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Algo para leer # 01

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Algo para leer # 01 - Página 5 Empty Re: Algo para leer # 01

Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:48

Simón asintió.

El siguiente era el boyero francés, que nunca dejaba de sonreír. Esta vez unas nuevas y diminutas bubas le cubrían la entrepierna. Los bultos de axilas y de las corvas se habían agrandado y eran más sensibles que antes, cuando Rob se lo preguntó, el hombre dijo que habían comenzado a doler Rob cogió la mano del boyero entre las suyas.

--Dile que morirá --pidió a su interprete.

Simón puso los ojos en blanco.

-¡Maldito seas! --respondió.

-Dile que yo digo que morirá.

Simón tragó saliva y empezó a hablar suavemente en alemán. Rob observó como la sonrisa se esfumaba en la carota estúpida. Luego el franco soltó bruscamente sus manos de las de Rob y levantó la derecha, cerrando el puño del tamaño de un jamoncillo. Habló en un monocorde rugido.

--Dice que eres un embustero asqueroso --tradujo Simón.

Rob esperó, con los ojos fijos en los del boyero, hasta que el hombre pasó cerca de el y se alejó arrastrando los pies.

Rob vendió panacea a dos hombres con tos seca, y luego trató a un maquejica que tenía desarticulado el pulgar: se le había quedado atrapado en la cincha de la montura y su caballo se había movido.

Dejo a Simón, con el deseo de escapar de aquel lugar y de aquellas gentes. La caravana estaba desarticulada, pues todos habían buscado una gran roca tras la cual acampar para protegerse del viento. Fue andando hasta más allá del ultimo carro y vio a Mary Cullen de pie en una piedra, por encima camino.

Era una imagen sobrenatural. Se había abierto la pesada pelliza y la sujetaba con los brazos extendidos, la cabeza echada hacía atrás y los ojos cerrados, como si se estuviera purificando con el viento que la azotaba con toda la fuerza de una catarata. El abrigo ondulaba y aleteaba. El vestido negro sobre su largo cuerpo, perfilando unos pechos generosos y unos pezones suntuosos, la suave redondez de su vientre, el ombligo ancho y una dulce hendidura que unía sus fuertes muslos. Rob sintió una extraña y cálida ternura que sin duda formaba parte del hechizo, porque ella parecía una bruja. La larga cabellera se desparramaba a sus espaldas, jugueteando como retorcidas lenguas de fuego rojo.

Rob no soportó la idea de que abriera los ojos y lo viera contemplándola, de modo que giró sobre sus talones y se alejó.

Una vez en el carromato, consideró tristemente el hecho de que el interior estaba demasiado lleno para llevar a Gershom tendido boca abajo. La única forma de hacer el espacio necesario consistía en abandonar la tarima.

Repasó las tres secciones y las miró fijamente, recordando la infinidad de veces que el y Barber habían trepado al pequeño escenario y entretenido al publico. Luego se encogió de hombros, agarró una enorme piedra y aplastó la tarima para hacer leña. En el caldero había carbones, y con paciencia avivó el fuego al abrigo del carromato. En la creciente oscuridad alimentó las llamas con los fragmentos de la tarima.

No era verosímil que el nombre Anne Mary se trocara en Mary Margaret. Y aunque el pelo castaño de un bebe tuviese matices rojizos, no podía convertirse en aquella magnificencia cobriza, se dijo mientras Señora Buffington maullaba y se tendía a su lado, cerca del fuego, protegida del viento.

Promediaba la mañana del veintidós de octubre, y duros granizos blancos flotaban en el aire, volando a favor del viento y escociendo cuando chocaban con la piel desnuda.

--Es pronto para esta mierda --dijo Rob con tono taciturno a Simón que había vuelto al pescante cuando a Gershom le cicatrizó la nalga y regresó a su caballo.

--No para los Balcanes --contestó Simón.

Ascendían vertientes más pronunciadas y escabrosas, en su mayor parte pobladas de hayas, robles y pinos, aunque con pendientes enteras peladas rocosas, como si una enfurecida deidad hubiese barrido parte de la montaña. Había diminutos lagos alimentados por altas cascadas que caían a plomo en gargantas profundas.

Delante de él, Cullen y su hija eran figuras gemelas, con sus sombreros y sus abrigos largos de piel de cordero, indiferenciables si Rob no hubiese vislumbrado la voluminosa figura del caballo negro sabiendo que se trataba de Mary.

La nieve no se acumulaba, y los viajeros hacían progresos esforzadamente, aunque no con bastante rapidez para el gusto de Kerl Fritta, que recorría de un lado a otro la línea de marcha, apremiándolos.

--Algo ha transmitido a Fritta el temor a Cristo --comentó Rob.

Simón le dedicó la mirada rápida y defensiva que Rob había notado entre los judíos cada vez que mencionaba a Jesús.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:49

--Tiene que llevarnos a la ciudad de Gabrovo antes de las nevadas intensas. El camino a través de estas montañas es el gran desfiladero denominado Portal Balcánico, pero ya está cerrado. La caravana pasará el invierno en Gabrovo, en las proximidades de la entrada al portal. Cuenta con posadas y casas que albergan a los viajeros. Ninguna otra ciudad cercana al desfiladero es lo bastante grande para alojar una caravana tan numerosa como esta Rob asintió, y en seguida captó las ventajas de la situación.

--Puedo estudiar la lengua persa todo el invierno.

--No tendrás el libro --le advirtió Simón--. Nosotros no pararemos en Gabrovo con la caravana. Iremos a la ciudad de Tryavna, a corta distancia donde hay judíos.

--Pero tengo que disponer del libro. ¡Y necesito tus lecciones!

Simón se encogió de hombros.

Esa noche, después de atender a Caballo, Rob fue hasta el campamento judío y encontró a sus integrantes examinando unas herraduras especialmente claveteadas. Meir le alcanzó una a Rob.

--Tendrías que encargar un juego para tu yegua. Las herraduras con este tipo de clavos evitan que el animal resbale en la nieve y el hielo.

--¿Yo no puedo ir a Tryavna?

Meir y Simón intercambiaron una mirada; era evidente que ya habían hablado de él.

--No está en mi poder ofrecerte la hospitalidad de Tryavna.

--¿Quien tiene ese poder?

--Los judíos de Tryavna reconocen la autoridad de un gran sabio, rabbennu Shlomo ben Eliahu.

¿Qué es un rabbennu?

Un erudito. En nuestra lengua, rabbennu significa "nuestro maestro”, y es un tratamiento del máximo honor.

Ese Shlomo, ese sabio, ¿es un hombre altanero, frió con los desconocidos rígido e inabordable?

Meir sonrió y meneó la cabeza.

--Entonces, ¿no podría presentarme ante él y pedir que me permita estar Cerca de vuestro libro y de las lecciones de Simón?

Meir miró a Rob y no fingió agrado ante la solicitud. Guardo silencio por un rato, pero cuando fue evidente que Rob estaba dispuesto a esperar indefinidamente su respuesta, suspiró y movió la cabeza de un lado a otro.

--Te llevaremos a ver al rabbennu.

Gabrovo era una ciudad desolada, compuesta por edificios provisionales de madera. Durante meses, Rob había anhelado una comida cocinada por otras manos, un fino manjar servido en la mesa de una taberna. Los judíos se detuvieron en Gabrovo para visitar a un mercader, el tiempo justo para que Rob fuese a una de las tres posadas. La comida resultó una terrible decepción; habían salado demasiado la carne, en un vano intento por ocultar que estaba echada a perder; el pan era duro y rancio, con agujeros por los que, sin la menor duda, habían pasado los gorgojos. El alojamiento era tan insatisfactorio como el precio. Si los otros dos hostales no eran mejores, un menudo invierno esperaba a los demás miembros de la caravana, pues todas las habitaciones disponibles estaban abarrotadas de jergones y los viajeros tendrían que dormir codo con codo.

Al grupo de Meir le llevó menos de una hora llegar a Tryavna, una población mucho más pequeña que Gabrovo. El barrió judío --un grupo de edificios con techo de paja, de maderos agrisados por el paso del tiempo, combinados como para reconfortarse mutuamente --estaba separado del resto de la ciudad por viñedos y campos pardos donde las vacas pastaban los tocones de las hierbas agostadas por el frío. Entraron en un patio con suelo de tierra, donde unos chicos se hicieron cargo de los animales.

--Será mejor que esperes aquí --dijo Meir a Rob.

La espera no fue larga. En breve, Simón fue a buscarlo y lo llevó a una las casas, donde bajaron por un oscuro pasillo que olía a manzanas y entraron en una habitación que como único mobiliario tenía una silla y una mesa cubierta de libros y manuscritos. La silla estaba ocupada por un anciano de barba y pelo blancos como la nieve, hombros redondeados y fuertes, papada laxa y grandes ojos castaños, acuosos a causa de la edad, aunque lograron penetrar hasta la esencia misma de Rob. No hubo presentaciones; fue lo mismo que comparecer ante un noble.

--Le hemos dicho al rabbennu que viajas a Persia y necesitas aprender la lengua de ese país para hacer negocios --dijo Simón--. El rabbennu preguntó si el placer del conocimiento no es razón suficiente para estudiar.

--A veces hay placer en el estudio --reconoció Rob, hablándole directamente al anciano--. Para mí, generalmente significa un trabajo arduo. Estoy aprendiendo la lengua de los persas porque abrigo la esperanza de que me permita obtener lo que deseo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:49

Simón y el rabbennu hablaron atropelladamente.

--Pregunta si siempre te muestras tan sincero. Le dije que eres lo bastante directo como para decirle a un agonizante que se está muriendo, y el me ha respondido: "Esa sinceridad es suficiente.”

--Dile que tengo dinero y le pagaré comida y albergue.

El sabio meneó la cabeza.

--Esto no es una posada. Quienes viven aquí deben trabajar --informó Shlomo ben Eliahu por boca de Simón--. Si el Inefable es misericordioso este invierno no tendremos necesidad de un cirujano barbero.

--No tengo por qué trabajar como cirujano barbero. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa útil.

El rabbennu hurgó y escarbó con sus largos dedos la blanca barba mientras reflexionaba. Finalmente, anunció su decisión.

--Toda vez que se declare que un animal sacrificado no es kosher --tradujo Simón--, llevarás la carne y se la venderás al carnicero cristiano de Cabrovo. Y el sábado, día en que los judíos no deben trabajar, atenderás los fuegos de las casas.

Rob vaciló. El judío anciano lo observó con interés, atrapado por el brillo de sus ojos.

--¿Quieres decir algo? --murmuró Simón.

--Si los judíos no deben trabajar el sábado, ¿no estará el sabio condenando mi alma al decidir que yo lo haga?

El rabbennu sonrió al oír la traducción.

--Dice que confía en que no desees convertirte en judío, Rob J. Cole.

Rob movió la cabeza negativamente.

--Entonces dice que puedes trabajar sin temor durante el sábado judío y te da la bienvenida a Tryavna.

El rabbennu los llevó a donde dormiría Rob, en el fondo de un vasto establo vacuno.

--Hay velas en la casa de estudios. Pero no pueden traerse para aquí, donde hay heno seco --dijo severamente el rabbennu a través de Simón y de inmediato lo puso a limpiar los pesebres.

Aquella noche se tendió en la paja con la gata de guardia a sus pies como una leona. Señora Buffington lo abandonaba de vez en cuando para aterrorizar a un ratón, pero siempre volvía. El establo era un palacio oscuro y húmedo, entibiado hasta hacerlo cómodo por los grandes cuerpos bovinos, en cuanto Rob se acostumbró al continuo mugido y el dulce hedor de excrementos de vaca, durmió contento.

El invierno llegó a Tryavna tres días después que Rob. Comenzó a nevar durante la noche, y los dos días siguientes alternaron entre una amarga lluvia empujada por el viento y gordos copos que flotaban, semejantes a dulkaidos del cielo. Cuando dejó de nevar, le dieron una gran pala de madera y ayudó a quitar los montones de nieve acumulada ante todas las puertas. Se había puesto un sombrero judío de cuero, que encontró en una percha del establo. Por encima de él, las acechantes montañas brillaban blancas bajo el sol, y el ejercicio en medio del aire frío le infundió optimismo.

Cuando terminó de quitar la nieve, no tenía otro trabajo y estaba autorizado a ir a la casa de estudios, un edificio de madera en el que se colaba el frío, combatido por un lamentable fuego simbólico tan inadecuado que no era difícil que se olvidaran de alimentarlo. Los judíos estaban sentados alrededor de unas mesas rústicas y estudiaban hora tras hora, discutiendo en voz alta, a veces ásperamente.

Llamaban la Lengua a su idioma. Simón le explicó que era una mezcla de hebreo y latín, además de algunas expresiones de los países por los que posaban o en los que vivían. Un idioma apto para las controversias: cuando estudiaban juntos se lanzaban constantemente palabras los unos a los otros.

¿Sobre que discuten? --preguntó Rob a Meir, sorprendido.

Puntos de la ley.

--¿Dónde están sus libros?

--No usan libros. Quienes conocen las leyes las han memorizado de tanto oírlas en labios de sus maestros. Quienes aún no las han memorizado, las aprenden prestando mucha atención. Siempre ha sido así. Existe la Ley escrita, por supuesto, pero solo para ser consultada. Todo hombre que conoce la Ley Oral es un maestro de interpretaciones legales según se las haya enseñado su maestro, y hay una multitud de interpretaciones porque hay una multitud de maestros. Por eso discuten. Cada vez que debaten, aprenden un poco más acerca de la ley.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:50

Desde el primer momento, en Tryavna lo llamaron Mar Reuven, traducción hebrea de Master Robert. Mar Reuven, el Cirujano Barbero. El tratamiento de Mar lo apartaba de ellos tanto como todo lo demás, pues entre sí le decían Reb, en señal de respeto y de que se tenían por eruditos, aunque en rango inferior al rabbennu. En Tryavna solo había un rabbennu.

Eran gentes extrañas, diferentes de él tanto en su aspecto como en sus costumbres.

--¿Qué le pasa a su pelo? --preguntó a Meir un hombre al que llamabar Reb Joel Levski el Vaquero. Rob era el único de la casa de estudios que no llevaba peoth, los bucles ceremoniales rizados sobre las orejas.

--Porque no sabe como hacerlo. Es un goy, un otro --explicó Meir.

