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Algo para leer # 01

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Algo para leer # 01 - Página 6 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:57

--Óyeme bien --dijo Zevi--. Estos tres son judíos ambulantes. Saben cuando deben aventurarse y cuando no. Cuando deben esconderse. Cuando buscar protección o ayuda en cualquier lugar a lo largo del camino.

volvió hacia Lonzano--. ¿Que dices tú, amigo? ¿Lo llevarás o no?

Reb Lonzano miró a sus dos compañeros. Ellos guardaban silencio, y sus impenetrables expresiones no cambiaron, pero debieron de transmitirle algo porque cuando volvió a mirar a Rob, Lonzano asintió.

--De acuerdo; te damos la bienvenida. Zarparemos al amanecer desde un muelle del Bósforo.

--Allí estaré con mi caballo y mi carro.

Aryeh refunfuñó y Loeb suspiró.

--Ni caballo ni carro --sentenció Lonzano--. Navegaremos por el Mar Negro en embarcaciones pequeñas, con el fin de ahorrarnos un viaje largo y peligroso por tierra.

Zevi apoyó su manaza en la rodilla de Rob.

--Si están dispuestos a llevarte, es una oportunidad excelente. Vende el caballo y el carro.

Rob tomó una decisión inmediata y asintió.

--¡Mazel! --dijo Zevi con serena satisfacción, y escanció vino tinto para formalizar el trato.

Desde el caravasar fue directamente al establo. Ghiz resolló al verlo.

--¿Eres Yahud?

--Soy Yahud.

Ghiz asintió temeroso, convencido de que aquel mago era un djnni que podía alterar su identidad a voluntad.

--He cambiado de idea: te venderé el carro.

El persa le hizo una oferta miserable, apenas una fracción del valor carromato.

--No; me pagarás un precio justo.

--Puedes quedarte con tu endeble carro. Pero si quieres venderme la yegua...

--La yegua te la regalo.

Ghiz entrecerró los ojos, tratando de ver por donde venía el peligro.

--Tienes que pagarme un precio justo por el carro, pero te regalo la yegua.

Se acerco a Caballo y le frotó el hocico por última vez, agradeciéndole en silencio los fieles servicios prestados.

--Hay algo que siempre debes tener en cuenta. Este animal trabaja con buena voluntad, pero debe estar bien y regularmente alimentado, y siempre limpio para que no le salgan llagas. Si cuando vuelvo está sano, nada te ocurrirá. Pero si lo has maltratado..

Sostuvo la mirada de Ghiz, que palideció y desvió la vista.

--La trataré bien, hebreo. ¡La tratare muy bien!

El carromato había sido su único hogar durante muchos años. Además, como decirle adiós al último recuerdo de Barber.

Tuvo que dejar también la mayor parte de su contenido, lo que resulto una ganga para Ghiz. Rob cogió su instrumental quirúrgico y un surtido de hierbas medicinales; la cajita de pino para los saltamontes, con la tapa perforada; sus armas y unas pocas cosas más.

Pensó que había sido moderado, pero a la mañana siguiente, mientras acarreaba un gran saco de paño a través de las calles todavía oscuras, se sintió menos seguro. Llegó al muelle del Bósforo cuando la luz viraba al gris, y Reb Lonzano observo agriamente el bulto que le obligaba a encorvar la espalda.

Cruzaron el estrecho del Bósforo en un teimil, un esquife largo y bajo que era poco más que un tronco de árboles ahuecado, embreado y equipado con un solo par de remos que accionaba un joven somnoliento. Desembarcaron en la otra orilla, en Uskudar, una población de chozas agrupadas junto al muelle, cuyos amarraderos estaban atestados de embarcaciones de todo tipo y tamaño. Rob se enteró, con gran consternación, que les esperaba una hora de caminata hasta la pequeña bahía donde anclaba la barca que los llevaría a través del Bósforo y luego costearía el mar Negro. Cargo sobre los hombros el pesado bulto y siguió a los otros tres.

De inmediato, se encontró andando al lado de Lonzano.

--Zevi me contó lo que ocurrió entre tu y el normando en el caravasar.

No debes dar rienda suelta a tu temperamento si no quieres ponernos en peligro a todos.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:57

--Si, Reb Lonzano.

Exhaló un profundo suspiro cuando desplazó al otro lado el peso del saco.

--¿Ocurre algo, Inghiltz?

Rob meneó la cabeza. Sosteniendo el bulto sobre el hombro dolorido, y mientras un sudor salado le corría por los ojos, pensó en Zevi y sonrió.

--Ser judío es muy difícil --comentó.

Por último, llegaron a una ensenada desierta y Rob vio, meciéndose en el oleaje, un carguero ancho y achaparrado, con un mástil y tres velas, una grande y dos pequeñas.

--¿Que clase de embarcación es esa? --preguntó a Reb Aryeh.

--Una chalana. Una buena embarcación.

--¡Vamos! --gritó el capitán.

Era Ilias, un griego rubio y feucho, con la tez bronceada por el sol y una cara en la que una sonrisa con pocos dientes exhibía su blancura. Rob pensó que era un comerciante insensato, pues a bordo aguardaban nueve esperpentos con la cabeza afeitada, sin cejas ni pestañas.

Lonzano gruñó.

--Derviches, monjes errantes musulmanes.

Sus capuchas eran harapos mugrientos. Del cordón atado alrededor de la cintura de cada uno, colgaban un jarro y una honda. Todos tenían en el centro de la frente una marca redonda y oscura semejante a un callo costroso; más adelante, Reb Lonzano le contó a Rob que esa marca era el zabiba, corriente entre los musulmanes devotos que apretaban la cabeza contra el suelo durante la oración, cinco veces por día.

Uno de ellos, probablemente el jefe, se llevó las manos al pecho y se inclinó ante los judíos.

--Salaam.

Lonzano devolvió el saludo con la correspondiente inclinación.

--Salaam aleikhem.

--¡Vamos! ¡Vamos! --gritó el griego.

Vadearon hacía la acogedora frescura de la rompiente, donde la tripulación, compuesta por dos jóvenes con taparrabos, esperaba para ayudarlos a subir la escala de cuerda de la chalana, de escaso calado. No había cubierta ni estructura; solo un espacio abierto ocupado por el cargamento de madera, resina y sal. Como Ilias insistió en que dejaran un pasillo central para que la tripulación pudiera manipular las velas, quedaba muy poco espacio para los pasajeros, y después de estibar sus bultos, judíos y musulmanes se vieron apretujados como arenques en salmuera.

Mientras levaban las dos anclas, los derviches comenzaron a aullar. Su jefe, que se llamaba Dedeh, tenía la cara envejecida y, además del zabiba, lucía tres marcas oscuras en la frente que semejaban quemaduras. Echó hacia atrás la cabeza y grito a los cielos:

--Allah Ek-beeer.

El sonido alargado pareció quedar suspendido sobre el mar.

--La ilah illallah --coreo su congregación de discípulos.

--Allah Ek-beeer La chalana derivó a la altura de la costa, encontró el viento con mucha ondulación de sus velas, y avanzó en derechura al este.

Rob estaba atascado entre Reb Lonzano y un derviche joven, muy flaco, con una sola quemadura en la frente. Poco después, el joven musulmán le sonrió y, hundiendo la mano en su bolsa, sacó cuatro trozos de pan seco, que distribuyo entre los judíos.

--Dale las gracias en mi nombre --dijo Rob--; yo no quiero.

--Tenemos que comerlo --objetó Lonzano--. De lo contrario, los ofenderemos gravemente.

--Esta hecho con harina noble --aclaró tranquilamente el derviche, en persa--. Es un pan inmejorable.

Lonzano miró airado a Rob, sin duda enfadado porque no hablaba la Lengua. El joven derviche los observó comer pan, que sabía a sudor solidificado.

--Yo soy Melek abu Ishak --se presentó el derviche.

--Yo soy Jesse ben Benjamín.

El derviche asintió y cerro los ojos. En breve estaba roncando, lo que Rob consideró una muestra de sensatez, porque viajar en chalana era sumamente aburrido. Ni la vista del mar ni el paisaje terrestre cercano parecían cambiar. No obstante, tenía cosas en que pensar. Cuando pregunto a Ilias por qué no se despegaban de la línea de la costa, el griego sonrió.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:58

--No pueden venir a cogernos en aguas poco profundas --explicó.

Rob siguió con la vista el dedo índice de Ilias y vio, a lo lejos, unas nubes de orillas blancas que, en realidad, eran las grandes velas de un barco.

--Piratas --dijo el griego--. Quizá albergan la esperanza de que el viento nos arrastre a alta mar, y en este caso nos matarían y se llevarían mi cargamento y vuestro dinero.

A medida que el sol se elevaba, un hedor a cuerpos que no se lavaban desde hacía tiempo comenzó a dominar la atmósfera en torno a la embarcación. Por lo general, lo disipaba la brisa marina, pero cuando no era así, resultaba muy desagradable. Rob decidió que emanaba de los derviches, y trató de apartarse de Melek abu Ishak, pero no había lugar. Sin embargo, el viajar con musulmanes tenía sus ventajas, porque cinco veces diarias Ilias atracaba para permitir que se postraran en dirección a la Meca. Estos intervalos representaban otras tantas oportunidades para que los judíos comieran deprisa en tierra o se ocultaran detrás de los arbustos y las dunas a fin de aliviar intestinos y vejigas.

Hacía tiempo que su piel inglesa se había bronceado en los caminos, pero ahora sentía que el sol y la sal la transformaban en cuero. Al caer la noche fue una bendición la ausencia de sol, pero pronto el sueño desvió de su posición perpendicular a los que iban sentados, y se vio atrapado entre los pesos muertos de un Melek ruidoso y adormecido, a la derecha, y un Lonzano inconsciente a la izquierda. Cuando no soportó más, apeló a los codos y recibió fervientes imprecaciones de ambos lados.

Los judíos oraban en la embarcación. Todas las mañanas Rob se ponía su tefillín cuando lo hacían los otros, y enroscaba la tira de cuero alrededor de su brazo izquierdo tal como había practicado con la cuerda en el establo de Tryavna. Envolvía la cuerda alrededor de un dedo si y otro no, inclinaba la cabeza sobre su regazo y albergaba la esperanza de que nadie notara que no sabía lo que estaba haciendo.

Entre desembarco y desembarco, Dedeh dirigía las oraciones a bordo:

--¡Dios es grande! ¡Dios es grande! ¡Dios es grande! ¡Dios es grande!

--¡Confieso que no hay otro Dios sino Dios! ¡Confieso que no hay otro Dios sino Dios!

--¡Confieso que Mahoma es el Profeta de Dios! ¡Confieso que Mahoma es el Profeta de Dios!

---Eran derviches de la orden de Selman, el barbero del Profeta, juramentados para observar de por vida pobreza y piedad, según informó Melek a Rob. Los harapos que usaban significaban la renuncia a los lujos de este mundo. Lavarlos significaría abjurar de su fe, lo que explicaba el hedor. Llevar todo el vello del cuerpo afeitado simbolizaba que se quitaban el vello existente entre Dios y sus siervos. Los jarros que llevaban colgados de la cintura eran señal del profundo pozo de meditación, y las hondas estaban destinadas a ahuyentar al diablo. Las quemaduras en la frente eran de utilidad en la penitencia, y ofrecían trozos de pan a los desconocidos porque Gabriel había llevado pan a Adán en el Paraíso.

Estaban haciendo un zaret, un peregrinaje a los sagrados sepulcros de La Meca.

--¿Por que vosotros os atáis cuero alrededor de los brazos por la mañana? --le preguntó Melek.

--Por mandamiento del Señor --dijo y le contó a Melek como había sido dada la orden en el Libro del Deuteronomio.

--¿Por que os cubrís los hombros con chales cuando rezáis, aunque no siempre?

Rob conocía muy pocas respuestas; solo había adquirido conocimientos superficiales durante su observación de los judíos de Tryavna. Luchó por ocultar la angustia de que lo interrogaran.

--Porque el Inefable, Bendito sea, nos ha instruido que así debemos hacerlo --respondió con tono grave. Melek asintió y sonrió.

Cuando Rob se volvió, notó que Reb Lonzano lo estudiaba con sus ojos de párpados pesados.

Los dos primeros días, el tiempo se mantuvo tranquilo y agradable, pero al tercero el viento refrescó y levantó mar gruesa. Ilias mantuvo diestramente la chalana entre los peligros de la nave pirata y el embate de la rompiente. Al atardecer, una figuras lisas y oscuras asomaron entre las aguas de color sangre, curvando y zambullendo su cuerpo alrededor y por debajo de la embarcación. Rob se estremeció y conoció el auténtico miedo, pero Ilias rió y le dijo que eran marsopas, unos seres inofensivos y juguetones.

Al amanecer, la marejada subía y caía en escarpadas vertientes, y el mareo volvió a Rob como un viejo amigo. Su vomitera resultó contagiosa incluso para los endurecidos marineros, y poco después la embarcación era un tumulto de hombres mareados y jadeantes que oraban a Dios en una variedad de idiomas, rogándole que pusiera fin a su desdicha.

En el peor momento, Rob suplicó que lo abandonaran en tierra, pero Reb Lonzano meneó la cabeza.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:58

--Ilias ya no se detendrá para permitir que los musulmanes recen en tierra, porque aquí hay tribus turcomanas --dijo--. Al extranjero que no matan lo convierten en esclavo, y en cada una de sus tiendas hay uno o dos desgraciados maltratados y encadenados a perpetuidad.

Lonzano contó la historia de su primo, que con dos hijos robustos había intentado llevar una caravana de trigo a Persia.

--Los cogieron. Fueron atados y enterrados hasta el cuello en su propio trigo y los dejaron morir de hambre, que no es una buena muerte. Finalmente, los turcomanos vendieron los cadáveres descompuestos a nuestra familia, para que les diéramos sepultura según el rito judío.

Así pues, Rob se quedó en la embarcación y, de este modo, como una serie de años nefastos, pasaron cuatro días interminables.

