaba, y durante horas ayudó a Barber a confeccionar un inmenso pastel de carne. En el puso Barber la carne picada y mezclada de una pata de corzo y un lomo de ternera, un gordo capón y un par de palomas, seis huevos duros y media libra de grasa, cubriéndolo todo con una pasta gruesa y hojaldrada que rezumaba aceite.

Comieron como tragaldabas, y a Barber no se le ocurrió nada mejor que empezar a beber hidromiel cuando el pastel despertó su sed. Rob, que no había olvidado su reciente juramento, se conformó con agua y observó cómo a Barber se le ponía colorada la cara y hosca la mirada.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:35

En seguida Barber exigió a Rob que sacara dos cajas llenas de frascos del carromato y se las dejara cerca para poder servirse a voluntad. Rob lo hizo y contempló, desasosegado, la forma en que bebía Barber. Poco después, comenzó a murmurar palabras adversas acerca de los términos del acuerdo, pero antes de que las cosas se degradaran más cayó en un sueño embrutecido por el alcohol.

Por la mañana, que era brillante, soleada y animada por el canto de los pájaros, Barber estaba pálido y quejumbroso. No parecía recordar su conducta de la noche anterior.

--Vayamos a buscar truchas --dijo--. Me iría muy bien un desayuno de pescado crujiente, y las aguas del Aire parecen prometedoras. --Al levantarse de la cama se quejó de un tirón en el hombro izquierdo--. Cargaré el carromato --decidió--, pues a veces el trabajo duro opera maravillas para lubricar una coyuntura dolorida.

Transportó una de las cajas de hidromiel al carro, volvió sobre sus pasos y levantó la otra. Estaba a mitad de camino cuando se le cayó la caja con gran estrépito. Una mirada de desconcierto se reflejó en su semblante.

Se llevó una mano al pecho e hizo una mueca. Rob notó que el dolor le hacia meter la cabeza entre los hombros.

--Robert --dijo.

Era la primera vez que Rob oía a Barber pronunciar su nombre de pila.

Dio un paso hacia él, tendiéndole ambas manos.

Pero antes de que Rob llegara a su lado, dejó de respirar. A la manera de un árbol gigantesco --no; como un alud, como la muerte de una montaña -Barber se tambaleó y se desplomó, estrellándose en tierra.

Rob había descargado sus pertenencias del carro y las ocultó detrás de un saucedal, con el fin de hacer lugar para el cadáver de Barber Condujo seis horas hasta llegar a la pequeña aldea de Aire's Cross, con su antigua iglesia. Ahora, aquel clérigo de ojos mezquinos hacia preguntas suspicaces y tercas, como si Barber solo hubiese fingido morir con el único propósito de causarle inconvenientes.

El sacerdote hizo un gesto de desdén, en abierta desaprobación, cuando averiguó lo que en vida había sido Barber.

--No lo conocía.

--Era mi amigo.

--Tampoco te había visto nunca aquí --dijo el sacerdote secamente.

--Me estas viendo ahora.

--Medico, cirujano o barbero... Todos ofenden la obvia verdad de que solo la Trinidad y los santos tienen auténtico poder para curar.

Rob estaba agobiado de intensas emociones y nada dispuesto a escuchar perorata. “¡Ya esta bien!”, refunfuñó en silencio. Experimentó la sensación de que Barber le aconsejaba contenerse. Habló al sacerdote en voz baja y complaciente e hizo una considerable contribución para la iglesia. Por último, el sacerdote sorbió las narices.

--El arzobispo Wulfstan ha prohibido a los sacerdotes que persuadan a los feligreses de otra parroquia con sus diezmos y derechos.

El no era feligrés de otra parroquia.

Finalmente acordaron el entierro en sagrado. Por suerte, Rob había llevado la bolsa llena. La cuestión no podía demorarse, pues la atmósfera ya olía a muerte. El ebanista de la aldea se impresionó al imaginar el tamaño del cajón que tendría que construir. La fosa debía ser correspondientemente onerosa, y Rob la cavó en un rincón del camposanto.

Rob creía que Aire's Cross llevaba ese nombre porque marcaba un vado en el río Aire, pero el sacerdote aclaró que la aldea se llamaba así por un gran crucifijo de roble lustrado que había en el interior de la iglesia. Delante del altar, al pie de la enorme cruz, fue colocado el ataúd de Barber cubierto de romero. Por pura casualidad ese día era la fiesta de San Calixto, y la asistencia a la iglesia fue numerosa. Cuando llegaron el pequeño santuario estaba casi lleno.

--Señor ten piedad. Cristo ten piedad --salmodiaron.

Solo había dos ventanas pequeñas. El incienso luchaba contra el hedor pero entraba algo de aire a través de los muros de árboles partidos y el techo de paja, haciendo que las velas de junco parpadearan en sus casquillos. Seis altos cirios se debatían contra las penumbras en un círculo que rodeaba el ataúd. Un paño mortuorio blanco cubría todo el cuerpo de Barber salvo la cara. Rob le había cerrado los ojos y parecía dormido, o tal vez muy borracha --¿Era tu padre?--susurró una anciana.

Rob vaciló, pero luego le pareció más fácil asentir. La mujer suspiró y le tocó el brazo.

Rob había pagado una misa de réquiem en la cual la gente participo con conmovedora solemnidad, y notó, satisfecho, que Barber no habría sido mejor atendido si hubiese pertenecido a un gremio, ni más respetuosamente despedido de este mundo si su mortaja hubiese sido del púrpura de la realeza.

Al concluir la misa, y cuando la gente se marchó, Rob se acercó al altar. Se arrodilló cuatro veces e hizo la señal de la cruz sobre su pecho tal como le había enseñado mamá tanto tiempo atrás, inclinando la cabeza por separado ante Dios, Su Hijo, Nuestra Señora y, finalmente, ante los apóstoles y todas las almas benditas.

El sacerdote recorrió la iglesia y apagó ahorrativamente las velas de junco; lo dejó solo para que llorara a su muerto, junto al féretro.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:36

Rob no salió a comer ni a beber; permaneció de rodillas, como suspendido entre la danzarina luz del cirio y la pesada negrura.

Pasó el tiempo sin que se diera cuenta.

Se sobresaltó cuando las campanas tocaron a maitines, se incorporó avanzó por el pasillo dando bandazos sobre sus piernas entumecidas.

--Haz la reverencia --dijo fríamente el sacerdote.

Hizo la reverencia, y una vez fuera bajo por el camino. Debajo de un árbol orinó; volvió y se lavó la cara y las manos con agua del cubo que estaba junto a la puerta, mientras en la iglesia el sacerdote concluía el oficio de medianoche.

Poco después, el sacerdote soplo por segunda vez los cirios, dejando Rob solo en la oscuridad, con Barber.

Ahora Rob se permitió pensar en cómo lo había salvado aquel hombre en Londres, siendo el un crío. Recordó a Barber cuando era bonachón cuando no lo era; su tierno placer para preparar y compartir la comida; su egoísmo; su paciencia para instruirlo y su crueldad; su natural libidinoso sus atinados consejos; sus risas y sus iras; su talante afectuoso y sus borracheras.

Lo que habían intercambiado no era amor; Rob lo sabía. Sin embargo, había sido tan buen sustituto del amor, que cuando las primeras luces agrisaron el cerúleo rostro, Rob J. lloró con amargura, y no únicamente por Henry.

Barber fue enterrado con alabanzas. El sacerdote no pasó mucho tiempo ante la sepultura.

--Puedes rellenarla --dijo a Rob .

Mientras la piedra y los guijos resonaban en la tapa, Rob lo oyó murmurar en latín algo referente a la segura esperanza en la Resurrección.