--Pero Simón me ha dicho que ese Otro esta circuncidado. ¿Como es posible? --indagó Reb Pinhas ben Simeón el Lechero.

Meir se encogió de hombros.

--Un accidente --dijo--. Lo he hablado con él. No tiene nada que ver con el contrato de Abraham.

Durante unos días, todos miraban a Mar Reuven. A su vez, él los miraba, porque le parecían más que extraños con sus sombreros, sus bucles, sus barbas tupidas, su ropa oscura y sus costumbres paganas. Estaba fascinado con sus hábitos durante la oración. Entonces los veía muy individualizados. Meir se ponía el taled pudorosa y discretamente. Reb Pinhas desplegaba su tallit lo sacudía casi arrogantemente, sosteniéndolo frente a sí por dos esquina y levantando los brazos y con un movimiento de muñecas lo hacía ondular sobre su cabeza, para échaselo por ultimo a los hombros con la suavidad de una bendición.

Cuando Reb Pinhas oraba, oscilaba atrás y adelante con el apremio de su deseo de enviar sus suplicas al Todopoderoso. Meir se balanceaba suavemente cuando recitaba las oraciones. Simón se mecía a un ritmo intermedio concluyendo cada movimiento hacía adelante con un leve estremecimiento y una ligera sacudida de cabeza.

Rob leía y estudiaba su libro junto a los judíos, comportándose de manera muy semejante al resto de ellos como para seguir siendo una novedad. Durante seis horas diarias --tres horas después de los maitines, que llamaban shaharit, y tres después de las vísperas, que llamaban marariv--, la casa de estudios estaba atestada, pues casi todos estudiaban antes y después de concluir la jornada de trabajo con la que se ganaban la vida. Entre esos dos períodos, sin embargo, la sala permanecía relativamente tranquila, con unas dos mesas ocupadas por estudiosos de dedicación plena. Poco después de su llegada se sentaba entre ellos, cómodo y sin llamar la atención, ajeno al barboteo judío mientras trabajaba en el Corán parsi, empezando a hacer auténticos progresos.

Cuando llego el sábado, se ocupó de atender los fuegos. Ese fue su día de trabajo más pesado desde que había estado quitando la nieve, aunque resultó tan fácil que logró estudiar durante una parte de la tarde. Dos días después ayudó a Reb Elía el Carpintero a poner travesaños nuevos en unas sillas. No realizó otras tareas y pudo entregarse al estudió del parsi, hacia el final de su segunda semana en Tryavna, la nieta del rabbi Rohel, le enseñó a ordeñar. La chica tenía la piel blanca y largos cabellos negros que llevaba trenzados alrededor de su cara en forma de corazón, su boca era pequeña, con un abultamiento muy femenino del labio inferior Una minúscula marca de nacimiento adornaba su cuello, y sus grandes ojos pardos siempre parecían posados en Rob.

Mientras estaban en la vaquería, una vaca muy torpe que, al parecer creía ser un toro, montó sobre otra y comenzó a moverse como si tuviera pene y la hubiese penetrado.

A Rohel se le subieron los colores a la cara, pero sonrió y soltó una risilla. Sin dejar de sonreír, se inclinó hacía adelante en su taburete, apoyó la cabeza contra el tibio flanco de una vaca lechera y cerró los ojos. Con la espalda tensa, se estiró con las rodillas separadas y aferró los gruesos pezones, que pendían debajo de las hinchadas ubres. Presionó suavemente los dedos uno a uno. Cuando la leche tamborileó en el cubo, Rohel respiró hondo y suspiró. Asomó su lengua sonrosada entre sus labios húmedos, abrió los ojos y miró a Rob.

Rob estaba a solas en la sombreada tiniebla del establo, sosteniendo una manta que olía penetrantemente a Caballo y era apenas un poco mayor que un taled. Con un veloz movimiento envió la manta por encima de su cabeza y la echó sobre sus hombros tan elegantemente como si del tallit de Reb se tratara. Con la repetición, adquirió soltura suficiente como para acodarse el taled. El ganado mugía mientras practicaba el balanceo de la oración, tranquilo pero resuelto. Para orar prefería emular a Meir y no a rotos más enérgicos, como Reb Pinhas.

Esa era la parte más fácil. Le llevaría más tiempo dominar su idioma, complejo y de sonidos extraños, sobre todo porque estaba haciendo un esfuerzo extraordinario para aprender el persa.

Eran gentes de amuletos. En el terció superior de la jamba derecha de las puertas de todas las casas había clavado un tubito de madera al que daban el nombre de mezuzah. Simón le explicó que cada tubo contenía un diminuto pergamino arrollado en cuya cara delantera aparecían trazadas, veintidós líneas del Deuteronomio, 6: 4-9 y 11: 13-21; y en el dorso figuraba la palabra Shaddai, que quería decir "Todopoderoso”.

Como Rob había observado durante el trayecto, todas las mañanas, excepto la del sábado, los adultos de sexo masculino se ataban dos pequeñas ,cajas de cuero, una en el brazo y otra en la cabeza. Dichas cajas se llamaban tefillín y contenían fragmentos de su libro sagrado, la Tora; la caja de la frente estaba destinada a la mente y la otra, sujeta al brazo, al corazón.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:50

--Lo hacemos para obedecer las instrucciones del Deuteronomio--dijo Simón--: "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu Corazón... Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos”

La dificultad consistía en que Rob no podía saber, mediante la simple observación, como se ponían los judíos el tefillín. Tampoco podía pedirle a Simón que se lo enseñara, pues habría llamado la atención que un cristiano quisiera aprender un rito de la fe judía. Logró contar diez vueltas del cuero alrededor de los brazos, pero lo que hacían en la mano era complicado, pues pasaban la tira de cuero entre los dedos de una manera especial que nunca logró dilucidar.

De pie en el frío establo penetrado de olor dulzón, envolvió su brazo izquierdo con un trozo de cuerda vieja, pero lo que hacía con la cuerda en la mano y los dedos nunca adquirió el menor sentido.

No obstante, los judíos eran maestros naturales y aprendía algo nuevo todos los días. En la escuela parroquial de St. Botolph, los sacerdotes le habían enseñado que el Dios del Antiguo Testamento era Jehová. Pero cuando lo nombró, Meir meneó la cabeza.

--Debes saber que para nosotros, Dios nuestro Señor, bendito sea, tiene varios nombres. Este es el más sagrado. --Con un trozo de carbón de leña de chimenea dibujó en el suelo de madera, escribiendo la palabra en parsi y la Lengua: Yahvé--. Nunca debe pronunciarse, porque la identidad del altísimo es inefable. Los cristianos lo pronuncian mal, como has hecho tu. O sea que el nombre no es Jehová, ¿entendido?

Rob asintió.

De noche, en su lecho de paja, repasaba palabras y costumbres nuevas, y antes de que el sueño lo venciera recordaba una frase, un fragmento de un bendición, un gesto, una pronunciación, una expresión de éxtasis en un rostro durante la oración, y lo almacenaba en su mente para cuando llegara un día en que lo necesitara.

--Debes mantenerte apartado de la nieta del rabbennu --dijo Meir, ceñudo.

--No tengo interés por ella.

Habían transcurrido unos días desde que hablaran en la vaquería, y no había vuelto a acercarse a ella. En verdad, la noche anterior había soñado con Mary Cullen, y al alba despertó con los ojos ardientes, atónitos, tratando de recordar los detalles del sueño.

Meir asintió y desarrugó la cara.

--Bien. Una de las mujeres notó que ella te observaba con mucho interés y se lo dijo al rabbennu. El me pidió que hablara contigo.--Meir se apoyó el índice en la nariz--. Una palabra serena a un hombre sensato vale más que un año de súplicas a un tonto.

Rob estaba alarmado, perturbado, pues debía permanecer en Tryavna para estudiar las costumbres de los judíos y el parsi.

--Yo no quiero tener problemas por una mujer.

--Claro que no. --Meir suspiró--. El problema es la chica, que ya debería estar casada. Desde la infancia ha estado prometida a Reb Meshull ben Moses, el nieto de Reb Baruch ben David. ¿Conoces a Reb Baruch? ¿el hombre alto y delgado? ¿De cara larga? ¿De nariz angosta y puntiaguda que se sienta más allá del fuego en la casa de estudios?

--Ah, si. Un anciano de ojos feroces.

--Ojos feroces porque es un feroz erudito. Si el rabbennu no fuese el rabbennu, Reb Baruch ocuparía su puesto. Siempre fueron estudiosos rivales e íntimos amigos. Cuando sus nietos eran bebes, acordaron su matrimonió con gran jubilo, para unir a las dos familias. Luego tuvieron una terrible disputa que puso fin a su amistad.

--¿Por que disputaron? --preguntó Rob, que empezaba a sentirse cómodo en Tryavna como para gozar de algún chismorreo.

--Sacrificaron un toro joven en sociedad. Ahora bien; debes comprender que nuestras leyes del kashrulh son antiguas y complicadas, con reglas e interpretaciones acerca de cómo deben y no deben ser las cosas. En el morro de la res se descubrió una mancha insignificante. El rabbennu cito predentes según los cuales esa mancha podía pasarse por alto, pues en modo alguno estropeaba la carne. Reb Baruch citó otros precedentes indicativos de que la carne estaba echada a perder por causa de la mancha, y que no podía comerse. Insistió en que a él le asistía la razón y se ofendió con el rabbennu por haber puesto en duda sus conocimientos.

“Discutieron hasta que el rabbennu perdió la paciencia. "Cortemos al mal por la mitad --propuso--. Yo cogeré mi porción y que Baruch haga lo que quiera con la suya.”

“Cuando llevó la mitad del toro a casa, tenía la intención de comérsela pero después de meditar, se lamentó: “¿Como puedo comer la carne de este animal? ¿Una mitad esta en la basura de Baruch y yo debo comerme la otra aquí?" A continuación, también arrojó su mitad de la res a la basura.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:50

“Después de lo ocurrido, se oponían constantemente. Si Reb Baruch decía blanco, el rabbennu decía negro; si el rabbennu decía carne, Reb Baruch decía leche. Cuando Rohel tenía doce años y medio, la edad en que sus padres debían haber empezado a hablar seriamente sobre la boda, las familias no movieron un dedo porque sabían que cualquier reunión culminaría con una rencilla entre ambos ancianos. Entonces el joven Reb Meshullum, el novio en ciernes, hizo su primer viaje de negocios al extranjero con su padre y los hombres de la familia. Viajaron a Marsella con un surtido de teteras y allí permanecieron casi un año, traficando y obteniendo buenos beneficios. Contando el tiempo que tardaron en los viajes, estuvieron fuera dos años, hasta que regresaron el verano pasado, trayendo un cargamento de fina ropa francesa bien confeccionada. Y todavía las dos familias, distanciadas por los abuelos, siguen sin concretar el matrimonio.

“Ahora es del dominio público que la infortunada Rohel puede considerarse una agunah, una esposa abandonada. Tiene pechos pero no da de mamar a ningún bebe; es una mujer pero no tiene marido, y todo esto se ha convertido en un escándalo mayúsculo.

Coincidieron en que sería mejor que Rob evitara la vaquería durante las horas de ordeño.

Estaba bien que Meir le hubiese hablado, pues no sabía que podría haber ocurrido si no le hubiese hecho ver claramente que la hospitalidad incondicional de los judíos no incluía el disfrute de sus mujeres. Por la noche sufrió torturadas y voluptuosas visiones de muslos largos y plenos, cabellos rojos y pechos pálidos con pezones como bayas. Estaba seguro de que los judíos tenían una oración para pedir perdón por la simiente derramada --tenían una para todas las cosas--, pero el no sabía ninguna y ocultó la evidencia de sus poluciones debajo de paja fresca, e intentó dedicar todas sus energías al trabajo.

Era difícil. A su alrededor reinaba una hormigueante sexualidad estimulada por la religión. Consideraban una bendición especial hacer el amor la víspera del sábado, por ejemplo, lo que tal vez explicaba por que les gustaba tanto el final de la semana. Los jóvenes hablaban libremente de esos temas; Si murmuraban acerca de si una esposa era intocable. A los matrimonios judíos se les prohibía copular durante doce días después del inició de la menstruación, o siete días después de su término. La abstinencia no terminaba hasta que la esposa se purificaba mediante la inmersión en el pozo ritual, que se llamaba mikva.

Se trataba de un aljibe bordeado de ladrillos, en una caseta de baños levantada sobre un manantial. Simón le contó a Rob que para que fuese ritualmente correcta, el agua del mikva debía provenir de una fuente natural o del río. El mikva era para la purificación simbólica, no para la higiene. Los judíos se bañaban en casa, pero todas las semanas, antes del sábado, Rob se sumaba a los varones en la caseta de baño, que solo contenía el aljibe y un gran fuego rugiente, en un hogar redondo sobre el que colgaban calderos con agua hirviendo. Bañándose desnudos entre vapores y con el ambiente caldeado, competían por el privilegio de volcar agua sobre el rabbennu, mientras lo interrogaban sin parar.

--Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah! ¡Una pregunta, una pregunta!

La respuesta del Shlomo ben Elaiahu a cada cuestión era deliberada y reflexiva, llena de citas y precedentes eruditos, a veces traducidas por Simón Meir para Rob con excesivo detalle.

--Rabbennu, ¿esta de verdad escrito en el Libro de los Consejos que todo hombre debe consagrar a su hijo mayor a siete años de estudios avanzado? El rabbennu, en cueros, exploró meditativamente su ombligo, se tiró de una oreja, y enredó sus dedos largos y pálidos en su nívea barba.

--No esta así escrito, hijos míos. Por un lado --dejó asomar el pulgar derecho--, Reb Hananel ben Ashi, de Leipzig, era de esa opinión. Por otro --dejó asomar el pulgar izquierdo--, de acuerdo con el rabbennu Jose ben Eliakim, de Jaffa, esto solo se aplica a los primogénitos varones de sacerdotes y levitas. Pero --empujó hacía ellos el vapor con ambas palmas-- esos dos sabios vivieron hace cientos de años. Hoy somos hombres modernos, entendemos que el aprendizaje no solo corresponde al primer nacido, porque eso equivaldría a tratar a los demás hijos varones como mujeres. Hoy estamos acostumbrados a que todos los jóvenes dediquen su decimocuarto decimoquinto y decimosexto año al estudió avanzado del Talmud, de doce a quince horas diarias. Después, los pocos que sean llamados pueden dedicar su vida a los estudios, en tanto los demás pueden entrar en los negocios y estudiar solo seis horas diarias a partir de entonces.