Siete días después de haber dejado Constantinopla, Ilias maniobró la chalana hasta un diminuto puerto a cuyo alrededor había unas cuarenta casas apiñadas, algunas de ellas con estructuras de madera desvencijada, pero en su mayoría de adobe. Era un puerto de aspecto inhóspito, pero no para Rob, que siempre recordaría con gratitud la ciudad de Rize.

---¡Imshallah! ¡Imshallah! --exclamaron los derviches cuando la barca tocó el muelle.

Reb Lonzano recitó una bendición. Con el cutis oscurecido, el cuerpo más delgado y el vientre cóncavo, Rob saltó de la embarcación y caminó con gran cuidado por la tierra ondulada, alejándose del odiado mar.

Dedeh se inclinó ante Lozano, Melek parpadeó ante Rob y sonrió, y los derviches siguieron su camino.

--Vamos --dijo Lonzano.

Los judíos echaron a andar con paso pesado, como si supieran adonde iban. Rize era un lugar lamentable. Unos perros amarillos salieron corriendo y les ladraron. Se cruzaron con unos niños que reían tontamente y tenían los ojos ulcerados; una mujer desaseada que cocinaba algo en un fuego al aire libre; dos hombres dormían a la sombra, tan próximos como amantes. Un viejo escupió al verlos pasar.

--Su principal negocio consiste en la venta de ganado a la gente que llega por mar y sigue el viaje a través de las montañas --explicó Lonzano--.

Loeb tiene un conocimiento perfecto de las bestias y comprará para todos.

Rob dio dinero a Loeb. Poco después, llegaron a una pequeña choza, junto a un gran redil en el que había burros y mulas. El tratante era un hombre de ojos desviados hacía los lados. Le faltaban el tercero y cuarto dedos de la mano izquierda, y si bien el que se los cortó había hecho una chapuza grotesca, sus muñones fueron útiles como ganchos de tracción cuando separó los animales para que Loeb los inspeccionara.

Loeb no regateó ni mostró remilgos. A menudo miraba un instante y de soslayo un animal. A veces se detenía para examinar ojos, dentaduras, cruces y corvejones. Propuso comprar una sola de las mulas, y el vendedor protestó ante su oferta.

--¡No es suficiente! --exclamo indignado, pero cuando Loeb se encogió de hombros y comenzó a alejarse, el hombre lo detuvo y aceptó su dinero.

Compraron tres animales a otro comerciante. El tercero al que visitaron echó una larga mirada a las bestias que conducían y asintió lentamente. Separó animales de su redil para ellos.

--Cada uno conoce el ganado de los demás y este ha visto que Loeb solo acepta lo mejor --dijo Aryeh.

Poco después, cada uno de los cuatro miembros de la partida judía tenía un burrito resistente para montar, y una mula fuerte como animal de carga.

Lonzano dijo que si todo iba bien solo faltaba un mes de viaje hasta Ispahán, y Rob cobró nuevas fuerzas. Tardaron un día en atravesar la llanura costera y tres en cruzar unas estribaciones montañosas. Después escalaron macizos más elevados. A Rob le gustaban las montañas, pero aquellas culminaban en picos áridos y rocosos, escasamente poblados de vegetación.

--Se debe a que la mayor parte del año no hay agua --explicó Lonzano--. En primavera se producen graves inundaciones, y el resto del tiempo hay sequía. Si vemos un lago, probablemente será de agua salada, pero nosotros sabemos donde encontrar la potable.

Por la mañana rezaron. Después, Aryeh escupió y miro desdeñosamente a Rob.

--No sabes una mierda. Eres un estúpido goy.

--Tu eres el estúpido y te expresas como un cerdo --regaño Lonzano a Aryeh.

--¡Ni siquiera sabe ponerse el tefillín! --dijo Aryeh con tono malhumorado.

--Se ha criado entre extranjeros, y si no sabe, esta es nuestra oportunidad de enseñarle. Yo, Reb Lonzano ben Ezra ah-Levi de Masqat, le transmitiré algunas costumbres de su pueblo.

Lonzano enseñó a Rob a ponerse correctamente las filacterias. El cuero se arrollaba tres veces alrededor del brazo, formando la letra hebrea shin, y luego se envolvía siete veces por el antebrazo, descendía a través de la palma y alrededor de los dedos, de manera que dibujaba otras dos letras, dalet y yud, componiendo así la palabra shaddai, uno de los siete Nombres Impronunciables.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:58

Simultáneamente se decían oraciones, entre ellas un pasaje de Oseas, 2: 21-22: Y te desposaré conmigo para siempre en juicio y justicia, y misericordia, y miseraciones. Y te desposaré conmigo en fe, y conocerás al Señor.

Al repetirlas, Rob se echó a temblar, pues había prometido a Jesús que a pesar de mostrar la apariencia exterior de un judío, le seguiría siendo fiel.

Entonces recordó que Cristo había sido judío y que, sin duda, a lo largo de su vida se había puesto miles de veces las filacterias mientras decía esas mismas oraciones. Así se aliviaron su corazón y su miedo, y repitió las palabras que decía Lonzano mientras las tiras que rodeaban su brazo le enrojecieron la mano de una manera sumamente interesante, pues eso indicaba que la sangre había quedado bloqueada en los dedos por las ceñidas ataduras, y se encontró preguntándose de donde venía la sangre, y adonde iría desde la mano cuando se quitara la tira de cuero.

--Algo más --dijo Lonzano mientras desenrollaban las filacterias--. No debes descuidar la búsqueda de la guía divina porque no sepas la Lengua.

Está escrito que si una persona no puede decir una súplica prescrita, debe al menos pensar en el Todopoderoso. Eso también es rezar.

No eran unas figuras garbosas, pues si un hombre no es bajo, existe cierta desproporción cuando monta un asno. Los pies de Rob apenas se separaban del suelo, pero el burro soportaba fácilmente su peso durante largas distancias, y era una bestia ágil, perfectamente idónea para subir y bajar montanas.

A Rob no le gustaba el ritmo de Lonzano, que llevaba una fusta de espinos con la que constantemente golpeaba los flancos de su burro.

--¿Para que ir tan rápido? --refunfuñó finalmente, pero Lonzano no se molestó en volverse.

Fue Loeb quien respondió:

--En los alrededores vive una gentuza capaz de matar a cualquier viajero, y detesta especialmente a los judíos.

Conocían de memoria la ruta. Rob no sabía nada del camino, y si les ocurría algún percance a los otros tres, era dudoso que el sobreviviera en aquel entorno desolado y hostil. La senda subía y bajaba precipitadamente, serpenteando entre los oscuros y amenazadores picos del este de Turquía.

Entrada la tarde del quinto día, llegaron a un pequeño cauce que jugueteaba caprichosamente entre márgenes contorneadas de rocas.

--El rió Coruh --informó Aryeh.

Casi no había agua en la bota de Rob, pero Aryeh movió la cabeza negativamente cuando lo vio dirigirse al río.

--Es agua salada --advirtió en tono cáustico, como si Rob tuviera la obligación de saberlo.

Siguieron cabalgando. Al doblar un recodo, al atardecer, vieron a un zagal que apacentaba cabras. El pastorcillo dio un salto y se alejó en cuanto los vio.

--¿No deberíamos perseguirlo? --preguntó Rob--. Tal vez haya salido corriendo para informar a los bandidos de que estamos aquí.

Lonzano lo miró y sonrió. Rob notó que la tensión había desaparecido de su rostro.

--Era un niño judío. Estamos llegando a Bayburt.

La aldea tenía menos de cien habitantes, y aproximadamente la tercera parte eran judíos. Vivían protegidos por un muro alto y difícilmente expugnable, construido en la ladera de la montaña. Cuando llegaron a la puerta, la hallaron abierta. En cuanto la hubieron traspuesto, se cerró a cal y canto a sus espaldas, y al desmontar encontraron seguridad y hospitalidad en el barrio judío.

--Shalom --saludo el rabbenu de Bayburt, sin sorpresa.

Era un hombre menudo, que habría formado un conjunto perfectamente armonioso a horcajadas de un burro. Su barba era espesa y tenía una expresión melancólica alrededor de la boca.

--Shalom aleikhum --dijo Lonzano.

En Tryavna habían hablado a Rob del sistema judío de viajes, pero ahora lo vio con ojos de participante. Unos chicos se llevaron los animales para atenderlos, otros recogieron sus botas para lavarlas y llenarlas de agua dulce del pozo del lugar. Las mujeres les dieron trapos húmedos para que pudieran lavarse, y luego les sirvieron pan fresco, sopa y vino antes de que fueran a la sinagoga, a reunirse con los hombres del pueblo para el maariu Después de las oraciones se sentaron con el rabbenu y algunas autoridades.

--Conozco tu cara, ¿no? --preguntó el rabbenu a Lonzano.

--He disfrutado anteriormente de vuestra hospitalidad. Estuve aquí hace seis años con mi hermano Abraham y nuestro padre, bendita sea su memoria, Jeremiah ben Label. Nuestro padre nos dejó hace cuatro años por voluntad del Altísimo, cuando un pequeño rasguño en el brazo se gangrenó y lo envenenó.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:59

El rabbenu asintió y suspiró.

--Que en paz descanse.

Intervino entusiasmado un judío canoso que se rascaba el mentón.

--¿No me recuerdas? Soy Yosel ben Samuel de Bayburt. Estuve con tu familia en Masqat, hace diez años esta primavera. Llevaba piritas de cobre en una caravana de cuarenta y tres camellos y tu tío... ¿Issachar?, tu tío Issachar le ayudó a venderle las piritas a un fundidor y a obtener un cargamento de esponjas marinas con buenos beneficios para mí.

Lonzano sonrió.

--Mi tío Jehiel. Jehiel ben Issachar.

--¡Eso es, Jehiel! ¿Goza de buena salud?

--Estaba sano cuando salí de Masqat.

--Bien --dijo el rabbenu--. El camino a Erzurum está controlado por una calamidad de bandidos turcos, que la plaga se los lleve y toda forma de catástrofe siga sus pasos. Asesinan, cobran rescates, hacen lo que les da la gana. Tendréis que eludirlos por una pequeña senda que atraviesa las más alts montañas. No os perderéis porque uno de nuestros jóvenes os guiará.

Así, al día siguiente muy temprano, los animales se desviaron del camino transitado poco después de dejar Bayburt, y siguieron un sendero pedregoso que en algunos lugares era muy angosto, con pendientes cortadas a pico en la ladera de la montaña. El guía los acompañó hasta que regresaron sanos y salvos al camino principal.

La noche siguiente estaban en Karakose, donde solo había una docena de familias judías, prósperos mercaderes que gozaban de la protección de Ili ul Hamid, un poderoso jefe militar. El castillo de Hamid estaba construido en forma de heptágono, en una elevada montaña que dominaba la aldea. Tenía la apariencia de un galeón de guerra desarbolado y desmantelado.

Subían agua desde la aldea hasta la fortaleza en asnos, y las cisternas siempre estaban llenas en previsión de un asedio. A cambio de la protección de Hamid, los judíos de Karakose tenían el compromiso de mantener llenos de mijo y arroz los almacenes del castillo. Rob y los tres judíos ni siquiera vislumbraron a Hamid, pero abandonaron Karakose de buena gana, pues no deseaban estar un minuto en un sitio donde la seguridad dependía del capricho de un solo hombre poderoso.

Estaban atravesando un territorio muy escabroso y lleno de peligros pero la red viajera funcionaba. Todas las noches renovaban la provisión de agua potable, recibían buena comida y techo, y consejo sobre lo que les esperaba más adelante. Las arrugas de preocupación casi habían desaparecido de la cara de Lonzano. Un viernes por la tarde llegaron a la minúscula aldea montañosa de Igdir y se quedaron un día de más en las casitas de piedra de los judíos, con el propósito de no viajar en sábado. Igdir era un pueblo frutícola y se saciaron, agradecidos, con cerezas negras y membrillo en conserva.

Hasta Aryeh estaba relajado, y Loeb se mostró amable con Rob, al que enseñó un idioma secreto por señas, con el que los judíos mercaderes de Oriente hacían sus negociaciones sin hablar.

--Se comunican con las manos --explicó Loeb--. El dedo recto significa diez; el dedo doblado, cinco. El dedo apretado dejando solo la punta a vista es uno; toda la mano representa cien, y el puño significa mil.

La mañana que abandonaron Igdir, él y Loeb cabalgaron juntos, regateando en silencio con las manos, cerrando tratos de embarques inexistentes, comprando y vendiendo especias y oro y reinos para pasar el tiempo. La senda era rocosa y difícil.

--No estamos lejos del monte Ararat --dijo Aryeh.

Rob reflexionó acerca de las elevadas y poco airosas cumbres y el terreno marchito.

--¿Por que se le ocurriría a Noé abandonar el arca? --preguntó Rob, y Aryeh se encogió de hombros.

En Nazik, la siguiente población, se demoraron. La comunidad estaba construida a lo largo de un gran desfiladero rocoso, donde vivían ochenta y cuatro judíos y treinta veces más anatolios.

--Se celebrara una boda turca en esta aldea --les informó el rabbenu, un anciano delgado, de hombros caídos y ojos penetrantes--. Ya han comenzado las reuniones y su excitación es malsana y despreciable. No nos atrevemos a movernos de nuestro barrio.

Sus anfitriones los mantuvieron encerrados cuatro días en el sector judío. Había comida en abundancia y un buen pozo. Los judíos de Nazik eran simpáticos y afables, y aunque el sol brillaba con crueldad, los viajeros dormían en un fresco granero de piedra, sobre paja limpia. Desde la ciudad llegaba el alboroto de peleas, el jolgorio de las borracheras, el ruido de muebles rotos, y una vez cayó sobre los judíos una granizada de piedras desde el otro lado del muro, pero nadie resultó herido.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:59

Cuatro días más tarde todo estaba sereno, y uno de los hijos del rabbenu se aventuró a salir. Tras las violentas celebraciones, los turcos estaban agotados y dóciles, y a la mañana siguiente Rob abandonó encantado Nazik, con sus tres compañeros de viaje.