Rob hizo lo que había hecho por su familia. Recordando sus tumbas perdidas, pagó al sacerdote para que se encargara una lapida y especificó cual debía ser la inscripción:

“Henry Croft Cirujano barbero
Falleció el 11 de julio del año 1030


--¿Acaso Requiescat in pace o algo así? --preguntó el sacerdote.

El único epitafio que se le ocurrió sería fiel a Barber: Carpe diem, goza el momento. Sin embargo...

Entonces Rob sonrió.

El sacerdote evidencio fastidio cuando oyó lo que había decidido. Pero el formidable y joven forastero era el que pagaba la lápida e insistió, de modo que el clérigo tomó nota.

Fumum vendid, "vendia humo”.

Al advertir que ese sacerdote de mirada fría guardaba el dinero con expresión satisfecha, Rob pensó que no sería extraño que un barbero cirujano muerto se quedara sin su epitafio, al no tener a nadie en Aires's Cross que se ocupara de él.

--En breve volveré para ver si todo se ha hecho a mi entera satisfacción.

Un velo cubrió los ojos del sacerdote.

--Ve con Dios --dijo brevemente, y volvió a entrar en la iglesia.

Con los huesos molidos y hambriento, Rob condujo a Caballo hasta donde había dejado sus cosas, entre los sauces.

Todo estaba intacto. Volvió a cargarlo en el carromato, se sentó en la hierba y comió. Lo que quedaba del pastel de carne estaba estropeado, pero masticó y tragó un pan duro que Barber había horneado cuatro días antes.

Entonces se dio cuenta de que era el heredero. Aquella era su yegua y aquel su carromato. Había heredado los instrumentos y las técnicas, las gastadas mantas de piel, las pelotas para juegos malabares y los trucos mágicos, el deslumbramiento y el humo, la decisión en cuanto a donde ir mañana y al día siguiente.

Lo primero que hizo fue coger los frascos de la Serie Especial y estrellarlos contra una roca, rompiéndolos uno por uno.

Vendería las armas de Barber: las suyas eran mejores. Pero se colgó al cuello el cuerno.

Trepó al pescante y allí se sentó, solemne y erguido, como si de un tronco se tratara.

Quizá --pensó-- buscara un ayudante.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:36

UNA MUJER EN EL CAMINO




Viajó como siempre lo hicieran, “dando un paseo por el mundo”, según decía Barber. Durante los primeros días no logró obligarse a cargar el carromato ni a montar un espectáculo. En Lincoln se ofreció comida caliente en la taberna, pero nunca cocinaba; en general, se alimentaba de pan y queso hechos por otros. No probaba una gota de alcohol.

En los atardeceres se sentaba junto a la fogata y lo asaltaba una terrible soledad.

Estaba esperando que ocurriera algo. Pero nada ocurría y pasado un tiempo, llegó a comprender que debía vivir su vida.

En Stafford resolvió volver a trabajar. Caballo aguzó las orejas e hizo caso mientras él tocaba el tambor y anunciaba su presencia en la plaza.

Todo fue como si siempre hubiese trabajado solo. La gente reunida ignoraba, que tendría que haber estado allí un hombre mayor para señalarle en qué momento poner principio y fin a los juegos malabares; un hombre que contaba los mejores cuentos. Pero se apiñaron, escucharon y rieron, observaban cautivados como dibujaba retratos, compraron su licor medicinal y esperaron en fila para que les atendieran detrás del biombo. Cuando Rob les cogía las manos, descubrió que había recuperado el don. Un herrero fornido que parecía capaz de levantar el mundo con las manos, tenía algo que le estaba consumiendo la vida y no duraría mucho. Una chica delgada cuya palidez habría sugerido una grave enfermedad, poseía una reserva de fortaleza y vitalidad que llenó de alegría a Rob cuando le tocó las manos. Tal vez, como había dicho Barber, el don estaba ahogado por el alcohol, y se había liberado con la abstinencia. Cualquiera que fuese la razón de su retorno, Rob sintió una efervescencia de excitación y el ansia de volver a rozar las siguientes manos.

Aquella tarde, al dejar Stafford, se detuvo en una granja para comprar todo, y vio en el granero a la cazadora de ratones con una camada de gatitos.

--Escoged el que queráis --le dijo, esperanzado, el granjero--. Tendré que ahogarlos, pues los pequeños consumen comida.

Rob jugó con los mininos, sosteniendo una cuerda colgada delante sus hocicos; todos se mostraron encantadores salvo una desdeñosa gatita blanca que permaneció altanera y despreciativa.

--¿Tu no quieres venirte conmigo, ¿he?

La gatita estaba muy compuesta y era la más bonita, pero cuando Rob intentó cogerla le arañó la mano.

Curiosamente, el gesto lo decidió más aun a llevársela. Le susurró tranquilizadoramente y fue un triunfo alzarla y alisarle el pelaje con los dedos.

--Me quedo con esta --dijo, y dio las gracias al granjero.

A la mañana siguiente, preparó su desayuno y dio a la gatita pan empapado en leche. Al contemplar sus ojos verdosos reconoció cierta malicia felina y sonrió.

--Te llamaré Señora Buffington --le dijo.

Quizá alimentarla era la magia que faltaba.

Al cabo de unas horas ronroneaba, y se subió a su regazo cuando se sentó en el pescante.

Mediada la mañana, Rob apartó la gata al torcer una curva en Tettenl y encontrar a un hombre agachado junto a una mujer, al lado del camino.

--¿Que os ocurre? --gritó Rob, y refrenó a Caballo.

Notó que la mujer respiraba. Su cara brillaba por el esfuerzo y tenía una tripa enorme.

--Le ha llegado el momento --contestó el hombre.

En el huerto, a sus espaldas, había media docena de canastas llenas de manzanas. El hombre iba vestido con harapos y no parecía el dueño de una rica propiedad. Rob conjeturó que era un labrador; sin duda trabajaba una gran extensión para un terrateniente a cambio del arriendo de una pequeñísima parcela de la que podía sacar el sustento para su familia.

--Estábamos recogiendo las frutas tempranas cuando empezaron los dolores. Echó a andar en dirección a la casa, pero no pudo seguir. Aquí no hay comadrona, pues la única que había murió esta primavera. Mandé a un chico corriendo a buscar al medico cuando me di cuenta de que no se vería desde este lugar.

--Entonces está bien --dijo Rob, y volvió a coger las riendas.

Estaba dispuesto a seguir su camino, porque se trataba exactamente tipo de situación que Barber le había enseñado a evitar: si podía ayudar a la mujer le pagarían una insignificancia, pero si no podía, lo culparían de lo que ocurriera.

--Ha pasado mucho tiempo y el médico no llega --dijo el hombre--. Es un doctor judío.

Mientras el hombre hablaba, Rob notó que la mujer ponía los ojo blanco y tenía convulsiones.

Por lo que Barber le había contado de los médicos judíos, pensó que muy probable el doctor no se presentara nunca. Se sintió atrapado la espantosa desdicha de los ojos del labrador y por recuerdos que habría preferido olvidar.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:36

Suspirando, se apeó del carromato.

Se arrodilló junto a la mujer sucia y agotada, y le tomó las manos.

--¿Cuando noto por ultima vez que el niño se movía?

--Hace semanas. Durante una quincena se ha sentido muy mal, como si estuviera intoxicada.

Con anterioridad había tenido cuatro embarazos. pero los dos últimos bebes nacieron muertos.

Rob sintió que aquel también estaba muerto. Apoyó ligeramente la mano en el vientre distendido y tuvo la tentación de irse, pero vio mentalmente el rostro blanco de mama tendida en las boñigas del suelo del establo, y estaba seguro de que la mujer moriría rápidamente si el no actuaba.