Bien. La mayoría de las preguntas que le eran traducidas al Otro, no correspondían a la índole que hacía palpitar su corazón y ni siquiera, en realidad, mantenían su atención constante. Sin embargo, Rob disfrutaba del viernes por la tarde en la caseta de baños, y nunca en su vida se había sentido tan cómodo entre hombres desnudos. Quizá esto tuviera algo que ver con su miembro circunciso. Si hubiese estado entre sus paisanos, esa particularidad habría dado lugar a groseras miradas, burlas, preguntas y especulaciones obscenas. Una flor exótica que crece sola es una cuestión, pero es muy distinta cuando está rodeada por todo un campo de flores de configuración similar.

En la caseta de baños, los judíos eran pródigos a la hora de alimentar el fuego, y a Rob le gustaba la combinación de humo de madera y humedad vaporosa, la picazón del fuerte jabón amarillo cuya manufactura era supervisada por la hija del rabbennu, y la cuidadosa mezcla de agua hirviendo y agua fría del manantial, a fin de crear una agradable tibieza para el baño.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:51

EL INVIERNO EN LA CASA DE ESTUDIOS




Esa Navidad fue la más extraña de sus veintiún años de vida. Barber no se había educado como un autentico creyente, pero el ganso y el budín, el mordisqueo al queso con manteca de cerdo, las canciones, el brindis, la palmada festiva en la espalda... eran parte integrante de él, y aquel año sintió una profunda soledad. Los judíos no pasaron por alto ese día por mala fe: Jesús no pertenecía a su mundo, sencillamente. Sin duda Rob podría haber encontrado una iglesia, pero no la buscó. Curiosamente, el hecho de que nadie le deseara feliz Navidad, le infundió un sentimiento cristiano como jamás lo había experimentado.

Una semana después, en el amanecer del año de Nuestro Señor 1032, tumbado en su lecho de paja pensó en qué se había convertido, y a dónde lo llevaría eso. En sus andanzas por la Isla Británica se había creído un gran viajero pero ya había recorrido una distancia mayor que la que abarcaba todo su suelo natal, y aun se extendía ante él un interminable mundo desconocido.

Los judíos celebraron ese día, ¡pero porque había luna nueva, no porque comenzase un nuevo año! Se enteró, perplejo, que según su impío calendario promediaba el año 492.

Aquel era un país de nieves. Dio la bienvenida a cada nevada, y en breve fue un hecho aceptado que después de cada tormenta el robusto cristiano, con su gran pala de madera, realizara el trabajo de varios hombres corrientes. Aquella era su única actividad física. Cuando no estaba quitando nieve aprendía parsi. Ya se hallaba lo bastante adelantado como para poder pensar mentalmente en la lengua de los persas. Algunos judíos de Tryavna habían visitado Persia, y siempre que pescaba a alguno, Rob le hablaba en parsi.

--El acento, Simón. ¿Como va mi acento? --preguntó, irritando a su profesor.

--El persa que quiera reírse, se reirá --le espetó Simón--, porque para ellos tu serás un extranjero. ¿O esperas un milagro?

Los judíos presentes en la casa de estudios intercambiaron sonrisas por lo bobo que era aquel goy gigantesco. "Que sonrían”, pensó; el los consideraba un objeto de estudió más interesante que él para ellos. Por ejemplo, en seguida supo que Meir y su grupo no eran los únicos forasteros en Tryavna Muchos de los que iban a la casa de estudios eran viajeros que esperaban a que amainaran los rigores del invierno balcánico. Para su sorpresa, Meir le dijo que ninguno pagaba una sola moneda a cambio.. de más de tres meses de comida y albergue.

--Este es el sistema que permite a mi pueblo comerciar entre una y otra nación --explicó--. Ya has visto lo difícil y peligroso que es viajar por el mundo, pero todas las comunidades judías envían mercaderes al exterior.

En cualquier población judía de cualquier tierra, cristiana o musulmana todo viajero judío es recibido por los judíos, que le dan comida y vino, un lugar en la sinagoga, un establo para su caballo. Todas las comunidades tienen hombres en lugares del extranjero, sustentados por otros judíos. Y el año venidero, el anfitrión será huésped.

Los forasteros encajaban rápidamente en la vida de la comunidad, hasta el punto de disfrutar con las comidillas locales. Así fue como una tarde, en la casa de estudios, mientras conversaba en lengua persa con un judío de Anatolia llamado Ezra el Herrador --¡cotilleos en parsi!--, Rob se enteró de que a la mañana siguiente tendría lugar una dramática confrontación. El rabbenu hacía las veces de shohet, matarife de la comunidad. En efecto, sacrificaría dos bestias jóvenes de su ganado mayor. Un reducido grupo de los más prestigiosos sabios de la comunidad harían de mashgiot, o inspectores rituales, que se ocupaban de que durante la matanza se observara hasta el último detalle de su compleja ley. Y como mashgah, durante el sacrificio, presidiría el antaño amigo y hogaño antagonista del rabbenu, Reb Baruch ben David.

Aquella noche Meir dio a Rob una lección sobre el Levítico. Estos era los animales que los judíos podían comer de entre todos los que habitaba la tierra: cualquiera que rumia y tiene la pezuña hendida, incluyendo oveja, vaca, cabra y venado. Entre los animales tref --no kosher-- estaban los caballos, burros, camellos y cerdos.

De las aves, estaban autorizados a comer palominos, gallinas, palomas domésticas, patos domésticos y gansos domésticos. Entre los seres alados prohibidos estaban las águilas, avestruces, buitres, milanos, cuclillos, cisne cigüeñas, búhos, pelícanos, avefrias y murciélagos.

--En mi vida he paladeado una carne tan sabrosa como la de un polluelo de cisne primorosamente mechado, envuelto en cerdo salado y luego asado lentamente al fuego.

Meir parecía ligeramente asqueado.

--Aquí no lo comerás --dijo.

El día siguiente amaneció claro y frío o. La casa de estudios estaba casi desierta después del shaharit, la primera oración ritual, por la mañana, muchos se acercaron al corral del rabbennu para presenciar la shehitah, la matanza ritual.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:51

El aliento de los asistentes formaba pequeñas nubes que flotaban en el aire quieto y helado.

Rob estaba con Simón. Se produjo una leve agitación cuando llegó Reb Aruch ben David con el otro mashglah, un anciano encorvado, de nombre Reb Samson ben Zanvil, cuyo rostro era adusto y resuelto.

--Es mayor que Reb Baruch y que el rabbenu, aunque no tan docto susurró Simón--. Ahora teme quedarse atrapado entre ambos si se plantea una disidencia.

Los cuatro hijos del rabbenu condujeron al primer animal desde el establo: un toro negro de lomo oscuro y pesados cuartos traseros. Mugiendo, el toro agitó la cabeza y pateó el suelo. Tuvieron que pedir ayuda a los mirones para dominarlo con cuerdas, mientras los inspectores examinaban cada milímetro de su cuerpo.

--La más mínima herida o rasguño en la piel lo descalificará como animal de carne --dijo Simón.

--¿Por que?

Simón lo miró, fastidiado.

--Porque lo dice la ley --respondió.

Finalmente satisfechos, condujeron al toro a un pesebre lleno de dulce heno. El rabbenu cogió una larga cuchilla.

--Fíjate en el extremo romo y cuadrado de la cuchilla --dijo Simón--.

No tiene punta, para evitar la posibilidad de que rasgue el pellejo del animal.

pero la cuchilla esta afilada como una navaja.

Seguían observando en medio del frío, pero nada ocurría.

--¿Que están esperando? --susurró Rob.

--El momento exacto, porque el animal tiene que estar inmóvil en el instante del corte mortal --explicó Simón--, pues de lo contrario no sería kosher.

Y mientras lo decía, la cuchilla centelleó. Un solo golpe limpio cercenó gaznate y, con él, la traquea y las arterias carótidas. A continuación brotó un chorro rojo y el toro perdió el conocimiento cuando se cortó el suministro de sangre en el cerebro. Los ojos se empañaron y el animal cayó de rodillas; al cabo de un instante, estaba muerto.

Se oyó un murmullo de complacencia entre los observadores, murmullo que se silenció de inmediato porque Reb Baruch había cogido la cuchilla y la estaba examinando.

Rob notó en su expresión un debate que tensó sus finos rasgos de anciano. Baruch se volvió hacia su también anciano rival.

--¿Ocurre algo? --preguntó fríamente el rabbenu.

--Eso temo ---dijo Reb Baruch, y procedió a mostrar, en mitad del borde cortante de la hoja, una imperfección, una ínfima muesca en el acero esmeradamente afilado.

Viejo y nudoso, con el rostro demudado, Reb Samson ben Zanvil esperó, seguro de que como segundo mashgah sería solicitado su juicio, un juicio que no deseaba pronunciar.

Reb Daniel, padre de Rohel e hijo mayor del rabbenu, comenzó a vociferar --¿Que clase de bobada es esta? Todos saben con cuanto cuidado son afiladas las cuchillas rituales del rabbenu --dijo, pero su padre levantó la mano, exigiéndole silencio.

El rabbenu sostuvo la cuchilla a la luz y pasó un dedo experto por deba mismo del filo. Suspiró, porque la muesca existía: un error humano que volvía ritualmente inadecuada la carne del animal.

--Es una bendición que tu mirada sea más afilada que la de esta hoja y continúe protegiéndonos, viejo amigo mío --se apresuró a decir, y todos se relajaron, como si liberaran el aliento largo tiempo contenido.

Reb Baruch sonrió. Se estiró y palmeó la mano del rabbenu. Ambos se miraron a los ojos un buen rato.

Luego, el rabbenu se volvió y llamó a Mar Reuven el Cirujano Barbero.

Rob y Simón dieron un paso al frente y escucharon atentamente.

--El rabbenu te pide que entregues esta res trief al carnicero cristiano de Gabrovo --dijo Simón.

Rob cogió su yegua, que estaba muy necesitada de ejercicios, y la ató al trineo chato sobre el que una serie de manos dispuestas cargaron al toro sacrificado. El rabbenu había utilizado una cuchilla aprobada para el segundo animal, que fue declarado kosher, y los judíos ya lo estaban desmembrando cuando Rob agitó las riendas y azuzó a Caballo para salir de Tryavna.

Fue a Gabrovo lentamente, experimentando un gran placer. La carnicería estaba donde le habían dicho: tres casas más abajo del edificio más destacado de la ciudad, una posada. El carnicero era un hombre fornido y pesado, que con su cuerpo hacía honor a su oficio. La lengua no significó un obstáculo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:51

--Tryavna --dijo Rob, señalando el toro muerto.

La cara coloradota se deshizo en sonrisas.

--Ah. Rabbenu --dijo el carnicero y asintió vivazmente.

Descargar el animal resulto difícil, pero el carnicero fue a una taberna y volvió con un par de ayudantes. Con cuerdas y esforzándose lograron descargar el toro.

Simón le había dicho a Rob que el precio era fijo y no habría regateo Cuando el carnicero le entregó una cantidad ínfima de monedas, Rob comprendió por qué sonreía entusiasmado, pues prácticamente había robado una excelente res, solo porque en la cuchilla de la matanza había una insignificante muesca. Rob nunca entendería a la gente que, sin buenas razones, capaz de tratar una carne estupenda como si fuese basura. La estupidez de aquel episodio lo cubrió de una especie de vergüenza; le habría gustado explicarle al carnicero que el era cristiano y no estaba emparentado con quienes se comportaban tan tontamente. Pero no pudo hacer otra cosa que aceptar las monedas en nombre de los hebreos y guardarlas en la bolsa que llevaba a ese efecto, para salvaguardarlas.

Cerrado el negocio, fue directamente a la taberna El oscuro bodegón era largo y estrecho, más semejante a la posada cerca un túnel que a un salón, con su techo bajo ennegrecido por el humo del fuego, a cuyo alrededor holgazaneaban nueve o diez hombres, bebiendo. Una mesita estaba ocupada por tres mujeres que aguardaban, atentas. Rob las observó mientras bebía un aguardiente moreno sin refinar, que no fue de su agrado. Las mujeres -obviamente, prostitutas de la taberna. Dos habían pasado la flor de la vida, pero la tercera era una rubia joven de expresión maliciosa y al mismo tiempo inocente. Captó el propósito de Rob en su mirada y le sonrió. Rob terminó la bebida y se acercó a la mesa.

--Supongo que no sabéis inglés--murmuró, acertadamente.

Una de las mayores dijo algo y las otras dos rieron. Pero Rob sacó una moneda y se la dio a la joven. Era toda la comunicación que necesitaban.

Ella se la embolsó y, sin decir palabra a sus compañeras, fue a buscar su capa, que colgaba de una percha.

Rob la siguió afuera, y en la calle nevada se encontró cara a cara con Mary Cullen.

--¡Hola! ¡Estáis pasando un buen invierno vos y vuestro padre?

--Estamos pasando un invierno espantoso --dijo Mary, y Rob observó que se le notaba. Tenía la nariz roja y una llaga fría en la tierna plenitud del labio inferior--. La posada siempre esta helada y la comida es pésima. ¡Es verdad que vivís con los judíos?

-Si.

--¿Cómo podéis? --preguntó ella con una vocecilla suave.

Rob había olvidado el color de sus ojos y el efecto de su mirada lo desarmó, como si hubiera tropezado con unos aleteantes azulejos en la nieve.

--Duermo en un establo muy abrigado. La comida es excelente --contestó, con enorme satisfacción.

--Mi padre me ha dicho que los judíos despiden un hedor particular que se llama foetor judaicus. Porque frotaron el cuerpo de Cristo con ajo después de matarlo.

--A veces todos olemos. Pero sumergirse de la cabeza a los pies todos los viernes es una de las costumbres de los judíos. Sospecho que se bañan con más frecuencia que el resto de los humanos.

Ella se ruborizó, y Rob comprendió que debía de ser difícil y raro obtener agua para bañarse en una posada como la de Gabrovo. Mary observó a la mujer que, pacientemente, esperaba a corta distancia.

--Mi padre dice que el que se aviene a vivir con judíos no puede ser un hombre cabal.

--Vuestro padre parecía simpático, pero quizá --dijo Rob reflexivamente --sea un asno.