Siguió una etapa a campo través, desprovista de colonias judías y de protección. Tres semanas después de dejar atrás Nazik, llegaron a una meseta que embalsaba una gran masa de agua bordeada por un ancho perímetro de barro blanco resquebrajado. Bajaron de sus burros.

--Estamos en Urmiya --dijo Lonzano a Rob--, un lago salado y poco profundo. En primavera, las corrientes de agua arrastran minerales desde las laderas hasta aquí. Pero el lago carece de drenaje, de forma que el sol estival evapora el agua y deja la sal en los bordes. Coge una pizca de sal y póntela en la lengua.

Lo obedeció cautelosamente e hizo una mueca.

Lonzano sonrió.

---Estas paladeando Persia.

Le llevó un momento comprender el significado de esas palabras.

--¿Estamos en Persia?

--Si. Esta es la frontera.

Rob se sintió decepcionado. "Tan largo camino para... esto" Lozano eres perspicaz.

--No padezcas; te enamorarás de Ispahán, te lo garantizo. Y ahora volvamos a montar, que todavía debemos cabalgar muchos días.

Pero antes Rob orinó en el lago Urmiya, efectuando así su personal aportación inglesa a la salobridad persa.

Aryeh puso de manifiesto su odio. Cuidaba sus palabras delante de Lonzano y Loeb, pero cuando estos estaban fuera del alcance del oído, sus comentarios a Rob solían ser hirientes. Pero incluso cuando hablaba con los otros dos judíos era, a menudo, menos que simpático.

Rob, más corpulento y más fuerte, a veces tenía que apelar a toda su voluntad para no golpearlo.

Lonzano era perspicaz.

--No debes hacerle caso --advirtió a Rob.

--Aryeh es un...

Rob no sabía como se decía cabrón en parsi.

--Ni siquiera en casa Aryeh era muy agradable, pero no tiene alma de viajero. Cuando partimos de Masqat llevaba casado menos de un año, acababa de tener un hijo y no quería irse. Desde entonces esta avinagrado.

--Suspiró--. Bien, todos tenemos familia y no es fácil estar lejos de casa, sobre todo en sábado o en un día santo.

--¿Cuanto hace que salisteis de Masqat? --preguntó Rob.

--Hace ahora veintisiete meses.

--Si la vida de un mercader es tan dura y solitaria, ¿por qué os dedicáis a este trabajo?

Lonzano lo miró.

--Es así como sobrevive un judío.

Rodearon la ribera noreste del lago Urmiya y en breve volvieron a encontrarse escalando montañas altas y peladas. Pernoctaron con los judíos de Tabriz y de Takestan. Rob notó muy pocas diferencias entre la mayoría de esos pueblos y las aldeas que había visto en Turquía. Todas eran tristes poblaciones montañesas levantadas en pedregales, donde la gente dormía a la sombra y las cabras andaban dispersas cerca del pozo comunitario. Kashan era semejante a las demás localidades, pero tenía un león en la entrada.

Un auténtico león, enorme.

--Esta es una bestia famosa, que mide cuarenta y cinco palmos desde el hocico hasta el rabo --dijo Lonzano con orgullo, como si el león fuera suyo--. Lo mató hace veinte años el sha Abdallah, padre del actual soberano. Había hecho estragos en el ganado de estos campos durante siete años, y finalmente Abdallah lo rastreó y le dio muerte. En Kashan se celebra todos los años el aniversario de la cacería.

Ahora el león tenía albaricoques secos en lugar de ojos y un trozo de fieltro rojo en vez de la lengua. Aryeh comentó desdeñosamente que estaba relleno con trapos y hierbas secas. Muchas generaciones de polillas habían comido el pellejo endurecido por el sol hasta llegar al cuero en algunos puntos, pero sus patas parecían columnas y sus dientes seguían siendo los originales, grandes y afilados como cabezas de lanzas, por lo que Rob se estremeció al tocarlos.

--No me gustaría tener un encuentro con él.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:59

Aryeh esbozo su sonrisa de superioridad.

--La mayoría de los hombres pasan toda su vida sin ver un león.

El rabbenu de Kashan era un hombre fornido, de barba y pelo rubios. Se llamaba David ben Sauli el Maestro, y Lonzano dijo que ya tenía fama de erudito pese a su juventud. Era el primer rabbenu que Rob veía con turbante en lugar del tradicional sombrero de cuero judío. Cuando habló, las arrugas de preocupación volvieron a surcar el rostro de Lonzano.

--No es prudente seguir la ruta hacía el sur a través de las montaña --les comunicó el rabbenu--. Hay una nutrida fuerza de seljucíes en vuestro camino.

--¿Quienes son los seljucíes? --quiso saber Rob.

--Una nación de pastores que viven en tiendas y no en ciudades o aldeas --aclaró Lonzano--. Asesinos y feroces luchadores. Suelen atacar las tierras que se encuentran a ambos lados de la frontera entre Persia y Turquía.

--No podéis atravesar las montañas --dijo el rabbenu en un tono que de notaba preocupación--. Los soldados seljucíes están más locos que los mismos bandidos.

Lonzano miró a Rob, a Loeb y a Aryeh.

--En ese caso, tenemos dos opciones. Podemos permanecer aquí aguardando que se resuelva por si solo el problema de los seljucíes, lo que puede significar muchos meses, tal vez un año. O podemos eludir las montañas y los seljucíes, aproximándonos a Ispahán a través del desierto y luego por el bosque. Nunca he viajado por ese desierto, el Dasht-i-Kavir, pero he cruzado otros y sé que son terribles. --Se volvió hacía el rabbenu--. ¿Es posible atravesarlo?

--No deberíais hacerlo. Que Dios no lo permita --dijo lentamente el rabbenu--. Bastará con que recorráis una parte: un viaje de tres días en dirección este y luego hacía el sur. Si, no sería la primera vez que alguien sigue esa ruta. Podemos indicaros el camino.

Los cuatro se miraron. Por ultimo, Loeb, el que siempre permanecía callado, interrumpió el sofocante silencio:

--No quiero quedarme aquí un año --dijo, hablando por todos.

Cada uno compró un gran odre de piel de cabra para el agua y lo llenó antes de abandonar Kashan. Una vez lleno era muy pesado.

--¿Necesitamos tanta agua para tres días? --preguntó Rob.

--A veces ocurren accidentes. Podríamos tener que pasar más tiempo en el desierto --contestó Lonzano--. Y debes compartir el agua con tus bestias, porque llevamos burros y mulas al Dasht-i-Kavir, no camellos.

Un guía de Kashan cabalgó con ellos en un viejo caballo blanco hasta el punto en que una senda casi invisible surgía del camino. El Dasht-i-Kavir comenzaba por un cerro arcilloso, más fácil de transitar que las montañas.

En principio, fueron a buen ritmo y por un rato se sintieron más animados. La naturaleza del terreno se modificaba tan gradualmente que los despistó, pero a mediodía, cuando el sol ardía sin piedad, avanzaban penosamente por arenas profundas, tan finas que los cascos de los animales se hundían. Los cuatro desmontaron, y hombres y bestias se arrastraron con dificultades.

Para Rob era una especie de ensueño, un océano de arena que se extendía en todas direcciones hasta donde alcanzaba la mirada. Algunas veces formaba colinas, como las grandes olas del mar que tanto temía, pero en otros sitios era como las aguas sin relieve de un lago apacible, meramente onduladas por el viento del oeste. No advirtió ninguna señal de vida, ni pájaros en el aire, ni escarabajos o gusanos en la tierra, pero por la tarde pasaron junto a unos huesos blanquecinos amontonados como una pila de leña levantada al azar detrás de una casita inglesa. Lonzano explicó a Rob que los restos de los animales y hombres habían sido reunidos por tribus nómadas y amontonados allí como punto de referencia. Ese hito de pueblos que podían sentirse en su elemento en semejante lugar resultaba perturbador, y procuraron mantener tranquilos a sus animales, sabedores de lo lejos que podía llegar el rebuzno de un burro en el aire inmóvil.

Era un desierto de sal. Algunas veces la arena se curvaba entre marismas de fango salado, como las márgenes del lago Urmiya. Seis horas de marcha los agotaron, y al llegar a una pequeña colina de arena que proyectaba algo de sombra, hombres y bestias se apretujaron para encajar en esa fuente de relativa frescura. Después de una hora en la sombra reanudaron la andadura hasta el crepúsculo.

--Quizá sería mejor que viajáramos de noche y durmiéramos con el calor del día --sugirió Rob.

--No --se apresuró a decir Lonzano--. De joven, cruce una vez el Dasht-i-Lut con mi padre, dos tíos y cuatro primos. Que los muertos descansen en paz. Dasht-i-Lut es un desierto de sal, como este. Decidimos viajar de noche, y pronto tropezamos con dificultades. Durante la temporada calurosa, las ciénagas y lagos salados de la temporada húmeda se secan rápidamente, dejando en algunos lugares una costra en la superficie. Así descubrimos que los hombres y los animales atravesaban esa corteza. A veces había salmuera o arenas movedizas debajo. Es muy peligroso viajar de noche.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:00

No quiso responder a ninguna pregunta sobre su experiencia juvenil en el Dasht-i-Lut y Rob no lo presionó, percibiendo que más valía no tocar ese tema.

Cuando cayó la oscuridad, se sentaron o se tumbaron en la arena salada.

El desierto que los había abrasado durante el día se volvió frío. No tenían con que encender la lumbre, pero tampoco lo habrían hecho para que no los vieran ojos hostiles. Rob estaba tan cansado, que a pesar de la incomodidades cayó en un sueño profundo hasta las primeras luces.

Le sorprendió que el agua, en apariencia tan abundante en Kashan, se hubiera reducido tanto en el yermo seco. El se limitaba a dar unos pequeños sorbos con el pan del desayuno y proporcionaba mucha más a sus dos animales. Volcaba sus porciones en el sombrero de cuero, que sostenía mientras las bestias bebían, y disfrutaba con la sensación de ponerse el sombrero húmedo en la cabeza cuando terminaban.

Fue un día de caminata tenaz. Cuando el sol estaba en su punto mas alto, Lonzano empezó a entonar un fragmento de las Escrituras: Levántate, brilla, porque la luz ha llegado, y la gloria del Señor se eleva sobre ti. Uno a uno los otros repitieron el estribillo y pasaron el rato alabando a Dios, con las gargantas resecas.

En seguida se produjo una interrupción.

--¡Hombres a caballo! --gritó Loeb.

En lontananza, al sur, vieron una nube semejante a la que podía levanta una hueste numerosa, y Rob temió que fuesen los trashumantes del desierto que habían dejado el montón de huesos. Pero a medida que se acercaba comprobaron que solo se trataba de una nube.

Cuando el bochornoso viento desértico los alcanzó, los burros y las mulas le habían vuelto la espalda, con la sabiduría del instinto. Rob se acurrucó lo mejor que pudo detrás de las bestias, y el viento pasó estrepitosamente por encima de ellos. Los primeros efectos fueron semejantes a los de la fiebre. El viento arrastraba sales y arenas que ardían en la piel como cenizas calientes. El aire se volvió más pesado y opresivo que antes. Hombres y animales esperaron obstinadamente mientras la tormenta los convertía en parte de la tierra, cubriéndolos con una capa de sal y arena de dos dedos de espesor.

Aquella noche soñó con Mary Cullen. Estaba con ella y conoció la tranquilidad. Había felicidad en el rostro de Mary, quien sabía que su satisfacción provenía de él, lo que a su vez llenaba de alegría a Rob. Ella comenzó a bordar y, sin que él supiera cómo y por qué, resultó que era su madre, y Rob experimento una oleada de calidez y seguridad que no conocía desde hace nueve años.

Entonces despertó, carraspeando y escupiendo. Tenía arena y sal en boca y las orejas. Cuando se incorporo y echó a andar, noto que le rozaban dolorosamente las nalgas.

Era la tercera mañana. El rabbenu David ben Sauli había dicho a Lonzano que fueran dos días en dirección este y luego un día hacía el sur. Siguieron la orientación que Lonzano creía era el este, y ahora torcieron hacía donde Lonzano creía que era el sur.

Rob nunca había sido capaz de distinguir los puntos cardinales, y se preguntó que sería de ellos si Lonzano no conocía realmente la diferencia entre ellos, o si las instrucciones del rabbenu de Kashan no eran precisas.

El fragmento del Dasht-i-Kavir que se habían propuesto cruzar era como una pequeña ensenada en un gran océano. El desierto principal era vasto y, para ellos, insalvable.

¿Y si en lugar de atravesar la ensenada se encaminaban directamente al corazón del Dasht-i-Kavir?

En tal caso, estaban condenados.

Se le ocurrió preguntarse si el Dios de los judíos no lo estaría castigando por su impostura. Pero Aryeh, aunque menos que agradable, no era malo, y tanto Lonzano como Loeb eran hombres dignos; no resultaba lógico, pues, que su Dios los destruyera para castigar a un solo goy pecador.

No era el único que albergaba pensamientos de desesperación. Al percibir el humor reinante, Lonzano intentó que cantaran de nuevo. Pero la suya fue la única voz que entonó el estribillo y, finalmente, también el dejó de cantar.

Rob sirvió la última porción de agua a cada uno de sus animales y los dejó beber del sombrero.

Quedarían seis tragos en el odre. Razonó que si estaban cerca del fin del Dasht-i-Kavir daba igual, pero si viajaban en dirección equivocada, esa pequeña ración de agua sería insuficiente para salvarle la vida.

Se la bebió. Se obligó a tomarla a pequeños sorbos, pero en seguida se agotó.

En cuanto la piel de cabra estuvo vacía, le acometió una sed espantosa.

El agua ingerida parecía escaldarlo interiormente y comenzó a dolerle la cabeza.

Se obligó a andar, pero sintió que desfallecía. "No puedo", se dijo horrorizado. Lonzano batió palmas enérgicamente.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:00

--Ai, di-di-di-di-di-di-di, ai, di-di-di, di --cantó, y emprendió una danza, sacudiendo la cabeza, girando, levantando los brazos y las rodillas al ritmo de la canción.