En el revoltijo de avíos de Barber encontró el espéculo de metal pulido pero no lo usó como espejo. Cuando pasó la convulsión puso las piernas de la mujer en posición, y con el instrumento dilató el cuello del útero, como Barber le había explicado que se debía hacer. La masa interior se deslizó fácilmente, pero era más putrefacción que bebé. Rob apenas notó que el marido contenía el aliento y se apartaba.

Sus manos indicaron a su cabeza lo que debía hacer, en lugar de todo lo contrario.

Sacó la placenta y limpió a la mujer. Levantó la vista y se sorprendió al ver que había llegado el médico judío.

--Supongo que querréis haceros cargo --dijo Rob aliviado, pues la hemorragia no cesaba.

--No hay prisa --respondió el medico.

Pero escuchó al infinito su respiración y la examinó tan lenta y exhaustivamente, que su falta de confianza en Rob era manifiesta.

Por último, el judío pareció satisfecho.

--Apoya la palma de tu mano en su abdomen y fricciona firmemente, este movimiento.

Rob masajeó la tripa vacía, perplejo. Finalmente, a través del abdomen sintió que la esponjosa matriz se encajaba hasta hacerse una bola pequeña y la hemorragia cesó.

--Magia digna de Merlín y un truco qué siempre recordare --dijo.

No hay ninguna magia en lo que hacemos --lo contradijo el médico judío--. Veo que conoces mi nombre.

--Nos encontramos hace años, en Leicester.

Benjamín Merlín miró el llamativo carromato y sonrió.

--¡Ah! Tu eras un crío; el aprendiz. El barbero era un tipo gordo que tragaba cintas de colores.

--Si.

Rob no le dijo que Barber había muerto, ni Merlín le preguntó por él. Se estudiaron mutuamente. La cara de halcón del judío seguía enmarcada por una cabeza llena de pelo blanco y una barba canosa, pero no estaba tan densa como antes.

El escribiente con el que hablasteis aquel día en Leicester, ¿le operaste de cataratas?

--¿Que escribiente? --Merlín pareció confundido, pero en seguida recordó--. ¡Si! Es Edgar Thorpe, del pueblo de Lucteburne, en Leicestershir Si Rob había oído hablar de Edgar Thorpe, lo había olvidado. Esa era la diferencia entre ellos: casi nunca se enteraba del nombre de sus pacientes.

--Lo operé y le quité las cataratas.

--Y ahora ¿se encuentra bien?

Merlín sonrió tristemente.

--No puede decirse que esté bien porque cada día es más viejo y tiene achaques y dolencias. Pero ve con ambos ojos.

Rob había escondido el feto podrido en un trapo. Merlín lo desenvolvió lo estudió, y a continuación lo roció con agua de un frasco.

--Yo te bautizo en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo --dijo rápidamente el judío.

Volvió a envolver el pequeño bulto y se lo entregó al labrador.

--El bebé ha sido debidamente bautizado, y sin duda se le permitirá la entrada al Reino de los Cielos. Debes decírselo al padre Stigand o al otro cura de la iglesia.

El labrador sacó una bolsa polvorienta; en su rostro se mezclaba la de dicha con la aprensión.

--¿Cuanto debo pagaros, maestro medico?

--Lo que puedas --dijo Merlín, y el hombre le dio un penique que sacó de la bolsa.

--¿Era varón?

--No podemos saberlo --respondió amablemente el médico.

Dejo caer la moneda en el bolsillo grande de su capa y tanteó hasta encontrar medio penique, que le tendió a Rob.

Tuvieron que ayudar al labrador a llevar a la mujer a casa; un trabajo duro para medio penique de recompensa. Cuando quedaron libres, fueron a un arroyo cercano y se lavaron la sangre.

--¿Has presenciado alumbramientos similares?

--No.

--¿Cómo sabías lo que debías hacer?

Rob se encogió de hombros.

--Me lo habían descrito.

--Dicen que algunos nacen para sanadores. Unos pocos selectos. -el judío le sonrió--. Por supuesto, otros tienen suerte, sencillamente --preciso. El escrutinio del doctor puso incómodo a Rob.

--Si la madre hubiese estado muerta y el bebé vivo... --dijo Rob, arriesgándose a preguntarlo.

--Operación cesárea. --Rob abrió los ojos desmesuradamente--. ¿sabes de que estoy hablando?

--No.

--Debes cortar el vientre y la pared uterina, y sacar al niño.

--¿Abrir a la madre?

_Si

--¿Vos lo habéis hecho?

--Varias veces. Cuando era ayudante vi a uno de mis maestros abrir una mujer viva para llegar a su hijo.

"¡Embustero!”, pensó Rob, avergonzado de escucharlo con tanto entusiasmo. Recordó lo que Barber le había contado sobre aquel hombre y los de su especie.

--¿Que ocurrió?

--Murió, pero de cualquier modo habría muerto. Yo no apruebo que se habrá a mujeres vivas, pero me han hablado de quienes lo han hecho y lograron que sobrevivieran tanto la madre como el niño.

Rob se volvió antes de que el médico de acento francés se riera de él. Pero solo había dado dos pasos cuando se sintió impulsado a volver.

--¿Donde hay que cortar?

En el polvo del camino, el judío dibujó un torso y mostró dos incisiones: una larga línea recta en el costado izquierdo, y la otra más arriba, en mitad del vientre.

--Cualquiera de las dos --dijo, y lanzó el palo a lo lejos.

Rob asintió y se marchó, imposibilitado de darle las gracias.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:37

HUESPED DE UNA FAMILIA JUDIA




Se alejó inmediatamente de Tettenhall, pero ya le estaba ocurriendo algo.

Andaba escaso de Panacea Universal y al día siguiente compró un barril de licor, haciendo un alto para mezclar una nueva serie de medicina, de la que esa misma tarde comenzó a desprenderse en Ludlow.

La panacea se vendió tan bien como siempre, pero estaba preocupado y algo agotado.

Sostener un alma humana en la palma de tu mano, como si fuera un guijarro Sentir que a alguien se le escapa la vida pero que con tus actos puedes devolvérsela! Ni siquiera un rey tiene tanto poder.

.¿Podría aprender más? ¿Cuanto era posible aprender? ¿Como será --se preguntó --aprender todo lo que puede enseñarse?” por vez primera reconoció el deseo de hacerse médico.

¡Luchar verdaderamente con la muerte! Albergaba nuevos y perturbadores pensamientos que por momentos lo embelesaban, y otras veces eran casi dolosos.

Por la mañana partió hacia Worcester, la siguiente población rumbo al sur, por el río Severn. No recordaba haber visto el río ni el sendero, ni haber conducido a Caballo, ni nada del trayecto. Llegó a Worcester y los pueblerinos quedaron boquiabiertos al ver el carromato rojo; rodó hasta la plaza, hizo un circuito completo sin detenerse y abandonó la ciudad por donde había entrado

El pueblo de Luctehurne, en Leicestershire, no era lo bastante grande para tener una taberna, pero estaba en marcha la siega del heno, y cuando se paró en una vega en la que había cuatro hombres con guadañas, el de la senda más cercana al camino interrumpió su rítmico balanceo el tiempo suficiente para indicarle cómo llegar a la casa de Edgar Thorpe.

Rob encontró al viejo a cuatro patas, en su pequeño huerto, cosechando puerros. Percibió de inmediato, con una extraña sensación de exaltación que Thorpe había recuperado la vista. Pero sufría terribles dolores reumáticos, y aunque Rob lo ayudo a incorporarse en medio de gruñidos y angustiosas exclamaciones, pasó un rato hasta que pudieron hablar en paz.