En ese mismo momento, cada uno echó a andar por su lado. Rob siguió a la rubia hasta una habitación cercana. Estaba desordenada y llena de ropa sucia de mujeres, y tuvo la sospecha de que convivía con las otras dos. Mientras la mujer se desnudaba, Rob la observaba.

--Es una crueldad mirar tu cuerpo después de haber visto a la otra dijo, sabiendo que ella no entendería una sola palabra de lo que decía--.

Su lengua no siempre expresa mieles, pero... No es una beldad, exactamente, pero muy pocas mujeres pueden compararse a Mary Cullen en su porte.

La mujer le sonrió.

--Tu eres una puta joven pero ya pareces vieja --le dijo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:51

Hacía mucho frío y la mujer se despojó de su ropa y se metió rápidamente entre las mugrientas mantas de piel, no sin que antes el hubiera visto más de lo que hubiera preferido. Era un hombre que sabía apreciar el aroma a almizcle de las mujeres, pero de ella emanaba un hedor agrio. El vello de su cuerpo tenía aspecto duro y pegoteado, como si sus jugos se hubiesen secado y resecado incontables veces sin sentir la simple y honrada humedad del agua. La abstinencia había provocado tales ardores en Rob que se habría echado encima de ella, pero el breve vislumbre de su cuerpo azulado le permitió descubrir una carne ajada y apelmazada que no quería tocar.

--¡Maldita sea esa bruja pelirroja! --refunfuñó.

La mujer lo miró, desconcertada.

--Tu no tienes la culpa, muñeca --le dijo, mientras metía la mano en la bolsa.

Le dio más de lo que habría valido aunque hubiese intentado extraerle algún valor. La mujer metió las monedas bajo las pieles y las apretó contra su cuerpo. Rob ni siquiera había empezado a desvestirse; estiró su ropa, inclinó la cabeza ante ella y salió a tomar aire fresco.

A medida que avanzaba febrero, pasaba cada vez más tiempo en la casa de estudios, desentrañando detenidamente el Corán persa. Siempre lo asombraba la inexorable hostilidad del Corán hacía los cristianos y su amargo aborrecimiento de los judíos. Simón se lo explicó.

--Los primeros maestros de Mahoma fueron judíos y monjes sirio-cristianos. Cuando el informó por vez primera de que el arcángel Gabriel le había visitado, que Dios le había nombrado su profeta y le había dado instrucciones de fundar una religión nueva y perfecta, esperaba que sus viejos amigos lo siguieran en tropel, dando gritos de alegría. Pero los cristianos prefirieron su propia religión y los judíos, sobrecogidos y amenazados, se sumaron activamente a los que rechazaban las predicas de Mahoma. No los perdonó en toda su vida, y habló y escribió sobre ellos injuriosamente.

Los conocimientos de Simón hacían que el Corán cobrara vida para Rob. Ya iba por la mitad del libro y se afanaba en los estudios, sabedor que en breve reanudarían el viaje. Al llegar a Constantinopla, él y el grupo de Meir seguirían caminos diferentes, lo que, además de separarlo de su maestro Simón, lo privaría del libro, y esto era lo más importante. El Corán desprendía insinuaciones de una cultura remota, y los judíos de Tryavna daban a entender que iba a descubrir un estilo de vida diferente. De niño creía que Inglaterra era el mundo, pero ahora sabía que existían otros pueblos. En algunos rasgos eran semejantes, pero diferían en cuestiones importantes.

El encuentro en la matanza ritual había reconciliado a rabbenu con Reb Baruch ben David, y sus familias comenzaron de inmediato a planear la boda de Rohel con el joven Res Meshullum ben Nathan. El barrio judío era un hervidero de bulliciosa actividad. Los dos ancianos iban de un lado a otro, de buen humor, a menudo juntos.

El rabbennu regaló a Rob el viejo sombrero de cuero y le dejó para que estudiara, un artículo del Talmud. El libro hebreo de las leyes había sido traducido al parsi. Aunque Rob agradeció la posibilidad de ver en la lengua persa otro documento, el significado de ese texto estaba fuera de su alcance. El documento se ocupaba de una ley llamada shaatnez: aunque se permitía a los tíos usar lino y lana, no se les permitía mezclar ambas fibras, y Rob no podía entender por qué.

Cada vez que lo preguntó, su interlocutor manifestaba ignorarlo o se encogía de hombros y decía que era la ley.

Ese viernes, desnudo en la vaporosa caseta de baños, Rob reunió valor mientras los hombres rodeaban al sabio.

--Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah --gritó. ¡Una pregunta, una pregunta!” El rabbenu dejó de enjabonar la prominencia de su barriga, sonrió al goy extranjero y luego habló.

--Ha dicho: "Pregunta, hijo mío”--dijo Simón.

--Tenéis prohibido comer carne con leche. Tenéis prohibido usar lino con lana. La mitad del tiempo tenéis prohibido tocar a vuestras mujeres. ¿Por qué hay tantas cosas prohibidas?

--Para alimentar la fe --respondió el rabbenu.

--¿Por que Dios impone exigencias tan extrañas a los judíos?

--Para separarnos de vosotros --dijo el rabbenu, pero sus ojos chispearon y no había malicia en sus palabras.

Rob bufó cuando Simón le echó agua en la cabeza.

Todos participaron cuando Rohel, nieta del rabbenu, contrajo matrimonio con Meshullum, nieto de Reb Baruch, el segundo viernes del mes.

Esa mañana, muy temprano, todos se reunieron a las puertas de la casa de Daniel ben Shlomo, padre de la novia. En el interior, Meshullum pago por la novia el digno precio de quince piezas de oro. Se firmó el ketubah o contrato matrimonial, y Reb Daniel presentó una abultada dote, regalando el precio de la novia a la pareja y añadiendo otras quince piezas de oro, un carro y una yunta de caballos. Nathan, el padre del novio, dio a la afortunada pareja un par de vacas lecheras. Al salir de la casa, una radiante Rohel pasó junto a Rob como si este fuera invisible.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:52

Toda la comunidad escoltó a la pareja a la sinagoga, donde recitaron siete bendiciones bajo un toldo. Meshullum pisoteo un frágil cristal para ilustrar que la felicidad es transitoria y que los judíos no deben olvidar la destrucción del Templo. Después fueron marido y mujer y se inició un largo día de celebraciones. Un flautista, un pifanista y un tamborilero interpretaron música, y los judíos cantaron vigorosamente: Mi amado descendió a su huerto, a las eras de los aromas, para apacentar en los huertos y para coger los lirios.

Simón le dijo a Rob que era un párrafo de las Escrituras. Los dos abuelos extendieron sus brazos jubilosos, chasquearon los dedos, cerraron los ojos, echaron las cabezas hacía atrás y danzaron. Las celebraciones de la boda duraron hasta las primeras horas de la madrugada. Rob comió demasiada carne y sabrosos pasteles, y bebió en exceso.

Aquella noche dio vueltas y vueltas en su camastro de paja, en la oscura calidez del establo, con la gata a sus pies. Recordó a la rubia de Gabrovo cada vez con menos asco, y se obligó a quitarse de la cabeza a Mary Cullen.

Pensó con resentimiento en el flacucho Meshullum, que en ese momento yacía con Rohel, y abrigó la esperanza de que sus prodigiosos conocimientos le permitieran apreciar tan buena fortuna.

Despertó mucho antes del alba y sintió, más que oyó, los cambios operados en su mundo. Después de volver a dormir y despertar y levantarse de la cama, los sonidos eran claramente audibles: un goteo, un tintineo, un torrente, un bramido que crecía de volumen a medida que el hielo y la nieve cedían y se unían a las aguas de la tierra abierta, barriendo las laderas montañosas y anunciando la llegada de la primavera.

Cuando murió la madre de Mary Cullen, su padre le dijo que el guardaría luto a Jura Cullen por el resto de sus días. Mary dijo, de buena gana, que también ella llevaría luto riguroso y evitaría los placeres públicos, pero cuando el dieciocho de marzo se cumplió un año, comunicó a su padre que había llegado la hora de que volvieran a la rutina de la vida corriente.

--Yo seguiré yendo de negro--dijo James Cullen.

--Yo no --contestó ella, y el asintió.

Mary había llevado consigo todo el tiempo una pieza de paño de lana ligero, hilado con sus propios vellones, y averiguó infatigablemente hasta encontrar una costurera fina en Gabrovo. La mujer aceptó el trabajo cuando le transmitió qué quería, pero indicó que convenía teñir el paño --de un color natural indescriptible-- antes de cortarlo. Las raíces de la planta rubia darían matices rojos, pero con sus cabellos la haría destacarse como un faro. El centro de la madera de roble daría gris, pero después de su dieta de negro el gris le parecía deprimente. La corteza de arce o de zumaque virarían al amarillo o el naranja, colores muy frívolos. Tendría que ser marrón.

--Toda mi vida he usado marrón cáscara de avellana --se quejó a su padre.

Al día siguiente el le llevó un pequeño bote con una pasta amarillenta, tono semejante al de la mantequilla rancia.

--Es tintura, y escandalosamente cara.

--No es un color que yo admire --dijo ella prudentemente.

James Cullen sonrió.

--Ese color se llama añil o índigo. Se disuelve en agua y debes cuidar que no te toque las manos. Cuando se saca el paño húmedo del agua amarillenta, cambia de color en el aire y, a partir de ese momento, el tinte es rápido.

Produjo un paño azul marino, tan espléndido como nunca había visto otro; la costurera cortó y cosió un vestido y una capa. Mary estaba contenta con su nueva indumentaria, pero la dobló y la apartó hasta la mañana del diez de abril, día en que los cazadores volvieron a Gabrovo con la noticia de que ya estaba abierto el camino de la montaña.

A primera hora de la tarde, la gente que estaba esperando el deshielo en el campo comenzó a acudir deprisa a Gabrovo, el punto de partida hacia el gran desfiladero conocido como Portal de los Balcanes. Los proveedores instalaron sus mercancías y comenzaron a llegar las multitudes, vociferando su derecho a comprar provisiones.

Mary tuvo que darle dinero a la mujer del posadero para convencerla de que calentara agua al fuego en un momento tan ajetreado, y la subiera a las cámaras donde dormían las mujeres. Primero Mary se arrodilló, metió la cabeza en la cuba de madera y se lavó el pelo, ahora largo y recio como la lluvia invernal; luego se metió en cuclillas en la cuba y se frotó hasta queda brillante.

Se vistió con la ropa recién hecha y fue a sentarse afuera. Mientras se pasaba un peine de madera por los cabellos, para que se secaran dulcemente bajo el sol, vio que la calle principal de Gabrovo estaba llena de carros y caballos. Poco después, una numerosa partida de jinetes delirantemente borrachos atravesó la ciudad al galope, haciendo caso omiso de los estragos causados por los atronadores cascos de sus cabalgaduras. Un carro volcó cuando los caballos se espantaron, con los ojos blancos de terror. Mientras los hombres maldecían y luchaban para contener las riendas, y los caballos piafaba acobardados, Mary entró corriendo, antes de que se le secara el pelo.

Tenía sus pertenencias preparadas cuando apareció su padre con el sirviente Seredy.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:52

--¿Quienes eran esos hombres que pasaron tempestuosamente? --preguntó.

--Se dan el nombre de caballeros cristianos --replicó fríamente su padre--. Eran cerca de ochenta, franceses de Normandía que van en peregrinaje a Palestina.

--Son muy peligrosos, señora --dijo Seredy--. Usan cotas de malla pero llevan carros repletos de armaduras. Siempre están embriagados y --desvió la vista-- abusan de las mujeres. No debéis moveros de nuestro lado, señora.

Mary le dio las gracias seriamente, pero la idea de tener que depender de Seredy y de su padre para que la protegieran de ochenta caballeros bebidos y brutales, de no ser tan siniestra, le habría provocado una sonrisa.

La protección mutua era la mejor razón para viajar en una caravana numerosa, y en un abrir y cerrar de ojos cargaron los animales y los condujeron a un gran campo del límite este de la ciudad, donde se estaba reuniendo la caravana. Al pasar junto al carro de Kerl Fritta, Mary vio que este ya había montado una mesa y hacia buenos negocios de reclutamiento.

Fue una especie de regreso al hogar, pues se acercaron a saludarlos muchas personas que habían conocido en la etapa anterior del viaje. Los Cullen encontraron su lugar hacía la mitad de la línea de marcha, pues muchos viajeros nuevos formaban fila detrás.

Todo el tiempo vigiló atentamente, pero era casi de noche cuando divisó el grupo que estaba esperando. Los mismos cinco judíos con quienes había dejado la caravana, volvieron a caballo. Detrás vio a la pequeña yegua. Rob J. Cole condujo el estrafalario carromato hacía ella, que repentinamente notó que el corazón se le saltaba del pecho.

El tenía tan buen aspecto como siempre, y parecía contento de estar de vuelta Saludo a los Cullen tan alegremente como si el y ella no se hubieran enfadado la ultima vez que se encontraron.

Cuando Rob terminó de atender a su yegua y entró en su campamento, Mary consideró un gesto de buena vecindad mencionar que a los mercaderes locales les quedaba muy poco para vender, por si anduviera escaso de provisiones.

Rob le dio las gracias amablemente, pero dijo que había comprado todo que necesitaba en Tryavna, sin la menor dificultad.

--¿Vos tenéis lo suficiente?

--Si, porque mi padre fue de los primeros en comprar.

Le fastidiaba que el no hubiese mencionado todavía la capa y el vestido nuevos, aunque la estudió durante largo tiempo.

--Tienen el matiz exacto de vuestros ojos --dijo, finalmente.

Ella no estaba segura, pero lo interpretó como un cumplido.

--Gracias --dijo gravemente, y como su padre se aproximaba, se obligó a dar media vuelta para supervisar cómo montaba la tienda Seredy.

Transcurrió otro día sin que la caravana partiera, y en toda la línea de marcha se oían protestas. Su padre fue a ver a Fritta, y al volver dijo que el conductor de la caravana estaba esperando que partieran los caballeros normandos.

--Ya han causado muchos desmanes y Fritta prefiere, sensatamente, tenerlos delante para que no nos acosen por la retaguardia.

Pero a la mañana siguiente los caballeros seguían allí y Fritta decidió que habían esperado demasiado. Dio la señal de partida de la caravana hacía la larga y ultima etapa que los llevaría a Constantinopla; más tarde, la ola de movimiento llegó a los Cullen. El otoño anterior habían seguido a un joven matrimonio franco con dos hijos pequeños. La familia había pasado el invierno fuera de la ciudad de Gabrovo y tenía la declarada intención de sumarse de nuevo a la caravana, pero no apareció. Mary sabía que algo terrible tenía que haberle ocurrido, y rogó a Cristo que protegiera a aquellas gentes.