Los ojos de Loeb se llenaron de lagrimas de ira.

--¡Basta, idiota!--grito, pero un segundo después sonrió y se sumó al canto y las palmas, retozando detrás de Lonzano.

Después se les unió Rob. E incluso el desabrido Aryeh acabó danzando.

--Ai, di-di-di-di-di-di, ai, di-di di, di.

Cantaban con los labios resecos y bailaban sobre unos pies ya insensibles. Finalmente, guardaron silencio y pusieron fin a las delirantes cabriolas, pero siguieron andando, moviendo una pierna entumecida tras la otra, sin atreverse a encarar la posibilidad de que estaban perdidos.

A primera hora de la tarde empezaron a oír truenos. Resonaron en la distancia durante largo tiempo, antes de anunciar unas pocas gotas de lluvia, e inmediatamente después vieron una gacela y luego un par de asnos salvajes.

Sus propios animales apretaron repentinamente el paso. Las bestias movían las patas con más rapidez, y luego iniciaron un trote por voluntad propia, husmeando lo que les esperaba. Los hombres montaron en los burros y volvieron a cabalgar mientras abandonaban el límite extremo de la arena salobre en la que se habían esforzado durante tres días.

La tierra se convirtió en llanura, primero con vegetación escasa y luego cada vez más llena de verdores. Antes del ocaso llegaron a una charca en la que crecían juncos y donde las golondrinas se bañaban y revoloteaban. Ayeh probó el agua y asintió.

--Es buena.

--No debemos permitir que las bestias beban demasiado de una sol vez, para que no les de una congestión --advirtió Loeb.

Dieron agua a los animales con mucho cuidado y los ataron a unos árboles; después bebieron ellos, se arrancaron la ropa y se tendieron en el agua empapándose entre los juncos.

--¿Cuando estuviste en el Dasht-i-Lut perdiste a algunos hombre? --preguntó Rob.

--Perdimos a mi primo Calman --respondió Lonzano--. Un hombre de veintidós años.

--¿Se hundió en la costra salina?

--No. Abandonó toda disciplina y bebió toda su agua. Después murió de sed.

--Que en paz descanse --dijo Loeb.

--¿Cuales son los síntomas de un hombre que muere de sed?

Lonzano se mostró evidentemente ofendido.

--No quiero pensar en eso.

--Lo pregunto porque voy a ser médico y no por simple curiosidad --dijo Rob, al notar que Aryeh lo observaba con disgusto.

Lonzano esperó un buen rato y luego habló:

--Mi primo Calman se mareó por el calor y bebió con abandono hasta quedarse sin agua. Estábamos perdidos y cada hombre debía ocuparse de su propia provisión de agua. No nos estaba permitido compartirla. Más tarde comenzó a vomitar débilmente, pero no devolvió una gota de líquido. La lengua se le puso negra, y el paladar, blanco grisáceo. Desvariaba, creía que estaba en casa de su madre. Tenía los labios apergaminados y encogidos, los dientes al descubierto y la boca abierta en una sonrisa lobuna. Jadeaba y roncaba alternativamente. Esa noche, protegido por la oscuridad, desobedecí, mojé un trapo con agua y se lo exprimí en la boca, pero era demasiado tarde. Al segundo día sin agua, murió.

Guardaron silencio, sin dejar de chapotear en el agua turbia.

--Ai, di-di-di-di-di-di, ai, di-di di, di--tarareó Rob finalmente.

Miró a Lonzano a los ojos y se sonrieron. Un mosquito se posó en la mejilla curtida de Loeb y este se abofeteó.

--Creo que las bestias pueden volver a tomar agua --decidió.

Salieron de la charca y terminaron de atender a sus animales.

Al amanecer del día siguiente, volvieron a montar en los burros, y para gran placer de Rob pronto pasaron por incontables lagos pequeños bordeados de guirnaldas de prados. Los lagos lo tonificaron. Las hierbas tenían unos cuantos palmos de altura y despedían un olor delicioso. Abundaban los saltamontes y los grillos, además de unas especies minúsculas de mosquitos cuya picadura ardía, y a Rob le salió inmediatamente una roncha que le producía comezón. Unos días antes se hubiera regocijado a la vista de cualquier insecto, pero ahora hizo caso omiso de las mariposas grandes y brillantes de los prados, mientras se abofeteaba y lanzaba maldiciones a los cielos por los mosquitos.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:00

--¡Oh, dios! ¿Que es eso? --gritó Aryeh.

Rob siguió la dirección del dedo que señalaba, y a plena luz del sol divisó una inmensa nube que se elevaba hacía el este. Observó con creciente alarma como se aproximaba, pues tenía el aspecto de la nube de polvo que habían visto cuando el viento caliente los azotó en el desierto.

Pero con esa nube llego el inconfundible sonido de una galopada, como si un numeroso ejercito se les echara encima.

--¿Los seljucíes? --susurró, pero nadie respondió.

Pálidos y expectantes, aguardaron mientras la nube se acercaba y el sonido se volvía ensordecedor A una distancia de unos cincuenta pasos, se oyó un entrechocar de cascos, semejante al que pueden producir un millar de jinetes expertos que refrenan sus cabalgaduras a la voz de orden.

Al principió no vio nada. Después, el polvo fue depositándose y percibió una manada de asnos salvajes, en numero incalculable y en perfecto estado, dispuestos en una fila bien formada. Los asnos observaron con intensa curiosidad a los hombres, y estos contemplaron a los asnos.

--¡Hal! --gritó Lonzano y todas las bestias giraron como si fueran una sola y reanudaron su carrera hacía el norte, dejando atrás un mensaje acerca de la multiplicidad de la vida.

Se cruzaron con pequeñas manadas de asnos y otras numerosísimas de gacelas, que en ocasiones pastaban juntas y, que evidentemente, rara vez eran cazadas, pues no prestaron la más mínima atención a los hombres. Más amenazadores eran los jabalís, que abundaban en aquella región. De vez en cuando Rob vislumbraba una hembra peluda o un macho de colmillos feroces, y por todas partes oía los gruñidos de los animales que hociqueaban entre los altos pastos.

Ahora todos cantaban cuando Lonzano lo sugería, a fin de advertir de su proximidad a los jabalís y evitar sorprenderlos, provocando una embestida.

Rob sentía un hormigueo en todo el cuerpo, y se notaba expuesto y vulnerable, con sus largas piernas colgando a los costados del burro y arrastrando los pies entre la hierba, pero los jabalís cedían el paso ante la masculina sonoridad del canto y no les causaron ningún problema.

Llegaron a una corriente rápida, que era como una gran zanja de paredes casi verticales en las que proliferaba el hinojo, y aunque fueron aguas arriba y aguas abajo, no encontraron ningún vado; por último, decidieron cruzar de todos modos. Las cosas se pusieron difíciles cuando los burros y las mulas intentaron trepar por la abundante vegetación de la orilla opuesta y resbalaron varias veces. En el aire flotaban las palabrotas y el olor acre del hinojo aplastado. Les llevó un buen rato vadear la corriente. Más allá del río entraron en una espesura y siguieron un sendero semejante a los que Rob había conocido en Inglaterra. La región era más agreste que los bosques ingleses: el alto toldo de las copas entrecruzadas de los árboles no dejaba pasar la luz del sol, pero el monte bajo era de un verdor exuberante y tupido, y entre él pululaba una fauna variada. Identificó un ciervo, conejos y un puercoespín. En los árboles se posaban palomas y un ave que le recordó a una perdiz

Era el tipo de senda que le habría gustado a Barber, pensó, y se preguntó como reaccionarían los judíos si se le ocurriera soplar el cuerno sajón.

Habían rodeado una curva del sendero y Rob cumplía su turno a la cabeza de la marcha cuando su burro se espantó. Por encima de ellos, en un rama gruesa, acechaba un leopardo.

El burro retrocedió y, detrás de ellos, la mula captó el olor y rebuznó. Tal vez el felino percibió el miedo sobrecogedor. Mientras Rob manoteaba en busca de un arma, el animal, que le pareció monstruoso, saltó sobre él.

Una saeta larga y pesada, disparada con tremenda fuerza, dio en el ojo derecho de la bestia.

Las grandes zarpas rasgaron al pobre burro mientras el leopardo chocaba contra Rob y lo desmontaba. En un instante quedó tendido en tierra, sofocado por el olor a almizcle de la fiera. Esta quedo tendida a través de su cuerpo, de modo que Rob estaba de cara a uno de sus cuartos trasero donde notó el lustroso pelaje negro, las nalgas moteadas, y la gran pata derecha trasera que descansaba a centímetros de su cara, con las plantas groseramente grandes e hinchadas. Por alguna adversidad, el leopardo había perdido casi toda la garra, desde el segundo dedo de la pata, y estaba en carne viva y sanguinolenta, lo que le indicó que en el otro extremo había ojos que no eran albaricoques secos y una lengua que no era de fieltro rojo.

Salió gente de la arboleda, y entre ella el hombre que la mandaba, con el arco en la mano.

Aquel hombre iba vestido con una sencilla capa de cálico rojo, acolchado con algodón, calzas bastas, zapatos de zapa y un turbante arrollado a la ligera. Tendría unos cuarenta años, era de estructura fuerte y porte erguido. Su barba era corta y negra y su nariz, aguileña. Los ojos le brillaban con un fulgor asesino mientras observaba como arrastraban sus batidores al leopardo muerto, apartándolo de aquel joven de corpulencia desmesurada Rob se puso en pie con dificultad, tembloroso, consiguiendo dominar sus tripas a fuerza de voluntad.

--Sujetad el condenado burro --pidió Rob, sin dirigirse a nadie en particular.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:01

No lo entendieron ni los judíos ni los persas, porque lo había dicho inglés. En cualquier caso, el burro había retrocedido ante la maleza del bosque, en el que quizá acechaban otros peligros, pero ahora se volvió y se echó a temblar como su amo.

Lonzano se puso a su lado y gruñó algo a modo de reconocimiento.

A Continuación todos se arrodillaron a fin de cumplir el rito de postración que mas tarde fue descrito a Rob como ratizemin, "la cara en tierra”. Lonzano lo empujó de bruces sin la menor suavidad y se cercioró, con una mano sobre su nuca, de que bajara correctamente la cabeza.

La vista de semejante ceremonia llamó la atención del cazador. Rob oyó el sonido de sus pisadas y divisó los zapatos dé zapa, detenidos a escasas pulgadas de su obediente cabeza.

--Aquí tenemos una gran pantera muerta y a un Dhimmi grandullón e ignorante --comentó una voz divertida, y los zapatos se alejaron.

El cazador y los sirvientes, cargados con la presa, se marcharon sin decir una palabra más, y poco después los hombres arrodillados se incorporaron.

--¿Estás bien? --preguntó Lonzano.

--Si. --Rob tenía el caftán desgarrado, pero estaba ileso--. ¿Quien era?

--Es Ala-al-Dawla, Shahanshah. Rey de Reyes.

Rob fijó la vista en el camino por el que se habían marchado --¿Que es un Dhimmi?

--Significa “Hombre del Libro”. Es el nombre que se le da aquí a un judío --dijo Lonzano.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:01

LA CIUDAD DE REB JESSE




Rob y los tres judíos se separaron dos días más tarde en un cruce de caminos de la aldea de Kupayeh, compuesta por una docena de desmoronadas casas de ladrillos. El desvío por el Dasht-i-Kavir los había llevado un poco al este, pero a Rob le quedaba menos de un día de viaje hacía el oeste para llegar a Ispahán, mientras que ellos debían afrontar tres semanas de laborioso camino hacía el sur y cruzar el estrecho de Ormuz antes de llegar a casa.

Rob sabía que sin esos hombres y los pueblos judíos que le habían dado albergue, nunca habría llegado a Persia.

Loeb y Rob se abrazaron.

--¡Ve con Dios, Reb Jesse ben Benjamín!

--Ve con Dios, amigo.

Hasta el amargo Aryeh esbozó una sonrisa torcida mientras se deseaban mutuamente buen viaje, sin duda tan contento de despedirse como Rob.

--Cuando asistas a la escuela de médicos debes transmitir nuestro afecto a Reb Mirdin Askari, el pariente de Aryeh --dijo Lonzano.

--Si.--Cogió las manos de Lonzano entre las suyas--. Gracias, Reb Lonzano ben Ezra.

Lonzano sonrió.

--Tratándose de alguien que es casi otro, has sido un excelente compañero y un hombre digno. Ve en paz, Inghiliz.

--Ve en paz.

En un coro de buenos deseos salieron en direcciones opuestas.

Rob iba montado en la mula, porque después del ataque de la pantera había transferido la carga al lomo del pobre burro aterrado, que ahora iba detrás. Así tardaría más tiempo, pero la exaltación crecía en él y deseaba recorrer la última etapa pausadamente, con el propósito de saborearla.

Resultó mejor que no tuviera prisa, pues era un camino muy transitado.

Oyó el sonido que era música para sus oídos y al cabo de un rato alcanzó a una columna de camellos cargados con grandes canastos de arroz. Se puso detrás del último, disfrutando del melodioso tintineo de las campanillas.

La espesura ascendía hasta una meseta abierta, y donde había agua suficiente se veían arrozales con el cereal maduro y campos de adormideras, separados por dilatadas extensiones rocosas, chatas y secas. La meseta se convirtió, a su vez, en montañas de piedra caliza que vibraban en una diversidad de matices cambiantes por el sol y la sombra. En algunos sitios habían sido arrancados grandes trozos de piedra.

Entrada la tarde, la mula coronó una montaña y Rob bajo la vista hacía un pequeño valle ribereño, --¡veinte meses después de dejar Londres! -vió Ispahán.

La primera impresión que dominó en su ánimo fue de destellante blancura con toques de azul oscuro. Un lugar voluptuoso, hecho de hemisferios y cavidades, grandes edificios abovedados que relucían bajo la luz del sol, mezquitas con alminares como airosas lanzas, espacios verdes abiertos, cipreses y plátanos maduros. El distrito sur de la ciudad era de un rosa cálido, y allí los rayos del sol se reflejaban en colinas arenosas y no de piedra caliza.

