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Algo para leer # 01

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Mensaje por Neloky el Lun 28 Abr 2014, 23:54



Última edición por Neloky el Sáb 10 Mayo 2014, 19:13, editado 1 vez

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:04

El Médico

 

NOAH GORDON


Primera de la trilogía de la familia Cole



PRIMERA PARTE

 EL AYUDANTE DEL BARBERO

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:05

EL DIABLO EN LONDRES




Aunque en su ignorancia Rob J. consideraba un inconveniente verse obligado a permanecer junto a la casa paterna en compañía de sus hermanos y su hermana, esos serían sus últimos instantes seguros de bienaventurada inocencia. Recién entrada la primavera, el sol estaba lo bastante bajo para colar tibios lengüetazos por los aleros del techo de paja, y Rob J. se tumbó en el pórtico de piedra basta de la puerta principal para gozar de su calor.

Una mujer se abría paso sobre la superficie irregular de la calle de los Carpinteros. La vía pública necesitaba reparaciones, al igual que la mayoría de las pequeñas casas de los obreros, descuidadamente levantadas por artesanos especializados que ganaban su sustento erigiendo sólidas moradas para los mas ricos y afortunados.

Estaba desgranando una cesta de frescos guisantes, e intentaba no perder de vista a los más pequeños, que quedaban a su cargo cuando mamá salía. William Steward, de seis, y Anne Mary, de cuatro, cavaban en el barro a un lado de la casa y jugaban juegos secretos y risueños. Jonathan Carter, de dieciocho meses, acostado sobre una piel de cordero, ya había comido sus papillas y eructado, y gorjeaba satisfecho. Samuel Edward, de siete años, había dado el esquinazo a Rob J. El astuto Samuel siempre se las ingeniaba para esfumarse en lugar de compartir el trabajo, y Rob, colérico, estaba pendiente de su regreso. Abría las legumbres de una en una, y con el pulgar arrancaba los guisantes de la cerosa vaina tal como hacia mamá, sin detenerse al ver que una mujer se acercaba a el en línea recta.

Las ballenas de su corpiño manchado le alzaban el busto de modo que a veces, cuando se movía, se entreveía un pezón pintado, y su rostro carnoso llamaba la atención por la cantidad de potingues que llevaba. Aunque Rob J. solo tenia nueve años, como niño londinense sabía distinguir a una ramera.

--Ya hemos llegado. ¿Es esta la casa de Nathanael Cole?

Rob J. la observo con rencor porque no era la primera vez que las furcias llamaban a la puerta en busca de su padre.

--¿Quién quiere saberlo? --pregunto bruscamente, contento de que su padre hubiera salido a buscar trabajo y la fulana no lo encontrara; contento de que su madre hubiera salido a entregar bordados y se evitara esa vergüenza.

--Lo necesita su esposa, que me ha enviado.

--¿Que quiere decir con que lo necesita?

Las manos jóvenes y habilidosas dejaron de desgranar guisantes.

La prostituta lo observó con frialdad, ya que en su tono y en sus modales había captado la opinión que de ella tenía.

--¿Es tu madre? --Rob J. asintió--. El parto le ha sentado mal. Esta en los establos de Egglestan, cerca del muelle de los Charcos. Será mejor que busques a tu padre y se lo diga s--añadió la mujer, y se fue.

El chico miro desesperado a su alrededor.

--¡Samuel! --grito, pero, como de costumbre, no se sabia donde estaba el condenado Samuel, así que Rob recogió a William y a Anne Mary--. Willum, cuida de los pequeños --dijo, abandonó la casa y echo a correr.

Aquellos en cuya cháchara se podía confiar decían que el Año del Señor de 1021, año del octavo embarazo de Agnes Cole, pertenecía a Satán. Se había caracterizado por calamidades para el pueblo y monstruosidades de la naturaleza. El pasado otoño la cosecha se había marchitado en los campos a causa de las fuertes escarchas que congelaron los ríos. hubo lluvias como nunca y, debido al rápido deshielo, el Támesis se desbordo y arrastro puentes y hogares. Cayeron estrellas que iluminaron los ventosos cielos invernales y se vio un cometa. En febrero la tierra tembló escandalosamente. Un rayo arrancó la cabeza de un crucifijo, y los hombres dijeron que Cristo y sus santos dormían. Corrió el rumor de que, durante tres días, de un manantial estuvo brotando sangre, y los viajeros comunicaron la aparición del diablo en bosques y lugares ignotos.

Agnes había dicho a su hijo mayor que no hiciera caso de habladurías, pero añadió, desasosegada, que si Rob J. veía u oía algo raro, debía hacer la señal de la cruz.

Ese año la gente ponía una pesada carga sobre los hombros de Dios, pues el fracaso de la cosecha había provocado penurias. Hacia mas de cuatro meses que Nathanael no cobraba, y subsistía gracias a la habilidad de su esposa para crear magníficos bordados.

De recién casados, ella y Nathanael habían estado enfermos de amor y muy seguros del futuro; el pensaba hacerse rico como contratista y constructor. Pero el ascenso en el gremio de los carpinteros era lento y estaba en manos de comités de examen que estudiaban los proyectos sometidos a prueba como si cada trabajo estuviera destinado al Rey. Nathanael había pasado seis años como aprendiz de carpintero y el doble como oficial. En esos momentos debería haber sido aspirante a maestro carpintero, la clasificación profesional imprescindible para ser contratista. Sin embargo, el proceso de convertirse en maestro requería energías y prosperidad, y Nathanael estaba demasiado desalentado para intentarlo.

Sus vidas seguían girando en torno al gremio, pero ahora incluso les fallaba la Corporación de Carpinteros de Londres, ya que cada mañana Nathanael se presentaba en la cofradía y solo comprobaba que no había trabajo.

En compañía de otros desesperados, buscaba evadirse a través de un brebaje que denominaban pigmento: un carpintero llevaba miel, otro unas pocas especias, y en la corporación siempre había una jarra de vino a mano.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:05

Las esposas de los carpinteros le contaron a Agnes que, a menudo, uno de los hombres salía y regresaba con una mujer, que sus desocupados maridos se turnaban en medio de la embriaguez.

Pese a sus debilidades, Agnes no podía apartarse de Nathanael; estaba demasiado apegada a los deleites carnales. El mantenía su vientre abultado, la llenaba con un hijo en cuanto se vaciaba, y cuando se acercaba la hora del parto evitaba el hogar. Su vida se ajustaba casi exactamente a las espantosas predicciones que hizo su padre cuando, preñada ya de Rob J., contrajo matrimonio con el joven carpintero que se había trasladado a Watford para colaborar en la construcción del granero de los vecinos. Su padre había echado las culpas a su instrucción, diciendo que la educación llenaba a la mujer de desatinos lascivos.

Su padre había sido propietario de una pequeña granja, que le fue dada por Ethelred de Wessex en lugar de la paga por sus servicios militares. Fue el primer miembro de la familia Kemp que se convirtió en pequeño terrateniente. Walter Kemp hizo instruir a su hija con la esperanza de que contrajera matrimonio con un terrateniente, ya que a los propietarios de grandes fincas les resultaba práctico contar con una persona de confianza que supiera leer y sumar, y ¿por que no una esposa? Se amargó al ver que su hija hacia un matrimonio humilde y de mujerzuela. El pobre ni siquiera pudo desheredarla. Cuando murió, su minúscula propiedad revertió a la Corona para cubrir impuestos atrasados.

Pero las ambiciones del padre habían determinado la vida de la hija. Los cinco años mas felices en la memoria de Agnes fueron los que paso de niña en la escuela del convento. Las monjas llevaban zapatos morados, túnicas blancas y violeta y velos delicados como nubes. Le enseñaron a leer y escribir, nociones de latín para comprender el catecismo, a cortar telas, a hacer costuras invisibles y a crear encajes con hilos de oro, tan elegantes que eran requeridos en Francia, donde los conocían como labores inglesas.

Las "tonterías" que había aprendido con las monjas ahora daban de comer a los suyos.

Esa mañana pensó si iba o no a repartir sus encajes con hilos de oro. Estaba muy próxima al parto y se sentía enorme y pesada, pero en la despensa quedaba muy poco. Era menester acudir al mercado de Billingsgate a comprar harina, y para ello necesitaba el dinero que le pagaría el exportador de encajes que vivía en Southwark, al otro lado del río. Cogió su hatillo y bajó lentamente por la calle del Támesis hacia el puente de Londres.

Como de costumbre, la calle del Támesis estaba atestada de bestias de carga y de estibadores que trasladaban mercancías entre los almacenes cavernosos y el bosque de palos de embarcaciones atracadas en los muelles. La algarabía la inundó como la lluvia después de la sequía. A pesar de todas las dificultades, se alegraba de que Nathanael la hubiera sacado de Watford y de la granja. ¡Amaba tanto aquella ciudad!

--¡Hijo de puta! Regresa y devuélveme mi dinero. ¡Devuélvemelo! --gritó una mujer furiosa a alguien que Agnes no pudo ver.

Las madejas de risa se mezclaban con cintas de palabras en lenguas extranjeras. Se arrojaban maldiciones cual afectuosas bendiciones.

Pasó junto a esclavos harapientos que arrastraban lingotes de arrabio hacia los barcos que esperaban. Los perros ladraban a los desgraciados que resollaban sobre sus cargas brutales, mientras las gotas de sudor perlaban sus cabezas rapadas. Percibió el olor a ajo de sus cuerpos sucios, el hedor metálico del arrabio y luego un aroma más acogedor procedente de una carretilla, junto a la cual un hombre pregonaba pastelillos de carne. Aunque se le hizo agua la boca, llevaba una sola moneda en el bolsillo y en casa tenia niños hambrientos.

--¡Pastelillos que saben a dulce pecado! --ofrecía el hombre--. ¡Buenos y calientes!

El puerto despedía olor a resina de pino y cuerdas embreadas calentadas por el sol. Se llevó la mano al vientre mientras caminaba y notaba que su bebe se movía, flotando en el océano contenido entre sus caderas. En la esquina, un grupo de marineros con flores en los gorros cantaba vigorosamente mientras tres músicos tocaban el pifano, el tambor y el arpa. Al pasar junto a ellos vio a un hombre apoyado en un carro de extraño aspecto en el que figuraban los signos del zodiaco. Rondaba los cuarenta años. Empezaba a perder el pelo que, al igual que su barba, era de color castaño oscuro. Sus facciones resultaban atractivas; habría sido mas apuesto que Nathanael de no ser porque estaba gordo. Su rostro era rubicundo y su vientre abultaba tanto como el de ella. Su corpulencia no le repugnó; por el contrario, la desarmó, le encantó e intuyó que allí residía un espíritu amistoso y festivo, apegado a los placeres de la vida. Sus ojos azules despedían un destello y una chispa que hacían juego con la sonrisa de Agnes.

--Linda señora, ¿quiere ser mi muñeca? --propuso el hombre.

Sobresaltada, Agnes miró a su alrededor para ver a quien se dirigía el hombre, pero allí no había nadie mas.

--¡Ja, ja!

Normalmente habría congelado a la gentuza con la mirada y se habría olvidado del hombre, pero Agnes tenía sentido del humor, disfrutaba con un hombre que también lo poseía, y esto era demasiado bueno para perdérselo.

--Estamos hechos el uno para el otro. Señora mía, moriría por usted --la llamó ardientemente.

--No es necesario; Cristo ya lo ha hecho, señor --replicó.

Agnes alzó la cabeza, cuadro los hombros y se alejo con un contoneo seductor, precedida por la enormidad de su vientre preñado, sumándose a las risas del hombre.

Hacía mucho tiempo que un hombre no alababa su feminidad, incluso en broma, y el dialogo absurdo le levantó el ánimo mientras avanzaba por la calle del Támesis. Aun sonriente, se acercaba al muelle de los Charcos cuando el dolor la atravesó.

--Madre misericordiosa... --murmuró.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:06

El dolor volvió a golpearla; comenzó en el vientre pero dominó su mente y todo su cuerpo, de modo tal que no pudo continuar en pie. La bolsa de agua reventó cuando cayó sobre los adoquines de la vía pública.

--¡Socorro! --grito--. ¡Que alguien me ayude!

El gentío londinense se reunió de inmediato, impaciente por ver que ocurría, y Agnes se vio rodeada. En medio de la bruma del dolor percibió el círculo de rostros que la contemplaban.

Agnes gimió.

--¡Ya esta bien, bastardos! --protesto un transportista--. Dejadle sitio para respirar y permitid que ganemos el pan nuestro de cada día. Sacadla de la calle para que nuestros carros puedan pasar.

La trasladaron a un sitio oscuro y fresco, que olía intensamente a estiércol. Durante el traslado, alguien se largo con el hatillo de encajes con hilos de oro. En la penumbra, enormes figuras se movían y se balanceaban. Una pezuña golpeó una tabla con un brusco estampido y se oyó una estentórea protesta.

--¿Que significa esto? No, no podéis dejarla aquí --dijo una voz quejumbrosa.

La voz pertenecía a un hombrecillo melindroso, barrigudo y con huecos entre los dientes; al ver sus botas y su gorro de encargado de caballos y mulas, Agnes reconoció a Geoff Egglestan y supo que se encontraba en sus establos. Hacia mas de un año, Nathanael había reconstruido unos pesebres allí, y Agnes lo recordó.

--Maestro Egglestan --dijo débilmente--. Soy Agnes Cole, esposa del carpintero al que conoce.

Agnes creyó ver una mueca de disgusto en su expresión, y la hosca certeza de que no podía rechazarla.

El gentío se apiñó detrás de Egglestan, con los ojos encendidos de curiosidad.

Agnes jadeó.

--Por favor, ¿tendrá alguien la amabilidad de ir a buscar a mi marido? --preguntó.

--No puedo dejar mi negocio --masculló Egglestan--. Tendrá que ir otro.

Nadie se movió ni habló.

Agnes se llevó la mano al bolsillo y busco la moneda.

--Por favor --repitió y mostró el dinero.

--Cumpliré con mi deber cristiano --dijo de inmediato una mujer que, evidentemente, era una buscona.

Sus dedos rodearon la moneda como una garra.

El dolor era insoportable; un dolor nuevo y distinto. Estaba acostumbrada a las contracciones intermitentes. Sus partos habían sido relativamente difíciles después de los dos primeros embarazos, pero, en el proceso, se había ensanchado. Había sufrido abortos antes y después del alumbramiento de Anne Mary, pero tanto Jonathan como la niña abandonaron fácilmente su cuerpo después de romper aguas, como simientes resbaladizas que se aprietan entre dos dedos. En los cinco partos jamás había sentido algo semejante.

"Dulce Agnes --dijo en medio del embotado silencio--. Dulce Agnes que auxilias a los corderos, auxíliame."

Durante el parto siempre rezaba a su santa, y Santa Agnes la ayudaba, pero esta vez el mundo entero era un dolor continuo y el niño proseguía en su interior como un enorme tapón.

Finalmente, sus gritos discordantes llamaron la atención de una comadrona que pasaba por allí; una arpía que estaba algo mas que ligeramente borracha y que, con maldiciones, echo a los mirones de los establos. Luego se volvió y observó a Agnes con ascos.

--Los condenados hombres la arrojaron a la mierda --murmuró.