Rob bajó del carromato varios frascos de la panacea y abrió uno, contentando enormemente a su anfitrión.

--He venido a preguntarte por la operación que te devolvió la vista, Edgar Thorpe.

--¿Si? ¿Y cual es tu interés en esta cuestión?

Rob vaciló.

--Tengo un pariente que necesita un tratamiento semejante y estoy haciendo averiguaciones en su nombre.

Thorpe dio un buen trago de licor y suspiró.

--Espero que sea un hombre fuerte y de abundante coraje. Me encontraba atado de pies y manos a una silla. Crueles ataduras rodeaban mi cabeza, para fijarla contra el alto respaldo. Me habían dado a tomar más de un trago y estaba casi insensible por la bebida, pero los ayudantes me colocaron unos crueles ganchos debajo de los párpados, y me los levantaron para que no pudiera parpadear.

Cerró los ojos y se estremeció. Evidentemente, había contado la historia muchas veces, pues los pormenores estaban fijos en su memoria y los relataba sin dudar, pero no por eso Rob los encontró menos fascinantes.

--Era tal mi aflicción que solo veía como a través de una niebla que tenía directamente ante mi. Nada había en mi campo de visión Sostenía una hoja que se agrandaba a medida que descendía, hasta que me cortó el ojo.

¡Oh, el dolor me devolvió la sobriedad al instante! Tuve la seguridad de que me había cortado el ojo en lugar de quitarme la nube y le chillé, lo importuné, le grité que no me hiciera nada más. Como persistió, le arrojé una lluvia de maldiciones y le aseguré que por fin comprendía como su despreciable pueblo podía haber asesinado a nuestro bondadoso Señor.

“Cuando cortó el ojo, el dolor era tan atroz que perdí por completo el conocimiento. Desperté en la oscuridad de los ojos vendados, y durante un par de semanas sufrí espantosamente. Pero al final vi como no había visto en mucho tiempo. Tan grande fue la mejoría, que trabaje dos años más como escribiente antes de que el reuma me aconsejara reducir mis obligaciones.

Así que era verdad, pensó Rob, deslumbrado. Entonces quizá las cosas que le había contado Benjamín Merlín fuesen ciertas.

--El maestro Merlín es el mejor doctor que he visto en mi vida -dijo Edgar Thorpe--. Aunque --agregó malhumorado-- para ser un médico competente encuentra demasiadas dificultades en liberar de pesadumbre mis huesos y articulaciones.

Volvió a Tettenhall, acampó en un pequeño valle y permaneció cerca de la ciudad tres días enteros, como un galán enamorado que carece de permiso para visitar a una damisela, pero tampoco se decide a dejarla en paz. El primer granjero al que compró provisiones le informó dónde vivía Benjamín Merlín, y varias veces condujo a Caballo hasta el lugar, una granja baja con el prado bien cuidado, dependencias, un campo, un huerto y una viña. No había ninguna señal exterior de que allí viviera un médico.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:37

La tarde del tercer día, a unas millas de su casa, encontró al medico.

¿Como estas, joven barbero?

Rob respondió que bien y le preguntó por su salud. Hablaron del tiempo, y luego Merlín inclinó la cabeza a modo de despedida.

No debo rezagarme, pues tengo que visitar a tres enfermos antes de que dé por terminado el día.

¿Me permitís acompañaros y observar? --se obligó a preguntar Rob.

El medico titubeó. Parecía menos que complacido por la solicitud. Pero dijo, aunque a regañadientes.

--Me gustaría que no te entrometieras.

El primer paciente no vivía lejos; ocupaba una casita junto a una charca de gansos. Era Edwin Griffith, un anciano de tos cavernosa. Rob notó que estaba debilitado por una enfermedad catarral avanzada y que tenía un pie en la tumba.

¿Como te encuentras hoy, Edwin Griffith? --preguntó Merlín.

El viejo se retorció en un paroxismo de toses, luego resolló y suspiró.

--Sigo igual y con pocos pesares, salvo que hoy no pude alimentar a mis aves.

Merlín sonrió.

ES posible que mi joven amigo pueda atenderlos --dijo, y Rob no pudo negarse.

El anciano Griffith le dijo donde guardaba el pienso y Rob se apresuró a ir a la charca cargado con un saco. Le preocupaba que esa visita fuera pérdida para él, pues sin duda Merlín no pasaría mucho tiempo entretenido con un agonizante. Se acercó cautelosamente a los gansos, pues sabía podían ser muy traidores. Pero estaban hambrientos y solo les interesaba la comida, por lo que se lanzaron a una rebatinga, dejándolo escapar rápidamente.

Para su sorpresa, Merlín seguía hablando con Edwin Griffith cuando le vio a entrar en la casita. Rob nunca había visto que un médico trabajara escrupulosamente. Merlín hizo una serie interminable de preguntas acerca de las costumbres y la dieta del paciente, su niñez, sus padres y sus abuelos, y la causa de la muerte de todos ellos. Le tomó el pulso en la muñeca y en el cuello, apoyó la oreja contra su pecho y prestó atención. Rob estaba, observando todo atentamente.

Cuando se fueron, el anciano le dio las gracias por alimentar a los gansos parecía un día destinado a atender a los condenados, porque Merlín lo llevó a dos millas de distancia, a una casa de la plaza de la ciudad, donde la ama del magistrado se consumía atenazada de dolor.

¿Como estáis hoy, Mary Sweyn?

La mujer no respondió; se limitó a mirarlo fijamente. La respuesta fue significativa y Merlín asintió. Se sentó, le cogió la mano y le habló serenamente. Como con el anciano, pasó con ella mucho tiempo.

--Puedes ayudarme a dar la vuelta a la señora Sweyn --dijo Merlín a Rob--. Suavemente. Ahora, muy suavemente.

cuando Merlín le levantó la camisa de dormir para lavar su esquelético cuerpo notaron, en su lastimoso costado izquierdo, un forúnculo inflamado.

El médico lo rajó de inmediato con una lanceta para aliviar el dolor, y Rob observó, satisfecho, que actuó tal como lo habría hecho él. El médico dejó a la paciente un frasco lleno de una infusión calmante.

--Aun falta uno --dijo Merlín cuando cerraron la puerta de la casa de Mary Sweyn--. Se trata de Tancred Osbern, cuyo hijo me hizo saber esta mañana que se había hecho daño.

Merlín ató las riendas de su caballo al carromato y se sentó en el pescante, junto a Rob, para tener compañía.

--¿Como van los ojos de tu pariente? --le preguntó con afabilidad.

Debió haber previsto que Edgar Thorpe mencionaría la conversación y sintió que la sangre le arrebataba las mejillas.

--No tuve la intención de engañaros. Quería ver por mí mismo los resultados de la extracción del cristalino, y me pareció la manera más sencilla para justificar mi interés.

Merlín sonrió y asintió. Mientras avanzaban, explicó el método quirúrgico que había empleado para operar de cataratas a Thorpe.

--Es una intervención que no recomendaría a nadie que la hiciera por su cuenta --dijo en tono significativo, y Rob movió la cabeza afirmativamente, porque no tenía la menor intención de operar los ojos a nadie.

Cada vez que llegaban a un cruce de caminos, Merlín señalaba la dirección que debía tomar, hasta que se aproximaron a una granja próspera que presentaba el aspecto ordenado propio de una atención constante, encontraron a un granjero macizo y musculoso despotricando en un jergón relleno de paja que hacia las veces de cama.

--Ah, Tancred, ¿qué te has hecho esta vez? --preguntó Merlín.

--Me herí la condenada pierna.