Ya no podía retroceder.

--Hai --gritó, y taloneó los flancos de la mula.

El burro iba traqueteando detrás; se desviaron de la fila y adelantaron a los camellos al trote rápido.

A un cuarto de milla de la ciudad, la senda se transformó en una espectacular avenida empedrada, el primer camino pavimentado que veía desde Constantinopla. Era muy amplía, con cuatro vías anchas separadas entre sí por hileras de altos plátanos. La avenida cruzaba el río sobre un puente que era en realidad un dique arqueado para embalsar agua de regadío. Cerca de un cartel que proclamaba que ese cauce era el Zayandeh, el Río de la Vida, unos jóvenes morenos, desnudos, salpicaban y nadaban.

La avenida lo llevó a la gran muralla de piedra y a la singular puerta de la ciudad, rematada por un arco.

En el interior del recinto se alzaban las amplias viviendas de los ricos, con terrazas, huertos y viñedos. Por todas partes se veían arcos apuntados: en los portales, en las ventanas y en las puertas de los jardines. Más allá del barrio de los ricos había mezquitas y edificios más grandes con cúpulas blancas y redondas, rematadas con pequeñas puntas, como si sus arquitectos se hubieran enamorado locamente del pecho femenino. Era fácil saber adonde había ido a parar la roca extraída: todo era de piedra blanca adornada con azulejos de color azul oscuro dispuestos de manera tal que formaban diseños geométricos o citas del Corán:

No hay Dios salvo el más misericordioso.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:01

Lucha por la religión de Dios.

Enemigo seas de quienes se muestran negligentes en sus oraciones.

En las calles hormigueaban hombres tocados con turbantes, pero no había ninguna mujer. Paso por una vasta plaza abierta y luego por otra, una media milla más allá. Se deleitó con los sonidos y los olores. Era un municipium, inconfundiblemente; un gran enjambre de humanidad como el que conociera de pequeño en Londres, y por algún motivo sintió que era correcto y adecuado cabalgar lentamente a través de aquella ciudad de la orilla norte del Río de la Vida.

Desde los alminares, unas voces masculinas --algunas distantes y delgadas, otras cercanas y claras--comenzaron a llamar a los fieles a la oración.

Todo el tráfico se paralizó cuando los hombres se pusieron de cara a lo que parecía el suroeste, la dirección de La Meca. Todos los hombres de la ciudad se habían postrado; acariciaron el suelo con las palmas y se dejaron caer hacía adelante, de tal modo que sus frentes quedara apretadas contra los adoquines.

Por respeto, Rob refrenó la mula y se apeó.

Una vez concluidas las preces, se acercó a un hombre de edad mediana que arrollaba enérgicamente una alfombra de oración, que había sacado de su carreta de bueyes. Rob le preguntó como podía llegar al barrio judío.

--Ah. Se llama Yehuddiyyeh. Debes seguir bajando la avenida de Yazdegerd, hasta que veas el mercado judío. En el otro extremo del mercado hay una puerta en arco y más allá encontraras tu barrio. No puedes perderte, Dkimmi El mercado estaba bordeado de puestos que vendían muebles, lámparas de aceite, panes, pasteles que despedían aroma a miel y a especias, ropa, utensilios de toda clase, frutas y verduras, carne, pescado, gallinas desplumadas y aderezadas, o vivas y cloqueando...; todo lo necesario para la vida material. Exponían taleds, camisetas orladas, filacterias. En una caseta, un anciano amanuense, con el rostro surcado por las arrugas, estaba encorvado sobre tinteros y plumas, y en una tienda abierta, una mujer decía la buenaventura. Rob supo que estaba en el barrió judío porque había vendedoras en los puestos y compradoras en el abarrotado mercado, con cestos en los brazos. Usaban vestidos negros holgados y llevaban el pelo atado con trozos de tela. Algunas tenían la cara cubierta por un velo, como las mujeres musulmanas, pero en su mayoría la llevaban al descubierto. Los hombres iban ataviados como Rob y todos lucían barbas largas y tupidas.

Deambuló lentamente, disfrutando de la vista y los sonidos. Se cruzó con dos hombres que discutían el preció de un par de zapatos tan agriamente como si fueran enemigos. Otros bromeaban y se gritaban. Allí era necesario hablar en voz muy alta para ser oído.

Al otro lado del mercado cruzó la puerta rematada en arco y vagó por callejuelas estrechas, luego descendió un declive sinuoso y escarpado hasta un distrito más vasto, de casas miserables, irregularmente construidas, divididas por calles estrechas sin el menor intento de uniformidad. Muchas casas estaban adosadas, pero de vez en cuando aparecía una separada, con un pequeño jardín; aunque estas últimas eran humildes para los niveles ingleses resaltaban como castillos entre las estructuras circundantes.

Ispahan era una ciudad vieja, pero el Yehuddiyyeh parecía más viejo aún. Las calles era sinuosas y de ellas salían callejones. Las casas y sinagogas habían sido levantadas con piedras o ladrillos antiguos que se habían desteñido hasta adquirir un tono rosa pálido. Unos niños pasaron a su lado llevando una cabra. Había gente reunida en grupos, riendo y charlando. Pronto sería la hora de cenar, y con los olores que salían de las casas se le hizo agua la boca.

Erró por el barrio hasta encontrar un establo, donde hizo arreglos para el cuidado de los animales. Antes de dejarlos, limpió los zarpados del flanco del burro, que cicatrizaban muy bien.

No lejos del establo encontró una posada cuyo dueño era un anciano alto, de amable sonrisa y espalda encorvada, llamado Salman el Pequeño.

--¿Por qué el Pequeño? --no pudo dejar de preguntarle Rob.

--En mi aldea natal de Razan, mi tío era Salman el Grande. Un famoso erudito --explicó el anciano.

Rob alquiló un jergón en un rincón de la gran sala dormitorio.

---¿Quieres comer?

Le tentaron unos trocitos de carne asada en pinchos, acompañados por un arroz grueso al que Salman dio el nombre de pilah y cebolletas ennegrecidas por el fuego.

--¿Es kosher? --se apresuró a preguntar.

--¡Por supuesto es kosher; no temas comerla!

Después Salman le sirvió pasteles de miel y una deliciosa bebida a la que llamó sherbet.

--Vienes de lejos --dijo.

--Europa.

--¡Europa! ¡Ah!

--¿Como te diste cuenta?

El anciano sonrió.

--Por el acento. --Vio la expresión de Rob--. Aprenderás a hablarlo mejor, estoy seguro. ¿Como es ser judío en Europa?

Rob no sabía que responder, pero en seguida se acordó de lo que decía Zevi.

--Es difícil ser judío.

Salman asintió sobriamente.

--¿Como es ser judío en Ispahán? --inquirió Rob.

--No esta mal. En el Corán la gente recibe instrucciones de injuriarnos y por lo tanto nos insultan. Pero están acostumbrados a nosotros y nosotros a ellos. Siempre hubo judíos en Ispahán --dijo Salman--. La ciudad fue fundada por Nabucodonosor, que según la leyenda instaló aquí a los judíos después de hacerlos prisioneros cuando conquisto Judea y destruyó Jerusalén Novecientos años más tarde, un sha que se llamaba Yazdegerd se enamoró de una judía que vivía aquí, de nombre Shushan-Dukht, y la hizo su reina. Ella facilitó las cosas a su propio pueblo y se asentaron más judíos en este lugar.

Rob dijo que no podía haber escogido mejor disfraz; se mezclaría entre ellos como una hormiga en un hormiguero, en cuanto hubiese aprendido sus costumbres.

De modo que después de cenar acompañó al posadero a la Casa de Paz una entre docenas de sinagogas. Era un edificio cuadrado, de piedra antigua, cuyas grietas estaban rellenas de un suave musgo pardo, aunque no había humedad. Tenía estrechas troneras en lugar de ventanas, y una puerta tan baja que Rob hubo de agacharse para entrar. Un pasillo oscuro conducía al interior, donde unas columnas sustentaban un techo demasiado alto y oscuro para que sus ojos lo distinguieran. Había hombres sentados en la parte principal, mientras las mujeres rendían culto detrás de una pared, en un pequeño recinto del costado del edificio. A Rob le resultó más fácil la oración en la sinagoga que en compañía de unos pocos judíos en el sendero. Allí había un hazzan que dirigía las oraciones y toda una congregación para murmurar o cantar según prefiriera cada individuo, de modo que se unió al balanceo con menos timidez por su mediocre hebreo y porque con frecuencia no podía seguir el ritmo de las oraciones.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:02

En el camino de regreso a la posada, Salman le sonrió astutamente.

--Quizá quieras divertirte un poco, siendo tan joven como eres, ¿no? De noche cobran vida las madans, las plazas públicas de los barrios musulmanes de la ciudad. Hay mujeres y vino, música y entretenimientos inimaginables para ti, Reb Jesse.

Pero Rob meneó la cabeza.

--Me gustaría, pero iré en otro momento. Esta noche debo mantener la cabeza despejada porque mañana he de tramitar una cuestión de suma importancia.

Por la noche no durmió. Dio vueltas y más vueltas, preguntándose si Ibn Sina sería un hombre accesible.

A la mañana siguiente encontró un baño público, una estructura de ladrillos construida sobre un manantial natural de aguas termales. Con jabón fuerte y trapos limpios se frotó la mugre acumulada en el viaje; cuando se le secó el pelo cogió un bisturí y se recorto la barba, mirándose en el reflejo de la pulida caja metálica. La barba estaba más tupida y pensó que parecía un verdadero judío.

Se puso el mejor de sus dos caftanes. Se encasquetó firmemente el sombrero de cuero sobre la cabeza, salió a la calle y pidió a un lisiado que lo orientara para llegar a la escuela de médicos.

--¿Te refieres a la madraza, el lugar de enseñanza? Esta junto al hospital --respondió el pordiosero--. En la calle de Alí, cerca de la mezquita del Viernes, en el centro de la ciudad.

A cambió de una moneda, el tullido bendijo a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta la décima generación. La caminata fue larga. Tuvo la oportunidad de observar que Ispahán era un centro comercial, pues vislumbró a hombres trabajando en sus oficios: zapateros y metalistas, alfareros y carreteros, sopladores de vidrió y sastres. Pasó junto a varios bazares en los que vendían mercancías de todo tipo. Finalmente, llegó a la mezquita del Viernes, una maciza estructura cuadrada con un espléndido alminar en el que aleteaban los pájaros. Más allá había una plaza de mercado, donde predominaban los puestos de libros y de comidas. En seguida vio la madraza.

En el exterior de la escuela, entre más librerías instaladas para servir a las necesidades de los estudiosos, había edificios bajos y alargados destinados a viviendas. Alrededor, unos niños corrían y jugaban. Había jóvenes por todas partes, en su mayoría con turbantes verdes. Los edificios de la madraza eran de sillares de piedra caliza blanca, al estilo de casi todas las mezquitas.

Estaban ampliamente espaciados, con jardines intermedios. Debajo de un castaño cargado de frutos erizados sin abrir, seis jóvenes sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, dedicaban toda su atención a un hombre de barba blanca que llevaba un turbante azul cielo.

Rob se deslizó hasta quedar cerca de ellos.

--...silogismos de Sócrates --estaba diciendo el profesor--. Se infiere que una proposición es lógicamente cierta del hecho de que las otras dos sean ciertas. Por ejemplo, del hecho de que: uno, todos los hombres son mortales, y dos, Sócrates es un hombre, se llega a la conclusión lógica de que, tres, Sócrates es mortal.

Rob hizo una mueca y siguió andando, atenazado por la duda: había mucho que ignoraba, mucho que no comprendía.

Se detuvo ante una construcción muy vieja, con una mezquita adjunta y un encantador alminar, para preguntarle a un estudiante de turbante verde en que edificio enseñaban medicina.

--El tercero hacía abajo. Aquí dan teología. Al lado, leyes islámicas. Allá enseñan medicina --señaló un edificio abovedado de piedra blanca.

El edificio era idéntico a la arquitectura preponderante en Ispahán, y a partir de ese momento Rob siempre pensó en él como la Gran Teta. El cartel del edificio contiguo, grande y de una planta, decía que era el maristán, "el lugar de los enfermos”. Intrigado, en vez de entrar en la madraza, subió los tres peldaños de mármol del maristán y traspuso su portal de hierro forjado.

Había un patio central con un estanque en el que nadaban peces de colores, y bancos bajo los frutales. El patio irradiaba pasillos como si fueran rayos del sol, a los que se abrían vastas habitaciones, casi todas llenas. Nunca había visto tantos enfermos y lesionados juntos, y merodeo por allí, asombrado.

Los pacientes estaban agrupados según sus dolencias: aquí, una sala alargada ahíta de personas con huesos fracturados; allá, las víctimas de las fiebres; acullá... Arrugó la nariz, pues evidentemente era una sala reservada a los aquejados de diarrea y otros males del proceso excretor. Pero ni en esa sala la atmósfera era tan opresiva como podía haberlo sido, pues había grandes ventanas y la circulación del aire solo se veía obstaculizada por los paños ligeros que habían extendido sobre las aberturas para que no entraran insectos. Rob notó que en la parte superior e inferior de los marcos había ranuras para encajar los postigos durante la temporada invernal.

Las paredes estaban encaladas y los suelos eran de piedra, lo que facilitaba la limpieza y volvía fresco el edificio, en comparación con el considerable calor que hacía al aire libre.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:02

¡En cada sala, una pequeña fuente salpicaba agua!

Rob detuvo sus pasos ante una puerta cerrada, en la que un cartel decía:

Dar-ul-maraftan, "residencia de quienes necesitan estar encadenados”.

Cuando abrió la puerta vio a tres hombres desnudos, con la cabeza afeitada y los brazos atados, encadenados a ventanas altas desde bandas de hierro sujetas alrededor del cuello. Dos colgaban flojos, dormidos o inconscientes, pero el tercero fijó la vista y se puso a aullar como una bestia, mientras las lágrimas humedecían sus delgadas mejillas.

--Lo siento --dijo Rob educadamente, y se apartó de los perturbados.