No había un sitio mejor al que trasladarla. La partera levanto las faldas de Agnes por encima de la cintura y corto la ropa interior; delante de las partes pudendas abiertas, apartó con las manos el estiércol color paja del suelo y luego se las limpio en el mugriento delantal.

Del bolsillo saco un frasco de manteca de cerdo ya oscurecida por la sangre y los jugos de otras mujeres. Extrajo un poco de grasa rancia, se froto las manos, como si se las lavara, hasta lubricarlas, e introdujo dos dedos, luego tres y por ultimo la mano entera en el dilatado orificio de la mujer doliente, que ahora aullaba como un animal.

--Le dolerá el doble, señora --comentó la comadrona segundos después, y se engrasó los brazos hasta los codos--. Si se lo propusiera, el muy granuja podría morderse los dedos de los pies. Viene de culo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:06

UNA FAMILIA DEL GREMIO




Rob J. había echado a correr hacia el muelle de los Charcos, pero se dio cuenta de que debía buscar a su padre y torció hacia el gremio de los Carpinteros, como sabia que tenía que hacer el hijo de cualquier cofrade cuando surgían problemas.

La Corporación de Carpinteros de Londres se encontraba al final de la calle de los Carpinteros, en una vieja estructura de zarzo y argamasa barata, un armazón de postes intercalados con mimbres y ramas, cubierto por una gruesa capa de mortero que había que renovar cada pocos años. En el interior de la espaciosa sala había unos doce hombres con los jubones de cuero y los cintos de herramientas típicos de su oficio, sentados en toscas sillas y delante de mesas fabricadas por la comisión directiva del gremio. Reconoció a algunos vecinos y miembros de la Decena de su padre, pero no vio a Nathanael.

El gremio lo era todo para los carpinteros de Londres: oficina de empleo, dispensario, sociedad de entierros, centro social, organización de socorro en tiempos de desempleo, arbitro, servicio de colocaciones y salón de contrataciones, lugar de influencia política y fuerza moral. Se trataba de una sociedad cerradamente organizada y compuesta por cuatro divisiones de carpinteros denominadas Centenas. Cada Centena constaba de diez Decenas, que se reunían por separado y mas íntimamente. Solo cuando la Decena perdía a un miembro por causa de muerte, enfermedad prolongada o una nueva colocación, en el gremio ingresaba un nuevo miembro como aprendiz de carpintero, por lo general procedente de una lista de espera que incluía los nombres de los hijos de los miembros. La palabra del jefe carpintero era tan definitiva como la de la realeza, y hacia este personaje, Richard Bukerel, se acercó deprisa Rob.

Bukerel tenía los hombros encorvados, como doblados por las responsabilidades. Todo en el parecía sombrío. Su pelo era negro; sus ojos, del color de la corteza de roble madura; sus apretados pantalones, la túnica y el jubón, de tela de lana áspera tenida por ebullición con cáscaras de nuez; y su piel tenía el color del cuero curtido, bronceada por los soles de la construcción de mil casas. Se movía, pensaba y hablaba con decisión, y ahora escuchaba a Rob atentamente

--Muchacho, Nathanael no está aquí.

--Maestro Bukerel, ¿sabes donde lo puedo encontrar?

Bukerel titubeo.

--Discúlpame, por favor --dijo por último y se acercó a varios hombres que estaban sentados.

Rob solo oyó alguna palabra ocasional o una frase susurrada.

--¿Esta con esa zorra? --murmuró Bukerel. En segundos, el jefe carpintero regresó junto a Rob y dijo--: Sabemos donde encontrar a tu padre. Ve deprisa junto a tu madre, pequeño. Recogeremos a Nathanael y te seguiremos en seguida.

Rob le expresó su agradecimiento y se fue corriendo.

Ni siquiera hizo un alto para cobrar aliento. Se dirigió hacia el muelle de los Charcos eludiendo carros de carga, evitando borrachos y serpenteando entre el gentío. A mitad de camino vio a su enemigo, Anthony Tite, con quien el año anterior había librado tres feroces peleas. Anthony tomaba el pelo a unos esclavos estibadores con la ayuda de un par de sus compinches, las ratas del puerto.

"Ahora no me hagas perder tiempo, pequeño bacalao --pensó Rob fríamente--. Inténtalo, Tony el Meón, y realmente acabaré contigo."

Del mismo modo que algún día acabaría con su puñetero padre.

Vio que una de las ratas del puerto lo señalaba para que Anthony lo viera, pero Rob ya había pasado junto a ellos y seguía su camino.

Estaban sin aliento y con agujetas en un costado cuando llegó a los establos de Egglestan y vio que una vieja desconocida le ponía los pañales a un recién nacido.

La cuadra apestaba a cagajones de caballo y a la sangre de su madre. Esta yacía tendida en el suelo. Tenía los ojos cerrados y estaba muy pálida.

Rob se sorprendió ante su pequeñez.

--¿Mama?

--¿Eres su hijo?

Asintió, hinchando su delgado pecho.

La vieja carraspeo y escupió.

--Déjala descansar --dijo.

Cuando papá llegó, apenas dirigió una mirada a Rob J. Trasladaron a mamá a casa, en compañía del recién nacido, en un carro lleno de paja que Bukerel le había pedido prestado a un constructor. El niño, pues se trataba de un varón, sería bautizado con el nombre de Roger Kemp Cole.

Después de parir un nuevo hijo, mamá siempre había mostrado el bebe a sus vástagos con orgullo burlón. Ahora permaneció tendida y con la vista fija en el techo de paja.

Al final, Nathanael llamó a la viuda Hargreaves, que vivía al lado.

--Ni siquiera puede amamantar al mío --le dijo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:07

--Es posible que se le pase --respondió Della Hargreaves.

La viuda conocía a un ama de cría y, para gran alivio de Rob J., se llevó al bebe. El ya tenía mas que suficiente con ocuparse de los otros cuatro.

Aunque Jonathan Carter había aprendido a usar el orinal, ahora que le faltaban las atenciones de su madre parecía haberlo olvidado.

Papá se quedó en casa. Rob J. apenas le dirigió la palabra y se las ingenió para eludirlo.

Echaba de menos las lecciones de las mañanas, ya que mamá había logrado que parecieran un juego divertido. Sabía que no existía otra persona tan llena de calidez y amorosas travesuras, tan paciente con su tardanza en memorizar.

Rob encomendó a Samuel que mantuviera a Willum y a Anne Mary fuera de casa. Esa noche Anne Mary lloró porque quería una nana. Rob la abrazó y la llamó su doncella Anne Mary, su tratamiento preferido. Por último entonó una canción sobre conejos suaves y cariñosos y pajaritos plumosos en su nido, Ira la la, contento de que Anthony Tite no fuera testigo de su ternura. Su hermana tenía las mejillas mas redondas y la carne mas blanda que mamá, aunque esta siempre decía que Anne Mary poseía las facciones y las características de los Kemp, incluido el modo en que entreabría la boca al dormir.

Al segundo día mamá tenía mejor aspecto, pero el padre dijo que el rubor que teñía sus mejillas se debía a la fiebre. Como temblaba, la cubrieron con mas mantas.

La tercera mañana Rob fue a darle un vaso de agua y se sorprendió por el calor de su rostro. Mamá le palmeo la mano.

--Mi Rob J. --susurró--, tan varonil...

Su aliento olía muy mal y respiraba muy rápidamente.

Cuando Rob le cogió la mano, algo se transmitió del cuerpo de la mujer a la mente del chico. Fue una revelación: supo con absoluta certeza lo que a su madre le ocurriría. No pudo llorar ni gritar. Se le erizaron los pelos de la nuca. Sintió un terror absoluto. No podría haberle hecho frente si hubiera sido adulto, y solo era un niño.

En medio de su horror, apretó la mano de mamá y le provocó dolor. El padre lo vio y le dio un coscorrón.

A la mañana siguiente, la madre había muerto.

Nathanael Cole se sentó y lloró, lo que asustó a sus hijos, que aun no habían asimilado la realidad de que mamá se había ido para siempre. Nunca habían visto llorar a su padre y, pálidos y vigilantes, se apiñaron uno junto al otro.

El gremio se hizo cargo de todo.

Llegaron las esposas. Ninguna había sido intima de Agnes porque su educación la había convertido en una criatura sospechosa. Pero ahora las mujeres perdonaron su capacidad de leer y escribir y prepararon el cadáver para el entierro. A partir de entonces, Rob odio el olor a romero. Si hubieran corrido tiempos mejores, los hombres se habrían presentado por la noche, después del trabajo, pero había muchos parados y aparecieron temprano.

Hugh Tite, que era padre de Anthony y se le parecía, llegó en representación de los porta ataúdes, una comisión permanente que se reunía a fin de fabricar los féretros para los agremiados difuntos.

Palmeo el hombro de Nathanael.

--Tengo guardadas suficientes tablas de pino duro. Sobraron del trabajo del año pasado en la taberna de Bardwell. ¿Recuerdas que era una madera muy bonita? Ella tendrá lo que se merece.

Hugh era un jornalero semicualificado y Rob había oído a su padre hablar desdeñosamente de el por no saber cuidar sus herramientas, pero ahora Nathanael asintió atontado y se entregó a la bebida.

El gremio había proporcionado alcohol en abundancia, ya que un velatorio era la única ocasión en que se justificaban la embriaguez y la gula. Además de sidra y cerveza de cebada, había cerveza dulce y una mezcla denominada traspié, hecha mezclando agua con miel, dejando fermentar la solución seis semanas. También había pigmento, amigo y consuelo de los carpinteros, un vino condimentado con moras llamado morat e hidromiel con especias.

Se presentaron cargados con brazadas de codornices y perdices asadas, diversos platos de liebre y venado fritos o al horno, arenque ahumado, truchas y platijas recién pescadas y hogazas de pan de cebada.

El gremio ofreció una contribución de dos peniques para limosnas en nombre de la bendita memoria de Agnes Cole, y proporcionó portaferetros que encabezaron el cortejo hasta la iglesia, y cavadores que prepararon la fosa. Una vez en la iglesia de San Botolph, un sacerdote apellidado Kempton entonó distraídamente la misa y confió a mamá a los brazos de Jesús, al tiempo que los miembros del gremio recitaban dos salterios por su alma.

Fue enterrada en el camposanto, delante de un tejo joven.

Al regresar a casa, las mujeres ya habían calentado y preparado el banquete fúnebre, y la gente comió y bebió durante horas, liberada de su destino de pobreza por la muerte de una vecina. La viuda Hargreaves se sentó con los niños, les fue dando los mejores bocados y armó gran alharaca. Los abrazo entre sus senos profundos y perfumados, donde se retorcieron y palidecieron. Pero cuando William se sintió mal, fue Rob quien lo llevo a la parte de atrás de la casa y le sostuvo la cabeza mientras se doblaba y vomitaba. Después, Della Eargreaves palmeó la cabeza de Willum y dijo que era una pena, pero Rob sabía que había atosigado al niño con un plato de su propia factura, y durante el resto del banquete mantuvo a sus hermanos lejos de la anguila en conserva de la viuda.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:07

Aunque Rob sabía lo que significaba la muerte, seguía esperando que mamá volviera a casa. Algo en su interior no se habría sorprendido demasiado si mamá hubiera abierto la puerta y entrado en casa, con provisiones del mercado o dinero del exportador de encajes de Southwark.

La lección de historia, Rob.

¿Cuales fueron las tres tribus germánicas que invadieron Britania en los siglos V y Vl después de Cristo?

Los anglos, los jutos y los sajones, mamá.

¿De donde venían, cariño?

De Germania y Dinamarca. Conquistaron a los britones de la costa Este y fundaron los reinos de Northumbrta, Mercia y Eastanglia.

¿Que vuelve tan inteligente a mi hijo ?

¿Una madre inteligente?

¡Ja, ja! Aquí tienes un beso de tu madre inteligente. Y otro beso porque tienes un padre inteligente No olvides jamás a tu padre inteligente...

Para gran sorpresa de Rob, su padre se quedó. Daba la sensación de que Nathanael quería hablar con los niños, pero era incapaz de hacerlo. Pasaba la mayor parte del tiempo reparando el techo de paja. Algunas semanas después del funeral, a medida que la parálisis iba desapareciendo y Rob empezaba a comprender lo distinta que sería su vida, por fin su padre consiguió trabajo.

El barro de la ribera londinense es marrón y profundo, un lodo blando y pegajoso que sirve de hogar a unos gusanos de los barcos llamados teredos.

Los gusanos habían hecho estragos en las maderas, horadándolas a lo largo de los siglos e infestando los embarcaderos, por lo que había que reemplazar algunos. Era un trabajo pesado que no tenía nada que ver con la construcción de bonitos hogares, pero, en medio de sus penurias, Nathanael lo aceptó con mucho gusto.

A pesar de que era un mal cocinero, las responsabilidades de la casa recayeron en Rob J. A menudo Della Hargreaves llevaba alimentos o preparaba una comida, sobre todo si Nathanael estaba en casa, ocasiones en que se tomaba la molestia de perfumarse y de mostrarse bondadosa y considerada con los crios. Era robusta pero atractiva, de tez rojiza, pómulos altos, barbilla puntiaguda y manos pequeñas y rollizas que usaba lo menos posible para trabajar. Rob siempre había cuidado de sus hermanos, pero ahora se convirtió en su única fuente de atenciones, y ni a el ni a ellos les gustaba. Jonathan Carter y Anne Mary lloraban constantemente. William Steward había perdido el apetito y era un chiquillo de cara cansada y ojos muy abiertos. Samuel Edward estaba mas descarado que nunca y lanzaba palabrotas a Rob J. con tanto regocijo que al mayor no le quedó mas remedio que abofetearlo.

Procuro hacer al pie de la letra lo que pensó que ella habría hecho.

Por las mañanas, después que el pequeño tomaba su papilla y los demás recibían pan de cebada y algo de beber, Rob J. limpiaba el hogar bajo el agujero redondo para el humo, por el que, cuando llovía, caían gotas siseantes al fuego. Tiraba las cenizas en la parte trasera de la casa y luego barría los suelos. Quitaba el polvo de los pocos muebles de las tres habitaciones. Tres veces por semana iba al mercado de Billingsgate para comprar las cosas que mamá lograba llevar a casa en un único viaje semanal. La mayoría de los dueños de los puestos lo conocían. La primera vez que fue solo, algunos hicieron un pequeño regalo a la familia Cole como muestra de condolencia:

unas manzanas, un trozo de queso, la mitad de un pequeño bacalao curado en sal... Pero a las pocas semanas se habían acostumbrado a su presencia, y Rob J. regateaba aun mas ferozmente que mamá, por temor a que se les ocurriera aprovecharse de un niño. De vuelta en casa, siempre arrastraba los pies, pues no estaba dispuesto a recibir de manos de Willum la carga de los niños.