Ahora cabalgaba detrás de dos hermanos franceses obesos, que habían dicho a su padre que abrigaban la esperanza de hacer fortuna comprando alfombras turcas y otros tesoros. Mascaban ajo por razones de salud y, con frecuencia, se volvían en la silla para contemplar estúpidamente su cuerpo. A Mary se le ocurrió que, conduciendo su carro detrás, el joven cirujano barbero también debía de observarles, y de vez en cuando era lo bastante pícara para mover las caderas más de lo que exigían los movimientos del caballo.

La gigantesca culebra de viajeros se acercó sinuosamente al desfiladero que llevaba a través de las altas montañas. La escarpada ladera se perdía bajo la tortuosa huella hasta el centelleante río, hinchado por la fusión de las nieves aprisionadas durante todo el invierno.

Al otro lado del gran desfiladero se alzaban estribaciones que, gradualmente se transformaban en colinas onduladas. Esa noche durmieron en un vasta llanura de vegetación arbustiva. Al día siguiente, viajaron rumbo al sur y resultó evidente que el Portal de los Balcanes separaba dos climas singulares, porque una vez traspuesto el desfiladero, el aire era más suave y se volvía más cálido a medida que avanzaban.

Por la noche hicieron alto en las afueras de Gornya. Acamparon en un plantación de ciruelos, con permiso de los campesinos, que vendieron a algunos hombres un ardiente licor de ciruelas, además de cebollas tiernas una bebida de leche fermentada, tan espesa que había que tomarla con cuchara. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mary oyó retumbar un trueno distante que, rápidamente, aumentó de volumen, y en breve los gritos salvajes de unos hombres se integraron en el estruendo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:53

Cuando salió de la tienda, vio que la gata blanca había salido del carromato del cirujano barbero y estaba paralizada en el camino. Los caballeros franceses pasaron como demonios en una pesadilla, y la gata se perdió en una nube de polvo, aunque no antes de que Mary viera lo que habían hecho los primeros cascos. No tuvo conciencia de haber gritado, pero supo que corrió a toda velocidad hacía el camino antes de que se asentara el polvo.

Señora Buffington ya no era blanca. La gata yacía pisoteada en el polvo, Mary levantó su pobre cuerpecillo quebrado. En ese momento se dio cuenta de que él había bajado del carromato y estaba a su lado.

--Se estropeara el vestido nuevo con la sangre --dijo Rob bruscamente pero su cara pálida dejaba traslucir su aflicción.

Cogió a la gata y una pala, y se alejó del campamento. A su vuelta, Mary no se le acercó pero desde lejos notó que tenía los ojos enrojecidos. Enterrar a un animal muerto no era lo mismo que dar sepultura a una persona, pensó Mary no le pareció extraño que Rob fuese capaz de llorar por un gato. A pesar de su talla y su fuerza, lo que le atraía de él era aquella especie de vitalidad vulnerable.

Los días siguientes lo dejó estar. La caravana cambió la orientación sur y volvió a girar al este, pero el sol seguía brillando, más caliente cada día Mary ya había comprendido que la nueva indumentaria que le confeccionaron en Gabrovo era sobre todo una molestia, pues hacía demasiado calor para vestir lana. Revolvió su guardarropa de verano en el equipaje, y encontró algunas prendas ligeras, aunque demasiado finas para viajar, pues en seguida se estropearían. Se decidió por ropa interior de algodón y un vestido basto en forma de saco, al que dio un mínimo de forma atándose un cordón en la cintura. Se tocó con un sombrero de cuero de ala ancha, aunque ya tenía pecosas las mejillas y la nariz.

Aquella mañana, cuando desmontó de su caballo y echó a andar para hacer ejercicio, como solía, él le sonrió.

--Subid conmigo en el carromato.

Mary lo hizo sin el menor aspaviento. Esta vez no se produjo ninguna comodidad; solo sintió el placer de ir en el pescante a su lado.

Rob metió la mano detrás del asiento para buscar su sombrero de cuero, que era igual al que usaban los judíos.

¿De donde lo sacasteis?

--Me lo dio el hombre santo de Tryavna.

Al rato notaron que el padre de ella le dedicaba una mirada tan torva que los dos soltaron una carcajada.

--Me sorprende que os permita visitarme --dijo.

--Lo he convencido de que sois inofensivo.

Se miraron, encantados. La cara de él era de bellas facciones, pese al aspecto escasamente favorecedor de su nariz rota. Mary comprendió que por impasibles que permanecieran sus rasgos, la clave de los sentimientos de Rob estaba en sus ojos, profundos y serenos, de alguna manera mayores que el mismo. Percibió en ellos una gran soledad, equiparable a la propia. ¿Cuantos años tenía? ¿Veintiuno? ¿Veintidós?

Mary notó, sobresaltada, que el estaba hablando de la meseta de labranza por la que pasaban.

--...en su mayoría frutales y trigo. Aquí los inviernos tienen que ser cortos y benignos, porque el cereal está avanzado --dijo, pero ella no se dejo llevar por la intimidad que habían alcanzado en los últimos momentos.

--Os odie aquel día en Gabrovo.

Otro hombre habría protestado o sonreído, pero él no abrió los labios.

--Por aquella eslava. ¿Como pudisteis ir con ella? También la detesté.

--No desperdiciéis vuestro odió con ninguno de los dos, pues ella era una mujer digna de lástima y yo no la toque. Veros a vos me estropeó esa posibilidad --dijo, sencillamente.

Ella no dudo de que le decía la verdad, y algo cálido y triunfal creció en interior como una flor.

Ahora podían hablar de fruslerías: la ruta, la forma en que debían conducirse los animales para que resistieran, la dificultad de encontrar madera para hacer fuego y cocinar. Fueron juntos toda la tarde; hablaron tranquilamente de todo, excepto de la gata blanca y de si mismos. Los ojos de él le decían otras cosas sin palabras.

Mary lo sabía. Estaba asustada por diversas razones, pero no habría cambiado ningún lugar de la tierra por el asiento del incómodo y traqueteante carromato bajo el sol abrasador, a su lado.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:53

Bajó obedientemente, pero reacia, cuando por fin la voz perentoria de su padre la llamó.

De vez en cuando, adelantaban a un pequeño rebaño de ovejas, en su mayoría sucias y mal cuidadas, pero Cullen se detenía invariablemente para inspeccionarlas e iba con Seredy a interrogar a los propietarios. En todos los casos, los pastores le aconsejaban que si buscaba ovejas auténticamente maravillosas fuera más allá de Anatolia.

A principios de mayo estaban a una semana de viaje de Turquía, y James Cullen no hacía el menor esfuerzo por ocultar su excitación. Su hija vivía una excitación propia, pero hacía todos los esfuerzos posibles por ocultársela. Aunque siempre se presentaba la oportunidad de esbozar una sonrisa y dedicar una mirada en dirección al cirujano barbero, a veces se obligaba a estar alejada de él dos días seguidos, pues temía que si su padre notaba sus sentimientos le ordenara no acercarse a Rob Cole.

Una noche que Mary estaba limpiando, después de cenar, apareció Rob en su campamento. Inclinó la cabeza ante ella y se acercó directamente a su padre, con un frasco de aguardiente en la mano, como ofrenda de paz.

--Siéntate --dijo James Cullen a regañadientes.

Pero después de compartir unos tragos se volvió amistoso, sin duda por que era agradable conversar en inglés, pero también porque resultaba difícil no tomarle simpatía a Rob J. Cole. Poco después, estaba hablando a su visitante de lo que les esperaba.

--Me han hablado de una raza de ovejas orientales, delgadas y de lomo estrecho, pero con unos rabos y unas patas traseras tan gordas, que el animal puede vivir de las reservas acumuladas si escasea la comida. Sus corderos tienen un vellón sedoso, de lustre insólito. ¡Espera un momento, hombre, déjame que te lo muestre!

Desapareció en la tienda y volvió con un gorro de piel de cordero La lana era gris y muy rizada.

--De la mejor calidad --dijo, ansioso--. El vellón solo es tan rizado hasta el quinto día de vida del cordero, y luego permanece ondulado hasta que la bestezuela tiene dos meses.

Rob observó el gorro y le aseguró que se trataba de una piel finísima.

--Lo es --corroboró Cullen, y se caló el gorro, lo que los hizo reír por que la noche era calurosa y aquella prenda de piel es apta para la nieve. El hombre volvió a guardarla en la tienda, y después los tres se sentaron ante fuego. James Cullen dio a su hija uno o dos sorbos de su vaso. A Mary le resultó difícil tragar el aguardiente, pero la situación hizo que el mundo mejorara ante sus ojos.

El estruendo de unos truenos sacudió el cielo purpúreo y una sábana de relámpagos los iluminó unos segundos, durante los cuales Mary vio las facciones endurecidas de Rob. Aquellos ojos vulnerables que lo volvían hermoso quedaron ocultos.

--Una tierra extraña, con truenos y relámpagos permanentes, sin que caiga nunca una gota de lluvia --comentó Cullen--. Tengo muy presente la mañana de tu nacimiento, Mary Margaret. También había truenos y relámpagos, pero se precipitó una abundante lluvia típicamente escocesa, que era como si los cielos se hubiesen abierto y nunca fueran a cerrarse.

Rob se inclinó hacía adelante.

--¿Fue en Kilmarnock, donde están tus posesiones familiares?

--No, nada de eso; ocurrió en Saltcoats. Su madre era una Tedder Saltcoats. Yo había llevado a Jura a su antiguo hogar, pues en su gravidez ansiaba ver a su madre, y nos agasajaron y mimaron durante semanas seguidas con lo que nos quedamos más tiempo del previsto. Se presentó el parto, de modo que en lugar de nacer en Kilmarnock, como corresponde a un Cullen Mary Margaret vino al mundo en la casa de su abuelo Tedder, con vista al estuario del Clyde.

--Padre --dijo ella suavemente--, el señor Cole no puede tener el menor interés en el día de mi nacimiento.

--Por el contrario --se apresuró a decir Rob, e hizo pregunta tras pregunta, escuchando a su padre con atención.

Mary rogaba que no hubiera más relámpagos, pues no quería que su padre viera que el cirujano barbero había apoyado la mano en su brazo desnudo. Su contacto era como el de la borrilla de cardo, pero la carne de Mary era un puro temblor, como si el futuro la hubiera rozado o la noche fuese muy fría.

El once de mayo la caravana llegó a la margen occidental del río Arda; y Fritta decidió acampar un día más para permitir que repararan los carros y que compraran provisiones a los granjeros de los alrededores. James Cullen llevó a Seredy y pagó a un guía para que los acompañara al otro lado del río, en Turquía, impaciente como un niño por iniciar la búsqueda de ovejas de rabo gordo.

Una hora más tarde, Mary y Rob montaron juntos a pelo el caballo, y se alejaron del ruido y la confusión. Cuando pasaron junto al campamento de los judíos, Mary notó que el joven delgado se la comía con los ojos. Era Simón, el maestro de Rob, que sonrió y codeó a otro en las costillas para que también los viera.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:53

A Mary apenas le importó. Se sentía mareada, tal vez a causa del calor, pues el sol matinal era una bola de fuego. Rodeó el pecho de Rob con sus brazos para no caer del caballo, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su ancha espalda.

A cierta distancia de la caravana se cruzaron con dos campesinos hoscos que llevaban un burro cargado de leña. Los hombres los miraron pero no les devolvieron el saludo. Quizá venían de lejos, pues no había árboles en ese lugar; solo se veían vastos campos sin trabajadores, porque la plantación había terminado tiempo atrás y aun no estaba suficientemente madura para ser cosechada.

Al llegar a un arroyo, Rob ató el caballo a un arbusto, se descalzaron y vadearon la deslumbrante brillantez. A ambos lados de las aguas reflectantes se extendían trigales, y Rob le mostró cómo los altos tallos daban sombra al terreno, volviéndolo tentadoramente penumbroso y fresco.

--Vamos, es como una caverna --dijo y se acercó a la rastra, como si fuera un niño grande.

Ella lo siguió lentamente. De pronto, un pequeño ser vivo hizo crujir el grano casi maduro y dio un salto.

--Solo se trata de un minúsculo ratón que ha huido, asustado --dijo él.

Mientras se acercaba a ella por el suelo frío, se contemplaron.

--No quiero hacerlo, Rob.

--Entonces no lo harás, Mary --respondió Rob, aunque Mary notó la frustración en su mirada.

--¿Podrías besarme y solo besarme, por favor? --le preguntó humildemente.

Así, su primera intimidad explícita fue un beso torpe y melancólico, condenado por la aprensión de Mary.

--Lo otro no me gusta. Ya lo he hecho --dijo precipitadamente, para apresurar el momento que tanto temía.

--Entonces, ¿tienes experiencia?

--Solo una vez, con mi primo, en Kilmarnock. Me hizo un daño terrible, Rob le besó los ojos y la nariz, suavemente la boca, mientras ella disipaba sus dudas. Al fin y al cabo, ¿quien era aquel? Stephen Tedder había sido alguien que conocía de toda la vida, primo y amigo, y le había provocado un autentico dolor. Después se desternilló de risa por su malestar como si ella hubiera sido tan torpe como para permitirle hacer aquello, lo mismo que si le hubiera permitido empujarla para que cayera sentada en un lodazal.

Y mientras ella albergaba sus desagradables pensamientos, aquel ingrato había modificado la naturaleza de sus besos, y su lengua le acariciaba el interior de los labios. No era desagradable, y cuando intentó imitarlo, le sorprendió su lengua. Pero ella se echó a temblar otra vez cuando le desató el corpiño --Solo quiero besarlos-- dijo Rob apremiante, y Mary tuvo la extraña experiencia de bajar la vista y ver la cara de él avanzando hacía sus pechos que, reconoció Mary con gruñona satisfacción, eran pesados pero altos y firmes, y arrebatados de color.

Rob lamió el borde rosado y toda ella se estremeció. Su lengua se movió en círculos cada vez más estrechos hasta que llegó al endurecido pezón color corales, en el que se posó como si fuese un bebé cuando lo tuvo entre sus labios, en tanto la acariciaba detrás de las rodillas y en el interior de las piernas. Pero cuando su mano llegó al montículo, Mary se puso rígida. Sin que se le cerraban los músculos de los muslos y el estómago, y se mantuvo tensa y asustada hasta que él apartó la mano.