Llego a una sala de pacientes quirúrgicos y tuvo que resistirse a la tentación de parar en cada jergón y levantar los vendajes para observar los muñones de los amputados y las heridas de los demás.

¡Ver tantos pacientes interesantes todos los días y escuchar las lecciones de los grandes hombres! Sería como pasar la juventud en el Dasht-i-Kavir pensó, y luego descubrir que eres dueño de un oasis.

Sus limitados conocimientos de parsi no le permitieron desentrañar el cartel de la puerta de la sala siguiente, pero en cuanto entró, notó que estaba dedicado a las enfermedades y lesiones de los ojos.

Un fornido enfermero estaba acobardado ante alguien que le echaba una bronca.

--Fue un error, maestro Karim Harun --se disculpó el enfermero- Creí que me habías dicho que quitara las vendas a Eswed Omar.

--Eres un inútil --dijo el otro, disgustado.

Era joven y atléticamente esbelto; Rob notó, sorprendido, que usaba el turbante verde de los estudiantes, pero sus modales eran tan desenvueltos y seguros como los de un médico propietario del suelo que pisaba. No era en modo alguno afeminado, pero si aristocráticamente bello; el hombre más hermoso que Rob viera en su vida, de liso pelo negro y ojos castaños hundidos, que ahora centelleaban de cólera.

--Ha sido un error tuyo, Rumi. Te dije que cambiaras los vendajes de Kuru Yezidi, no los de Eswed Omar. Ustad Juzjani hizo personalmente el abatimiento de cataratas de Eswed Omar y me ordenó que me ocupara de que su vendaje no fuera movido de su sitio en cinco días. Te transmití la orden y no la obedeciste, enfermero de mierda. En consecuencia, si Eswed Omar no llega a ver con absoluta claridad y las iras de al-Juzjani caen sobre mí, abriré las carnes de tu gordo culo como si fueras un cordero asado.

Vio a Rob de pie, transfigurado, y lo miró echando chispas por los ojos.

--¿Que es lo que quieres tu?

--Hablar con Ibn Sina para ingresar en la escuela de médicos.

--Vaya. ¿Te espera el Príncipe de los Médicos?

--No.

--Entonces debes ir al segundo piso del edificio de al lado para ver al hadji Davout Hosein, vicerrector de la escuela. El rector es Rotun bin Nasr primo lejano del sha y general del ejército, que acepta el honor y nunca aparece por la escuela. El hadji Davout Hosein administra y a él debes presentarte.--El estudiante llamado Karim Harun se volvió hacía el enfermero, ceñudo--. ¿Crees que ahora podrías cambiar los vendajes de Kuru Yezidi, oh verde objeto sobre la pezuña de un camello?

Al menos algunos estudiantes de medicina vivían en la Gran Teta, porque el sombreado pasillo del primer piso estaba bordeado de reducidas celdas. A través de una puerta abierta cerca del rellano, Rob vio a dos hombres que parecían estar cortando un perro amarillo que yacía en la mesa, probablemente muerto.

En el segundo piso preguntó a un hombre de turbante verde donde debía ir para ver al hadji, y finalmente alguien lo acompañó al despacho de Davout Hosein.

El vicerrector era un hombre bajo y delgado que no llegaba a viejo, y se daba aires de importancia. Llevaba una túnica de buen paño gris y el turbante blanco de quien ha llegado a La Meca. Tenía ojillos oscuros y un marcado zabiba en su frente daba testimonio del fervor de su piedad.

Tras intercambiar los salaams escuchó la solicitud de Rob y lo estudió minuciosamente.

--¿Has dicho que vienes de Inglaterra? ¿En Europa? ¿En que parte de Europa esta Inglaterra?

--El norte.

--¡El norte de Europa! ¿cuánto tiempo te llevo llegar hasta nosotros?

--Menos de dos años, hadji.

--¡Dos años! Extraordinario. ¿Tu padre es médico, graduado en nuestra escuela?

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:02

--¿Mi padre? No, hadji.

--mmm. ¿Un tío, quizá?

--No. Seré el primer médico de mi familia.

Hosein arrugó el entrecejo.

--Aquí tenemos estudiantes que descienden de una larga estirpe de médicos. ¿Tienes cartas de presentación, Dhimmi?

--No, maestro Hosein. --Rob sentía que el pánico crecía en su interior--. Soy cirujano barbero y he adquirido cierta practica...

--¡Ninguna referencia de alguno de nuestros distinguidos graduados? --preguntó Hosein, atónito.

--No.

--No aceptamos formar a persona alguna que se presente por su cuenta.

--No se trata de un capricho pasajero. He recorrido una distancia terrible movido por mi determinación de estudiar medicina. He aprendido vuestra lengua.

--Malamente, permíteme que lo diga. --El hadji lo observó con desdén--. Nosotros no nos limitamos a preparar médicos. No producimos mercachifles; formamos hombres cultos. Nuestros alumnos aprenden teología, filosofía, matemática, física, astrología y jurisprudencia además de medicina; después de graduarse como científicos e intelectuales completos, pueden elegir su carrera en la enseñanza, la medicina o el derecho.

Rob esperó, sintiendo que el alma se le caía a los pies.

--Estoy seguro de que lo comprenderás. Es absolutamente imposible.

Comprendía que había hecho un viaje de casi dos años.

Comprendía que le había vuelto la espalda a Mary Cullen.

Sudando bajo el sol abrasador, aterido en las nieves glaciales, azotado por la lluvia y las tormentas. A través de desiertos salados y montes traicioneros. Afanándose como una hormiga, montaña tras montaña.

--No me iré de aquí sin hablar con Ibn Sina --dijo con voz firme.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:03

El hadji Devout Hosein abrió la boca, pero vio en los ojos de Rob algo que lo llevó a cerrarla. Empalideció y asintió deprisa.

--Por favor, espera aquí --dijo, y salió de su despacho.

Rob permaneció a solas.

Al cabo de un rato aparecieron cuatro soldados. Ninguno era tan alto como él, pero si musculosos. Portaban porras cortas y pesadas, de madera.

Uno tenía la cara picada de viruela y golpeaba constantemente la porra contra la palma carnosa de su mano izquierda.

--¿Como te llamas, judío?--pregunto el de las picaduras, no descortésmente.

--Soy Jesse ben Benjamín.

--Un extranjero, un europeo, según dijo el hadji.

--Si, de Inglaterra. Un lugar que se encuentra a gran distancia.

El soldado asintió.

--¿No te negaste a marcharte a solicitud del hadji?

--Es verdad, pero...

--Ahora debes irte, judío. Con nosotros.

--No me iré de aquí sin hablar con Ibn Sina.

El portavoz balanceo la porra.

"La nariz no”, pensó Rob, angustiado.

Pero de inmediato empezó a manar sangre; los cuatro sabían dónde y cómo usar los palos con economía y eficacia. Lo rodearon de manera tal que no pudiera mover los brazos.

--¡Mierda! --gritó en inglés.

No podían haberlo entendido, pero el tono era inconfundible y aporrearon más fuerte. Uno de los golpes le dio encima de la sien, y de pronto se sintió mareado y nauseabundo. Procuró, como mínimo, vomitar en el despacho del hadji, pero el dolor era espantoso.

Conocían muy bien su trabajo. En cuanto dejó de ser una amenaza, abandonaron las porras a fin de golpearlo hábilmente a puñetazos.

Lo hicieron salir caminando de la escuela, cada uno sustentándolo de una axila. Tenían cuatro alazanes atados afuera y montaron mientras él se tambaleaba entre dos de las bestias. Cada vez que se caía, lo que ocurrió tres veces, alguno desmontaba y le pateaba las costillas hasta que se ponía en pie.

El camino le pareció largo, pero apenas fueron más allá de los terrenos de la madraza, hasta una pequeña construcción de ladrillos, destartalada y muy fea, que formaba parte de la ramificación más baja del sistema judicial islámico, como después se enteraría. Dentro solo había una mesa de madera, detrás de la cual estaba sentado un hombre con expresión hostil, pelo espeso y barba poblada, que vestía la túnica negra correspondiente a su cargo, semejante al caftán de Rob. Estaba cortando un melón.

Los cuatro soldados llevaron a Rob ante la mesa y permanecieron respetuosamente firmes mientras el juez empleaba una uña sucia para retirar las semillas del melón y echarlas en un cuenco de barro. A renglón seguido, cortó la fruta y la comió lentamente. Cuando no quedaba nada, se secó primero las manos y después el cuchillo en la túnica, se volvió hacía La Meca y dio gracias a Alá por el alimento.

Cuando terminó de orar, suspiró y miró a los soldados.

--Un loco judío europeo que perturbó la tranquilidad pública, mufti --dijo el soldado picado de viruela--. Denunciado por el hadji Davout Hosein, al que amenazó con actos de violencia.

El mufti asintió y extrajo un trozo de melón de entre sus dientes con una uña. Miró a Rob.

--No eres musulmán y has sido acusado por un musulmán. No se acepta la palabra de un descreído contra la de un fiel. ¿Tienes algún musulmán que pueda hablar en tu defensa?

Rob intentó hablar, pero no logró emitir ningún sonido; se le doblaron las rodillas por el esfuerzo. Los soldados lo incorporaron por la fuerza.

--¿Por que te comportas como un perro? Ah, claro. Al fin y al cabo, se trata de un infiel que desconoce nuestras costumbres. Por ende, debemos ser misericordiosos. Entregadlo para que permanezca en el carcán a discreción del kelonter--dijo el mufti a los soldados.

La experiencia sirvió para añadir dos palabras al vocabulario persa de Rob, en las que reflexionó mientras los soldados lo sacaban casi a rastras del tribunal y volvían a conducirlo entre sus cabalgaduras. Acertó correctamente una de las definiciones; aunque entonces no lo sabía, el kelonter, que supuso era una especie de carcelero, era el preboste de la ciudad.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:03

Al llegar a una cárcel enorme y lúgubre, Rob pensó que carcán significaba, seguramente, prisión. Una vez dentro, el soldado picado de viruela se lo entregó a dos guardias, que lo llevaron por inhóspitas mazmorras de fétida humedad, pero finalmente salieron de la oscuridad sin ventanas para entrar en la brillantez abierta de un patio inferior, donde dos largas filas de cepos estaban ocupadas por desechos humanos quejosos o inconscientes. Los guardias lo llevaron a paso de marcha junto a la fila, hasta que llegaron a un cepo vacío, que uno de ellos abrió.

--Mete la cabeza y el brazo derecho en el carcán --le ordenó.

El instinto y el miedo hicieron retroceder a Rob, pero técnicamente los guardias tuvieron razón al interpretarlo como resistencia.

Lo golpearon hasta que cayó, momento en que comenzaron a patearlo, como habían hecho los soldados. Lo único que pudo hacer Rob fue enroscarse en un ovillo para esconder la ingle, y levantar los brazos para proteger la cabeza.

Cuando terminaron de vapulearlo, lo empujaron y lo manejaron como a un saco de granos, hasta que su cuello y su brazo derecho quedaron en posición. Después cerraron de golpe la pesada mitad superior del carcán y la clavaron antes de abandonarlo, más inconsciente que consciente, desesperanzado e indefenso bajo un sol atroz.

Eran unos cepos peculiares, por cierto, hechos a partir de un rectángulo y dos cuadrados de madera sujetos en un triángulo, cuyo centro cogía la cabeza de Rob de manera tal que su cuerpo agachado quedaba semisuspendido. Su mano derecha, la de comer, había sido colocada sobre el extremo de la pieza más larga, y habían fijado un puño de madera alrededor de su muñeca, pues durante su estancia en el carcán los prisioneros no comían. La mano izquierda, la de limpiar, estaba suelta, porque el kelonter era un hombre civilizado.

A intervalos recobraba la conciencia y fijaba la vista en la larga fila doble de cepos, cada uno con su inquilino. En su línea de visión, en el otro extremo del patio, había un gran bloque de madera.

En un momento dado, soñó con gentes y demonios de túnicas negras.

Un hombre se arrodilló y apoyó la mano derecha en el bloque; uno de los demonios balanceó una espada más grande y pesada que las inglesas, y la mano se separó de la muñeca, mientras las otras figuras con túnica rezaban.

El mismo sueño una y otra vez bajo el sol ardiente. Y después algo diferente. Un hombre arrodillado, con la nuca sobre el bloque y los ojos desorbitados hacía el cielo. Rob tenía miedo de que lo decapitaran, pero solo le cortaron la lengua.

Cuando volvió a abrir los ojos Rob no vio gente ni demonios; en el suelo y sobre el bloque había manchas frescas, de esas que no dejan los sueños.

Le dolía respirar. Había recibido la paliza más cruel de su vida y no sabía si tenía algún hueso roto.

Colgado del carcán, lloró débilmente, tratando de que no lo oyeran, y con la esperanza de que nadie lo viera.

Finalmente, decidió aliviar su suplicio hablando con los vecinos, a los que solo podía ver girando la cabeza. Fue un esfuerzo que aprendió a no hacer con indiferencia, porque la piel de su cuello pronto quedó en carne viva por el roce de la madera que lo ceñía. A su izquierda había un hombre al que habían apaleado hasta que perdió el conocimiento, y no se movía; el joven de su derecha lo estudió con curiosidad, pero era sordomudo, increíblemente estúpido, o incapaz de extraer el menor sentido de su persa chapurreado. Horas más tarde, un guardia notó que el hombre de su izquierda estaba muerto. Se lo llevaron y otro ocupó su lugar. A mediodía Rob sintió que la lengua le raspaba y parecía llenarle toda la boca. No sentía urgencia por orinar ni vaciar el intestino, pues todas sus perdidas habían sido tiempo ha absorbidas por el sol. En algunos momentos creía estar otra vez en el desierto, y en los instantes de lucidez recordaba demasiado vívidamente la descripción que había hecho Lonzano sobre la forma en que un hombre muere de sed: la lengua hinchada, las encías ennegrecidas, la convicción de encontrarse en otro lugar.