Mamá había querido que ese mismo año Samuel empezara la escuela. Se enfrentó a Nathanael y lo convenció de que permitiera a Rob estudiar con los monjes de San Botolph. Durante dos años, Rob había ido andando diariamente a la escuela parroquial, hasta que se vio en la necesidad de quedarse en casa para que mamá pudiera estar libre y hacer los encajes. Ahora ninguno asistiría a la escuela, porque su padre no sabía leer ni escribir y opinaba que la educación era una perdida de tiempo. Rob echaba de menos la escuela. Atravesaba a pie los barrios ruidosos de casas baratas y apiladas, y apenas recordaba que antaño su preocupación principal eran los juegos infantiles y el espectro de Tony Tite el Meón. Anthony y sus cohortes lo dejaban pasar sin perseguirlo, como si haber perdido a su madre le diera inmunidad.

Una noche su padre le dijo que trabajaba bien.

--Siempre has sido maduro para tu edad --comentó Nathanael casi con desaprobación.

Se miraron incómodos, pues tenían muy poco mas que decirse. Si Nathanael pasaba el tiempo libre con fulanas, Rob J. no estaba enterado. Aun odiaba a su padre cuando pensaba como le había ido a mamá en la vida, pero sabía que Nathanael luchaba de un modo que ella habría admirado.

Fácilmente podría haber entregado a sus hermanos a la viuda, pero vigilaba expectante las idas y venidas de Della Hargreaves, ya que las chanzas y las risillas de los vecinos le habían hecho saber que era candidata a convertirse en su madrastra. Se trataba de una mujer sin hijos, cuyo marido, Lanning Hargreaves, también carpintero, había muerto quince meses antes, cuando le cayó una viga encima. Era costumbre que cuando una mujer moría y dejaba hijos pequeños, el viudo contrajera nuevo matrimonio en seguida, y no llamó la atención que Nathanael pasara ratos a solas en casa de Della. De todos modos, esos encuentros eran breves, pues por lo general Nathanael estaba demasiado cansado. Los enormes pilotes y tablones utilizados en la construcción de los embarcaderos debían cortarse en línea recta a partir de leños de roble negro, y hundirse en el fondo del río durante la bajamar. Nathanael trabajaba sometido al frío y la humedad. Al igual que el resto de su cuadrilla, desarrolló una tos seca y cavernosa, y siempre volvía con dolor de huesos. De las honduras del agitado y pegajoso Támesis extrajeron fragmentos de

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:10

historia: una sandalia romana de cuero, con largas tiras para los tobillos; una lanza rota, restos de alfarería... Llevó a casa, para Rob J., un pedazo de pedernal trabajado; afilada como un cuchillo, la punta de flecha había aparecido a veinte pies de profundidad.

--¿Es romana? --preguntó Rob impaciente.

Su padre se encogió de hombros.

--Tal vez sea sajona.

No existió la menor duda acerca del origen de la moneda encontrada pocos días mas tarde.

Una noche su padre tenía una flema viscosa que no podía expulsar y respiraba con creciente dificultad.

Al clarear el día Rob fue corriendo a la casa vecina en busca de la viuda, pero Della Hargreaves se negó a acudir.

--Me pareció que eran aftas. Y las aftas son altamente contagiosas --dijo, y cerró la puerta.

Como no tenía a donde apelar, Rob se dirigió una vez mas al gremio. Richard Bukerel lo escuchó atentamente, lo siguió hasta su casa y se sentó un rato al pie de la cama de Nathanael, fijándose en su rostro encendido y oyendo el jadeo de su respiración.

La salida fácil habría consistido en llamar a un sacerdote. El clérigo poco podría haber hecho, salvo encender cirios y rezar, y Bukerel le podría haber dado la espalda sin temor a ser criticado. Desde hacia años era un constructor de éxito, pero estaba perdido en tanto jefe de la Corporación de Carpinteros de Londres, e intentaba administrar un magro erario para conseguir mucho mas de lo posible.

Sin embargo, sabia lo que le ocurriría a aquella familia si no sobrevivía uno de los progenitores, por lo que se fue corriendo y utilizo los fondos del gremio para contratar los servicios de Thomas Ferraton, médico.

Esa noche, su esposa reprendió a Bukerel:

--¿Un médico? ¿Se da el caso de que súbitamente Nathanael Cole forma parte de la pequeña aristocracia o de la nobleza? Si un cirujano corriente y moliente es lo bastante bueno para ocuparse de cualquier otro pobre de Londres, ¿por que Nathanael Cole necesita un medico, que nos saldrá caro?

Bukerel solo pudo musitar una excusa porque su esposa tenía razón.

Solo los nobles y los mercaderes ricos pagaban los costosos servicios de los médicos. El vulgo apelaba a los cirujanos, y a veces un trabajador pagaba medio penique a un cirujano barbero para que le sangrara o le diera un tratamiento de dudosa eficacia. En opinión de Bukerel, los sanadores no eran mas que condenadas sanguijuelas que hacían mas mal que bien. Empero, había querido proporcionar a Cole hasta la ultima oportunidad, y en un momento de debilidad llamó al médico, gastando así las cuotas aportadas con esfuerzo por los honrados carpinteros.

Cuando Ferraton acudió a casa de Cole, se había mostrado optimista y seguro; daba una tranquilizadora imagen de prosperidad. Sus pantalones ceñidos estaban maravillosamente cortados, y los puños de su camisa llevaban encajes de adorno que instantáneamente produjeron angustia en Rob, ya que le recordaron a mamá. La túnica acolchada de Ferraton, de la mejor lana, estaba manchada de sangre seca y vomito; según creía con orgullo, eran un honroso anuncio de su profesión.

Nacido rico --su padre había sido John Ferraton, mercader en lanas--, Ferraton estuvo de aprendiz con un médico llamado Paul Willibald, cuya prospera familia fabricaba y vendía magnificas hojas cortantes. Willibald había tratado a pacientes acaudalados y, una vez cumplido su aprendizaje, Ferraton también sé dedicó a ejercer la profesión. Los pacientes nobles quedaban fuera del alcance del hijo de un mercader, pero se sentía a sus anchas con los burgueses, con quienes compartía una comunidad de actitud e intereses. Jamás aceptó a sabiendas a un paciente de la clase trabajadora, pero supuso que Bukerel era el mensajero de alguien mucho mas importante. De inmediato reconoció a un paciente despreciable en Nathanael Cole, pero como no quería provocar un conflicto, decidió acabar lo antes posible la desagradable tarea.

Toco delicadamente la frente de Nathanael, lo miro a los ojos y le olió el aliento.

--Bueno, se le pasara --declaró.

--¿Que tiene? --pregunto Bukerel, pero Ferraton no replicó.

Instintivamente, Rob sintió que el médico no lo sabía.

--Tiene la angina --dijo por último Ferraton, y señalo las llagas blancas en la garganta carmesí de su padre--. Ni mas ni menos que una inflamación supurante de naturaleza transitoria.

Hizo un torniquete en el brazo de Nathanael, lo abrió hábilmente con la lanceta y dejó salir una copiosa cantidad de sangre.

--¿Y si no mejora? --inquirió Bukerel.

El médico frunció el ceno. No estaba dispuesto a poner de nuevo los pies en aquella casa de gente inferior.

--Será mejor que vuelva a sangrarlo para cerciorarme --respondió y le cogió el otro brazo.

Dejó un frasquito de calomelano liquido mezclado con junco carbonizado, y cobró a Bukerel por separado la visita, las sangrías y la medicina.

--¡Sanguijuela! ¡Fatuo! ¡Abusón! --masculló Bukerel mientras Ferraton se alejaba.

El jefe carpintero prometió a Rob que enviaría a una mujer para que cuidara de su padre.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:10

Pálido y sangrado, Nathanael yacía inmóvil. Varias veces confundió al niño con Agnes e intento cogerle la mano, pero Rob recordó lo sucedido durante la enfermedad de su madre, y se apartó.

Avergonzado, un rato después regresó a la cabecera del lecho de su padre. Cogió la mano de Nathanael, encallecida por el trabajo, y reparó en las unas rotas y endurecidas, la mugre adherida y el vello negro y rizado.

.Ocurrió como la vez anterior. Tuvo conciencia de una disminución, como la llama de una vela que parpadea. No le cupo duda alguna de que su padre estaba agonizando, y de que iba a morir muy pronto. Sintió entonces un terror mudo idéntico al que lo había dominado cuando mamá estaba al borde de la muerte.

Mas allá de la cama estaban sus hermanos. Era un chico joven pero muy inteligente, y un apremio practico inmediato se sobrepuso a su dolor y a la agonía de su miedo.

Sacudió el brazo de su padre.

--Y ahora ¿que será de nosotros? --preguntó en voz alta, pero nadie respondió.

Como el que había muerto era un miembro del gremio en lugar de una persona a su cargo, la Corporación de Carpinteros pagó el canto de cincuenta salmos. Dos días después del funeral, Della Hargreaves se trasladó a vivir con su hermano a Ramsey. Richard Bukerel llevo a Rob aparte para hablar con el.

--Cuando no hay parientes, los niños y los bienes deben repartirse --dijo apresuradamente el jefe carpintero--. La corporación se hará cargo de todo.

Rob se sentía paralizado.

Aquella noche intento explicárselo a sus hermanos. Solo Samuel supo de que les hablaba.

--Entonces, ¿estaremos separados?

--Si.

--¿Y cada uno de nosotros vivirá con otra familia?

--Si.

Mas tarde, alguien se deslizó en la cama, a su lado. Supuso que se trataba de Willum o de Anne Mary, pero fue Samuel quien lo abrazó y lo sujeto con fuerza.

--Rob J., quiero que vuelvan.

--Yo también. --Acarició el hombro huesudo que había golpeado tan a menudo.

Lloraron juntos.

--Entonces, ¿no volveremos a vernos?

Rob sintió frío.

--Vamos, Samuel, no te pongas tonto. Sin duda viviremos en el barrio y nos veremos constantemente. Siempre seremos hermanos.

Samuel se sintió consolado y durmió un rato, pero antes del alba mojó la cama, como si fuera mas pequeño que Jonathan. Por la mañana se sintió avergonzado y le resultó imposible mirar a Rob a la cara. Sus temores no eran infundados, ya que fue el primero en partir. La mayoría de los miembros de la Decena de su padre seguían sin trabajo. De los nueve trabajadores de la madera, solo había un hombre dispuesto y en condiciones de incorporar un niño a su familia. Con Samuel, los martillos y la sierra de Nathanael fueron a parar a Turner Horne, un maestro carpintero que solo vivía a seis casas de distancia.

Dos días después se presentó un sacerdote llamado Ronald Lovell en compañía del padre Kempton, el que había cantado las misas por mamá y papá. El padre Lovell dijo que lo trasladaban al norte de Inglaterra y que quería un niño. Los examinó a todos y se encaprichó con Willum. Era un hombre corpulento y campechano, de pelo rubio claro y ojos grises, que --intentó convencerse Rob --eran amables.

Pálido y tembloroso, su hermano solo pudo mover la cabeza mientras seguía a los dos sacerdotes fuera de la casa.

--Adiós, William --dijo Rob.

Sin reflexionar, se preguntó si no podría quedarse con los dos pequeños, pero ya había empezado a repartir parcamente los últimos restos de la comida del funeral del padre y era una chico realista. Jonathan, así como el jubón de cuero y el cinto de herramientas de su padre, fueron entregados a un carpintero subalterno llamado Aylwyn, que pertenecía a la Centena de Nathanael. Cuando se presentó la señora Aylwyn, Rob le explicó que Jonathan sabia usar el orinal, pero necesitaba panales cuando se asustaba, y la mujer aceptó los trapos aclarados por los lavados y al niño con una sonrisa y un asentimiento de cabeza.

El ama de cría se quedó con el pequeño Roger y recibió los materiales de bordado de mamá, tal como informó Richard Bukerel a Rob, que nunca había visto a la mujer.

La cabellera de Anne Mary necesitaba un lavado. Aunque Rob lo hizo con todo cuidado, tal como le habían enseñado, a la niña le entro jabón en los ojos, jabón áspero y que escocía. Rob le secó el pelo y la abrazó mientras lloraba, oliendo su limpia cabellera de color castaño foca, que despedía un perfume como el de mamá.

Al día siguiente, los muebles en mejor estado fueron retirados por el panadero y su esposa, apellidados Haverhill, y Anne Mary se traslado a vivir en el piso de arriba de la panadería. Rob la llevó hasta ellos cogida de la mano: adiós, entonces, pequeña.

--Te quiero, mi doncella Anne Mary --susurró, y la abrazó.

La niña parecía culparlo de todo lo ocurrido y no quiso despedirse.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:11

Solo quedaba Rob J., y ya no había bienes. Aquella noche Bukerel fue a visitarlo. Aunque había bebido, el jefe carpintero estaba despejado.

--Quizá tardes mucho tiempo en encontrar un sitio. En los tiempos que corren, nadie tiene comida para el apetito adulto de un chico que no puede hacer trabajos de hombres. --Siguió hablando después de un meditativo silencio--. Cuando era más joven, todos decían que si pudiéramos tener una paz verdadera y librarnos del rey Ethelred, el peor monarca que haya echado a perder a una generación, correrían buenos tiempos. Sufrimos una invasión tras otra: sajones, daneses, todos los condenados tipos de piratas. Ahora que por fin tenemos a un firme monarca pacificador en el rey Canuto, parece que la naturaleza conspira para oprimirnos. Las grandes tormentas de verano y de invierno nos pierden. Las cosechas han fracasado tres años seguidos.

Los molineros no muelen el grano y los marineros permanecen en el puerto.

Nadie construye y los artesanos están ociosos. Son tiempos difíciles, muchacho, pero te prometo que te encontraré un sitio.

--Muchas gracias, jefe carpintero.

Los oscuros ojos de Bukerel denotaban preocupación.

--Te he observado, Robert Cole. He visto a un niño que se ocupaba de su familia como un hombre valioso. Te llevaría a mi propio hogar si mi esposa fuera diferente. --Parpadeó, incómodo al darse cuenta de que la bebida le había aflojado la lengua mas de lo que debía, y se puso pesadamente de pie--. Que tengas una noche reposada, Rob J.

--Que tengas una noche reposada, jefe carpintero.

Se convirtió en un ermitaño. Las habitaciones casi vacías eran su cueva.

Nadie lo invitó a sentarse a su mesa. Aunque los vecinos no podían ignorar su existencia, lo sustentaban de mala gana. La señora Haverhill iba por la mañana y le dejaba el pan que no se había vendido el día anterior, y la señora Bukerel iba por la tarde y le dejaba una minúscula porción de queso, reparando en sus ojos enrojecidos y diciéndole que llorar era privilegio de las mujeres. Sacaba agua del pozo público igual que antes, y se ocupaba de la casa, pero no había nadie que desordenara la vivienda tranquila y saqueada, y tenía poco que hacer salvo preocuparse y soñar.

A veces se convertía en un explorador romano, se tendía junto a la ventana abierta, detrás de la cortina de mamá, y escuchaba los secretos del mundo enemigo. Oía pasar los carros tirados por caballos, los perros que ladraban, los niños que jugaban, los trinos de los pájaros...

En una ocasión oyó por casualidad las voces de un grupo de hombres del gremio.

--Rob Cole es una ganga. Alguien debería quedárselo --dijo Bukerel.

Continuo escondido y sintiéndose culpable, oyendo como los demás hablaban de el como si fuera otra persona.

--¡Ay, mirad lo crecido que esta! Será una fiera para el trabajo cuando haya terminado su desarrollo --comentó Hugh Tite a regañadientes.