Merlín echó hacia atrás la manta y arrugó la frente: el miembro derecho estaba retorcido e hinchado a la altura del muslo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:38

--Debes de tener unos dolores terribles. Pero le has dicho a tu hijo que me avisara “cuando pudiera”. La próxima vez no debes ser tan estúpidamente valeroso; de haberlo sabido, habría venido al instante --dijo con tono áspero.

El hombre cerró los ojos y asintió.

--¿Como te lo hiciste y cuando?

--Ayer a mediodía. Me caí del condenado techo mientras aseguraba la maldita paja.

--Pues no asegurarás esa paja en mucho tiempo. --Miró a Rob--. Necesitaré tu ayuda. Ve a buscar una tablilla un poco más larga que la pierna.

--No la arranques de las de pendencias ni de las vallas --gruño Osbern

Rob salió a ver qué encontraba. En el granero había bastantes troncos de haya y roble, además de un trozo de tronco de pino que había sido trabajado hasta convertirlo en una tabla. Era demasiado ancha, pero la madera era blanda y le llevó poco tiempo partirla a lo largo con las herramientas del granjero.

Osbern le lanzó una mirada furibunda cuando reconoció la tabla, pero no pronunció palabra. Merlín bajó la vista y suspiró.

--Tiene los muslos de un toro. Nos espera un buen trabajo, joven.

El médico cogió la pierna lesionada por el tobillo y la pantorrilla, trató de ejercer una presión estable, para al mismo tiempo hacer girar y enderezar el miembro retorcido. Se oyó un crujido, como el sonido que producen las hojas secas pisoteadas, y Osbern emitió un bramido ensordecedor.

--Es inútil --dijo Merlín poco después--. Sus músculos son colosales.

Se han cerrado sobre sí mismos para proteger la pierna y yo no tengo la fuerza suficiente para dominarlos y reducir la fractura.

--Déjame probar a mi --dijo Rob.

Merlín asintió, pero antes dio una jarra llena de alcohol al granjero, que hablaba y sollozaba a causa del dolor inducido por el esfuerzo fracasado.

--Otra --jadeó Osbern.

Tras la segunda jarra, Rob cogió la pierna a imitación de Merlín. Cuidando de no tironear, ejerció una presión uniforme, y la voz estropajosa de Osbern se convirtió en un prolongado aullido. Merlín había cogido al hombre por debajo de las axilas y tiraba hacia el otro lado, con el rostro congestionado y los ojos desorbitados por el esfuerzo.

--¡Creo que lo estamos logrando! --gritó Rob para que Merlín lo oyera por encima de los gritos angustiados del paciente--. ¡Allá vamos!

Entretanto, los extremos del hueso roto rechinaron entre si y se encajaron en su lugar.

El hombre cayó en un repentino silencio. Rob lo miró de soslayo para ver si se había desmayado, pero Osbern estaba flácidamente tendido, con la cara empapada por las lágrimas.

--Mantén la tensión en la pierna --dijo Merlín en tono apremiante.

Confeccionó un cabestrillo con tiras de trapo y lo ciñó alrededor del pie y el tobillo. Ató un extremo de una cuerda al cabestrillo y el otro, bien tenso, al pomo de la puerta. A continuación, aplicó la tablilla al miembro extendido.

--Ahora puedes soltarlo --dijo a Rob.

Por añadidura, ataron la pierna sana a la entablillada.

En unos minutos confortaron al exhausto paciente, dejaron instrucciones a su empalidecida mujer y se despidieron del hermano, que haría los trabajos de la granja.

Se detuvieron en el corral y se miraron. Los dos tenían la camisa mojada de sudor y la cara tan húmeda como las mejillas de Osbern.

El médico sonrió y le palmeó el hombro.

Ahora debes venir conmigo a casa para compartir la cena.

--Mi Deborah --dijo Benjamín Merlín.

La esposa del doctor era una mujer rolliza con figura de paloma, una a delgada naricilla y mejillas coloradotas. Palideció cuando vio a Rob y se sometió rígidamente a la presentación. Merlín llevó al patio un cuenco con agua de manantial, para que Rob se refrescara. Mientras Rob se lavaba oyó que en interior de la casa la mujer arengaba a su marido en una lengua que nunca había oído.

Cuando salió a lavarse a su vez, el médico sonreía.

--Debes disculparla. Tiene miedo. Las leyes dicen que no debemos recibir a cristianos en nuestros hogares durante las fiestas religiosas. Pero ésta no puede considerarse tal. Será una cena sencilla. --Miró penetrantemente a Rob mientras se secaba--. No obstante, puedo traerte la comida afuera si prefieres no sentarte a la mesa.

--Estoy agradecido de que me permitáis comer con vos, maestro.

Merlín asintió.

Una cena extraña.

Estaban los padres y cuatro niños, tres de ellos varones. La pequeña se llamaba Leah y sus hermanos, Jonathan, Ruel y Zechariah. ¡Los niños y el padre se sentaron a la mesa con unos gorritos puestos! Cuando la mujer llevó a la mesa un pan caliente, Merlín hizo una señal a Zechariah, que partió un pedazo y comenzó a hablar en la lengua gutural que Rob había oído antes. Su padre lo interrumpió.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:38

--Esta noche el brochot será en inglés, por cortesía hacia nuestro invitado.

--Bendito seas, Dios nuestro Señor, Rey del Universo --entonó dulcemente el niño--, que produces el pan de la tierra.

Entregó el pan a Rob, que lo encontró bueno y lo pasó a los demás.

Merlín sirvió vino tinto de una jarra. Rob siguió el ejemplo de los demás y levantó su copa cuando el padre hizo una señal a Ruel.

--Bendito seas, Dios nuestro Señor, Rey del Universo, que creaste el fruto de la vida.

La cena consistía en sopa de pescado hecha con leche, no como la preparaba Barber, sino picante y sabrosa. Luego comieron manzanas del huerto del judío. El niño pequeño, Jonathan, dijo indignado a su padre que los conejos estaban consumiendo las coles.

--Entonces tu debes consumir los conejos --dijo Rob--. Tienes que cazarlos para que tu madre pueda servir un delicioso estofado.

Se produjo un extraño silencio, pero en seguida Merlín sonrió.

--Nosotros no comemos conejo ni liebre, porque no son kosher.

Rob notó que la señora Merlín mostraba inquietud, como si temiera que él no comprendiera sus costumbres.

--Es un conjunto de leyes dietéticas, viejas como el mundo.

Merlín explicó que los judíos no podían comer animales no rumiante s que no tuvieran la pezuña hendida. Tampoco carne junto con leche

la Biblia advertía que el cordero no debía hervir en el flujo de la ubre materna Y no se les permitía beber sangre ni comer carne que no hubiese sido sangrada a fondo y salada.

Rob se quedó confuso, y se dijo que la señora Merlín tenía razón: no comprendía a los judíos. ¡Eran auténticos paganos!

Se le revolvió el estomago cuando el médico dio las gracias a Dios por alimentos exentos de sangre y de carne.

Preguntó si le permitían acampar en el huerto aquella noche. Benjamín insistió en que durmiera bajo techo, en el granero adjunto a la casa.

Poco después, Rob se tendió en la fragante paja y, a través de la delgada pared oyó el agudo ascenso y descenso de la voz de la mujer. Sonrió tristemente en la oscuridad, pues conocía la esencia del mensaje a pesar de que las palabras eran ininteligibles.

--No conoces a ese sujeto de aspecto brutal, y lo traes aquí. ¿No has notado su nariz torcida y la cara magullada, y las costosas armas de criminal?

¡Nos asesinará cuando estemos durmiendo!

Al rato, Merlín entró en el granero con un frasco muy grande y dos copas de madera. Entregó una de ellas a Rob y suspiró.