Poco después, Rob volvió la cabeza e intercambió una mirada con el nuevo recluso. Se estudiaron mutuamente y Rob notó que aquel tenía la cara hinchada y la boca estropeada.

--¿No hay nadie a quien pueda pedir merced? --susurró.

El otro esperó, tal vez confundido por el acento de Rob.

--Esta Alá --dijo finalmente; tampoco a el se le entendía fácilmente porque tenía el labio partido.

--Pero ¿aquí no hay nadie?

--¿Eres forastero, Dhimmi?

--Si.

El hombre descargó todo su odio en Rob.

--Ya has visto a un mullah, forastero. Un hombre santo te ha condenado.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:03

Pareció perder interés por él y volvió la cara. La caída del sol fue una bendición. El atardecer trajo consigo un fresco casi gozoso. Rob tenía el cuerpo entumecido y ya no sentía dolor muscular; tal vez estaba agonizando.

Durante la noche, el hombre que estaba a su lado volvió a hablarle.

--Esta el sha, judío extranjero --dijo.

Rob esperó.

--Ayer, el día de nuestra tortura, era miércoles, Chahan Shan6ah. Hoy es Panj Shanbah. Y todas las semanas, en la mañana del Panj Shanbah, con el propósito de intentar una perfecta limpieza del alma antes del Joma, el sábado, el sha Ala-al-Dawla celebra una audiencia en cuyo curso cualquiera puede aproximarse a su trono en la Sala de Columnas y quejarse de injusticias.

Rob no logró contener un atisbo de esperanza.

--¿Cualquiera?

--Cualquiera. Hasta un preso puede solicitar que lo lleven para presentar su caso al sha.

--¡No, no lo hagas! --gritó una voz. en la oscuridad. Rob no pudo distinguir de que carcán salía el sonido.

--Quítatelo de la cabeza --prosiguió la voz desconocida--.

Prácticamente el sha nunca revoca el juicio o la condena de un mufti. Y los mullahs esperan ansiosos el retorno de los que han hecho perder el tiempo al sha por lenguaraces. Es entonces cuando les cortan la lengua y les rajan el vientre, como sin duda sabe este diablo malparido que te da pérfidos consejos. Debes poner toda tu fe en Alá y no en el sha El hombre de la derecha reía maliciosamente, como si lo hubieran descubierto gastando una broma pesada.

--No existe ninguna esperanza --dijo la voz desde la oscuridad.

El regocijo de su vecino se había convertido en un paroxismo de toses y jadeos. Cuando recuperó el aliento, dijo rencorosamente:

--Si, debemos buscar la esperanza en el Paraíso.

No volvieron a hablar.

Tras veinticuatro horas en el carcán, soltaron a Rob. Trató de mantenerse en pie pero cayó y permaneció tumbado, atenazado por el dolor, mientras la sangre volvía a circular por sus músculos.

--Vamos --dijo finalmente un guardia, y le dio un puntapié.

Se levantó con dificultad y salió cojeando de la cárcel, tratando de alejarse a la mayor velocidad posible. Caminó hasta una gran plaza con plátanos y una fuente de chorro en la que bebió y bebió, rindiéndose a una sed insaciable. Luego hundió la cabeza en el agua hasta que le zumbaron los oídos y sintió que se había quitado de encima parte del hedor carcelario.

Las calles de Ispahán estaban atestadas y la gente lo observaba al pasar.

Un vendedor ambulante, bajo y gordo, con una túnica andrajosa, apartaba moscas de un caldero en el que cocinaba algo sobre un brasero, en su carro tirado por un burro. El aroma del caldero le produjo tal debilidad, que Rob tuvo miedo. Pero cuando abrió la bolsa, descubrió que en lugar de fondos suficientes para mantenerse durante meses, solo contenía una pequeña moneda de bronce.

Le habían robado el resto mientras estaba inconsciente. Maldijo tristemente, sin saber si el ladrón era el soldado picado de viruela o un guardia de la cárcel. La moneda de bronce era una mofa, un chiste malévolo del ladrón, o tal vez se la había dejado por algún retorcido sentido religioso de la caridad. Se la dio al vendedor, que le sirvió una pequeña ración de arroz pilah grasoso. Era picante y contenía trozos de habas; trago demasiado rápido, o tal vez su cuerpo había sufrido demasiado por la privación, el sol y el carcán. Casi al instante vomitó el contenido de su estómago en la calle polvorienta. Le sangraba el cuello donde había sido atormentado por el cepo, y sentía una palpitación detrás de los ojos. Se trasladó a la sombra de un plátano y allí permaneció, pensando en la campiña inglesa, en su yegua y en su carro con dinero debajo de las tablas, y en Señora Buffington sentada a su lado, haciéndole compañía.

La multitud era más densa ahora; un tropel de personas avanzaba por la calle, todas en la misma dirección.

--¿A dónde van? --preguntó al vendedor.

--A la audiencia del sha --contestó el hombre, mirando con desconfianza al judí9 harapiento hasta que se alejó.

"¿Por que no?”, se preguntó. ¿Acaso tenía otra opción?

Se sumó a la marea que bajaba por la avenida de Alí y Fátima, cruzó las cuatro vías de la avenida de los Mil Jardines, y torció hacía el inmaculado bulevar que llevaba por nombre Puertas del Paraíso Había jóvenes y viejos, gentes de edades intermedias, hadjis de turbante blanco, estudiantes tocados con sus turbantes verdes, mullahs, pordioseros con el cuerpo entero y mutilados con harapos y turbantes de desecho de todos los colores, padres jóvenes con sus bebés, sirvientes que llevaban sillas de mano, hombres a caballo y a lomo de burro. Rob se encontró siguiendo los pasos a un corro de judíos de caftanes oscuros, y cojeó tras ellos como un ganso errante.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:05

Atravesaron la breve frescura de un bosque artificial --los árboles no abundaban en Ispahán-- y luego, aunque estaban adentrados en los muros de la ciudad, pasaron junto a numerosos campos en los que pastaban ovejas y cabras, separando la realeza de sus súbditos. Se acercaban a una gran extensión verde con dos columnas de piedra en sus extremos, a la manera de portales. Cuando apareció el primer edificio de la corte real, Rob creyó que se trataba del palacio, porque era más grande que el del rey, en Londres.

Pero se trataba de viviendas, a las que sucedieron otras del mismo tamaño, en su mayoría de ladrillo y piedra, muchas con torres y porches, todas con terrazas e inmensos jardines. Pasaron viñedos, establos y dos pistas de carreras, huertos y pabellones ajardinados de tal belleza que se sintió tentado a separarse de la muchedumbre y deambular por aquel perfumado esplendor, pero no le cabía la menor duda de que estaba prohibido.

Y después divisó una estructura tan formidable y al mismo tiempo tan arrebatadoramente graciosa, que no dio crédito a sus propios ojos: tejados en forma de pechos y almenas doradas entre las que se paseaban centinelas de yelmos y escudos relucientes, bajo largos pendones variopintos que ondeaban en la brisa.

Tironeó de la manga del que iba delante, un judío rechoncho cuya camiseta orlada asomaba por la camisa.

--¿Qué es esa fortaleza?

--¡La Casa del Paraíso, residencia del sha! --El hombre lo observó con mirada de preocupación--. Estas ensangrentado, amigo.

--No es nada; solo un pequeño accidente.

Se volcaron por el largo camino de acceso; a medida que se acercaban, Rob notó que un ancho foso protegía el sector principal del palacio. El puente estaba levantado, pero en este lado del foso, junto a una plaza que hacía las veces de gran portal del palacio, había una sala por cuyas puertas entró la multitud.

El recinto ocupaba aproximadamente la mitad del espacio cubierto de la catedral de la Santa Sofía de Constantinopla. El suelo era de mármol, y las paredes y los altísimos techos de piedra, con ingeniosas hendijas para que la luz del sol iluminara tenuemente el interior. Se llamaba Sala de Columnas, porque junto a las cuatro paredes se alzaban columnas de piedra elegantemente talladas y acanaladas. La base de cada columna estaba esculpida en forma de patas y garras de diversos animales Cuando llegó Rob, la sala estaba llena a medias, pero detrás entró mucha gente que lo apretó entre los judíos. Unas secciones acordonadas dejaban pasillos abiertos a todo lo largo del recinto. Rob abrió bien los ojos, observándolo todo con renovada intensidad, porque las horas pasadas en el carcán lo habían terminado de convencer de su extranjería: actos que el consideraba naturales eran susceptibles de resultar extravagantes y amenazadores para la mentalidad persa, y ahora sabía que su vida podía depender de que percibiera correctamente cómo se comportaban y pensaban.

Observó que los hombres de la clase alta --con pantalones bordados, túnicas y turbantes de seda y zapatos con brocados-- llegaban a caballo por otra entrada. A unos ciento cincuenta pasos del trono eran detenidos por unos sirvientes que se llevaban sus caballos a cambio de una moneda, y desde esa posición privilegiada proseguían su camino a pie, entre los pobres.

Unos funcionarios subalternos, de ropajes y turbantes grises, pasaron entre la muchedumbre y solicitaron la identidad de quienes querían hacer alguna petición. Rob se abrió paso hasta el pasillo, y con dificultad dio su nombre a uno de ellos, que lo apuntó en un pergamino curiosamente delgado y de aspecto endeble.

Un hombre alto había entrado en la porción elevada del frente de la sala, en la que había un gran trono. Rob estaba demasiado lejos para ver los detalles, pero el recién llegado no era el sha, pues se sentó en un trono más pequeño, debajo y a la derecha del asiento real.

--¿Quien es ese? --preguntó Rob al judío con quien ya había hablado.

--El gran visir, el santo imán Mirza-aboul Qandrasseh.

El judío miró incómodo a Rob, pues había escuchado su propuesta como demandante. Ala-al-Dawla subió a la plataforma, desabrochó el talabarte y dejó la vaina en el suelo mientras se sentaba en el trono. Todos los presentes en la Sala de Columnas hicieron el razi zemen mientras el imán Qandrasseh invocaba el favor de Alá para quienes pedían justicia al León de Persia. La audiencia comenzó de inmediato. Rob no oía claramente a los suplicantes ni a los entronizados, pese al silencio que se hizo en la sala. Pero cada vez que hablaba un mandante, sus palabras eran repetidas en voz alta por otros estacionados en puntos estratégicos de la sala, y de esta forma las palabras de los participantes llegaban a todos.

El primer caso era el relativo a dos curtidos pastores de la aldea de Ardistan, que habían andado dos días para llegar a Ispahan y presentar su controversia al sha. Les enfrentaba un feroz desacuerdo sobre la propiedad de un cabrito recién nacido. Uno era el dueño de la madre, una hembra que llevaba mucho tiempo estéril y no era receptora. El otro afirmaba que la había preparado con el fin de que fuese montada con éxito por el macho cabrio, y por lo tanto reclamaba la mitad de la propiedad de la cría.


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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:05

--¿Apelaste a la magia? --preguntó el imán.

--Excelencia, lo único que hice fue acariciarla con una pluma para calentarla --respondió el aludido.

La multitud rugió y pataleó. En seguida el imán señaló que el sha se pronunciaba a favor del que había empuñado la pluma.

Para la mayoría de los presentes, aquello era un entretenimiento. El sha nunca hablaba. Tal vez transmitía sus deseos a Qandrasseh por señas, pero todas las preguntas y decisiones parecían provenir del visir, que no soportaba a los imbéciles.

Un severo maestro de escuela, con el pelo aceitado y una barbita cortada en una punta perfecta, vestido con una orlada túnica bordada, con aspecto de haber sido desechada por un hombre rico, solicitó el establecimiento de una nueva escuela en la población de Nain.

--¿No hay dos escuelas en Nain? --inquirió con aspereza el imán.

--Escuelas muy pobres en las que enseñan hombres indignos, Excelencia --respondió suavemente el maestro.

Un leve murmullo de desaprobación se elevó entre la muchedumbre. El maestro continuó leyendo la petición, que aconsejaba para la escuela propuesta la contratación de un director con tan detallados requisitos, tan específicos e irrelevantes, que despertó risas disimuladas, pues era obvio que la descripción solo se ajustaría al propio lector.

--Suficiente --dijo Qandrasseh--. Esta petición es maliciosa y egoísta, y en consecuencia un insulto al sha. Que el kelonter castigue a este hombre veinte veces con las varas, y que ello complazca a Alá.

Aparecieron unos soldados blandiendo porras, a cuya vista comenzaron a palpitar las contusiones de Rob. Se llevaron al maestro, que protestaba sin parar.

En el caso siguiente hubo poco regocijo. Dos nobles ancianos ataviados con costosas ropas de seda tenían una ínfima diferencia de opinión concerniente a derechos de pastoreo. A la presentación siguió una interminable disputa en voz baja sobre antiguos acuerdos concluidos por hombres ya difuntos, mientras el público bostezaba y se quejaba de la ventilación de la sala hacinada y de dolor en sus fatigadas piernas. No evidenciaron la menor emoción cuando se pronunció el veredicto.

--¡Que pase Jesse ben Benjamín, judío de Inglaterra! --gritó alguien.

Su nombre flotó en el aire y luego resonó como un eco a través de la sala, mientras lo repetían una y otra vez. Bajó cojeando el largo pasillo alfombrado, conocedor de la mugre de su caftán arrugado y del estropeado sombrero de cuero, que hacían juego con su cara maltrecha.

Cerca del trono hizo tres veces el raiji zemin, pues había observado que eso era lo prescrito.

Cuando se enderezó vio al imán con la túnica negra de mullah y su nariz afilada en un rostro voluntarioso enmarcado por una barba entrecana.

El sha usaba el turbante blanco de los religiosos que han estado en La Meca, pero entre sus pliegues destacaba una delgada corona de oro. Su larga túnica blanca era de tela suave y ligera, trabajada con hebras azules y doradas. Unas perneras azul oscuro envolvían sus piernas y los zapatos en punta eran del mismo color, bordados con hilo rojo sangre. Parecía vacuo y perdido, la imagen de un hombre desatento porque estaba aburrido.

--Un Inghiliz --observó el imán--. Hasta el presente eres nuestro único Inghiliz, nuestro único europeo. ¿Por que has venido a nuestra Persia?