¿Y si lo aceptaba Tite? Rob, consternado, evaluó la perspectiva de convivir con Anthony Tite. No se sintió disgustado cuando Hugh bufó, molesto:

--Pasarán tres años hasta que sea lo bastante mayor para convertirse en aprendiz de carpintero, y ya come como un caballo. En estos tiempos no faltan en Londres las espaldas fuertes y las barrigas vacías.

Los hombres se alejaron.

Dos días mas tarde, oculto tras la cortina de la misma ventana, pagó caro el pecado de escuchar a hurtadillas cuando oyó a la señora Bukerel comentar con la señora Haverhill el cargo de su marido en el gremio:

--Todos hablan del honor de ser jefe carpintero, pero no lleva alimentos a mi mesa. Todo lo contrario; supone pesadas obligaciones. Estoy harta de tener que compartir mis provisiones con gente como ese chico crecido y perezoso de allí.

--¿Que será de el? --preguntó la señora Haverhill, y suspiró.

--He aconsejado al maestro Bukerel que lo venda como indigente. Incluso en los malos tiempos un esclavo joven tendrá un precio que permita devolvernos al gremio y a todos nosotros lo gastado en la familia Cole.

Rob no podía ni respirar. La señora Bukerel se sorbió los mocos.

--El jefe carpintero no quiso ni oírme --añadió agriamente--. Confío en que, a la larga, podré convencerlo. Pero sospecho que cuando entre en razón ya no podremos recuperar los costos.

Cuando las dos mujeres se alejaron, Rob permaneció detrás de la cortina de la ventana como si tuviera fiebre, intermitentemente sudado y aterido.

Toda su vida había visto esclavos y había dado por sentado que su condición tenía muy poco que ver con ellos, pues había nacido inglés libre.

Era demasiado joven para convertirse en estibador. Sin embargo, sabía que usaban a los niños esclavos en las minas, donde trabajaban en túneles demasiado estrechos para que pasaran los cuerpos adultos. También sabía que los esclavos eran miserablemente vestidos y alimentados y que a menudo los azotaban con brutalidad por infracciones menores. También sabía que, una vez esclavizados, su condición se mantenía de por vida.

Se acostó y lloró. Finalmente, logró hacer acopio de valor y convencerse de que Dick Bukerel jamás lo vendería como esclavo, pero le preocupaba la posibilidad de que la señora Bukerel enviara a otros a que lo hicieran sin informar a su marido. Era perfectamente capaz de algo así, se dijo. Mientras esperaba en la casa silenciosa y abandonada, llegó a sobresaltarse y temblar ante el mas mínimo sonido.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:11

Cinco gélidos días después del funeral de su padre, un desconocido llamó a la puerta.

--¿Eres el joven Cole? --Rob asintió cauteloso, con el corazón desbocado--. Me llamo Croft. Me envía un hombre llamado Richard Bukerel, al que conocí mientras bebíamos en la taberna de Bardwell.

Rob vio a un hombre ni joven ni viejo, con un cuerpo enormemente gordo, y cara curtida, enmarcada entre la larga cabellera de hombre libre, y una barba redondeada y crespa del mismo color rojizo.

--¿Cual es tu nombre completo?

--Robert Jeremy Cole, señor.

--¿Edad?

--Nueve años.

--Soy cirujano barbero y busco un aprendiz. Joven Cole, ¿sabes lo que hace un cirujano barbero?

--¿Eres una especie de medico?

El hombre grueso sonrió.

--De momento, es una definición bastante precisa. Bukerel me habló de tus circunstancias. ¿Te atrae mi oficio?

No le gustaba; no tenía el menor deseo de parecerse a la sanguijuela que había sangrado a su padre hasta matarlo. Pero aun menos le atraía la posibilidad de que lo vendieran como esclavo, y respondió afirmativamente sin la menor vacilación.

--¿Le temes al trabajo?

--¡Oh, no, señor!

--Me alegro, porque te haré trabajar hasta que se te desgaste el trasero.

Bukerel dijo que sabes leer, escribir y latín.

Rob titubeo.

--A decir verdad, muy poco latín.

El hombre sonrió.

--Te pondré una temporada a prueba, mozuelo. ¿Tienes cosas?

Hacia días que tenía el hatillo preparado. "¿Me he salvado?", se preguntó. Salieron y treparon al carro mas extraño que Rob había visto en su vida. A cada lado del asiento delantero se alzaba un poste blanco rodeado de una gruesa tira semejante a una serpiente carmesí. Era un carromato cubierto, pintarrajeado de rojo brillante y adornado con dibujos color amarillo sol: un carnero, un león, una balanza, una cabra, peces, un arquero, un cangrejo...

El caballo gris se puso en marcha y rodaron por la calle de los Carpinteros hasta pasar delante de la casa del gremio. Rob permaneció inmóvil mientras atravesaban el tumulto de la calle del Támesis, dirigiendo rápidas miradas al hombre y notando ahora un rostro apuesto a pesar de la grasa, una nariz saliente y enrojecida, un lobanillo en el párpado izquierdo y una red de delgadas arrugas que salían de los rabillos de sus penetrantes ojos azules.

El carromato atravesó el pequeño puente sobre el Walbrook y pasó delante de los establos de Egglestan y del sitio donde había caído mamá. Torcieron a la derecha y traquetearon sobre el puente de Londres, rumbo a la orilla sur del Támesis.

Junto al puente estaba amarrado el transbordador, y apenas mas allá se alzaba el grandioso mercado de Southwark, por el que entraban en Inglaterra los productos extranjeros. Pasaron delante de almacenes incendiados y arrasados por los daneses y recientemente reconstruidos. En lo alto del talud se alzaba una única hilera de casitas de zarzo y argamasa barata; humildes hogares de pescadores, gabarreros y descargadores del puerto. Había dos posadas de baja estofa para los comerciantes que acudían al mercado. Después, bordeando el ancho talud, se erguía una doble hilera de espléndidas casas; los hogares de los ricos mercaderes de Londres; todas con impresionantes jardines y unas pocas erigidas sobre pilotes asentados en el fondo pantanoso. Reconoció el hogar del importador de encajes con el que trataba mamá. Jamás había llegado mas lejos.

--¿Maestro Croft?

El hombre frunció el entrecejo.

--No, no. No me llames nunca Croft. Siempre me dicen Barber en virtud de mi profesión.

--Si, Barber --dijo.

Segundos después, todo Southwark quedo detrás y con pánico creciente Rob J. se dio cuenta de que había entrado en el extraño y desconocido mundo exterior.

--Barber, ¿adonde vamos? --no pudo abstenerse de gritar.

El hombre sonrió y agitó las riendas, por lo que el rucio se puso a trotar.

--A todas partes --respondió.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:11

EL CIRUJANO BARBERO




Antes del crepúsculo acamparon en una colina, junto a un riachuelo. El hombre dijo que el esforzado caballo gris se llamaba Tatus.

--Es la abreviatura de Incitatus, en honor del corcel que el emperador Calígula amaba tanto que lo convirtió en sacerdote y cónsul. Nuestro Incitatus es un efímero animal de feria, un pobre diablo con los cojones cortados --dijo Barber.

Le enseño a cuidar del caballo castrado, a restregarlo con manojos de hierba suave y seca y luego a permitirle beber e irse a pastorear antes de ocuparse de sus propias necesidades.

Estaban al raso, a cierta distancia del bosque, pero Barber lo envió a buscar madera seca para el fuego y tuvo que hacer varios viajes hasta formar una pila. Poco después, la hoguera chisporroteaba y la preparación de la comida empezó a producir olores que le debilitaron las piernas. En un puchero de hierro, Barber había puesto una generosa cantidad de cerdo ahumado, cortado en lonchas gruesas. Sacó buena parte de la grasa derretida, y al cerdo añadió un nabo grande, varios puerros cortados, un puñado de moras secas y algunas hierbas. Cuando la poderosa mezcla termino de cocerse, Rob pensó que nunca había olido algo mejor. Barber comió impasible y lo observó devorar una generosa ración. Le sirvió una segunda en silencio. Rebajaron sus cuencos de madera con trozos de pan de cebada. Sin que nadie le dijera nada, Rob llevó el puchero y los cuencos hasta el riachuelo y los frotó con arena.

Tras regresar con los cacharros, Rob se acercó a un matorral y orinó

--¡Benditos sean Dios y la Virgen! ¡Ese es un pito de aspecto extraordinario! --comentó Barber, que se había acercado súbitamente.

Rob corto el chorro antes de lo necesario y oculto su miembro.

--Cuando era bebe --explico, tenso-- sufrí una gangrena... ahí. Me contaron que un cirujano quitó la pequeña capucha carnosa de la punta.

Barber lo miro sorprendido.

--Te extirpo el prepucio. Fuiste circuncidado, como un pijotero pagano.

El chico se apartó, muy perturbado. Estaba atento y expectante. La humedad llegaba desde el bosque, por lo que abrió su hatillo, sacó su otra camisa y se la puso encima de la que llevaba.

Barber extrajo dos pieles del carromato y se las arrojó.

--Dormimos a la intemperie porque el carromato está lleno de todo tipo de cosas.

Barber percibió el brillo de la moneda en el hatillo abierto y la recogió.

Ni le preguntó donde la había conseguido ni Rob se lo dijo.

--Lleva una inscripción --dijo Rob--. Mi padre y yo... supusimos que identifica a la primera cohorte romana que llegó a Londres.

Barber estudió el disco.

--Así es.

A juzgar por el nombre que le había puesto al caballo, era evidente que sabía muchas cosas sobre los romanos y que los apreciaba. Rob fue presa de la enfermiza certidumbre de que el hombre se quedaría con su posesión.

--Del otro lado aparecen mas letras --añadió Rob roncamente.

Barber acercó la moneda a la hoguera para leer en medio de la creciente oscuridad.

--OX. significa "gritar" y X es diez. Se trata de un vitor romano:

"¡Gritad diez veces!"

Rob aceptó aliviado la devolución de la moneda y se preparó el lecho cerca de la hoguera. Las pieles eran de oveja, que colocó en el suelo con el vellocino hacia arriba, y de oso, que empleó como manta. Aunque eran viejas y olían fuerte, le darían calor.

Barber se preparó el lecho al otro lado de la fogata y dejó la espada y el cuchillo donde pudiera cogerlos rápidamente para repeler a los agresores o, pensó Rob asustado, para matar a un crío que huía. Barber se había quitado del cuello el cuerno sajón colgado de una tira de cuero. Obturo la parte inferior con un tapón de hueso, lo lleno con un líquido oscuro que sacó de un frasco y se lo ofreció a Rob.

--Bébetelo todo. Es un destilado que preparo yo mismo.

Rob no quería ni probarlo, pero le daba miedo rechazarlo. Los hijos de la clase trabajadora de Londres no eran amenazados con una versión blanda y facilona del coco, ya que desde muy temprano sabían que algunos marineros y estibadores eran capaces de engañar a los chiquillos para llevarlos, mediante ardides, al fondo de los almacenes abandonados. Conocía a chicos que habían aceptado golosinas y monedas de ese tipo de individuos, y también sabia lo que habían tenido que hacer a cambio. Estaba enterado de que la embriaguez era un preludio muy frecuente.

Intento rechazar otro trago, pero Barber frunció el ceño y ordenó:

--Bebe. Te quedarás más a gusto.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:12

Barber solo se dio por satisfecho cuando Rob bebió otros dos tragos completos y sufrió un violento ataque de tos. Volvió a poner el cuerno a su lado, acabó el primer frasco y un segundo, soltó un portentoso pedo y se metió en el lecho. Solo miró a Rob una vez más.

--Descansa tranquilo, mozuelo --dijo--. Que duermas bien. De mi no tienes nada que temer.

Rob estaba seguro de que era una trampa. Se metió bajo la maloliente piel de oso y esperó con las caderas tensas. En el puño derecho apretaba la moneda. A pesar de que sabía que, aun disponiendo de las armas de Barber, no sería un contrincante para el hombre y estaba a su merced, aferró con la mano izquierda una piedra pesada.

Finalmente, tuvo pruebas más que suficientes de que Barber dormía. El hombre roncaba espantosamente.

El sabor medicinal del licor quemaba la boca de Rob. El alcohol recorrió su cuerpo mientras se acomodaba entre las pieles y dejaba caer la piedra de su mano. Apretó la moneda y se imaginó una fila tras otra de romanos, vitoreando diez veces a los héroes que no permitirían que el mundo los derrotara. En lo alto, las estrellas se veían grandes y blancas y rodaban por todo el firmamento, tan cercanas que deseo estirarse y arrancarlas para hacerle un collar a mama. Pensó en cada uno de los miembros de su familia. De los vivos, a quien mas añoraba era a Samuel, lo que resultaba extraño, porque a Samuel le había molestado su primogenitura y lo había desafiado con palabrotas e insultos. Le preocupaba que Jonathan se meara en los pañales y rezaba para que la señora Aylwyn tuviera paciencia con el pequeño. Anhelaba que Barber regresara pronto a Londres, pues quería volver a ver a los otros.

Barber sabía lo que sentía el chico nuevo. Tenía exactamente su edad cuando se encontró solo después de que los fieros guerreros escandinavos asolaran Clacton, la aldea de pescadores en la que había nacido. El incidente estaba marcado a fuego en su memoria.

Ethelred era el rey de su infancia. Desde que tenía memoria, su padre siempre había maldecido a Ethelred, diciendo que el pueblo nunca había sido tan pobre bajo el mandato de cualquier otro monarca. Ethelred ejercía presión e imponía mas tributos, proporcionando una vida lujosa a Emma, la mujer decidida y hermosa que había traído de Normandía para hacerla su reina. Con los impuestos también creo un ejercito, pero, más que para proteger a su pueblo, lo utilizó para protegerse a si mismo, y era tan cruel y sanguinario que algunos hombres escupían al oír su nombre.

En la primavera del año del Señor 991, Ethelred deshonró a sus súbditos sobornando con oro a los atacantes daneses para que se retiraran. La primavera siguiente la flota danesa regresó a Londres tal como lo había hecho durante un siglo. Esta vez Ethelred no tuvo opción: reunió a sus guerreros y sus buques de guerra y los daneses sufrieron una gran degollina en el Támesis.

Dos años después tuvo lugar una invasión mas grave cuando Olaf, rey de los noruegos, y Sven, rey de los daneses, remontaron el Támesis con noventa y cuatro naves. Ethelred volvió a reunir su ejército alrededor de Londres y logró rechazar a los escandinavos, pero los invasores comprendieron que el monarca pusilánime había desguarnecido los flancos de su país con tal de protegerse a sí mismo. Los nórdicos dividieron su armada, vararon sus barcos a lo largo del litoral inglés y devastaron las pequeñas poblaciones costeras.

Aquella semana, el padre llevó a Henry Croft a hacer su primer viaje largo, en busca de arenques. La mañana que regresaron con una buena captura, Henry se adelantó, deseoso de ser el primero en recibir el abrazo de su madre y en oír sus palabras de alabanza. En una cala cercana se ocultaba media docena de chalupas noruegas. Al llegar a su casita, vio que un extraño, vestido con pieles animales, lo contemplaba a través de los postigos abiertos del agujero de la ventana.