--En cualquier otro sentido es una mujer excelente --dijo mientras llenaba las copas--. Para ella es difícil estar aquí, porque se siente separada de muchas cosas y seres queridos.

La bebida era buena y fuerte, descubrió Rob.

--¿De que parte de Francia sois?

--Como el vino que bebemos, mi mujer y yo somos originarios de la aldea de Falaise, donde viven nuestras familias bajo la benevolente guía de Alberto de Normandía. Mi padre y dos hermanos son vinateros y proveedores del comercio inglés.

Siete años atrás, prosiguió Merlín, había regresado a Falaise después de estudiar en Persia, en una academia para médicos.

--¡Persia! --Rob no tenía la menor idea de donde estaba Persia, pero sabía que era muy lejos--. ¿En que dirección esta Persia?

Merlín sonrió.

--En Oriente. Muy al este.

--¿Y como vinisteis a Inglaterra?

Al retornar a Normandía como médico, dijo Merlín, descubrió que en el protectorado del duque Roberto había demasiados profesionales de la medicina. Fuera de Normandía los conflictos eran constantes, así como los inciertos peligros de la guerra y la política: duque contra conde, nobles contra rey.

--En mi juventud había estado dos veces en Londres con mi padre, el mercader en vinos. Recordaba la belleza del campo inglés, y en toda Europa conocida la estabilidad que ha instaurado el rey Canuto. De modo que decidí asentarme en este lugar rodeado de paz y de verdores.

--¿Y ha resultado acertada la elección de Tettenhall?

Merlín asintió.

--Pero existen dificultades. En ausencia de quienes comparten nuestra religión no podemos orar correctamente a Dios, y es harto difícil cumplir las prescripciones alimentarias. Hablamos a nuestros hijos en su propia lengua, pero ellos piensan en la de Inglaterra y, pese a nuestros esfuerzos, ignoran muchas costumbres de su pueblo. Ahora estoy intentando atraer aquí a otros judíos de Francia.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:39

Se inclinó para servir más vino, pero Rob cubrió su copa con la mano.

--Me mareo si tomo más de un trago, y necesito tener la cabeza despejada.

--¿Por qué me has buscado, joven barbero?

--Habladme de la escuela de Persia.

--Está en la ciudad de Ispahán, en la parte occidental del país.

--¿Por que fuisteis tan lejos?

--¿A que otro sitio podía ir? Mi familia no quería ponerme de aprendiz con un médico pues, aunque me duele reconocerlo, en casi toda Europa mis colegas forman una pandilla de parásitos y bribones. Hay un gran hospital en Paris, el Hotel Dieu, que solo es un lazareto para pobres al que arrastran a los desesperados para que mueran allí. Hay una escuela de medicina en Salerno, un lugar lamentable. Por su relación con otros mercaderes judíos, padre se enteró de que en los países de Oriente los árabes habían hecho arte de la ciencia de la medicina. En Persia, los musulmanes tienen en Ispahán un hospital que es un auténtico centro curativo. En este hospital hay una pequeña academia del lugar Avicena forma a sus doctores.

--¿Quien?

--El medico más eminente del mundo, Avicena, cuyo nombre arabe Ahu Ali at-Husain ibn Abdullah ibn Sina.

Rob pidió a Merlín que repitiera la extraña melodía del nombre, hasta que lo memorizó.

--¿Es difícil llegar a Persia?

--Varios años de peligroso trayecto. Viajes por mar, una larga travesía por tierra cruzando terribles montañas y vastos desiertos. --Merlín miró penetrantemente a su huésped--. Debes quitarte de la cabeza las academias persas. ¿Cuanto sabes de tu propia fe, joven barbero? ¿Estas familiarizado con los problemas de tu Papa ungido?

Rob se encogió de hombros.

--¿Juan XIX?

En verdad, más allá del nombre del pontífice y del hecho de que regía la Santa Iglesia, Rob no sabía nada.

--Juan XIX. Es un Papa que está a horcajadas entre dos Iglesias gigantescas en lugar de una, a la manera de un hombre que intenta montar dos caballos. La Iglesia occidental siempre le muestra fidelidad, pero en la Iglesia oriental hay constantes rumores de descontento. Hace doscientos años, el patriarca Focio se rebeló al frente de los católicos orientales en Constantinopla, y desde entonces ha cobrado fuerza el movimiento hacia un cisma en Iglesia.

“En tus propios tratos con los sacerdotes habrás observado que desconfían de médicos, cirujanos y barberos, creyendo que por medio de la oración ellos son los únicos guardianes legítimos de los cuerpos de los hombres, además de sus almas.

Rob refunfuñó.

--La antipatía de los sacerdotes ingleses hacia quienes ejercen el arte es insignificante en comparación con el odio que sustentan los sacerdotes católicos orientales por las escuelas de medicina árabes y otras academias musulmanas. Viviendo codo con codo con los musulmanes, la Iglesia oriental está entregada a una guerra virulenta y constante con el Islam para atraer a los hombres hacia la gracia de la única fe verdadera. La jerarquía oriental ve en los centros de enseñanza árabes una incitación al paganismo y una terrible amenaza. Hace quince años, Sergio II, que entonces era Patriarca de la Iglesia oriental, declaró que todo cristiano que asistiera a una escuela musulmana situada al este de su patriarcado, era un sacrílego y un quebrantador de la fe, culpable de prácticas paganas. Ejerció presiones para que el Santo Padre de Roma se sumara a esta declaración. Benedicto VIII trataba de ser elevado a la Santa Sede. Un presagio le señala como el Papa que presenciaría la disolución de la Iglesia. Para apaciguar al descontento oriental, cumplimentó de buena gana la solicitud de Sergio. El castigo por paganismo es la excomunión.

Rob frunció los labios.

--Es un castigo severo.

El medico asintió.

--Más severo aun en el sentido de que conlleva terribles penas según las leyes seculares. Los códigos promulgados bajo los reinados de Ethelred y Canuto consideran que el paganismo es un delito mayor. Los convictos han sufrido espantosos castigos. Algunos fueron cubiertos con pesadas cadenas y enviados a deambular como peregrinos durante años, hasta que los grilletes se oxidaron y cayeron de sus cuerpos. Varios fueron quemados en la hoguera. A algunos los ahorcaron y otros fueron arrojados a la cárcel, donde permanecen.

Los musulmanes, por su parte, no desean educar a miembros de una religión hostil y amenazante, y hace años que las academias del califato oriente no admiten a estudiantes cristianos.

--Comprendo --dijo Rob, consternado.

--Una posibilidad para ti es España. Se encuentra en Europa, en la parte oeste del califato occidental. Allí conviven con facilidad ambas religiones. Hay unos cuantos estudiantes de Francia. Los musulmanes han establecido grandes universidades en ciudades como Córdoba, Toledo y Sevilla. Si te gradúas en una de ellas, serás reconocido como erudito. Y aunque es difícil llegar a España, no tiene punto de comparación con el viaje a Persia.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:39

--¿y por que no fuisteis vos a España?

--Porque a los judíos se les permite estudiar en Persia. Y yo quería tocar el borde de la vestimenta de Ibn Sina.

Rob frunció el entrecejo.

--Yo no quiero atravesar el mundo para convertirme en un erudito. Solo quiero llegar a ser un buen médico.

Merlín se sirvió más vino.

--Me confundes... Eres un joven corzo, pero usas un traje de fino paño cuyo lujo yo no puedo permitirme. La vida de un barbero tiene sus compensaciones. ¿Para qué quieres ser médico? ¿Qué significara un trabajo arduo que no tienes la seguridad de que te va a proporcionar riqueza?