Rob hurgó en sus propias ropas, luego buscó la mano de ella y le hi una ofrenda. Ella había entrevisto hombres anteriormente, por casualidad, encontrar a su padre o a uno de los trabajadores orinando detrás de un busto. Y había vislumbrado más en esas ocasiones que cuando estuvo con Stephen Tedder, de modo que nunca había visto, y ahora no pudo dejar estudiarlo. No esperaba que fuera tan... grueso, pensó acusadoramente, como si él tuviera la culpa. Mary cobró valor, le zarandeo los testículos y soltó una risilla cuando notó que el se retorcía. ¡Que cosa tan bonita!

Después se sintió más tranquila y se acariciaron, hasta que ella intento por su propia iniciativa, comerle la boca. En breve sus cuerpos se hicieron frutos maduros y no fue tan terrible cuando la mano de él abandono sus nalgas firmes y redondas, y volvió a retozar dulcemente entre sus piernas.

Mary no sabía que hacer con la mano. Le puso un dedo entre los labios y palpó su saliva, sus dientes y su lengua, pero el se apartó para chuparle los pechos, besarle el vientre y los muslos. Se abrió camino en ella primero con un dedo y luego con dos, masajeando el clítoris en círculos cada vez más rápidos.

--¡Ah! --suspiró ella débilmente, y levantó las rodillas.

Pero en lugar del martirio para el que su mente estaba preparada, se asombro sentir la calidez de su aliento sobre ella. Y su lengua nado como un pez en su humedad entre los pliegues vellosos que ella misma se avergonzaba de tocar. "¿Como haré para volver a mirar a este hombre a la cara?”, se preguntó, pero la pregunta se esfumó al instante, se desvaneció de forma extraña y maravillosa, pues comenzó a estremecerse y corcovear pícaramente, con los ojos cerrados y su boca callada a medias abierta.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:53

Antes de que recuperara el juicio, el se había insinuado en su interior.

Estaban verdaderamente enlazados; el era una calidez abrigada y sedosa en el núcleo de su cuerpo. No hubo dolor; apenas una leve sensación de rigidez que en seguida cedió mientras el avanzaba lentamente.

En un momento dado, Rob preguntó:

--¿Todo va bien?

--Si --dijo ella, y Rob siguió adelante.

En unos segundos, Mary se encontró moviendo su cuerpo al ritmo del él. Poco después, a Rob le resultó imposible seguir conteniéndose cada vez con más impulso, vibrante. Ella quería tranquilizarlo, pero mientras lo estudiaba a través de sus ojos rasgados, vio que echaba la cabeza hacía atrás y se arqueaba.

¡Cuanta singularidad en sentir su enorme temblor, en oír su gruñido de lo que pareció un arrollador alivió cuando se vació en ella!

Durante largo rato, en la penumbra del alto trigal, apenas se movieron.

Permanecieron quietos y callados; ella había apoyado en él una de sus largas piernas. El sudor y los líquidos se secaban.

--Llegará a gustarte --dijo finalmente Rob--. Como la cerveza de malta.

Mary le pellizco un brazo con todas sus fuerzas. Pero estaba pensativa.

--¿Por que nos gusta? --preguntó--. He observado a los caballos antes cuando lo hacen. ¿Por que a los animales les gusta?

El se mostró sorprendido. Años después, ella comprendería que esa pregunta la diferenciaba de cualquier mujer que hubiese conocido, pero ahora no sabía que Rob la estaba estudiando.

Mary no se decidió a decirlo, pero el ya se diferenciaba de cualquier otro hombre en su mente. Percibió que había sido sumamente bondadoso con ella en una forma que no comprendía del todo; claro que solo contaba con el recuerdo de un acto tosco como elemento de comparación.

--Pensaste más en mi que en ti mismo --dijo ella.

--No lo pase nada mal.

Ella le acarició la cara y mantuvo allí su mano mientras el le besaba la palma.

--La mayoría de los hombres... la mayoría de la gente no es así. Lo sé.

--Tienes que olvidar a tu condenado primo de Kilmarnock --le dijo.

Rob captó algunos pacientes entre los recién llegados, y se regocijó cuando le contaron que, al reclutarlos, Kerl Fritta se había jactado de que su caravana estaba asistida por un cirujano barbero magistral.

Se animó especialmente al ver a los que había tratado durante la primera etapa del viaje, pues con anterioridad nunca había atendido la salud de alguien durante tanto tiempo.

Le contaron que el boyero franco que siempre sonreía, y al que había tratado sus bubas, murió en Gabrovo en pleno invierno. Rob sabía que eso iba a ocurrir, y le había hablado al hombre de su ineludible sino, pero la noticia lo entristeció-.

--Lo más gratificante es lo que sé reparar --le dijo a Mary--. Un hueso roto, una herida abierta, un doliente al que sé cómo tratar para que se ponga bien. Lo que aborrezco son los misterios. Las enfermedades sobre las que no sé nada, o de las que sé menos que quienes las padecen. Los males que aparecen como salidos de la nada y desafían toda explicación razonable, todo tratamiento. ¡Ah, Mary, es tan poco lo que sé! En realidad no sé nada, pero soy el único al que pueden acudir los pacientes.

Sin comprender todo lo que decía, Mary lo consolaba. Una noche fue a ver a Rob, sangrante y atormentada por los retortijones, y le habló de su madre. Jura Cullen había comenzado su regla un hermoso día de verano, y el flujo se había convertido en un derrame, el derrame en hemorragia. A su muerte, Mary estaba demasiado apesadumbrada para llorar, y ahora todos los meses, cuando aparecía la regla, creía que la mataría.

--¡Calla! No era un flujo menstrual ordinario; tiene que haber sido algo más. Tu sabes que así es --le dijo, con la palma de la mano pálida y tranquilizadora en su vientre, paliando con besos su dolor.

Días más tarde, con ella a su lado en el carromato, Rob se encontró hablando de temas que nunca había comentado con nadie: la muerte de su padres, la separación de sus hermanitos y su pérdida. Ella lloró como si no pudiera parar, y se volvió en el asiento para que su padre no la viera.

--¡Cuanto te quiero! --susurró.

--Te amo --dijo el lentamente para su propio asombro: nunca había dicho esas palabras a nadie.

--No quiero separarme nunca de ti --dijo Mary.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:54

Después, cuando estaban en el camino, ella se volvía en la silla de su caballo castrado y lo miraba. Su código secreto consistía en llevarse los dedos de la mano derecha a sus labios, como para espantar a un insecto o quitarse unamota de polvo.

James Cullen seguía buscando el olvido en la botella, y a veces Mary iba con Rob después que su padre había estado bebiendo y dormía profundamente. El hizo lo imposible por disuadirla, pues los centinelas solían estar muy nerviosos y era peligroso moverse por el campamento de noche. Pero ella era una mujer testaruda y de todos modos iba, y el siempre se alegraba.

Mary era una aprendiza veloz. Muy pronto se conocían mutuamente todos los defectos y virtudes, todos los rasgos y manchas, como viejos amigos. La gran corpulencia de ambos formaba parte de la magia y, a veces, cuando se movían al unísono, Rob pensaba en unos mamuts que se acoplaban atronadoramente. Para él era algo tan novedoso como para ella, en cierto sentido: había poseído a muchas mujeres, pero nunca había hecho el amor. Ahora, solo quería proporcionarle placer.

Estaba preocupado y desconcertado, imposibilitado de entender qué había acontecido en tan poco tiempo.

Se internaban cada vez más en la Turquía europea, una parte del país conocida como Tracia. Los trigales se tornaron en llanuras ondulantes de ricos pastos y comenzaron a ver rebaños de ovejas.

--Mi padre se está animando --le dijo Mary.

Cada vez que encontraban ovejas, Rob veía salir a James Cullen y al indispensable Seredy al galope, para hablar con los pastores, hombres de piel morena que llevan largos cayados y usaban camisas de manga larga y pantalones holgados recogidos a la altura de las rodillas.

Una noche, Cullen se presentó solo a hablar con Rob. Se instaló junto al fuego y carraspeó, incómodo.

--Nunca creí que me tomaras por ciego.

--Nunca lo supuse --dijo Rob, con todo respeto.

--Permíteme que te hable de mi hija. Tiene cierta educación. Sabe latín

--Mi madre sabía latín. Ella me enseñó.

--Mary sabe mucho latín. Es muy importante saberlo en tierras extranjeras, para poder hablarlo con funcionarios y clérigos. La mande a estudiar con las monjas de Walkirk. La aceptaron porque creyeron que podrían atraerla a la orden, pero yo la conocían. No es aficionada a los idiomas, pero cuando le dije que debía aprender latín, puso todo su empeño en ello.

Entonces yo soñaba con viajar a Oriente para comprar ovejas finas.

- ¿Puedes volver a tu tierra llevando el ganado a pie? --preguntó Rob, que lo dudaba.

--Puedo. Soy un experto con las ovejas --se enorgulleció Cullen--.

Siempre había sido un sueño y nada más que un sueño, pero a la muerte de su mujer decidió que lo volveríamos real. Mis parientes dijeron que huía por que estaba loco de dolor, pero era mucho más que eso.

Hubo un silenció prolongado.

--¿Has estado en Escocía, muchacho? --preguntó finalmente Cullen, cambiando su tratamiento.

Rob meneó la cabeza.

--Nunca he ido más allá del norte de Inglaterra y las montañas Cheviot.

Cullen bufó.

--Cerca del límite, quizá, pero ni remotamente cerca de la verdadera Escocia. Escocia es más elevada y sus rocas más duras. Las montañas producen buenas corrientes, pletóricas de peces, y dan agua en abundancia para los pastos. Nuestra propiedad esta enclavada entre colinas escarpadas y es muy extensa. Los rebaños son numerosos.

Hizo una pausa, como si escogiera con gran cuidado sus palabras.

--El hombre que se case con Mary las heredará, si es digno de ello concluyó. Luego, se inclinó hacía Rob--. Dentro de cuatro días llegaremos a la ciudad de Babaeski. Allí mi hija y yo abandonaremos la caravana.

Nos dirigiremos al sur, hasta Malkara, donde hay un gran mercado de animales, en el que espero comprar reses. Luego viajaremos a la meseta de Anatolia, donde tengo puestas mis máximas esperanzas. Me daría una alegría que quisieras acompañarnos. --Suspiró y dirigió a Rob una mirada penetrante--. Eres fuerte y sano. Tienes valor; de lo contrario no te habrías aventurado tan lejos para mercar y mejorar tu posición en el mundo. No eres lo que yo habría escogido para mi hija, pero ella te eligió a ti. Yo la quiero y deseo su felicidad. Mary Margaret es todo lo que tengo.

--Señor Cullen... --dijo Rob, pero el criador de ganado lo interrumpió.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:54

--No es algo que se ofrezca a la ligera ni sobre lo cual se deba decidir de inmediato. Querrás pensarlo, muchacho, como he hecho yo.

Rob le dio las gracias amablemente, como si le hubieran ofrecido una manzana o un dulce, y Cullen regresó a su campamento.

Paso una noche de insomnio, contemplando el cielo. No era tan tonto como para no reconocer que Mary era excepcional. Milagrosamente, lo amaba. Jamás volvería a encontrar una mujer como ella.

Y tierras. ¡Santo Dios, tierras!

Le estaban ofreciendo una vida como la que su padre nunca se habría atrevido a soñar, ni ninguno de sus antepasados. Tendría trabajo e ingresos seguros, respeto y responsabilidades. Propiedades para legar a sus hijos. Le estaban sirviendo en bandeja una existencia distinta de la que conocía...: una mujer cariñosa que le tenía sorbidos los sesos, un futuro asegurado como uno de los privilegiados que poseían tierras.

Dio vueltas y más vueltas.

Al día siguiente, ella apareció con la navaja de su padre y procedió a cortarle el pelo.

--No cortes cerca de las orejas.

--Ahí es donde se ha vuelto más ingobernable. ¿Y por que no te afeitas?

Esa barba incipiente te da aspecto de salvaje.

--La recortare cuando este más larga --se quitó el trapo del cuello--.

¿Sabes que tu padre me hablo?

--Antes habló conmigo, por supuesto.

--No iré contigo a Malkara, Mary.

Solo su boca evidenció lo que estaba oyendo, y sus manos, que parecían hallarse en reposo sobre la falda, aferraron con tanta fuerza la navaja que sus nudillos se veían blancos a través de la piel translucida.

--¿Te reunirás con nosotros en otro sitio?

--No --dijo Rob. Era difícil. No estaba acostumbrado a hablar sincera mente con las mujeres--. Iré a Persia, Mary.

--No me quieres.

El timbre atónito de la voz de Mary hizo comprender a Rob lo poco preparada que estaba para aquella eventualidad.

--Te quiero, pero le he dado vueltas a la cabeza y me he devanado lo sesos, y no es posible.

--¿Por que? ¿Ya tienes esposa?

--No, no. Pero iré a Ispahán, en Persia. No a buscar una oportunidad en el comercio, como te había dicho, sino a estudiar medicina.

La confusión se reflejó en el rostro de Mary, mediante la pregunta interior de que era la medicina en comparación con las propiedades Cullen.

--Tengo que ser médico.

Parecía una excusa inverosímil. Sintió una extraña vergüenza, como si estuviera confesando un vició u otra debilidad. No intentó explicarse, pues era complicado y el mismo no lo entendía.

--Tu trabajo te da pesares. Sabes que es así. Viniste a mi quejándote de que te atormenta.

--Lo que me atormenta es mi propia ignorancia y mi incapacidad. En Ispahán aprenderé a ayudar a aquellos por los que ahora no puedo hacer nada.

--¿No puedo estar contigo? Mi padre iría con nosotros y compraría ovejas allí.

El tono suplicante y la esperanza que brilló en sus ojos obligaron a Rob a endurecerse y le impidieron consolarla. Le explicó que la Iglesia prohibía la asistencia a las academias islámicas y le contó lo que pensaba hacer. El fue palideciendo a medida que comprendía.

--Te estas arriesgando a la condenación eterna.

--No puedo creer que mi alma se pierda por eso.

--¡Un judío!

Mary limpió la navaja en el trapo, con movimientos nerviosos, y la devolvió a su pequeño estuche de cuero.