No tenía idea de quién era ese hombre, pero el instinto lo llevó a dar media vuelta y a correr como alma que lleva el diablo hacia donde estaba su padre.

Su madre yacía en el suelo, usada y muerta ya, pero su padre no lo sabía.

Aunque Luke Croft desenfundo el cuchillo al acercarse a la casa, los tres hombres que lo recibieron en la puerta portaban espadas. Desde lejos, Henry Croft vio como vencían a su padre y acababan con el. Uno de los hombres le sostuvo las manos a la espalda. Otro le tiro del pelo con ambas manos y lo obligó a arrodillarse y a estirar el cuello. El tercero le cortó la cabeza con la espada. En su decimonoveno cumpleaños, Barber había visto como ejecutaban a un asesino en Wolverhampton: el verdugo había hendido la cabeza del criminal como si se tratara de un gallo. Por contraposición, el degollamiento de su padre se había realizado torpemente, ya que el vikingo tuvo que dar una sucesión de golpes, como si estuviera cortando un trozo de leña.

Frenético de pesar y de miedo, Henry Croft se había refugiado en el bosque, escondiéndose como un animal acosado. Cuando salió, atontado y famélico, los noruegos ya no estaban, pero habían dejado tras de si muerte y cenizas. Henry fue recogido con otros varones huérfanos y enviado a la abadía de Crowland, en Lincolnshire.

Décadas de incursiones semejantes realizadas por los nórdicos paganos habían dejado muy pocos monjes y demasiados huérfanos en los monasterios, de manera que los benedictinos resolvieron ambos problemas ordenando a la mayoría de los niños sin padres. Con nueve años, Henry pronunció sus votos y recibió instrucciones de prometer a Dios que viviría para siempre en la pobreza y la castidad, obedeciendo los preceptos del bienaventurado San Benito de Nursia.

Así fue como Henry accedió a la educación. Estudiaba cuatro horas al día y durante otras seis realizaba trabajos sucios en medio de la humedad.

Crowland poseía grandes extensiones, en su mayoría pantanos, y cada día Henry y los otros monjes roturaban la tierra lodosa, tirando de arados como bestias tambaleantes, a fin de convertir las ciénagas en campos de cultivo. Se suponía que pasaba el resto del tiempo en la contemplación o la oración.

Existían oficios matinales, vespertinos, nocturnos, perpetuos. Cada plegaria se consideraba un peldaño de la interminable escalera que llevaría su alma al cielo. Aunque no había esparcimiento ni deportes, le permitían andar por el claustro, en cuyo lado norte se alzaba la sacristía, el edificio donde se guardaban los utensilios sagrados. Al este se encontraba la Iglesia; al oeste, la sala capitular; y al sur, un triste refectorio que constaba de comedor, cocina y despensa en la planta baja, y dormitorio arriba.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:12

Dentro del rectángulo claustral había sepulturas, prueba definitiva de que la vida en la abadía de Crowland era previsible: mañana sería igual que ayer y, al final, todos los monjes yacerían dentro del claustro. Debido a que alguien confundió esto con la paz, Crowland había atraído a varios nobles que huyeron de la política de la corte y de la crueldad de Ethelred, y salvaron la vida tomando los hábitos. Esa élite influyente vivía en celdas individuales, al igual que los verdaderos místicos que buscaban a Dios a través del sufrimiento espiritual y el dolor corporal producidos por los cilicios, los tormentos fortificantes y la autoflagelación. Para los restantes sesenta y siete hombres que llevaban la tonsura, pese a ser impíos y a que no habían recibido la llamada de Dios, el hogar era una única y espaciosa cámara que contenía sesenta y siete jergones. Si despertaba en cualquier momento de la noche, Henry Croft oía toses y estornudos, diversos ronquidos, murmullos de masturbaciones, los lacerantes gritos de los soñadores, ventosidades y la ruptura de la regla de silencio a través de maldiciones muy poco eclesiásticas y conversaciones clandestinas que casi siempre giraban en torno al alimento.

En Crowland las comidas eran muy escasas.

Aunque la población de Peterborough solo se encontraba a ocho millas de distancia, Henry nunca la vio. Cuando tenía catorce años, un día le pidió permiso a su confesor, el padre Dunstan, para cantar himnos y recitar oraciones a orillas del río entre las vísperas y los cánticos nocturnos. Se lo concedió. Mientras atravesaba el prado junto al río, el padre Dunstan lo seguía a una distancia prudencial. Henry caminaba lenta y decididamente, con las manos a la espalda y la cabeza inclinada, como si rindiera culto, con la dignidad de un obispo. Era una bella y tibia tarde de verano y el río despedía una brisa fresca. El hermano Matthew, geógrafo, le había hablado de aquel río, el Welland. Nacía en los Midlands, cerca de Corby, y coleaba y serpenteaba fácilmente hasta Crowland, desde donde fluía hacia el noreste entre colinas onduladas y valles fértiles, antes de recorrer los pantanos costeros para desembocar en la gran bahía del Mar del Norte denominada The Wash.

El río discurría entre bosques y campos que eran un regalo del Señor.

Los grillos cantaban, los pájaros gorjeaban en los árboles, y las vacas lo contemplaban con pasmado respeto mientras pastoreaban. En la orilla estaba varada una barquichuela.

La semana siguiente solicitó que le permitieran orar en solitario junto al río después de laudes, el oficio del amanecer. Le concedieron permiso, y en esta ocasión el padre Dunstan no lo acompaño. Cuando Henry llegó a la orilla, empujó la pequeña embarcación hasta el agua, trepó y zarpó.

Solo utilizó los remos para internarse en la corriente, ya que después se sentó muy quieto en el centro de la frágil barca y contempló las aguas marrones, dejándose arrastrar por el río como una hoja a la deriva. Un rato mas tarde, cuando comprobó que ya estaba lejos, se echo a reír. Vociferó y gritó chiquilladas:

--¡Y esta por ti! --exclamó, sin saber si desafiaba a los sesenta y seis monjes que dormirían sin él, al padre Dunstan o al Dios que en Crowland se consideraba un ser tan cruel.

Permaneció en el río todo el día, hasta que las aguas que corrían hacia el mar se volvieron demasiado profundas y peligrosas para su agrado. Varó la embarcación, y así comenzó la época en que aprendió el precio de la libertad.

Deambuló por las aldeas costeras, durmiendo en cualquier lado y alimentándose de lo que podía mendigar o robar. No tener bocado que llevarse a la boca era mucho peor que comer poco. La esposa de un campesino le dio un saco de alimentos, una vieja túnica y unos pantalones raídos a cambio del habito benedictino, con el que haría camisas de lana para sus hijos.

Por fin, en el puerto de Chimsby un pescador lo aceptó como ayudante y lo explotó brutalmente más de dos años a cambio de comida escasa y desnudo techo. Cuando el pescador murió, su esposa vendió la barca a unas gentes que no querían chicos. Henry pasó varios meses de hambre hasta que encontró una compañía de artistas y viajó con ellos, acarreando equipajes y colaborando en las necesidades de su oficio a cambio de restos de comida y protección. Incluso para el sus artes eran pobres, pero sabían tocar el tambor y atraer al público, y cuando pasaban el gorro, una sorprendente cantidad de los asistentes dejaba caer una moneda. Los contempló hambriento. Era demasiado mayor para convertirse en volatinero, ya que a los acróbatas han de partirles las articulaciones cuando aun son niños. Sin embargo, los malabaristas le enseñaron su oficio. Imitó al mago y aprendió las pruebas de engaño mas sencillas. El mago le enseñó que jamás debía crear una sensación de nigromancia, ya que en toda Inglaterra la Iglesia y la Corona ahorcaban a los brujos. Escucho atentamente al narrador, cuya hermana pequeña fue la primera mujer que le permitió penetrar en su cuerpo. Sentía afinidad con los artistas, pero un año después la compañía se disolvió en Derbyshire y cada uno siguió su camino sin él.

Semanas mas tarde, en la población de Martlock, su suerte dio un vuelco cuando un cirujano barbero llamado James Farrow lo ligó con un contrato por seis años. Después se enteraría de que ninguno de los jóvenes locales quería ser aprendiz de Farrow porque corrían rumores de que estaba relacionado con la brujería. Cuando Henry se enteró de esas habladurías, ya llevaba dos años con Farrow y sabía que el hombre no era brujo. Aunque el cirujano barbero era un individuo frío y severo hasta la crueldad, para Henry Croft supuso una autentica oportunidad.

El municipio de Martlock era rural y poco poblado, sin pacientes de clase alta o mercaderes prósperos que mantuvieran a un médico o una cuantiosa población de pobres que llamaran la atención de un cirujano. James Farrow era el único cirujano barbero en la extensa zona rural, dejada de la mano de Dios, que rodeaba Martlock. Además de aplicar lavativas purificadoras y de cortar el pelo y afeitar, realizaba intervenciones quirúrgicas y recetaba remedios. Henry acató sus órdenes durante más de cinco años. Farrow era un verdadero tirano que golpeaba a su aprendiz cuando cometía errores, pero le enseño todo lo que sabía y, por añadidura, meticulosamente.

Durante el cuarto año de Henry en Martlock --corría el 1002--, el rey Ethelred llevó a cabo un acto que tendría consecuencias trascendentales y terribles. Inmerso en sus dificultades, el monarca había permitido que algunos daneses se asentaran al sur de Inglaterra y les había dado tierras, con la condición de que lucharan a su favor contra sus enemigos. De esta manera había comprado los servicios del noble danés Pallig, casado con Gunilda

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:12

hermana de Sven, rey de Dinamarca. Ese año los vikingos invadieron Inglaterra y pusieron en práctica sus tácticas habituales: asesinar y quemar.

Cuando llegaron a Southampton, el monarca decidió volver a pagar tributos y dio veinticuatro mil libras a los invasores para que se retiraran.

En cuanto las embarcaciones se llevaron a los nórdicos, Ethelred se sintió avergonzado y presa de una ira frustrada. Ordenó que todos los daneses que se encontraban en Inglaterra fuesen sacrificados el 13 de noviembre, día de San Brice. El traicionero asesinato en masa se cumplió tal como ordenara el rey, y pareció revelar un mal que se había enconado en el pueblo inglés.

El mundo siempre había sido brutal, pero después del asesinato de los daneses la vida se tornó aún más cruel. En toda Inglaterra ocurrieron crímenes violentos. Se persiguió a los brujos y se les dio muerte en la horca o en la hoguera, y la sed de sangre pareció apoderarse de la tierra.

El aprendizaje de Henry Croft estaba casi cumplido cuando el anciano Bayley Aelerton sucumbió bajo los cuidados de Farrow. Aunque la muerte no tenía nada extraordinario, corrió rápidamente la voz de que el hombre había fallecido porque Farrow le había clavado agujas y lo había hechizado.

El domingo anterior, el sacerdote de la pequeña iglesia de Matlock manifestó que se habían oído espíritus malignos a medianoche entre los sepulcros del camposanto, entregados a la cópula carnal con Satán.

--A nuestro Salvador le parece abominable que los muertos se levanten mediante artes diabólicas--atronó.

El cura advirtió que el diablo se encontraba entre ellos, ayudado por un ejército de hechiceros disfrazados de seres humanos que practicaban la magia negra y los asesinatos secretos.

Proporcionó a los aterrorizados fieles un contra hechizo para utilizar contra todo sospechoso de brujería:

--Gran hechicero que atacas mi alma, que tu hechizo se invierta y que tu maldición te sea devuelta mil veces. En nombre de la Santísima Trinidad, haz que recobre la salud y las fuerzas. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

También les recordó el mandato público: No habitarás con hechicero.

--Debéis buscarlos y extirparlos si no queréis arder en las terribles llamas del purgatorio --los exhortó.

Bayley Aelerton murió el martes y su corazón dejó de latir mientras estaba cavando con la azada. Su hija aseguro que había advertido pinchazos de agujas en su piel. Aunque nadie más los había visto, el jueves por la mañana la turbamulta entro en el corral de Farrow cuando el cirujano barbero acababa de montar su caballo y se disponía a visitar a los pacientes. Aun miraba a Henry y le daba las instrucciones de la jornada cuando lo arrancaron de la silla de montar.

La turbamulta estaba encabezada por Simon Beck, cuya tierra lindaba, con la de Farrow.

--Desnudadlo --dijo Beck.

Farrow temblaba mientras le rasgaban las ropas.

--¡Eres un asno, Beck! --grito--. ¡Un asno!

Desnudo parecía mayor, con la piel abdominal floja y plegada, los hombros redondeados y estrechos, los músculos reblandecidos e inútiles y el pene reducido a su mínima expresión encima de una enorme bolsa púrpura.

--¡Aquí esta! --exclamo Beck--. ¡La señal de Satán!

En la ingle derecha de Farrow, claramente visible, había dos puntos pequeños y oscuros, como la mordedura de una serpiente. Beck pincho uno con la punta del cuchillo.

--¡Son lunares! --chilló Farrow.

Manó sangre, lo que se suponía no ocurría si se trataba de un brujo.

--Son muy listos --opinó Beck--; pueden sangrar a voluntad.

--No soy brujo sino barbero --les dijo Farrow desdeñosamente, pero cuando lo ataron a una cruz de madera y lo arrastraron hasta su abrevadero, suplicó piedad a gritos.

Arrojaron la cruz al estanque poco profundo, en medio de un gran chapoteo, y la sostuvieron sumergida. La turbamulta guardo silencio mientras miraba las burbujas. Después la levantaron y ofrecieron a Farrow la posibilidad de confesar. Aun respiraba y farfullaba débilmente.

--Vecino Farrow, ¿reconoces haber practicado artes diabólicas? --preguntó Beck amablemente.

El hombre atado solo pudo toser y jadear.

En consecuencia, volvieron a sumergirlo. Esta vez sostuvieron la cruz hasta que dejaron de aparecer burbujas. Y siguieron sin levantarla.

Henry solo pudo mirar y llorar, como si volviera a presenciar la muerte de su padre. Aunque ya era un hombre crecido, no un niño, nada podía hacer ante los cazadores de brujos, y le aterrorizaba que se les ocurriera pensar que el aprendiz de cirujano barbero pudiera serlo también de hechicerías.

Finalmente izaron la cruz sumergida, entonaron el contra hechizo y se marcharon, dejándola flotar en el estanque.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:13

En cuanto se fueron, Henry vadeo el cieno para sacar la cruz del agua.

De los labios de su maestro asomaban espumarajos rosados. Cerro los ojos del rostro blanco, que acusaban sin ver, y apartó las lentejas acuáticas de los hombros de Farrow antes de cortar sus ataduras.

Como el cirujano barbero era un viudo sin familia, la responsabilidad recayó en su sirviente. Henry enterró a Farrow lo antes posible.

Cuando registró la casa, se dio cuenta de que los demás habían estado antes que él. Indudablemente buscaban pruebas de la intervención de Satán cuando se llevaron el dinero y los licores de Farrow. Aunque habían limpiado la casa, encontró un traje en mejor estado que el que llevaba puesto y algunos alimentos, que guardó en una bolsa. También cogió una bolsa de instrumentos quirúrgicos y capturó el caballo de Farrow, con el que abandonó Martlock antes de que se acordaran de el y lo obligaran a regresar.