--Para buscar la verdad.

--¿Quieres abrazar la religión verdadera? --preguntó Qandrasseh afablemente.

--No, pues ya hemos aceptado que no hay Alá salvo El, el más misericordioso --dijo Rob, bendiciendo las largas horas pasadas bajo la tutela de Simón ben ha-Levi, el comerciante erudito--. Esta escrito en el Corán: "No adorare lo que adoras tu ni tu adoraras lo que yo adoro... Tu tienes tu religión y yo tengo mi religión.”

"Debo ser breve”, se recordó a si mismo.

Sin emoción y con parquedad, relató que se encontraba en la jungla del occidente persa cuando una bestia saltó sobre él.

Tuvo la impresión de que el sha empezaba a prestar atención.

--En el lugar de mi nacimiento no existen las panteras. Yo no tenía armas ni sabía cómo enfrentar a esa bestia.

Contó cómo había sido salvada su vida por el sha Ala-al-Dawla, cazador de leopardos como su padre Abdallah, que había matado al león de Kashan.

Los más cercanos al trono comenzaron a aplaudir a su gobernante y a dar agudos grititos de aprobación. Los murmullos ondularon por la sala al tiempo que los repetidores transmitían la historia a las multitudes que estaban demasiado lejos del trono para haberla oído.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:05

Qandrasseh permanecía impávido, pero por su mirada Rob dedujo que no estaba contento por el relato ni por la reacción que despertó en la multitud.

--Ahora date prisa, Inghiltz --dijo fríamente--, y declara qué solicitas a los pies del único sha verdadero.

Rob aspiró hondo para tranquilizarse.

--Como también está escrito que el que salva una vida es responsable de ella, solicito ayuda del sha para hacer que mi vida sea lo más valiosa posible.

A continuación, narró su vano intento de ser aceptado como estudiante en la escuela de médicos de Ibn Sina. La historia de la pantera se había divulgado hasta el último rincón, y el gran auditorio se sacudió bajo el constante atronar de un nutrido pataleo.

Sin duda el sha Alá estaba acostumbrado al temor y a la obediencia, pero quizás hacía mucho tiempo que no lo vitoreaban espontáneamente.

Bastaba ver su expresión para notar que el pataleo sonaba a música en sus oídos.

El único sha verdadero se inclinó hacía delante, con los ojos brillantes, y Rob percibió que recordaba el incidente de la matanza de la pantera. Su mirada sostuvo la de Rob un instante. Luego se volvió hacia el imán y habló por primera vez desde el inicio de la audiencia.

--Dadle al hebreo un calaat --dijo.

Por alguna razón, el público rió.

--Vendrás conmigo --dijo el oficial entrecano.

No tardaría muchos años en hacerse viejo, pero ahora era fuerte y poderoso. Usaba un yelmo corto de metal pulido, un jubón de cuero sobre una túnica marrón de militar, y sandalias con tiras de piel. Sus heridas hablaban por él: los surcos de estocadas cicatrizadas sobresalían blancos en sus brazos macizos y morenos, tenía la oreja izquierda aplastada, y su boca estaba permanentemente torcida a causa de una vieja herida punzante por debajo del pómulo derecho.

---Soy Khuff --se presentó el Capitán de la Puerta. --Posó su mirada en el cuello en carne viva de Rob y sonrió--. ¿El carcán?

Si.

--El carcán es un Cabrón --dijo Khuff, admirado.

Salieron de la Sala de las columnas y se encaminaron a los establos. En el alargado Campo verde galopaban unos jinetes haciendo que sus caballos se enredaran entre sí, girando y esgrimiendo largas varas semejantes a cayados pero ninguno cayó.

--¿Tratan de golpearse?

--Tratan de golpear una pelota. Es un juego de pelota y palo, para caballistas. Khuff lo observó--. Son muchas las cosas que no sabes. ¿Has entendido lo del calaat

Rob meneó la cabeza.

En tiempos antiguos, cuando alguien se ganaba el favor de un monarca persa, este se quitaba un calaat, un detalle de su vestimenta y lo concedía como símbolo de su agrado. A lo largo del tiempo la costumbre se ha convertido en una señal del favor real. Ahora la "prenda real” consiste en el mantenimiento, un conjunto de ropa, una casa y un caballo.

Rob estaba alelado.

Entonces, ¿soy rico?

Khuff le sonrió como dándole a entender que era tonto.

--Un calaat es un honor singular, pero varía ampliamente en cuanto a suntuosidad. Un embajador de una nación que ha sido aliada fiel de Persia en guerra, recibiría las vestimentas más costosas, un palacio casi tan espléndido como la Casa del Paraíso, y un magnífico corcel con arreos y jaeces tachonados de piedras preciosas. Pero tu no eres un embajador.

Detrás de los establos había una cuadra que encerraba un turbulento mar de caballos. Barber siempre había dicho que para elegir un caballo había que buscar un animal con cabeza de princesa y trasero de puta gorda.

Rob vio un rucio que se ajustaba exactamente a esa descripción y, por añadidura, poseía soberanía en la mirada.

--¿Puedo quedarme con esa yegua? preguntó, al tiempo que la señalaba.

Khuff no se molestó en responder que era un corcel para un príncipe, pero una sonrisa irónica hizo cosas raras en su boca retorcida. El capitán de la Puerta desengancho un caballo ensillado y montó. Se entremezcló en la masa de animales arremolinados y, hábilmente, separó un castrado castaño, correcto aunque desanimado, de patas cortas y robustas y fuerte espaldar.

Khuff mostró a Rob un tulipán marcado a fuego en el muslo del animal.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:06

--El sha Alé es el único criador de caballos de Persia y esta es su marca.

Este caballo puede ser cambiado por otro que lleve un tulipán, pero nunca debe venderse. Si muere, córtale el pellejo con la marca y te lo cambiaré por otro.

Khuff le entregó una bolsa con menos monedas de las que Rob podía ganar vendiendo Panacea Universal en un solo espectáculo. En un depósito cercano, el capitán de la Puerta buscó hasta encontrar una silla servible entre las existencias del ejercito. La ropa que le dio estaba bien hecha aunque era sencilla: pantalones holgados que se ajustaban en la cintura con una cuerda; perneras de lino que se envolvían alrededor de cada pierna por encima de los pantalones, a la manera de vendajes, desde el tobillo a la rodilla; una camisa suelta llamada khamtsa, que cuelga sobre los pantalones hasta la altura de la rodilla; una túnica o durra; dos casacas para las diferentes estaciones, una corta y ligera, la otra larga y forrada con piel de cordero; un soporte cónico para turbante, denominado kalansuwa, y un turbante marrón.

--¿No lo hay verde?

--Este es mejor. El verde es ordinario, pesado; lo usan los estudiantes y los más pobres entre los pobres.

--Pero lo prefiero verde --insistió Rob, y Khuff le dio el turbante barato acompañado por una mirada de desprecio.

Paniaguados de ojos alertas saltaron a cumplir la orden del capitán cuando pidió su caballo personal, que resulto ser un semental árabe parecido a la yegua gris que Rob había codiciado. Montado en el plácido caballo castrado, y acarreando un saco de paño cargado de ropa, cabalgó detrás de Khuff como un escudero hasta entrar en el Yehuddiyyeh. Durante largo rato recorrieron las estrechas calles del barrio judío, hasta que Khuff sujetó las riendas ante una casita de viejos ladrillos rojo oscuro. Había un pequeño establo, meramente una techumbre sobre cuatro postes, y un diminuto jardín en el que una lagartija miró asombrada a Rob antes de desaparecer en una grieta de la pared de piedra. Cuatro albaricoqueros excesivamente crecidos arrojaban su sombra en los espinos que tendrían que ser arrancados. La casa tenía tres habitaciones, una con suelo de tierra y dos con los suelos del mismo ladrillo rojo que las paredes, desgastado por los pies de muchas generaciones, ahora convertidos en depresiones poco profundas. La momia reseca de un ratón ocupaba un rincón de la estancia con suelo de piedra, y el débil hedor empalagoso de su putrefacción flotaba en el aire.

--Es tuya --dijo Khuff, inclinó una vez la cabeza y se marchó.

Aun antes de que el sonido de su caballo se hubiese apagado, las rodillas de Rob cedieron. Se desplomó en el suelo de tierra, luego logró tenderse y no tuvo más conocimiento que el ratón muerto.

Durmió dieciocho horas seguidas. Al despertar estaba acalambrado y dolorido como un viejo con las coyunturas agarrotadas Se sentó en la casa silenciosa y contempló las motas de polvo en la luz del sol que brillaba a través del agujero para salida de humos del techo. La vivienda estaba algo deteriorada --había grietas en el enlucido de arcilla de las paredes y uno de los alfeizares se estaba derrumbando--, pero era la primera morada auténticamente suya desde la muerte de sus padres.

En el pequeño establo vio, horrorizado, que su nuevo caballo estaba sin agua, sin comida y todavía ensillado. Después de quitarle la silla y llevarle agua en el sombrero desde un pozo público de las inmediaciones, fue a toda prisa al establo donde estaban alojados su burro y su mula. Compró cubos de madera, paja de mijo y una cesta llena de avena, cargó todo en el burro y volvió a casa con los dos animales.

Después de atenderlos, cogió su ropa nueva y se encaminó a los baños públicos, deteniéndose antes en la posada de Salman el Pequeño.

--He venido a buscar mis pertenencias --dijo al viejo posadero.

--Han estado a buen resguardo, aunque temí por tu vida cuando pasaron dos noches y no regresaste.--Salman lo observó, temeroso--. Circula la historia de un Dhimmi, un judío europeo que se presentó en la audiencia y a quien el sha de Persia le concedió un calaat.

Rob asintió.

--¿De verdad eras tu? --susurró Salman.

Rob se dejó caer pesadamente en una silla.

--No he probado bocado desde que me diste de comer.

Salman no perdió ni un minuto en servirle. Rob puso a prueba su estómago cautelosamente, con pan y leche de cabra; al ver que no le ocurría nada, y que lo único que tenía era hambre, se permitió ingerir cuatro huevos duros, más pan en cantidad, un pequeño queso duro y un cuenco de pilah.

Sus miembros recuperaron las fuerzas.

En los baños se remojó largamente para aliviar las magulladuras. Cuando se puso la ropa nueva se sintió extraño, aunque no tanto como la primera vez que vistió el caftán. Logró ponerse las perneras con dificultad, pero atarse el turbante requeriría instrucciones, y por el momento se quedó con el sombrero de cuero.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 01:06

Volvió a casa, se deshizo del ratón muerto y evaluó su situación Ahora gozaba de una modesta prosperidad, pero no era eso lo que había solicitado al sha, y sintió una vaga aprensión inmediatamente interrumpida por la llegada de Khuff, todavía arisco, que desenrolló un frágil pergamino y procedió a leerlo en voz alta.

ALA Edicto del Rey del Mundo, Alto y Majestuoso Señor, Sublime y Honorable más allá de toda comparación; magnífico en Títulos, inquebrantable Base del Reino, Excelente, Noble y Magnánimo; León de Persia y Poderosísimo Amo del Universo. Dirigido al Gobernador, al Intendente y otros Funcionarios Reales de la Ciudad de Ispahan, Asiento de la Monarquía y Teatro de la Ciencia y la Medicina. Han de saber que Jesse hijo de Benjamín, Judío y Cirujano Barbero de la Ciudad de Leeds de Europa, ha llegado a nuestros Reinos, los mejores gobernados de toda la Tierra y conocido refugio de los oprimidos, y ha tenido la Facilidad y la Gloria de aparecer ante los Ojos del Más Alto, y mediante humilde petición rogó la ayuda del Autentico Lugarteniente del Auténtico Profeta que está en el Paraíso, o sea nuestra más Noble Majestad. Han de saber que Jesse hijo de Benjamín de Leeds cuenta con el Favor y la Buena Voluntad Reales, y por este documento se le concede una Prenda Real con Honores y Beneficencias y se ordena que todos lo traten en consecuencia. También debéis saber que quien infrinja este Edicto se verá expuesto a la Pena Capital. Hecho el tercer Panj Shanbah del mes de Rejab en el nombre de nuestra más Alta Majestad por su Peregrino de los Nobles y Santos y Sagrados Lugares, y su Jefe y Superintendente del Palacio de Mujeres del Más Alto, el Imán Mirza-aboul Qandrasseh, Visir. Es necesario armarse con la Asistencia del Altísimo Dios en los Asuntos Temporales.

--¿Y la escuela? --no pudo resistirse a preguntar Rob, con tono ronco.

--Yo no me ocupo de la escuela--replicó el capitán de la Puerta, y se marchó con tanta prisa como había llegado.

Al cabo de un rato, dos fornidos sirvientes llevaron ante la puerta de casa de Rob una silla de mano ocupada por el hadji Davout Hosein y una buena cantidad de higos como símbolo de una dulce fortuna en su nueva casa.

Rob y el visitante se sentaron entre las hormigas y las abejas, en el suelo en medió de las ruinas del pequeño jardín con albaricoqueros, y comieron los higos.

--Estos albaricoqueros aun son excelentes --dijo el hadji después de estudiarlos atentamente.

Explicó con todo detalle cómo podían recuperarse los cuatro árboles mediante podas e irrigaciones asiduas, y la aplicación de abono con estiércol del caballo.

Después Hosein guardó silencio.

--¿Ocurre algo? --murmuró Rob.

--Tengo el honor de transmitirte los saludos y felicitaciones del honorable Abu Ali at-Husain ibn Abdullah ibn Sina.

El hajdi estaba sudando y se había puesto tan pálido que el zabiba de su frente se destacaba especialmente. Rob se apiadó de él, aunque no tanto como parar restar importancia al exquisito placer del momento, más dulce y sabroso que la embriagadora fragancia de los pequeños albaricoques que cubrían el suelo debajo de los árboles. Hosein presentó a Jesse hijo de Benjamín una invitación para matricularse en la madraza y estudiar medicina en el maristán, donde podía aspirar a convertirse en médico.

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