--Si. Como ves, se trata de algo que tengo que hacer solo.

--Lo que veo es un hombre que está loco. He cerrado los ojos al hecho de que no se nada sobre ti. Pienso que te has despedido de muchas mujeres, ¿verdad?

Esta vez no es lo mismo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:54

Quiso explicarle la diferencia, pero ella no se lo permitió. Lo había escuchado atentamente, y ahora Rob comprendió la profundidad de la herida que le había infligido.

¿No temes que le cuente a mi padre que me has usado y que el pague para verte muerto? o que corra hasta el primer sacerdote que encuentre y revele el destino de un cristiano que se burla de la Santa Madre Iglesia?

--Te he dicho la verdad. Yo nunca te causaría la muerte ni te traicionaría, y tengo la certeza de que tu me pagarás con la misma moneda.

--No pienso quedarme esperando a ningún médico --dijo Mary.

El asintió, detestándose por el amargo velo que cubría los ojos de ella cuando se volvió.

Todo el día la observo cabalgar muy erguida en su silla. Ni una sola vez se volvió para mirarlo. Al caer la tarde, Rob observó que Mary Cullen y su padre hablaban sería y largamente. Era obvió que solo le dijo a su padre que había decidido no casarse, porque más tarde Cullen dedicó a Rob una sonrisa que era al mismo tiempo aliviada y triunfal. Cullen conferenció con Seredy, y antes de que oscureciera, el sirviente llevó a dos hombres al campamento. Por sus vestimentas y su aspecto, Rob dedujo que eran turcos.

Después conjeturó que se trataba de guías, pues cuando despertó al día siguiente, los Cullen se habían ido.

Como era costumbre en la caravana, todos los que habían viajado atrás avanzaron un lugar. Ese día, en vez de seguir al caballo negro de Mary, fue detrás de los dos hermanos franceses obesos.

Se sentía culpable y afligido, pero también experimentó una sensación de alivio, porque nunca había reflexionado en el matrimonió y estaba mal preparado para afrontarlo. Pensó si su decisión había sido tomada por un auténtico compromiso con la medicina o si, meramente, había huido del matrimonió presa de un leve pánico, como habría hecho Barber.

"Quizás ambas cosas --pensó--. ¡Pobre y estúpido soñador! --se dijo, disgustado--. Algún día estarás cansado, viejo y necesitado de amor, y tendrás que conformarte con alguna hembra desaliñada y de lengua viperina.”

Consciente de una gran soledad, ansió que Señora Buffington estuviera otra vez viva. Se esforzó por no pensar en lo que había destruido, encorvándose sobre las riendas y contemplando asqueado los desagradables traseros de los hermanos franceses.

Así, durante una semana, se sintió como se había sentido después de alguna muerte. Cuando la caravana llegó a Babaeski, experimentó una profundización de la pena culposa, al darse cuenta de que allí se habrían desviado juntos para acompañar a su padre e iniciar una nueva vida. Pero al pensar en James Cullen se sintió mejor en su soledad, pues sabía que el escocés habría resultado un suegro quisquilloso.

Pero no podía dejar de pensar en Mary.

Empezó a salir de su abatimiento dos días más tarde. Al atravesar un pasaje de colinas herbosas, oyó en la lejanía un ruido característico acercándose a la caravana. Un sonido como el que podían producir los ángeles, que finalmente se aproximó y le permitió ver por vez primera una partida de camellos.

Cada uno de los animales llevaba colgadas campanillas que tintineaban a cada paso de las bestias.

Los camellos eran más grandes de lo que esperaba, más altos que un hombre y más largos que un caballo. Sus cómicas caras parecían serenas y al mismo tiempo siniestras, con grandes ollares abiertos, labios colgantes y ojos acuosos de párpados pesados, semiocultos detrás de largas pestañas, que daban una expresión singularmente femenina. Iban en recua y cargados con enormes fardos de cebada entre sus jorobas gemelas.

Posado en lo alto del bulto de paja, cada siete u ocho camellos, iba un camellero flaco y moreno, que por único atavío usaba un turbante y trapo raído en forma de pantalón de montar. De vez en cuando, alguno arriaba a las bestias con un grito gutural del que los bamboleantes animales no hacían el menor caso.

Los camellos tomaron posesión del ondulado paisaje. Rob contó trescientos animales antes de que el último se redujera a una mancha en la distancia y de que se desvaneciera el maravilloso tintineo de sus campanillas. El innegable símbolo de Oriente espoleó a los trajinantes en su camino cuando atravesaron un istmo estrecho. Aunque Rob no veía el agua, Simón le dijo que al sur se extendía el mar de Marmara y al norte, el imponente mar Negro. El aire había adquirido un estimulante olor a sal que le recordó su terruño y lo llenó de una nueva sensación de urgencia.

La tarde siguiente, la caravana coronó una cuesta, y Constantinopla a apareció ante sus ojos, como una ciudad que había poblado sus sueños.

Había unas cuevas hechas por la mano del hombre, excavadas en unas laderas próximas, que proporcionaban frescura y techo a las caravanas. La mayoría de los viajeros solo pasarían un día o dos recuperándose, haciendo reparaciones en los carros o cambiando caballos por camellos; después seguirían un camino rumbo al sur, hacía Jerusalén.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:55

--Nos iremos de aquí dentro de unas horas --dijo Meir a Rob--, por que nos faltan diez días de viaje para llegar a nuestro hogar, en Angora, y estamos ansiosos por liberarnos de nuestra responsabilidad.

--Creo que yo me quedaré algún tiempo.

--Cuando decidas partir, ve a ver al kervanhashi, jefe de caravanas de este lugar. Se llama Zevi. De joven fue boyero y luego amo de una caravana que llevaba partidas de camellos por todas las rutas. Conoce a los viajeros --dijo Simón con orgullo-- es judío y un buen hombre. El se encargara de que viajes seguro.

Rob apretó sus muñecas, uno por uno.

"Adiós, fornido Gershom, cuyo duro culo abrí con un bisturí.”

""Adiós, Judah, de nariz afilada y barba negra.”

"Adiós, joven amigo Tuveh.”

"Gracias, Meir.”

"¡Gracias, muchas gracias, Simón!”,

Se despidió de ellos con pesar, pues siempre fueron bondadosos con el. La separación resultó más difícil porque lo alejaba del libro que lo había introducido en la lengua persa.

Poco después, conducía solo por Constantinopla, una ciudad enorme, y a la vez más extensa que Londres. Vista de lejos parecía flotar en el aire claro cálido, enmarcada en la piedra azul oscuro de los muros y en los diferentes azules del cielo en lo alto y del mar de Marmara al sur. Vista desde dentro Constantinopla era una ciudad llena de iglesias de piedra que se alzaban en calles estrechas, atestadas de jinetes a lomos de burros, caballos y camellos además de sillas de mano y carros y carromatos de toda clase. Unos fuertes mozos de cuerda con uniforme holgado de basto paño marrón, transportaban increíbles cargas sobre sus espaldas o en plataformas que llevaban en la cabeza, como si fueran sombreros.

En una plaza pública, Rob se detuvo a estudiar una figura solitaria que se erguía encima de una alta columna de porfido, encarado hacía la ciudad. Por la inscripción en latín logró discernir que se trataba de Constantino El Grande. Los hermanos y sacerdotes que enseñaban en la escuela de St. Batolph, en Londres, le habían transmitido una buena base acerca de lo que representaba esa estatua. Los sacerdotes simpatizaban mucho con Constantino, porque fue el primer emperador romano que se hizo cristiano. Por cierto, su conversión había sido obra de la Iglesia cristiana, y cuando por fuerza de las armas tomó la ciudad griega de Bizancio y la hizo suya --Constantinopla, ciudad de Constantino--, se transformó en la joya del cristianismo en Oriente y en asiento de catedrales.

Rob dejó el área comercial y eclesiástica para internarse en los barrios de estrechas y apiñadas casas de madera, con segundos pisos sobresalientes que podrían haber sido transportados desde muchas ciudades inglesas. Era una ciudad rica en nacionalidades, como corresponde a un lugar que marca el fin de un continente y el principio de otro. Rob pasó por un barrio griego, un mercado armenio, un sector judío e, imprevistamente, en lugar de escuchar un impenetrable parloteo tras otro, oyó unas palabras en parsi.

De inmediato buscó y encontró un establo, controlado por un hombre llamado Ghiz. Era un buen establo, y Rob se ocupó de las comodidades de su yegua antes de dejarla, porque le había prestado buenos servicios y merecía descansar ociosamente y comer montones de pienso. Ghiz señaló a Rob la dirección de su propia casa, en lo alto del Sendero de los Trescientos Veintinueve Peldaños, donde había un cuarto en alquiler.

El ascenso valió la pena, porque la habitación era luminosa y limpia, y una brisa salada se colaba a través de la ventana.

Desde allí bajo la vista hacía el Bósforo, de color jacinto, en el que las velas parecían capullos en movimiento. Más allá de la orilla opuesta, a una medía milla de distancia, divisó las siluetas de cúpulas y alminares afilados como lanzas, y comprendió que esa era la razón de las fortificaciones, los fosos y los dos muros que rodeaban Constantinopla. A corta distancia de su ventana, concluía la influencia de la cruz, y los límites estaban guarnecidos para defender al cristianismo del Islam. Al otro lado del estrecho comenzaba la influencia de la Media Luna.

Permaneció asomado a la ventana y fijó la vista en Asia, donde en breve ahondaría.

Aquella noche, Rob soñó con Mary. Despertó melancólico y huyó de la habitación. A la altura de una plaza que se llamaba Foro de Augusto, encontró unos baños públicos, donde soportó fugazmente las aguas frías y luego se demoró en las aguas calientes del tepidarium, como César, enjabonándose y respirando vapor.

Cuando emergió, secándose con una toalla y arrebolado por la ultima zambullida fría, tenía un hambre canina y estaba más optimista. En el mercado judío compró unos pescaditos fritos y un racimo de uvas negras, que fue comiendo mientras buscaba lo que necesitaba.

En muchos tenderetes vio las prendas interiores de lino que había visto usar a todos los judíos de Tryavna. Las camisetas cortas llevaban los adornos trenzados que recibían el nombre de tsitsith y que, según le había explicado Simón, les permitirían cumplir la admonición bíblica de que toda su vida los judíos debían usar orlas de ese tipo en los bordes de sus prendas de vestir.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:55

Descubrió a un mercader judío que hablaba persa. Era un viejo chocho de boca con labios colgantes y con manchas de comida en el caftán, pero a ojos de Rob representaba la primera amenaza de ser descubierto.

--Es un regalo para un amigo de mi talla --musitó Rob.

El viejo no le prestó la menor atención, pues solo estaba atento a la venta. Finalmente, encontró una camiseta orlada lo bastante grande para él.

Rob no se atrevió a comprar todo a la vez. Fue a los establos y vio que Caballo lo estaba pasando bien.

--El tuyo es un carromato decente --dijo Ghiz.

--si.

--Estaría dispuesto a comprártelo.

--No está en venta.

Ghiz se encogió de hombros.

--Un carro adecuado, aunque tendría que pintarlo. Pero una pobre bestia, ¡ay, sin bríos! Sin orgullo en la mirada. Tendrías suerte si te quitaran el animal de las manos.

Comprendió de inmediato que el interés de Ghiz por el carro solo estaba destinado a distraerlo del hecho de que se había aficionado a Caballo.

--Tampoco está en venta.

Empero, tuvo que reprimir una sonrisa ante la idea de que intentara tan torpe distracción con alguien para quien la distracción había sido el único capital. El carro estaba muy cerca y Rob se entretuvo, mientras el hombre se ocupaba en una cuadra, en hacer ciertos preparativos discretos.

De inmediato extrajo una moneda de plata del ojo izquierdo de Ghiz.

--¡Por Alá!

Convenció a una pelota de madera para que desapareciera cuando la cubrió con un pañuelo, y luego hizo cambiar de color el pañuelo, que cambiaba de color otra vez, del verde al azul y al marrón...

--¡En nombre del Profeta!

Rob sacó una cinta roja de entre sus dientes y la presentó con un artístico floreo, como si el mozo de cuadra fuera una joven ruborizada. Atrapado entre el asombro y aquel infiel, Ghiz cedió al deleite. Así, Rob pasó una parte del día agradablemente, haciendo magias y juegos malabares, y antes de ponerle punto final hubiera podido vender cualquier cosa a Ghiz.

Con la cena le sirvieron una ardiente bebida parda, demasiado espesa, empalagosa y abundante. En la mesa vecina había un sacerdote y Rob le ofreció una copa.

Allí los sacerdotes usaban largas túnicas negras de mucho vuelo, y gorro de paño altos y cilíndricos, con pequeñas alas rígidas. La túnica de aquel clérigo estaba bastante limpia, pero su gorro, cubierto de mugre, evidenciaba una larga carrera. Era coloradote, de ojos saltones y edad mediana; estaba ansioso por conversar con un europeo y perfeccionar sus conocimientos sobre las lenguas occidentales. No sabía inglés, pero trató de hablar con Rob en normando y en franco, y finalmente se vio obligado a aceptar el persa, un tanto enfurruñado.

Se llamaba padre Tamas y era un sacerdote griego.

Su humor se endulzó con la bebida espirituosa, que se echo en grandes tragos.

--¿Pensáis instalaros en Constantinopla, señor Cole?

--No, dentro de unos días viajaré a Oriente con la esperanza de adquirir hierbas medicinales para llevar a Inglaterra.

El sacerdote asintió. Sería mejor que se aventurara a viajar a Oriente sin demora, le dijo, porque el Señor había ordenado que algún día estallara la guerra justa entre la única Iglesia verdadera y el Islam salvaje.

--¿Habéis visitado nuestra catedral de la Santa Sofía? --preguntó, y se quedó pasmado cuando Rob sonrió y movió la cabeza negativamente--. ¡Tenéis que hacerlo antes de marcharos, mi nuevo amigo! ¡Debéis visitarla! Es el mas maravilloso templo del mundo. Fue edificada por orden del propio Justiniano, y cuando tan digno emperador entró por primera vez en la catedral, cayó de rodillas y exclamó: "He construido mejor que Salomón.” Y no sin razón la cabeza de la Iglesia reside en la magnificencia de la catedral de la Santa Sofía --concluyó el padre Tamas.

Rob lo miró sorprendido.

--¿Entonces el papa Juan se ha trasladado de Roma a Constantinopla?