Volvió a convertirse en andariego, pero esta vez tenía oficio, y ello supuso una diferencia fundamental. Por todas partes había enfermos dispuestos a pagar uno o dos peniques por el tratamiento. Más adelante descubrió que podía obtener beneficios de la venta de medicaciones y, para reunir al gentío, apeló a algunos de los trucos que había aprendido mientras viajaba con los artistas.

Convencido de que podían buscarlo, nunca permanecía mucho tiempo en un sitio, y evitaba el uso de su nombre completo, por lo que se convirtió en Barber. Poco después estas características se habían integrado en la trama de una existencia que le sentaba como anillo al dedo: vestía bien y con ropas de abrigo, tenía mujeres variadas, bebía cuando se le antojaba y siempre comía en grandes cantidades, pues se había jurado no volver a pasar hambre.

Su peso aumentó deprisa. Cuando conoció a la mujer con la que contrajo matrimonio, pesaba mas de dieciocho piedras.*

Lucinda Eames era una viuda que poseía una bonita finca en Canterbury, y durante seis meses Henry cuidó de sus animales y de sus campos, jugando a ser labrador. Disfrutaba del pequeño trasero blanco de Lucinda, semejante a un pálido corazón invertido. Cuando hacían el amor, ella asomaba la sonrosada punta de la lengua por la comisura izquierda, como una chiquilla que estudia duramente. Lo culpaba de no darle un hijo. Tal vez tenía razón, pero tampoco había concebido con su primer marido. Su voz se tornó aguda, su tono amargo y su cocina descuidada, y mucho antes de que se cumpliera el primer aniversario, Henry recordaba mujeres más ardientes y comidas placenteras, y soñaba con el silencio de su lengua.

Corría 1012, año en que Sven, rey de los daneses, dominó Inglaterra. Hacia una década que Sven acosaba a Ethelred, deseoso de humillar al hombre que había asesinado a los suyos. Finalmente, Ethelred huyo a la isla de Wight con sus embarcaciones, y la reina Emma se refugió en Normandía en compañía de sus hijos Eduardo y Alfredo.

Poco después, Sven murió de muerte natural. Dejó dos hijos: Harald que lo sucedió en el reino danés, y Canuto, un joven de diecinueve arios que fue proclamado rey de Inglaterra por la fuerza de las armas danesas.

A Ethelred aun le quedaban arrestos para un último ataque y repelió a los daneses, pero Canuto regresó casi inmediatamente y esta vez tomó todo el territorio, salvo Londres. Se dirigía a la conquista de esta ciudad cuando se enteró de la muerte de Ethelred. Con gran valentía, convocó una reunión del Witan --el consejo de hombres sabios de Inglaterra--, y obispos, abades, condes y caballeros acudieron a Southampton y eligieron a Canuto como legítimo rey.

Canuto mostró su habilidad estabilizadora mandando emisarios a Normandía para que convencieran a la reina Emma de que contrajera matrimonio con el sucesor al trono de su difunto marido. Aceptó casi de inmediato.

Aunque tenía unos cuantos años más que él, aún era una mujer apetecible y sensual, y corrían risueñas bromas sobre el tiempo que Canuto y ella pasaban en sus aposentos.

*1 piedra era una medida de peso de la época, equivalente a más de 6 kilos. N del T

En el preciso momento en que el nuevo monarca corría hacia el matrimonio, Barber huía de él. Un día renunció sin más al mal genio y a la mala cocina de Lucinda Eames y reanudó sus viajes. Compró su primer carromato en Bath, y en Northumberland ligó por contrato a su primer ayudante.

Las ventajas estuvieron claras desde el principio. Desde entonces, con el correr de los años había enseñado a varios mozos. Los pocos capaces le habían permitido ganar dinero, y los demás le habían enseñado que necesitaba de un aprendiz.

Sabía lo que le ocurría al chico que fracasaba y era despedido. La mayoría tenía que hacer frente al desastre: los afortunados se convertían en juguetes sexuales o en esclavos y los desdichados morían de hambre o los mataban. Aunque le dolía más de lo que estaba dispuesto a reconocer, no podía darse el lujo de mantener a un chico poco prometedor; el mismo era un superviviente capaz de endurecer su corazón cuando estaba en juego su propio bienestar.

El ultimo, el chiquillo que había encontrado en Londres, parecía deseoso de complacerlo, pero Barber sabía que las apariencias engañan en lo que se refiere a aprendices. No tenía sentido preocuparse por la cuestión como un perro por un hueso. Solo el tiempo lo diría, y pronto iba a saber si el joven Cole estaba en condiciones de sobrevivir.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:13

LA BESTIA DE CHELMSFORD




Rob despertó con las primeras luces lechosas y vio a su nuevo amo en pie e impaciente. Supo de inmediato que Barber no empezaba el día de buen talante, y con ese sobrio humor matinal el hombre sacó la lanza del carromato y le enseñó a usarla.

--Si la coges con ambas manos, no te resultara demasiado pesada. No requiere habilidad. Arrójala con tanta fuerza como puedas. Si apuntas al centro del cuerpo de cualquier agresor, es probable que lo alcances. Y si tu lo frenas con una herida, existen muchas probabilidades de que yo pueda matarlo. ¿Lo has comprendido?

Rob asintió, incómodo ante el desconocido.

--Bueno, mozuelo, debemos estar atentos y tener las armas a mano, ya que es así como seguimos con vida. Estos caminos romanos siguen siendo los mejores de Inglaterra, pero no están cuidados. La Corona tiene la responsabilidad de mantenerlos despejados por ambos lados para evitar que los salteadores tiendan emboscadas a los viajeros, pero en la mayoría de nuestras rutas la maleza nunca se corta.

Le enseñó a enganchar el caballo. Cuando reanudaron el viaje, Rob se sentó junto a Barber en el pescante, bajo el sol ardiente, atormentado aun por infinitos temores. Poco después, Barber apartó a Incitatus del camino romano y lo hizo girar por un carril apenas transitable que atravesaba las profundas sombras de la selva virgen. De un tendón que rodeaba sus hombros colgaba el cuerno sajón de color marrón que antaño había embellecido a un corpulento buey Barber se lo llevó a la boca y le sacó un sonido fuerte y melodioso, a medias toque y a medias quejido.

--Advierte a todos los que están al alcance del oído que no avanzamos sigilosamente para cortar cuellos y robar. En algunos lugares lejanos, encontrarse con un desconocido significa tratar de matarlo. El cuerno indica que somos dignos de confianza, respetables y muy capaces de protegernos a nosotros mismos.

Por sugerencia de Barber, Rob intentó emitir señales con el cuerno pero, pese a que hinchó las mejillas y sopló con todas sus fuerzas, no salió el menor sonido.

--Se necesita aliento de adulto y cierta habilidad. Pero no temas; aprenderás. Y también aprenderás cosas mas difíciles que soplar un cuerno.

El carril era fangoso. Aunque cubrieron de maleza los peores lugares, era necesario guiar el carro con maña. En un giro del camino cayeron de lleno en una zona resbaladiza y las ruedas se hundieron hasta los cubos. Barber suspiro.

Se apearon, atacaron con la pala el barro de delante de las ruedas y recogieron ramas caídas en el . bosque. Con sumo cuidado, Barber acomodó trozos de madera delante de cada rueda y volvió a coger las riendas.

--Tienes que arrojar maleza bajo las ruedas en cuanto empiecen a moverse --explicó, y Rob J. asintió --. ¡Adelante, Tatus! --lo apremio Barber.

Los ejes y el cuero crujieron--. ¡Ahora! --grito.

Rob colocó las ramas con habilidad, saltando de una rueda a otra mientras el caballo hacia un esfuerzo sostenido. Las ruedas chirriaron y resbalaron, pero encontraron un asidero. El carro dio una sacudida hacia adelante.

En cuanto quedó sobre el camino seco, Barber tiró de las riendas y esperó a que Rob lo alcanzara y trepara al asiento.

Estaban cubiertos de barro, y Barber frenó a Tatus junto a un arroyo.

--Pesquemos algo para desayunar --propuso mientras se lavaban las caras y las manos. Cortó dos ramas de sauce, y del carromato saco anzuelos y líneas. Extrajo una caja de la zona protegida del sol, detrás del asiento, y explicó --: Esta es nuestra caja de los saltamontes. Uno de tus deberes consiste en mantenerla llena.

Alzó apenas la tapa, a fin de que Rob pudiera colar la mano. Frenéticos y erizados, varios seres vivos se alejaron de los dedos de Rob y este se puso delicadamente uno de ellos en la palma. Cuando retiró la mano sujetando las alas plegadas entre el pulgar y el índice, el insecto agitó frenético las patas. Las cuatro patas delanteras eran delgadas como pelos, y el par trasero, potente y de ancas largas, lo que lo convertía en un insecto saltador.

Barber le enseñó a deslizar la punta del anzuelo inmediatamente detrás del tramo corto de cascaron duro y ondulado que seguía a la cabeza.

--Si lo clavas demasiado profundo, se le saldrán los humores y morirá.

¿Dónde has pescado?

--En el Támesis.

Se enorgullecía de su habilidad como pescador, ya que a menudo su padre y el habían colgado gusanos en el ancho río y contado con la pesca para contribuir a alimentar a la familia en los días de paro.

Barber gruñó.

--Es otro tipo de pesca --comentó--. Deja las cañas un momento y ponte a gatas.

Reptaron cautelosos hasta un sitio que daba al pozo de río más próximo, y se tendieron boca abajo. Rob pensó que el gordo estaba chiflado.

Cuatro peces permanecían suspendidos en el cristal.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:13

--Son pequeños --murmuro Rob.

--Son más apetitosos de este tamaño --declaró Barber mientras se alejaban de la orilla--. Las truchas de tu gran río son correosas y grasientas. ¿has notado que estos peces se amontonan en la cabecera del pozo? Se alimentan a contracorriente, a la espera de que un bocado sabroso se deslice y baje flotando. Son salvajes y precavidos. Si te detienes junto al río, te ven. Si pisas firmemente la orilla notan tus pasos y se dispersan. Por eso has de utilizar la vara larga. Te quedas rezagado. sueltas ligeramente el saltamontes por encima del pozo y dejas que la corriente lo arrastre hasta los peces.

Observó con ojo crítico mientras Rob lanzaba el saltamontes hacia el punto que le había indicado.

Con una sacudida que recorrió la vara y transmitió entusiasmo por el brazo de Rob, el pez oculto pico como un dragón. Desde entonces fue como pescar en el Támesis. Esperaba tranquilo, dando tiempo a la trucha para que se condenara a si misma, y luego alzaba la punta de la vara y torcía el anzuelo tal como le había enseñado su padre. Cuando extrajo la primera y cimbreante trucha, admiraron su belleza: el brillante dorso como madera de nogal aceitada, los costados lisos, bruñidos y salpicados de rojos irisados, las aletas negras tenidas de cálido naranja...

--Consigue cinco más --dijo Barber, y se internó en el bosque.

Rob pescó dos más, perdió un tercer ejemplar y, cauteloso, se traslado a otro pozo. Las truchas tenían hambre de saltamontes. Estaba limpiando la última de la media docena cuando Barber regresó con la gorra llena de morillas y de cebollas silvestres.

--Comemos dos veces por día --dijo Barber--: a media mañana y al caer la noche, igual que la gente civilizada.

Levantarse a las seis, comer a las diez, Cenar a las cinco, a la cama a las diez, hace que el hombre viva diez 2 veces diez.

Barber tenía tocino entreverado y lo cortó grueso. Cuando la carne terminó de hacerse en la sartén ennegrecida, espolvoreo las truchas con harina las doró hasta dejarlas crujientes en la grasa, añadiendo por ultimo las cebollas y las setas. La espina de las truchas se separaba fácilmente de la carne humeante, arrastrando consigo la mayoría de las espinas pequeñas. Mientras disfrutaban de la carne y el pescado, Barber frío pan de cebada en la sabrosa sa1sa sobrante, cubriendo la tostada con trozos de queso con cáscara que dejó burbujear en la sartén. Al final, bebieron el agua fresca y potable del mismo arroyo que les había proporcionado los peces.

Barber estaba de mejor ánimo. Rob percibió que un hombre gordo necesitaba alimentarse para alcanzar su mejor humor. También se dio cuenta de 9ue Barber era un cocinero muy especial, y acabo esperando cada comida Como el acontecimiento del día. Suspiro, sabedor de que en las minas no lo habrían alimentado así. Y el trabajo, se dijo satisfecho, no estaba mas allá de sus posibilidades, ya que era perfectamente capaz de mantener llena la caja de los saltamontes, de pescar truchas y de distribuir maleza bajo las ruedas cada vez que el carromato se atascaba en el barro.


La aldea se llamaba Farnham. había granjas; una posada pequeña y de aspecto lamentable; una taberna que despedía un ligero olor a cerveza derramada, que percibieron al pasar por delante; una herrería con altas pilas de leña cerca de la fragua; una curtiduría que desprendía hedor; un aserradero en el que había madera cortada y una sala del magistrado, que daba a una plaza. Esta, mas que plaza, era un ensanchamiento de la calle, como si una serpiente se hubiera tragado un huevo.

Barber se detuvo en las afueras. Del carromato sacó un tambor pequeño y un palillo y se los entregó a Rob.

--Hazlo sonar.

Incitatus sabía de que se trataba: alzó la cabeza, relinchó y levantó los cascos al encabritarse. Rob aporreó el tambor con orgullo, contagiado por el entusiasmo que habían provocado a un lado y otro de la calle.

--Esta tarde hay espectáculo--pregonó Barber--. ¡Seguido del tratamiento de males humanos y de problemas médicos, grandes o pequeños!

El herrero, con los músculos nudosos perfilados por la mugre, los miró y dejó de tirar de la cuerda del fuelle. Dos chicos del aserradero interrumpieron su tarea de apilar madera y se acercaron corriendo en dirección al batir del tambor. Uno de ellos dio media vuelta y se alejó deprisa.

--¡¿Adonde vas, Giles?! --gritó el otro.

--A casa, a buscar a Stephen y a los demás.

--¡Haz un alto en el camino y avisa a la gente de mi hermano!

Barber movió aprobadoramente la cabeza y grito:

--¡Eso, haz correr la voz!

Las mujeres salieron de las casas y se llamaron entre sí mientras sus hijos confluían en la calle, parloteando y sumándose a los perros ladradores que iban en pos del carromato rojo.

Barber subió y bajo lentamente por la calle, y a continuación dio la vuelta y repitió la operación.

Un anciano sentado al sol, casi a las puertas de la posada, abrió los ojos y dirigió una sonrisa desdentada al alboroto. Algunos bebedores salieron de la taberna, vaso en mano, seguidos de la camarera que, con la mirada encendida, se secaba las manos mojadas en el delantal.

Barber paró en la plazoleta. Del carromato extrajo cuatro bancos plegables y los colocó uno al lado del otro.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:14

--Esto se llama tarima --explicó a Rob, mostrándole el pequeño escenario que había montado--. La levantarás de inmediato cada vez que lleguemos a un sitio nuevo.

Sobre la tarima pusieron dos cestas llenas de frasquitos taponados que, dijo Barber, contenían medicina. Luego subió al carromato y corrió la cortina.