--Me han enseñado a medicar varias dolencias. Sé cortar un dedo estropeado y dejar un muñón pulcro. Pero mucha gente va a verme y me paga, no se cómo ayudarla. Soy ignorante. Me digo a mi mismo que algunos pacientes podrían salvarse si yo supiera más.

--Y aunque estudiaras medicina durante más de una vida, acudiría la gente cuyas enfermedades son misterios, porque la angustia que mencionas es parte integrante de la profesión de curar, y hay que aprender a vivir con ella. Aunque es verdad que cuanto mejor sea la preparación, mejor doctor puedes ser. Me has dado la mejor razón posible de tu ambición. --Merlín vació su copa con expresión reflexiva--. Si las escuelas árabes no son para ti debes observar a los médicos de Inglaterra hasta que encuentres al mejor entre los que atienden a los pobres, y tal vez puedas convencerlo de que te tome como aprendiz.

--¿Conocéis a algunos?

Si Merlín entendió la insinuación, no se dio por enterado. Meneo la cabeza y se puso en pie.

--Pero los dos nos hemos ganado un buen descanso, y mañana, debemos estar frescos, reanudaremos la cuestión. Que tengas buenas noches, joven barbero

--Buenas noches, maestro médico.

Por la mañana había gachas calientes de guisantes y más bendiciones hebreo. Todos los miembros de la familia se sentaron y rompieron juntos el ayuno nocturno, mirándolo furtivamente mientras él hacia lo mismo que ellos. La señora Merlín parecía enfadada como siempre, y bajo la cruel luz del día era visible una leve línea de vello oscuro sobre su labio superior. Rob vio unos flecos que asomaban por debajo de las chupas de Benjamín Merlín y de Ruel. Las gachas eran de buena calidad.

Merlín le preguntó amablemente si había pasado bien la noche.

--He pensado en nuestra conversación. Lamentablemente, no se ocurre ningún médico al que pueda recomendar como maestro y ejemplo --La mujer llevó a la mesa un cesto lleno de grandes moras, y Merlín sonrío de oreja a oreja--. Sírvetelas tu mismo para acompañar las gachas; son exquisitas.

--Me gustaría que me aceptarais como aprendiz --dijo Rob.

Para su gran decepción, Merlín movió negativamente la cabeza. Rob se apresuró a decir que Barber le había enseñado muchas cosas.

--Ayer os fui útil. En breve podría ir solo a visitar a vuestros pacientes cuando haga mal tiempo, facilitándoos así las cosas.

--No.

--Vos mismo habéis observado que tengo sentido de la curación --añadió obstinado--. Soy fuerte y también podría hacer trabajos pesados; lo que fuera necesario. Un aprendizaje de siete años. O más; tanto tiempo como digáis.

En su agitación se había incorporado y, sin querer, movió la mesa, tirando las gachas.

--Imposible --rechazó Merlín.

Rob estaba confundido. Tenía la certeza de que resultaba simpático a Merlín.

-¿Carezco de las cualidades necesarias?

--Posees excelentes cualidades. Por lo que he visto, podrías ser un excelente médico.

--¿Entonces?

--En esta, la más cristiana de las naciones, no soportarían que fuera tu maestro.

--¿A quien puede importarle?

A los sacerdotes. Ya les ofende que haya sido forjado por los judíos de Francia y templado en una academia islámica, pues lo consideran como composición entre peligrosos elementos paganos. No me quitan ojo de encima.

con el temor de que un día interpreten mis palabras como brujería o olvide de bautizar a un recién nacido.

--Si no queréis aceptarme --dijo Rob--, sugeridme al menos un médico que pueda presentarme.

--Ya te he dicho que no recomiendo a ninguno. Pero Inglaterra es vasta hay muchos doctores que no conozco.

Rob apretó los labios y apoyó la mano en la empuñadura de la espada.

--Anoche dijisteis que seleccionara al mejor entre los que atienden a los pobres. ¿Cual es el mejor entre los que conocéis?

Merlín suspiro y respondió al acoso.

--Arthur Giles, de Saint Ives --replicó fríamente, y volvió a concentrarse en el desayuno.

Rob no tenía la menor intención de desenvainar, pero los ojos de la mujer estaban fijos en su espada y no logró contener un gemido estremecedor, convencida de que se estaba cumpliendo su profecía. Ruel y Jonathan lo miraban fijamente, pero Zechariah se echó a llorar.

Estaba abrumado de vergüenza por la forma en que había correspondido a tanta hospitalidad. Intentó disculparse, pero no logró plasmarlo en palabras; finalmente, se apartó del hebreo francés, que metía la cuchara en sus khas, y abandonó la casa.

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Algo para leer # 01 - Página 3 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:39

EL ANCIANO CABALLERO




Semanas atrás habría tratado de librarse de la vergüenza y la cólera estudiando el fondo de una copa, pero había aprendido a ser cauto con el alcohol. Le constaba que cuanto más tiempo prescindía de la bebida, más fuertes eran las emanaciones que recibía de los pacientes cuando les cogía las manos, y cada vez adjudicaba mayor valor a ese don. Así, en lugar de entregarse a la bebida, paso el día con una mujer en un claro, a orillas del Severn, unas millas más allá de Worcester. El sol había entibiado la hierba casi tanto como la sangre de la pareja. Ella era ayudante de una costurera, tenía los dedos estropeados por los pinchazos de la aguja, y un cuerpo menudo y firme que se volvió resbaladizo cuando nadaron en el río.

--¡Mira, resbalas como una anguila! --gritó Rob, y se sintió mejor.

Ella fue rápida como una trucha, pero el muy torpe, como un gran monstruo marino, cuando bajaron juntos a través de las verdes aguas. Las manos de Myra le separaron las piernas, y mientras pasaba entre ellas nadando, Rob le palmeó los costados pálidos y tiesos. El agua estaba fría, pero hicieron dos veces el amor en la calidez de la orilla, y así Rob descargó su rabia, mientras a un centenar de yardas Caballo ramoneaba y Señora Buffiftgton los observaba tranquilamente. Myra tenía diminutos pechos puntiagudos y un monte de sedoso vello castaño. "Más una planta que un monte” , pensó Rob irónicamente; era más niña que mujer, aunque sin duda había conocido otros hombres.

--¿Cuantos años tienes, muñequita? --le preguntó ociosamente.

--Quince, me han dicho.

Tenía exactamente la edad de su hermanita Anne Mary, comprendió Rob, y se entristeció al pensar que en algún lugar la niña ya había crecido pero le era desconocida.

Súbitamente lo asaltó una idea tan monstruosa que lo debilitó y le dio la impresión de que se apagaba la luz del sol.

--¿Siempre te has llamado Myra?

La pregunta fue recibida con una atónita sonrisa.

--Claro; siempre me he llamado Myra Felker. ¿Que otro nombre podría tener? --¿Y has nacido por aquí, muñequita?

--Me parió mi madre en Worcester y aquí he vivido siempre --respondió alegremente.

Rob asintió y le acarició la mano.

Sin embargo --pensó muy consternado---, dada la situación, no era imposible que algún día se encamara con su propia hermana sin saberlo. Resolvió que en el futuro no tendría nada que ver con jovencitas de la edad de Anne Mary.

La deprimente idea dio al traste con su humor festivo y comenzó a reunir sus prendas de vestir.

--Entonces, ¿debemos irnos?--inquirió ella, compungida.

--Si, porque me espera un largo camino hasta Saint Ives.

Arthur Giles, de Saint Ives, resultó decepcionante, aunque Rob no tenía derecho a albergar grandes expectativas, porque evidentemente Benjamín Merlín se lo había recomendado bajo coerción. El médico era un viejo gordo y mugriento que parecía estar como mínimo un poco loco. Criaba cabras y tenía que haberlas mantenido en el interior de la casa largo tiempo porque la estancia apestaba.