El padre Tamas lo contempló. Cuando pareció haberse cerciorado de que Rob no se estaba riendo a sus expensas, el sacerdote griego sonrió fríamente.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:55

--Juan XIX sigue siendo patriarca de la Iglesia cristiana en Roma. Pero Alejo IV es patriarca de la Iglesia cristiana en Constantinopla, y aquí es nuestro único pastor --dijo.

El licor y el aire marino se combinaron para proporcionarle un descanso profundo y sin sueños. A la mañana siguiente, se permitió el lujo de repetir los baños, y en la calle compro pan y ciruelas frescas para desayunar, mientras se encaminaba al bazar de los judíos. En el mercado seleccionó atentamente, porque había pensado mucho en cada artículo. Había observado unos pocos taleds de lino en Tryavna, pero los hombres que más respetaba usaban lana. Decidió imitarlos y compró un taled de lana de cuatro esquinas, adornado con bordes similares a los de la ropa interior que había encontrado el día antes.

Con cierta sensación de extrañeza, adquirió un juego de filacterias, las tiras de cuero que se colocaban en la frente y se ataban alrededor de un brazo durante las oraciones matinales.

Hizo cada una de sus compras en un puesto distinto. Uno de los vendedores, un joven cetrino al que le faltaban algunos dientes, tenía una exposición especialmente variada de caftanes. El joven no sabía parsi, pero se las arreglaron con gestos. Ninguno de los caftanes era de su talla, pero le indicó que esperara y se acercó deprisa al tenderete del anciano que había vendido el tsitsith a Rob. Allí había caftanes más grandes, y unos minutos después Rob había comprado dos.

Salió del bazar con sus posesiones en un saco de paño, cogió una calle por la que aun no había andado, y poco después apareció ante sus ojos una iglesia tan espléndida que solo podía ser la catedral de la Santa Sofía. Cruzó unas enormes puertas de bronce y se encontró en una inmensa nave abierta, de encantadoras proporciones, con una extensión tan alta de columna a arco, de arco a bóveda, de bóveda a una cúpula, que se sintió muy pequeño.

El vasto espacio de la nave estaba iluminado por miles de lámparas cuya combustión suave y clara, en cuencos de aceite, se veía reflejada por más destellos de los que estaba acostumbrado a encontrar en una iglesia. Había iconos enmarcados en oro, paredes de mármoles preciosos, y demasiados dorados y brillos para el gusto inglés. No había indicios del patriarca, pero más abajo vio ante el altar a unos sacerdotes con casullas de ricos brocados.

Una de las figuras hacía oscilar un incensario y estaban cantando la misa, pero a tanta distancia que Rob no olió el incienso ni descifró el latín.

La mayor parte de la nave estaba desierta, y se sentó en el fondo, rodeado de bancos tallados desocupados, bajo la figura contorsionada que colgaba de una cruz, acechante en las tinieblas iluminadas por las lámparas. Sintió que aquellos ojos de mirada fija lo penetraban hasta lo más hondo de su ser y conocían el contenido de su saco de paño. No había sido criado en la devoción, pero en esta rebelión calculada se sentía extrañamente movido hacia el sentimiento religioso. Rob se daba cuenta de que había entrado en la catedral precisamente a la espera de ese momento. Se incorporó y durante un rato permaneció en silencio, aceptando el desafío de aquellos ojos.

Por último, habló en voz alta:

--Tengo que hacerlo. Pero no te estoy abandonando.

Se sintió menos seguro más tarde, después de haber trepado la colina de peldaños de piedra y haber llegado a su habitación.

Apoyó en la mesa el pequeño cuadrado de acero frente a cuya pulida superficie solía afeitarse, y acercó la navaja a los cabellos que ahora caían largos y enmarañados sobre sus orejas, recortando hasta que solo quedaron los bucles ceremoniales que los judíos llamaban peoth.

Se desnudó y, temeroso, se puso el tsitsith, casi esperando ser alcanzado por un rayo. Tuvo la sensación de que las orlas reptaban por su carne.

El largo caftán negro resultaba menos intimidatorio. Solo era una prenda exterior, sin ninguna relación con el Dios de los judíos.

La barba seguía siendo innegablemente escasa. Acomodó sus bucles de modo que colgaran flojos por debajo del gorro de cuero en forma de campana, lo cual era un toque afortunado, pues evidentemente el gorro estaba muy viejo y usado.

No obstante, cuando volvió a salir de la habitación y llegó a la calle, supo que era una locura y que su plan fracasaría. Pensaba que si alguien lo miraba soltaría una carcajada.

"Necesitaré un nombre”, pensó.

No valdría hacerse llamar Reuven el Cirujano Barbero, como lo conocían en Tryavna. Para prosperar en la transformación, necesitaba algo más que una poco convincente versión hebrea de su identidad goy.

Jesse...

Un nombre que recordaba de cuando mama le leía la Biblia en voz alta Un nombre sonoro con el que podía convivir; el nombre del padre del rey David.

Como patronímico se decidió por Benjamín, en honor de Benjamín Merlín que, aunque de mala gana, le había mostrado lo que podía ser un médico.

Diría que procedía de Leeds, resolvió, porque recordaba el aspecto de las casas judías de la ciudad y podría hablar en detalle si surgía la necesidad

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:56

Se resistió al deseo de dar media vuelta y huir, pues en su dirección se encaminaban tres sacerdotes, y con algo afín al pánico reconoció en uno de ellos al padre Tamas, su compañero de cena de la noche anterior.

Los tres siguieron su camino a ritmo de paseo, enfrascados en su conversación.

Rob se obligó a seguir la dirección que llevaba.

--La paz sea con vosotros --dijo cuando estuvieron de frente.

El sacerdote griego miró desdeñosamente al judío y retornó a la charla con sus compañeros, sin responder al saludo.

Después de cruzarse, Jesse ben Benjamín de Leeds se permitió una sonrisa. Serenamente ahora, y con más confianza, siguió andando, con la palma apretada contra la mejilla derecha, como hacía el rabbenu de Tryavna cuando caminaba abstraído en sus pensamientos.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:56

TERCERA PARTE



ISPAHAN

LA ULTIMA ETAPA




Pese a las apariencias, todavía se sentía Rob J. Cole cuando ese mediodía fue al caravasar. Estaba en proceso de organización una gran caravana a Jerusalén, y el inmenso espacio abierto era un confuso torbellino de conductores con camellos y asnos cargados, hombres que intentaban poner sus carros en fila, jinetes peligrosamente apiñados, mientras las bestias dejaban oír sus protestas y los apresurados viajeros vociferaban contra los animales y se insultaban unos a otros. Una partida de caballeros normandos se había apropiado del único lugar sombreado, en el lado norte de los almacenes, donde ganduleaban echados en el suelo y lanzaban sus insultos de borrachos a todo el que pasaba. Rob J. no sabía si eran los mismos que habían asesinado a Señora Buffington, pero podían serlo y los evitó con repugnancia.

Se sentó en un fardo de alfombras de oración y observó al jefe de caravanas. El kervanhashi era un robusto judío turco que usaba un turbante negro sobre un pelo entrecano que aun revelaba huellas de su anterior color rojo.

Simón le había dicho que ese hombre, de nombre Zevi, podía ser inestimable para ayudarlo a ultimar un viaje seguro. Por cierto, todos se acobardaban ante el.

--¡Maldito seas! --rugió Zevi a un desafortunado conductor--. ¡Fuera de este lugar, torpe! Saca de aquí a tus animales. ¿Acaso no has de seguir a los tratantes de ganado del mar Negro? ¿No te lo he dicho dos veces? ¿Ni siquiera recuerdas cual es tu lugar en la línea de marcha, desgraciado?

A Rob le parecía que Zevi estaba en todas partes, dirimiendo disputas entre mercaderes y transportistas, conferenciando con el amo de la caravana acerca de la ruta, verificando conocimientos de embarque.

Mientras Rob lo observaba todo, un persa se le acercó de puntillas: un hombre menudo, flaco y con las mejillas hundidas. A juzgar por su barba, de la que todavía colgaban restos de comida, era evidente que aquella mañana se había desayunado con gachas de mijo. Usaba un sucio turbante anaranjado excesivamente pequeño para su cabeza.

--¿Adónde te diriges, hebreo?

--Espero salir pronto hacía Ispahán.

--¡Ah, Persia! ¿Quieres un guía, effendi? Porque debes saber que yo nací en Qum, a una cacería de ciervos de distancia de Ispahán, y conozco todas las piedras y los arbustos a lo largo del camino.

Rob vaciló.

--Todos los demás te llevaran por la ruta larga y difícil, bordeando la costa. Luego te harán cruzar las montañas persas. Lo hacen para evitar el camino más corto, a través del Gran Desierto de Sal, porque lo temen. Pero yo puedo hacerte cruzar directamente el desierto hasta el agua, eludiendo a los ladrones.

Rob se sintió tentado a aceptar y partir de inmediato, recordando los buenos servicios prestados por Charbonneau. Pero había algo furtivo en ese hombre, y finalmente meneó la cabeza. El persa se encogió de hombros.

--Si cambias de idea, amo, recuerda que soy una ganga como guía; muy barato.

Poco después, uno de los linajudos peregrinos franceses pasó junto al fardo en el que Rob estaba sentado, tropezó y cayó contra el.

--¡Mierda! --dijo y escupió --. ¡Judío de mierda!

A Rob se le subieron los colores a la cara y se levantó. Vio que el normando llevaba la mano a su espada. Imprevistamente, Zevi cayó sobre ellos.

--¡Mil perdones, señor mío, mil perdones! Yo me ocupare de este --dijo y empujó al atónito Rob.

Una vez lejos, Rob oyó el matraqueo de palabras que salían de labios de Zevi y meneó la cabeza.

--No hablo bien la Lengua. Y tampoco necesitaba tu ayuda con el francés --dijo, eligiendo cuidadosamente las palabras en parsi.

--¿De veras? Ya estarías muerto, joven buey.

--Era asunto mío.

--¡No, nada de eso! En un lugar plagado de musulmanes y cristianos borrachos, matar a un solo judío sería como comer un solo dátil. Habrían matado a muchos de nosotros y, por lo tanto, era asunto mío. --Zevi lo miró echando chispas por los ojos--. ¿Que clase de Yahud es el que habla persa como un camello, no entiende su propia Lengua y busca pendencia? ¿Cómo te llamas y de donde eres?

--Soy Jesse, hijo de Benjamín. Un judío de Leeds.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:57

--¿Dónde cuernos está Leeds?

--Inglaterra.

--¿Un Inghiliz? --dijo Zevi--. Nunca había visto a un judío Inghiliz.

--Éramos pocos y estábamos dispersos. Allá no hay comunidad. Ni rabbennu, ni shohet, ni mashgah. Ni casa de estudios ni sinagoga, de modo que rara vez oímos la Lengua. Por eso sé tan poco.

--Es una desgracia criar a los hijos en un lugar en el que no sienten a su propio Dios ni oyen su propio idioma. --Zevi suspiró--. Con frecuencia es difícil ser judío.

Cuando Rob le preguntó si conocía una caravana numerosa y protegida con destino a Ispahán, negó con la cabeza.

--Me abordó un guía --dijo Rob.

--¿Un cagajón persa con turbante pequeño y barba repulsiva? --Zevi bufó--. Ese te llevaría directamente a las manos de los malhechores. Quedarías tendido en el desierto con el pescuezo abierto y tus pertenencias robadas. No; será mejor que salgas en una caravana de los nuestros. --Reflexionó un buen rato--. Reb Lonzano --dijo finalmente.

--¿Reb Lonzano?

Zevi asintió.

--Si, posiblemente Reb Lonzano sea la respuesta. --No muy lejos se produjo un altercado entre boyeros y alguien gritó su nombre. Zevi hizo una mueca--. ¡Esos hijos de camellos, esos chacales inmundos! Ahora no tengo tiempo; pero vuelve después de que haya salido esta caravana. Ve a mi oficina por la tarde, en la cabaña de atrás del hospital principal. Entonces decidiremos todo.

Volvió horas más tarde y encontró a Zevi en la cabaña que le servía de refugió en el caravasar. Con el había tres judíos.

--Este es Lonzano ben Ezra --dijo a Rob.

Reb Lonzano, un hombre de edad mediana y el mayor de los tres, era evidentemente el jefe de la partida. Tenía pelo y barba castaños que aun no habían encanecido, pero cualquier indicio de juventud en él quedaba descartado por su cara arrugada y sus ojos de mirada grave.

Loeb ben Kohen y Aryeh Askari eran unos diez años más jóvenes que Lonzano. Loeb era alto y desgarbado; Aryeh, más corpulento y de hombros cuadrados. Ambos tenían el cutis oscuro y curtido de los mercaderes viajeros, pero mantuvieron una actitud neutra, aguardando el veredicto de Lonzano.

--Son negociantes que vuelven a su hogar de Masqat, al otro lado del golfo Pérsico --dijo Zevi, y volviéndose hacia Lonzano prosiguió en tono severo--: A este lamentable ser lo han educado como un goy ignorante, en una remota tierra cristiana, y necesita que le demuestren que los judíos saben ser amables con los judíos.

--¿Que negocios tienes en Ispahán, Jesse ben Benjamín? --preguntó Reb Lonzano.

--Voy a estudiar para hacerme médico.

Lonzano movió la cabeza afirmativamente.

--La madraza de Ispahán. Reb Mirdin Askari, primo de Reb Aryeh, estudia medicina allí.

Rob se inclinó ansioso y lo habría bombardeado a preguntas, pero Reb Lonzano no estaba dispuesto a dejarse desviar del tema principal.

--¿Eres solvente y estas en condiciones de pagar una parte justa de los gastos del viaje?

--Si.

--¿Estas dispuesto a compartir los trabajos y las responsabilidades en el camino?

--Más que dispuesto. ¿En que comercias, Reb Lonzano?

Lonzano frunció el entrecejo. Evidentemente, consideraba que la entrevista debía ser dirigida por él y no al contrario.

--Perlas --respondió a regañadientes.

--¿Hasta que punto es nutrida la caravana en que viajas?

Lonzano permitió que un íntimo asomo de sonrisa le torciera la comisura de los labios.

--Nosotros mismos formamos la caravana.

Rob estaba confundido y se dirigió a Zevi.

--¿Como pueden tres hombres ofrecerme protección de los bandido y de otros peligros?

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