Rob tomó asiento en la tarima y vio que la gente corría por la calle principal. Apareció el molinero, con la ropa blanca de harina, y Rob distinguió a dos carpinteros por el polvo y las virutas de madera que cubrían sus túnicas y sus cabellos. Familias enteras se acomodaron en el suelo, dispuestas a esperar y empezaron a hacer encajes de hilo y a tejer, al tiempo que los niños parloteaban y peleaban. Un grupo de chiquillos aldeanos miraba a Rob. Al reparar en el respeto y la envidia de sus miradas, Rob adoptó un aire afectado y se pavoneó. Poco después, esas tonterías dejaron de tener sentido porque, como ellos, se había convertido en parte del público. Barber subió corriendo a la tarima e hizo un floreo.

--Buen día y mejor mañana --dijo--. Me alegro de estar en Farnham.

Y empezó a hacer juegos malabares.

Lanzó al aire una pelota roja y otra amarilla. Parecía que sus manos no se movían. ¡Era bellísimo verlo!

Sus dedos gordos lanzaban las pelotas al aire trazando un círculo constante, despacio al principio y, gradualmente, a una velocidad vertiginosa.

Cuando lo aplaudieron se llevó una mano a la túnica y sumó una pelota verde. Y después otra azul. Y... ¡oh, una marrón!

"Sería maravilloso poder hacerlo", pensó Rob.

Contuvo la respiración, a la espera de que a Barber se le cayera una pelota, pero el controló fácilmente las cinco, sin dejar de hablar. Hizo reír a la gente. Contó chistes y entonó canciones ligeras.

Luego hizo malabarismos con anillas de cuerda y con platos de madera, y mas tarde llevó a cabo pruebas de magia. Hizo desaparecer un huevo, encontró una moneda entre los cabellos de un chiquillo y logró que un pañuelo cambiara de color.

--¿Os entretendría ver como hago desaparecer una jarra de cerveza?

Todo el mundo aplaudió. La camarera entró corriendo a la taberna y salió con una jarra espumosa. Barber se la llevó a los labios y la vacío de un único y largo trago. Hizo una reverencia ante las risas y los aplausos afables y después preguntó a las espectadoras si alguna deseaba una cinta.

--¡OH, ya lo creo! --exclamó la camarera.

Era una mujer joven y fuerte, y su respuesta, tan espontánea e ingenua, provoco risillas entre los presentes.

Barber miró a la chica a los ojos y sonrió.

--¿Cómo te llamas?

--Oh, señor, me llamo Amelia Simpson.

--¿Eres la señora Simpson?

--No estoy casada.

Barber cerró los ojos.

--¡Que pena! --exclamó, galante--. Señorita Amelia, de que color prefieres la cinta?

--Roja.

--¿Y como de larga?

--Dos yardas me irían perfectas.

--Es de esperar que sea así --murmuró el barbero y enarcó las cejas.

Hubo risas chuscas, pero Barber pareció olvidarse de la camarera. Cortó un trozo de cuerda en cuatro partes y luego lo reunió y volvió a unificarlo, empleando únicamente gestos. Colocó un pañuelo sobre una anilla y lo convirtió en una nuez. Después, casi por sorpresa, se llevó los dedos a la boca y extrajo algo de entre los labios, deteniéndose para mostrarle al publico que se trataba del extremo de una cinta roja. Ante la mirada de los espectadores, la extrajo trocito a trocito de su boca, encorvando el cuerpo y bizqueando a medida que salía. Finalmente, tensó el extremo, se agachó para coger su daga, acercó el filo a sus labios y cortó la cinta. Se la entregó a la camarera con una reverencia.

Al lado de la joven se encontraba el aserrador de la aldea, que extendió la cinta sobre su vara de medir.

--¡Mide exactamente dos yardas! --declaró, y sonó una salva de aplausos ensordecedores.

Barber esperó a que el barullo cesara y levantó un frasco de su medicina embotellada.

--¡Señores, señoras y doncellas! Solo mi Panacea Universal prolonga el tiempo que os ha sido asignado y regenera los gastados tejidos del cuerpo.

Vuelve elásticas las articulaciones rígidas y rígidas las articulaciones flácidas. Da una chispa pícara a los ojos agotados. Transmuta la enfermedad en salud, impide la caída del pelo y logra que vuelvan a brotar las coronillas brillantes. Aclara la visión nublada y agudiza los intelectos embotados.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:14

“Se trata de un excelente cordial, mas estimulante que el mejor tónico, un purgante más suave que una lavativa de crema. La Panacea Universal combate la hinchazón y el flujo sanguíneo lento, alivia los rigores del sobreparto y el sufrimiento de la maldición femenina, y extirpa los trastornos escorbúticos traídos a la costa por la gente marinera. Es buena para bestias o humanos, la perdición de la sordera, ojos doloridos, toses, consunciones, dolores de estómago, ictericia, fiebre y escalofríos. ¡Cura cualquier enfermedad!

¡Libra de las preocupaciones!

Barber vendió una buena cantidad de frascos que tenía en la tarima. A continuación, Rob y el montaron un biombo, detrás del cual el cirujano barrero examinó a los pacientes. Los enfermos y los achacosos hicieron una larga cola dispuestos a pagar uno o dos peniques por su tratamiento.

Esa noche cenaron oca asada en la taberna, la primera vez que Rob probaba una comida comprada. Le pareció sumamente fina, pese a que Barber decretó que la carne estaba demasiado cocida y protestó por los grumos del puré de nabos. Mas tarde, Barber extendió sobre la mesa un mapa de la Isla Británica. Era el primer mapa que veía Rob y contempló fascinado cómo el dedo de Barber trazaba una línea serpenteante: la ruta que seguirían durante los meses siguientes.

Finalmente, con los ojos casi cerrados, regreso soñoliento al campamento bajo la brillante luz de la luna y se preparó el lecho. Pero en los últimos días habían ocurrido tantas cosas, que su mente deslumbrada rechazó el sueño.

Estaba despierto a medias y escudriñando las estrellas cuando retornó Barber en compañía de alguien.

--Bonita Amelia-- dijo Barber--, muñeca bonita: me bastó una mirada a esa boca llena de deseos para saber que moriría por ti.

--Cuidado con las raíces o darás con tus huesos en tierra --advirtió la joven.

Rob continuó acostado y oyó los húmedos sonidos de los besos, el roce de las ropas al quitárselas, risas y jadeos. Luego, el deslizamiento de las pieles al separarse.

--Será mejor que yo me ponga debajo por la barriga --oyó decir a Barber.

--Una barriga prodigiosa --dijo la moza con tono bajo y travieso--. Será como rebotar en una gran cama.

--Vamos, doncella, vente a mi lecho.

Rob quería verla desnuda, pero cuando se atrevió a mover la cabeza, la camarera ya no estaba de pie y solo diviso el pálido brillo de las nalgas.

Aunque su respiración era ruidosa, por lo que ellos se preocuparon hubiera dado lo mismo que gritara. En seguida vio que las manos grandes y rollizas de Barber rodeaban a la mujer para aferrar los orbes blancos y giratorios.

--¡Ah, muñeca!

La muchacha gimió.

Se durmieron antes que él. Por fin Rob logró conciliar el sueño y soñó con Barber, que no dejaba de hacer malabarismos.

La mujer ya se había ido cuando despertó bajo el fresco amanecer. Levantaron campamento y partieron de Farnham mientras la mayoría de sus habitantes aun seguía en la cama.

Poco después del alba encontraron un campo de zarzamoras y se detuvieron a llenar la cesta. En la siguiente granja que hallaron, Barber consiguió comida. Acamparon para desayunar; mientras Rob encendía la hoguera y cocinaba el tocino y la tostada de queso, Barber puso nueve huevos en un cuenco y añadió una cantidad generosa de nata cuajada, los batió hasta formar espuma y lo coció sin revolver hasta que se formo un pastel esponjoso, que cubrió con moras muy maduras. Pareció alegrarse de la impaciencia con que Rob engulló su parte.

Aquella tarde pasaron junto a una gran torre del homenaje rodeada de tierras de labranza. Rob divisó gente en los terrenos y en lo alto de las almenas. Barber azuzó el caballo para que trotara, deseoso de pasar rápidamente por allí.

Tres jinetes salieron desde la torre en pos de ellos y les gritaron que se detuvieran.

Hombres armados, severos y temibles examinaron con curiosidad el carromato pintarrajeado.

--¿cuál es tu oficio? --preguntó el que llevaba una ligera cota de malla que distinguía a las personas de categoría.

--Cirujano barbero, señor --respondió Barber.

El hombre asintió satisfecho y giro su corcel.

--Sígueme.

Rodeados por la guardia, traquetearon a través de una pesada puerta empotrada en las murallas, atravesaron una segunda puerta que se alzaba en medio de una empalizada de troncos afilados y cruzaron el puente levadizo que permitía franquear el foso. Rob nunca había estado tan cerca de una fortaleza majestuosa. La inmensa torre del homenaje contaba con cimientos y semimuro de piedra, plantas altas enmaderadas, rebuscadas tallas en el pórtico y los aguilones y una cumbrera dorada que centelleaba bajo el sol.

--Deja tu carromato en el patio y trae tus instrumentos de cirugía.

--¿Qué sucede, señor?

--La perra se ha hecho daño en una pata.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:15

Cargados de instrumentos y de frascos con medicinas, siguieron al hombre por el cavernoso pasillo. El suelo estaba empedrado y cubierto de juncos que hacia falta cambiar. Los muebles parecían dignos de pequeños gigantes.

Tres paredes estaban engalanadas con espadas, escudos y lanzas, al tiempo que en la del norte colgaban tapices de colores abigarrados pero desteñidos, junto a los cuales se alzaba un trono de madera oscura tallada.

La chimenea central estaba apagada, pero la sala seguía impregnada del humo del invierno anterior y de un hedor menos atractivo, más penetrante, cuando la escolta se detuvo ante la podenca tendida junto al hogar.

--Hace quince días perdió dos dedos en un cepo. Al principio pareció que curaban bien, pero después empezaron a supurar.

Barber asintió con la cabeza. Quitó la carne de un cuenco de plata depositado junto a la cabeza de la perra y vertió el contenido de dos frascos. La podenca lo vigiló con ojos legañosos y gruñó cuando dejó el cuenco, pero en seguida se dedicó a lamer la panacea.

Barber no corrió riesgos: cuando la perra se distrajo, le ató el morro y le sujetó las patas para que no pudiera utilizar las garras.

El animal tembló y ladró cuando Barber cortó. Olía espantosamente mal y tenía gusanos.

--Perderá otro dedo.

--No debe quedar lisiada. Hazlo bien --dijo el hombre fríamente.

Cuando terminó, Barber limpió la sangre de la pata con lo que quedaba de medicina y la cubrió con un trapo.

--¿Y el pago, señor? --sugirió delicadamente.

--Tendrás que esperar a que el conde regrese de la cacería y pedírselo --respondió el caballero, y se marchó.

Desataron cuidadosamente a la perra, recogieron los instrumentos y se dirigieron al carromato. Barber condujo lentamente, como un hombre autorizado a partir.

En cuanto la torre del homenaje quedo atrás, el barbero gruñó y escupió.

--Es posible que el conde no vuelva en muchos días. Para entonces, si la perra sana, es posible que el santo conde se dignara pagar. Si la perra hubiera muerto o el conde estuviera de mal humor a causa del estreñimiento, podría mandarnos desollar. Huyo de los señores y prefiero tentar mi suerte en los pueblos pequeños --comentó, arreando el caballo.

La mañana siguiente, cuando llegaron a Chelmsford, estaba de mejor talante. Encontraron a un vendedor de ungüentos que ya había montado su espectáculo allí; un hombre elegante ataviado con una llamativa túnica naranja y que llevaba una blanca melena.

--Encantado de verte, Barber --saludo el hombre afablemente.

--Hola, Wat. ¿Aun tienes la bestia?

--No; enfermó y se volvió demasiado huraña. La usé para un azuzamiento.

--Es una pena que no le dieras mi panacea. Se habría curado.

Rieron juntos.

--Ahora tengo otra bestia. ¿Te gustaría verla?

--¿Por que no? --replico Barber. Detuvo el carromato bajo un árbol y dejó pacer al equino mientras la gente se amontonaba. Chelmsford era una aldea grande y el público, excelente--. ¿Has luchado alguna vez? --preguntó Barber a Rob.

El chico asintió. Le encantaba la lucha, que en Londres era la diversión cotidiana de los hijos de la clase trabajadora.

Wat inició su espectáculo del mismo modo que Barber, con juegos malabares. Sus trucos eran muy hábiles, pensó Rob. Sus narraciones no estaban a la altura de las de Barber y la gente no reía tanto, pero el oso les encantó.

La jaula estaba a la sombra, tapada con un trapo. Los reunidos soltaron murmullos cuando Wat la descubrió. No era la primera vez que Rob veía un oso gracioso. Cuando tenía seis años, su padre lo había llevado a ver un animal semejante que actuaba a las puertas de la posada de Swann, y le había parecido enorme. Cuando Wat llevó al oso abozalado hasta la tarima, sujeto por una larga cadena, le pareció mas pequeño. Aunque era poco mayor que un perro grande, se trataba de un ejemplar muy listo.

--¡El oso Bartram! --anunció Wat.

El oso se acostó, y cuando Wat le dio la orden, se hizo el muerto, hizo rodar la pelota y la recogió, subió y bajo una escalera y, mientras Wat tocaba la flauta, interpretó el popular y alegre baile de los zuecos, moviéndose torpemente en vez de girar, pero de una manera tan deliciosa que el público aplaudió hasta el último movimiento de la bestia.

--Y ahora --dijo Wat--, Bartram luchará con todo aquel que se atreva a desafiarlo. Quien lo arroje al suelo recibirá gratis un tarro de ungüento de Wat, el milagroso agente para el alivio de los males humanos.

Se oyó un divertido murmullo, pero nadie dio un paso al frente.

--¡Venid, luchadores! --los regañó Wat.

A Barber se le iluminaron los ojos y dijo en voz alta:

--Aquí hay un muchacho al que nada lo arredra.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:15

Para sorpresa y gran preocupación de Rob, se vio empujado hacia delante. Unas manos voluntariosas lo ayudaron a subir a la tarima.

--Mi chico contra tu bestia, amigo Wat --dijo Barber.

Wat asintió y ambos rieron a mandíbula batiente.

"¡Ay, madre mía!”, se dijo Rob atontado.

Era un oso de verdad. Se balanceó sobre las patas traseras y ladeó su cabeza grande y peluda ante Rob. No era un podenco ni un amigo de la calle de los Carpinteros. Vio unos hombros impresionantes y unos miembros gruesos, e instintivamente quiso saltar de la tarima y huir. Pero escapar suponía desafiar a Barber y todo lo que este representaba en su vida. Escogió la opción menos audaz e hizo frente al animal.

Con el corazón en la boca, trazó un círculo y esgrimió las manos abiertas delante de su adversario, como había visto hacer a menudo a luchadores de mas edad. Tal vez no lo había entendido bien; alguien rió y el oso miró en dirección al sonido. Rob intento olvidar que su contrincante no era humano y se comportó como lo habría hecho ante otro chico: se precipitó y procuró que Bartram perdiera el equilibrio, pero fue como tratar de desarraigar un árbol inmenso.