--Lo que cura es la sangría, joven forastero. Nunca lo olvides. Cuando todo fracasa, un purificador drenaje de la sangre, y otro y otro. ¡Eso es lo que cura a los cabrones! --gritó Giles.

Respondió a sus preguntas de buena gana, pero cuando hablaban de otro tratamiento distinto de la sangría, era evidente que Rob tenía mucho que enseñarle al viejo. Giles no poseía ningún saber de medicina, ningún bagaje de conocimientos que pudiera aprovechar un discípulo. El médico se ofreció a tomarlo como aprendiz y se puso furioso cuando Rob declinó amablemente su ofrecimiento. Rob se alejó dichoso de Saint Ives, pues más le valía seguir de barbero que convertirse en un ser como aquel.

Durante varias semanas creyó que había renunciado al poco práctico sueño de hacerse médico. trabajo duramente en los espectáculos, vendió ingentes cantidades de Panacea Universal, y se sintió gratificado por lo abultado de su bolsa. Señora Buffington crecía con su prosperidad, del mismo modo que el se había beneficiado con la de Barber; la gata comía finos sobrantes y adquirió el tamaño adulto: una enorme felina blanca con insolentes ojos verdes. Se creía una leona y siempre buscaba camorra. En la ciudad de Rochester desapareció durante el espectáculo y volvió al campamento con el crepúsculo, mordida en la pata delantera derecha y con menos de media oreja izquierda; su pelaje blanco estaba salpicado de carmesí.

Rob lavó sus heridas y la atendió como a una amante.

--Ah, Señora. Tienes que aprender a evitar las rencillas, como he hecho yo, porque no te servirán de nada.

Le dio leche y la sostuvo en el regazo, delante del fuego. Ella le lamió la mano. Quizá Rob tenía una gota de leche entre los dedos, o tal vez olía a cocoa, pero prefirió interpretarlo como un mimo y acarició su suave pelaje, decido por su compañía.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:40

--Si tuviera expedito el camino para asistir a la escuela musulmana --le dijo--, te llevaría en el carromato, enfilaría a Caballo hacia Persia y nada nos impediría llegar a ese pagano lugar.

“Abu Ali at-Husain ibn Abdullah ibn Sina”, pensó melancólicamente.

--¡AI infierno con vosotros, árabes! --dijo en voz alta, y se acostó.

Las silabas hormigueaban en su mente como una letanía obsesionante y burlona. "Abu Ali at-Husain Ibn Abdullah Ibn Sina, Abu Ali at-Husain Ibn lullah Ibn Sina...”, hasta que la misteriosa repetición superó el hervor de la sangre, y se quedó dormido.

Soñó que estaba enzarzado en combate con un odioso y anciano caballero, cuerpo a cuerpo con sus dagas. El anciano caballero se tiró un pedo y se burló de el. Rob notó herrumbre y líquenes en la armadura negra. Sus cabezas estaban tan próximas que vio colgar los mocos y la corrupción de la huesuda nariz, se asomó a sus ojos terribles y percibió el hedor enfermizo del aliento del caballero. Lucharon desesperadamente. Pese a su juventud y su fuerza, Rob sabía que el puñal del espectro oscuro era despiadado y su armadura, indestructible. Más allá se veían las víctimas del caballero: mamá, papá, el dulce Sabel, Barber, incluso Incitatus y el oso Bartram. La cólera dio fuerzas a Rob, que ya sentía que la inexorable hoja penetraba su cuerpo.

Al despertar descubrió que la parte exterior de su ropa estaba húmeda por el rocío y la interior, húmeda del sudor del sueño. Echado bajo el sol matinal, mientras un petirrojo cantaba su regocijo en las cercanías, comprendió que aunque el sueño había acabado, el no lo estaba. Era incapaz de renunciar al combate.

Quienes se habían ido jamás volverían, y así eran las cosas. Pero ¿había algo mejor que pasarse la vida luchando contra el Caballero Negro? A su manera, el estudio de la medicina era algo que amar, a falta de una familia.

Decidió, cuando la gata se frotó contra él con la oreja sana, entregarse a ese problema era desalentador. Montó espectáculos sucesivamente en Northampton, Bedford y Hertford, y en cada uno de esos sitios buscó a los médicos y habló con ellos y comprobó que sus conocimientos combinados eran inferiores a los de Barber. En el pueblo de Maldon, la reputación de carnicero del medico era tal que cuando Rob J. pidió instrucciones a los transeúntes para llegar a su casa, todos palidecieron y se santiguaron.

No serviría de nada colocarse de aprendiz de uno de aquellos médicos.

Se le ocurrió que otro doctor hebreo podría estar más dispuesto a aceptarlo que Merlín. En la plaza de Maldon interrumpió sus pasos donde unos obreros estaban levantando una pared de ladrillos.

--¿Conocéis a algún médico judío en este sitio? --preguntó al maestro.

El hombre lo miró fijamente, escupió y se volvió.

Preguntó a otros que estaban en la plaza, pero los resultados no fueron mejores. Por último, encontró a uno que lo examinó con curiosidad.

--¿por que buscas a los judíos?

--Busco a un médico judío.

El hombre asintió, comprensivamente.

--Tal vez Cristo sea misericordioso contigo. Hay judíos en la ciudad de Malmesbury, y tienen un medico que se llama Adolescentoli --dijo.

El trayecto desde Maldon hasta Malmesbury le llevó cinco días, con paradas en Oxford y Alveston para montar el espectáculo y vender la medicina. Rob creyó recordar que Barber le había hablado de Adolescentoli como un médico famoso, y se encaminó a Malmesbury cansado, al tiempo que la noche caía sobre la aldea pequeña e informe. En la posada le sirvieron una cena sencilla pero reconfortante. Barber habría encontrado insípido el guiso de cordero, pero tenía mucha carne; después pagó para que extendieran paja fresca en un rincón de la sala dormitorio.

A la mañana siguiente, al tiempo que desayunaba, pidió al posadero que le hablara de los judíos de Malmesbury. El hombre se encogió de hombros como diciendo: "¿Que se puede decir?”

--Siento curiosidad, porque hasta hace muy poco no conocía a ningún judío.

--Eso se debe a que escasean en nuestra tierra. El marido de mi hermana, que es capitán de barco y ha viajado mucho, dice que abundan en Francia. Según él, se los encuentra en todos los paises, y cuanto más al este se viaje, más numerosos son.

--¿Aquí vive entre ellos Isaac Adolescentoli, el médico?

El posadero sonrió.

--No; claro que no. Son ellos los que viven alrededor de Isaac Adolescentoli, mamando de su sabiduría.

--Entonces, ¿es celebre?

--Es un gran medico. Muchos vienen desde lejos para consultarlo y se hospedan en esta posada --informo, orgulloso--. Los sacerdotes hablan mal de él; naturalmente, pero yo sé --se metió un dedo en la nariz y se inclinó que como mínimo en dos ocasiones lo sacaron de la cama en medio de la noche y lo despacharon a Canterbury para atender al arzobispo Ethelnoth, quien el año pasado se creía agonizante.

Le indicó como llegar a la colonia judía, y poco después Rob cabalgaba junto a los muros de piedra gris de la abadía de Malmesbury, a través montes y campos, y un escarpado viñedo en el que unos monjes recogían uvas. Un soto separaba las tierras de la abadía de las viviendas de los judíos no más de una docena de casas apiñadas. Tenían que ser judíos: unos hombres como cuervos, con negros caftanes sueltos y sombreros de cuero forma de campana, serraban y martillaban, levantando un cobertizo. Rob llegó a un edificio más grande que los demás, cuyo amplio patio estaba lleno de caballos y carros atados.

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