Bartram alzo una pata y lo golpeó perezosamente. Aunque al oso le habían arrancado las garras, el manotazo lo derribó y lo hizo atravesar medio escenario. Ahora estaba algo mas que aterrorizado: sabía que no podía hacer nada, y con gusto hubiera puesto pies en polvorosa, pero Bartram arrastraba los pies con engañosa rapidez y lo estaba esperando. Cuando Rob se incorporó, quedó rodeado por las patas delanteras del animal. Su rostro se hundió en el pelaje del oso y le tapo la boca y la nariz. Se estaba asfixiando en una piel negra y de lanas enredadas que olía exactamente igual a la que usaba para dormir. El oso no había terminado de crecer, pero el tampoco.

Forcejeaba y acabó mirando unos ojos rojos, pequeños y desesperados. Rob se dio cuenta de que el oso estaba tan asustado como él mismo, pero el animal dominaba la situación y tenía a quien acosar. Bartram no podía morder, pero lo habría hecho de buena gana: aplastó el bozal de cuero en el hombro de Rob y este sintió su aliento potente y apestoso.

Wat estiró la mano hacia la pequeña asa del collar del animal. Aunque no lo tocó, el oso gimoteó y se encogió; soltó a Rob y cayó boca arriba.

--¡Sujétalo, bobo! --susurró Wat.

Se arrojó sobre el animal y tocó la piel negra próxima a los hombros. Nadie se lo creyó y unos pocos lo abuchearon, pero el público se había divertido y estaba de buen humor. Wat enjauló a Bartram y, tal como había prometido, regresó para recompensar a Rob con un diminuto tarro de arcilla que contenía ungüento. Poco después el artista declamaba ante los congregados los ingredientes y usos del bálsamo.

Rob se dejó llevar hasta el carromato por unas piernas que parecían de goma.

--Lo has hecho muy bien --declaró Barber--. Te lanzaste sobre el. ¿Te sangra la nariz?

Respiro ruidosamente, sabedor de que había tenido mucha suerte.

--La bestia estuvo a punto de hacerme daño --dijo con tono hosco.

Barber sonrió y meneo la cabeza.

--¿Has visto la pequeña asa en la tirilla? Es un collar estrangulador. El asa permite girar la tirilla, que corta la respiración al animal si desobedece.

Así se adiestra a los osos. --Ayudó a Rob a subir al pescante, extrajo una pizca del bálsamo del tarro y la frotó entre el pulgar y el índice--. Sebo, manteca de cerdo y un toque de perfume. Vaya, vaya, lo cierto es que se vende bien --musitó, viendo que los clientes hacían cola para dar sus peniques a Wat--. Un animal garantiza la prosperidad. Hay espectáculos que se basan en marmotas, cabras, cuervos, tejones y perros. Incluso en lagartijas, y por regla general ganan más que yo cuando trabajo solo.

El caballo respondió a la tensión de las riendas y emprendió el descenso por el sendero hacia el frescor del bosque, dejando Chelmsford y el oso luchador tras ellos. Los temblores aun acompañaban a Rob. Permaneció inmóvil y pensativo.

--Y tu ¿por que no montas un espectáculo con un animal? --preguntó lentamente.

Barber se volvió a medias en el asiento. Sus amistosos ojos azules buscaron los de Rob, dejando traslucir mas cosas que su boca sonriente.

--Te tengo a ti --respondió.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:15

LAS PELOTAS DE COLORES




Comenzaron por los juegos malabares, y desde el principio Rob supo que jamás sería capaz de realizar ese tipo de milagro.

--Ponte erguido pero relajado, con las manos a los lados del cuerpo. Levanta los antebrazos hasta que queden paralelos al suelo. Vuelve las palmas hacia arriba.--Barber lo escudriñó críticamente y asintió--. Simula que sobre las palmas de tus manos he dejado una bandeja con huevos. No puedes permitir que la bandeja se incline siquiera un instante, pues se caerían los huevos. Pasa lo mismo con los malabarismos. Si tus brazos no están a nivel, las pelotas rodaran por todas partes. ¿Lo has entendido?

--Si, Barber.

Tuvo una sensación de angustia en la boca del estómago.

--Ahueca las manos como si fueras a beber agua de cada una. --Cogió las pelotas de madera. Puso la roja en la mano derecha ahuecada de Rob, y azul en la izquierda--. Ahora lánzalas hacia arriba como hace un malabarista, pero al mismo tiempo.

Las pelotas pasaron por encima de su cabeza y cayeron al suelo.

--Presta atención. La pelota roja subió mas porque en el brazo derecho tienes mas fuerza que en el izquierdo. Por consiguiente, has de aprender a compensarlo, a hacer menos esfuerzos con la mano derecha y mas con la izquierda, ya que los lanzamientos deben ser equivalentes. Además, las pelotas subieron demasiado. A un malabarista le basta con echar hacia atrás la cara y mirar hacia el sol para saber donde han ido las pelotas. Estas no deben superar esta altura --palmeo la frente de Rob--. De esta forma puedes verlas sin mover la cabeza. --Frunció el ceño--. Algo más. Los malabaristas nunca arrojan una pelota. Las pelotas se hacen saltar. El centro de tu mano debe sacudirse un instante a fin de que el ahuecado desaparezca y la palma quede plana. El centro de tu mano impulsa la pelota en línea recta hacia arriba, al tiempo que la muñeca da un pequeño y suave giro y el antebrazo un debilísimo movimiento ascendente. No debes mover los brazos desde el codo hasta el hombro.

Recobró las pelotas y se las entregó a Rob.

Cuando llegaron a Hertford, Rob montó la tarima, trasladó los frascos con el elixir de Barber y luego se alejó con las dos pelotas de madera y practicó. Aunque no le había parecido difícil, descubrió que la mitad de las veces daba efecto a la pelota cuando la lanzaba, lo que hacia que se desviara. Si cogía la pelota sujetándola demasiado, caía hacia su cara o le pasaba por encima del hombro. Si relajaba la mano, la pelota se alejaba de el. Pero insistió y, poco después, le cogió el tranquillo. Barber pareció satisfecho cuando esa noche, antes de la cena, le mostró sus nuevas habilidades.

Al día siguiente, Barber paró el carromato a las puertas de la aldea de Luton y enseñó a Rob cómo lanzar dos pelotas de tal modo que sus trayectorias se cruzaran.

--Puedes evitar un choque en el aire si una pelota lleva la delantera o se lanza más alta que la otra--explicó.

En cuanto comenzó el espectáculo en Luton, Rob se retiró con las dos pelotas y practicó en un pequeño claro del bosque. Con demasiada frecuencia la pelota azul topaba con la roja produciendo un suave golpe seco que parecía mofarse de él. Las pelotas caían, rodaban y tenía que recuperarlas, por lo que se sentía ridículo y enfadado. Pero nadie lo veía salvo una rata de campo y, de vez en cuando, un pájaro, de modo que siguió intentándolo. Finalmente, se dio cuenta de que podía lanzar ambas pelotas con éxito si la primera descendía lejos de su mano izquierda y la segunda subía menos y recorría una distancia más corta. Tuvo dos días de ensayos, fracasos y repeticiones constantes hasta que se sintió lo bastante satisfecho para mostrárselo a Barber.

Barber le enseñó a desplazar ambas pelotas en círculo.

--Parece más difícil de lo que en realidad es. Lanzas la primera pelota.

Mientras está en el aire, pasas la segunda a la mano derecha, la mano izquierda coge la primera pelota, la derecha lanza la segunda y así sucesivamente. ¡Vamos, vamos! Tus lanzamientos envían rápidamente hacia arriba las pelotas, pero estas bajan mucho mas despacio. Ese es el secreto del prestidigitador, lo que salva a los prestidigitadores. Tienes tiempo de sobra para aprender.

Al final de la semana, Barber le enseñó a lanzar tanto la pelota roja como la azul con la misma mano. Tenía que sostener una pelota en la palma y la otra mas adelante, con los dedos. Se alegró de tener manos grandes. Las pelotas se le cayeron infinitas veces, pero, al final, captó el truco: primero lanzaba hacia arriba la roja y, antes de que volviera a caer en su mano, soltaba la azul. Bailaban arriba y abajo con la misma mano: “vamos, vamos, vamos!”

Ahora practicaba en todos sus momentos libres: dos pelotas en círculo, dos pelotas entrecruzadas, dos pelotas solo con la mano derecha, dos pelotas únicamente con la izquierda. Descubrió que si hacia malabarismos con lanzamientos muy bajos podía aumentar su velocidad.

Se quedaron en las afueras de una población llamada Bletchly porque Barber le compró un cisne a un campesino. No era mas que un polluelo, pero, de todas maneras, había que preparar para llevarla a la mesa. El campesino vendió el cisne muerto y desplumado, pero Barber trabajo el ave, la lavó con esmero en un riachuelo y luego la colgó de las patas sobre un fuego suave para quemarle los cueros. Rellenó el cisne con castañas, cebollas, grasa y hierbas, como correspondía a un ave que le había costado cara.

--La carne de cisne es mas fuerte que la de oca, pero mas seca que la de pato y, por consiguiente, tiene que aderezarse --explicó a Rob con entumo.

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Mensaje por Neloky el Mar 29 Abr 2014, 00:16

Prepararon el cisne envolviéndolo totalmente en delgadas láminas de lomo salado, superpuestas delicadamente. Barber ató el paquete con cordel de lino y lo colgó encima de la hoguera, en un espetón.

Rob practicó malabarismos lo suficientemente cerca del fuego para que los olores se convirtieran en un dulce tormento. El calor de las llamas derretía la grasa del cerdo y rociaba la carne magra, al tiempo que el sebo se fundía lentamente y ungía el ave desde dentro. A medida que Bar giraba el cisne sobre la rama verde que hacia las veces de espetón, la piel del cerdo se secaba y se iba asando gradualmente; cuando el ave estuvo asada y la retiró del fuego, el cerdo salado se agrietó y siseo. El interior del cisne estaba húmedo y tierno, algo fibroso pero perfectamente mechado y condimentado. Comieron parte de la carne con relleno castañas calientes y calabaza nueva hervida. Rob probó un magnífico muslo rosado.

Al día siguiente madrugaron y siguieron adelante, alentados por la jornada de descanso. Hicieron un alto para desayunar a la vera del sendero y disfrutaron parte de la pechuga fría del cisne con el cotidiano pan tostado con queso. Cuando acabaron de comer, Barber eructó y entregó a Rob la tercera pelota de madera, pintada de verde.

Se desplazaron como hormigas por las tierras bajas. Los montes Cotspid eran suaves y ondulantes, muy bellos en la dulzura estival. Las aldeas acurrucaban en los valles y Rob vio más casas de piedra de las que estaba acostumbrado a ver en Londres. Tres días después de St. Swithin cumplió diez años. No se lo comentó a Barber.

Había crecido. Las mangas de la camisa que mamá cosió largas adrede, ahora le quedaban muy por encima de sus nudosas muñecas. Barber lo hacia trabajar mucho. Llevaba a cabo la mayoría de las faenas más desagradables:

Cargar y descargar el carromato en cada población y aldea, acarrear leña y recoger agua. Su cuerpo convertía en hueso y músculo la magnífica y sabrosa comida que mantenía a Barber imponentemente obeso. Se había habituado muy pronto a la comida exquisita.

Rob y Barber empezaban a acostumbrarse el uno al otro. Cuando, ahora, el hombre gordo llevaba a una mujer al fuego del campamento, ya no era una novedad; a veces Rob permanecía atento a los sonidos de la rebatina amorosa e intentaba ver algo, pero por lo general se daba la vuelta y dormía.

Si las circunstancias lo permitían, ocasionalmente Barber pasaba la noche en casa de una mujer, pero siempre estaba junto al carromato cuando clareaba y llegaba la hora de abandonar un lugar.

Gradualmente Rob llegó a comprender que Barber intentaba acariciar a todas las mujeres que veía y que hacia lo mismo con la gente que contemplaba sus espectáculos. El cirujano barbero les contaba que la Panacea Universal era una medicina oriental que se preparaba haciendo una infusión de las flores secas y molidas de una planta llamada vitalia, que solo se hallaba en los desiertos de la remota Asiria. Sin embargo, cuando la Panacea empezó a escasear, Rob ayudó a Barber a preparar un nuevo lote y vio que la medicina se componía, básicamente, de licor corriente.

No necesitaban preguntar más de seis veces para encontrar a un campesino encantado de vender un barril de hidromiel. Aunque cualquier variedad habría servido, Barber siempre insistía en conseguir cierta mezcla de miel fermentada y agua conocida como metheglin.

--Es un invento galés, mozuelo, una de las pocas cosas que nos han dado. El nombre procede de meddyg, que significa médico, y lyrl, que quiere decir alcohol fuerte. De este modo toman medicinas y es bueno, ya que embota la lengua y entibia al alma.

Vitalia, la Hierba de la Vida de la remota Asiria, resultó ser una pizca de salitre que Rob mezclaba minuciosamente en un galón de hidromiel. Daba al alcohol fuerte un fondo medicinal, suavizado por la dulzura de la miel fermentada que constituía su base.

Los frascos eran pequeños.

--Compras el barril barato y vendes caro el frasco --solía decir Barber--. Nosotros formamos parte de las clases inferiores y de los pobres. Por encima de nosotros están los cirujanos que cobran honorarios mas abultados y a veces nos arrojan un trabajo desagradable con el que no quieren ensuciarse las manos, como si echaran un trozo de carne podrida a un chucho.

Por encima de este grupo de desdichados, están los condenados médicos, seres infatuados y que atienden a la gente bien nacida por afán de lucro.

¿Alguna vez te has preguntado por que motivo este barbero no recorta barbas ni cabelleras? Lisa y llanamente, porque puedo darme el lujo de elegir mis faenas. Aprendiz, de todo esto podrás extraer provecho si aprendes bien la lección: preparando el medicamento adecuado y vendiéndolo con diligencia, el cirujano barbero puede ganar tanto como un médico. Si todo lo demás fracasa, bastará con que hayas aprendido lo que te digo.

Cuando terminaron de preparar la panacea para su venta, Barber cogió un tarro mas pequeño y preparó un poco mas. Luego se toqueteo la ropa.

Rob miro azorado como el chorro tintineaba dentro de la Panacea Universal.

--Es mi Serie Especial --comentó Barber suavemente, sacudiéndose.

Pasado mañana estaremos en Oxford. El magistrado, que responde al nombre de Sir John Fitts, me cobra mucho a cambio de no expulsarme del condado. Dentro de quince días llegaremos a Bristol, donde el tabernero Potte suelta estentóreos insultos durante mis espectáculos. Siempre procuro tener regalos pequeños y adecuados para este tipo de individuos.

Cuando llegaron a Oxford, Rob no se retiró a practicar con las pelota le colores. Se quedó y esperó a que apareciera el magistrado con su mugrienta túnica de raso. Era un hombre largo y delgado, de mejillas hundidas una eterna sonrisa fría que parecía traducir un íntimo regocijo. Rob vio que Barber pagaba el soborno y luego, como reticente ocurrencia tardía ofrecía un frasco de hidromiel.

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